Hasta quemar la última lagartija.

Tengo casi 39 años.

En perspectiva de los ancianos, todavía soy un niño.

Biológicamente soy un hombre maduro que está entrando en su decadencia física. Mis ancestros eran considerados viejos a mi edad. Y según el promedio de vida mundial de hace menos de 100 años, me quedarían unos tres años de vida más.

Hoy, me desperté muy adolorido. Tengo un esguince en el hombro derecho. Un dolor profundo dentro de la rodilla derecha. El pulgar de mi mano izquierda está rígido. Mi cadera izquierda me duele hace más de un mes. Me levanto y me voy a mear. Mientras meo siento que me arde la uretra. Me voy a lavar la cara y veo en el espejo un hombre que casi no reconozco. Un pseudo yo cansado y ojeroso. Adolorido. Me lavo los dientes y las encías me sangran copiosamente. Decadencia.

Shit. Me digo a mi mismo. Esto de envejecer no tiene nada de gracioso ni de glorioso. No me siento un abuelo heroico como Francisco Bolgnesi.

Me voy a la cocina arrastrando todos mis dolores. Mi hijo de dos años quiere hacer café conmigo y me duele levantarlo para que vea el procedimiento. Por eso le bajo la Machinetta al suelo para que lo preparemos ahí.

Los dos juntos llenamos el filtro. Los dos juntos ponemos la Machinetta al fuego. Durante todo el tiempo en el que el café se prepara, estoy medio dormido. Gabriel me pide atención. Le presto la misma atención que le prestaba a los polinomios en la secundaria. Necesito que algo suceda para salir de este limbo sensorial de dolor y cansancio.

De pronto: Suena la Machinetta. El Café sale chorreando con una presión barométrica de 12 PSI. Gabriel salta de emoción porque le gusta el ruido de la ollita a presión que es la cafetera de Bialleti. Me levanto de la silla y me siento un convaleciente. Sirvo el café en una taza especial para café. Dejo que enfríe unos veinte segundos y bebo.

De pronto, mi mundo se vuelve luz y color.

De pronto los ruiseñores vuelan a mi alrededor. Me siento blancanieves corriendo por el bosque mientras los animales me hacen mimos por aquí y por allá. De pronto mi hijo no me parece más un duende asesino. Mi mente se vuelve afilada y siento que me puedo tragar el día a pedazos.

El problema es que el efecto de la cafeína pasa.

Y la sensación de ser un miembro de algún club geriátrico vuelve a mí.

¿ Realmente esto es envejecer?

¿Realmente así se sienten los primeros achaques del decaimiento?

¿ O quizás lo único que siento son los efectos secundarios de 4 entrenamientos de Jiu Jitsu brasileño y MMA a la semana más 5 o 6 entrenamientos de acondicionamiento semanales más la crianza de un niño de dos años y de un pastor alemán de nueve, más un trabajo a tiempo completo?

Cojo a mi hijo. Lo pongo en el auto y manejo rumbo al jardín de infantes. Voy por las pistas como un muerto viviente. Mover el timón hacia la izquierda me duele. Moverlo hacia la derecha me duele más. Llego al jardín. Al sacar a Gabriel de su asiento me duele la espalda baja y digo shit! Gabriel repite: chit. Lo dejo a cargo de una de las profesoras del jardín de infantes y vuelvo al auto. En Spotify me aparece Bill Withers y su Lovely Day.

No, Bill Withers, este día está fucking far far far away de ser un Lovely Day. Manejo de vuelta a mi departamento. Abro la puerta y el pastor alemán me espera con impaciencia. Quiere salir. Quiere cagar y mear. Sé que es un convenido pero igual lo quiero. Me ha dado momentos felices. Aunque me ha dado los momentos más estresantes de mi vida también. Se comporta a veces como un adolescente cocainómano y él lo sabe.

Prendo el aire acondicionado y pongo 18 grados centígrados. Busco una colcha y me acurruco en la cama invitando al sueño. El sueño no llega. Sé que solo tengo veinte minutos para una siesta antes de tener que meterme en la ducha. Luego tendré que ir a la oficina a soportar un soporífero día de trabajo.

Cierro los ojos y mis intentos de dormir hacen que me sea más difícil hacerlo. Pasan diez minutos y dejo de intentarlo. Me levanto de la cama y me siento desgastado, cansado, derrotado y dilapidado por el tiempo. Algo así como Alán García en su último día en este mundo. No sé porque demonios pienso en Alan. No importa realmente él ni nada relacionado con él. Salvo la porquería de leche ENCI que tomaba por su culpa… Dejo ir ese pensamiento y voy a hacer más café.

Mientras la segunda tanda de café se cocina, continuo pensando en la decadencia de mi cuerpo. Decido, de pronto, hacer lo que he hecho todos los días los últimos once años de mi vida. Me tiro al piso y empiezo a hacer lagartijas.

20.

Me levanto y me siento algo mejor. La sangre ha fluido a mi cerebro. Mi corazón ha bombeado un poco más. Me he agitado algo. Vuelvo a tirarme al piso. Vuelvo a hacer lagartijas.

20.

Me siento mejor aún. El café ya esta listo. Me tomo un espresso doble. Hago más lagartijas.

60.

Completo las cien. El mundo es un mejor sitio de pronto y me siento más fuerte y vivo.

Miro mi reloj y me quedan 10 minutos más antes de la ducha.

Me tomo otro espresso y me voy a la barra que tengo en el baño. Hago 10 barras. Luego 10 más. Luego 10 más. Sigo hasta las 50 que hago todos los días. Me quedan tres minutos antes de bañarme. Tomo mi Kettelbell de 20 kg. Hago Squats. Tres series de 10 cada una. Una serie por minuto. De pronto la sensación de estar desarmándome desaparece. Me siento, de pronto, indestructible. Me he vencido a mí mismo una vez más. Sé que se soy un cabrón ocioso. Y otra vez me he ganado. Fuck you mariconcito ocioso, te di otra vez por el culo, me digo a mí mismo mirándome al espejo antes de entrar en la ducha.

Me voy a trabajar radiante de energía pensando en como voy a dislocarle un hombro a alguien en el entrenamiento de Jiu Jitsu que me espera hoy en la noche. Me siento Hugh Hefner en los 60s.

Sé que mañana me despertaré con el esguince en el hombro derecho, el dolor en la rodilla derecha. Y todos los dolores que me aquejan desde hace un buen tiempo. Algunos van a ir pasando. Otros se van a ir quedando una larga temporada y aparecerán otros nuevos. Mañana, al despertarme, igual me sentiré viejo y adolorido. Y mañana lucharé nuevamente contra esa fuerza inercial que me empuja a no hacer nada y a descansar y dormir un poquito más. Voy a luchar contra ese impulso ocioso que nace de mis profundidades más remotas (en las que soy todavía ese adolescente nerd y blandito que jugaba juegos de computadora y leía insaciablemente) y pese a la ardua lucha, estoy más que seguro que me voy a ganar nuevamente a mí mismo.

Y creo que mi día a día va regido con un Moto que nace de esa frase que un geriátrico y peruanísimo Coronel Francisco Bolognesi le dijo a su contraparte chilena cuando le pidieron que se rinda antes de la batalla de Arica: Con todo el respeto Mayor De la Cruz, Tengo deberes sagrados que cumplir y No me rendiré hasta quemar el último cartucho.… Yo, en cambio, no tengo deberes tan sagrados pero sé, que de todas formas, no me rendiré hasta quemar la última lagartija.

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Que lo denominen pulpo

Sam Smith se acaba de declarar No Binario

Cuando era chico habían solo dos géneros: Masculino y Femenino.

Habían también (como a lo largo de la historia de la humanidad) Homosexuales. Los homosexuales no eran muy bien aceptados en el lugar en el que nací. Hace solo 30 años, vivíamos en el Perú en la edad media en lo que a “gays” se refiere. A los hombres homosexuales se les denominaba maricones, mariquitas, rosquetes, mostaceros, cabros…etc. Se les discriminaba sin recatos y nos burlábamos de ellos. A veces les pegábamos o los insultábamos en las calles por que sí. A las mujeres homosexuales se les denominaba lesbianas, tortilleras, machonas….También se les discriminaba aunque quizás un poco menos que a los hombres. Siempre se esperaba que un hombre “sea” un hombre y si un hombre es un “marica”…. Pues algo malo hiciste como padre. Quizás no le rezaste a dios lo suficiente. Quizás te han maldecido de alguna u otra forma….Siempre se escuchaba esa frasesita: “Prefiero un hijo muerto que un hijo maricón…”

Muchos hombres y mujeres realmente sufrieron violencia y muchos otros murieron por ello también.

En aquellas épocas, la mayoría de gente (y yo entre ellos) “no podíamos aceptar ni entender” que a alguien le pudiese gustar tener sexo con otra persona del mismo sexo.

Pero paso el tiempo y las épocas cambian. En los últimos veinte años hemos evolucionado, social y tecnológicamente, más de lo que lo hemos hecho en toda la historia de la humanidad. Yo, por mi parte, después de madurar durante estos veinte años y de aceptar que a cada quién le puede gustar cualquier cosa (sin incluir animales ni a niños) y que cada quien puede hacer con sus genitales lo que le de la reverenda gana y meterlos donde quiera, he llegado a la conclusión de que en mi adolescencia fui un idiota intransigente y primitivo.

¿Quién soy yo para decidir qué se mete quién por el culo o por la boca?

Nadie. No soy nadie. Soy solo polvo de estrellas.

Hace unos años, llegué a la conclusión de que cuestiones de culo y genitales, son cuestiones privadas, que a nadie, que no sea a los involucrados, le deberían importar un rábano.

Ok, ¿entonces?

¿Soy un ciudadano cosmopolita y de mente abierta del siglo XXI entonces?

No. Al parecer no lo soy.

Porque cada vez que abro “Google”, además de los clásicos Masculino y Femenino, me encuentro con un “Género” nuevo. Géneros que ya ni siquiera sé que significan.

Hoy leí que el cantante Sam Smith se convirtió en NO BINARIO. Ya no es ni hombre ni mujer. Sino, NO BINARIO.

¿Que qué coño es eso?

Un ejemplo de Wikipedia:

“Género fluido”
Artículo principal: Género fluido
Género fluido es una identidad en la que se pueden ubicar otras identidades como la identidad binarias, bigénero y la identidad trigénero, concentrándose en la identidad tanto binaria como nula. El género fluido establece periodos de transición imprecisos y variables en los que se identifica como un género y otros periodos en los que se identifica como otro. El género fluido no es determinado por la presencia de determinadas características sexuales o por la orientación sexual, sino por una búsqueda constante de conformidad en la identidad de género. Se le llama género fluido como una analogía a las características de los fluidos de permanecer en constante movimiento….”

¿Qué mierda significa eso?

Me tomaron más de 10 años de mi vida dejar de ser el chuncho mente cerrada que era y aceptar que la gente es libre de hacer con su ano lo que quiera, ¿Para encontrarme con qué?. ¿Con esta mierda de género Neutral, Fluido, no Binario, Pangénero o Agénero?

No me jodan.

Me faltarían diez vidas para asimilar toda esa información sobre los nuevos multigéneros y que cada individuo inconforme, quiere que lo denominen como él o ella quiere. Y no siguiendo el determinante biológico que si tienes una verga y un par de huevos eres hombre. Y si tienes vagina y un par de ovarios, eres mujer.

Cada vez que leo cosas como la de “Sam Smith no siendo Binario” me siento viejo. Siento que le estoy perdiendo el ritmo al avance. Que las cosas corren más rápido de lo que deberían.

Quizás cuando mi hijo sea grande vaya a querer ser un pulpo. O quizás solo quiera que lo denominen pulpo. Y dime querido lector, ¿Qué voy a poder hacer yo al respecto?

La mejor arma

Soy un ocioso y siempre lo he sido. Desde que me acuerdo siempre he preferido lo fácil. Lo cómodo. Lo suavecito. Siempre me ha gustado esa delicada sensación de adormecimiento que hay en una cama king size con unas buenas sábanas. Me encanta ver Netflix y comer porquerías. Odio hacer ejercicio. Odio sudar y agotarme. Odio levantarme temprano y comer sano. Las cosas más ricas son las más malas y odio esa contradicción. Soy un adicto al chocolate. Me gusta una buena siesta española. Me gusta una Coca Cola bien helada. Me gustan los bollos rellenos de crema. Me encantan las papas fritas. Me encanta llenarme de comida y tomar un buen vino y luego dormir 12 horas seguidas.

La vida sería espléndida si es que hiciera todo lo que me gusta y si me dejara llevar por mi ociosidad nata. Pero… Como decían en el Apolo XIII: Houston Tenemos un problema. Y ese problema es que:

Odio ser así.

Odio ser débil y ocioso. Odio ser blandito y ceboso. Odio ser gordito y lento. Odio perder el tiempo. Odio no ser productivo. Me odio a mí mismo por no dar de mí lo que sé que puedo dar. Odio verme mal frente al espejo. Odio sentir que la vida se me escapa entre los dedos. Odio no hacer cosas grandiosas y difíciles. Odio no ponerme a prueba. Odio no enfrentarme a mis miedos más grandes. Odio ser como soy: Un ocioso nato.

Por eso peleo.

Y para ello, uso mi arma preferida: La disciplina.

Porque a la disciplina no le importa que yo este motivado o no para hacer algo. Lo tengo que hacer porque sí. Porque debe ser hecho y no hay vueltas que darle al asunto. La disciplina me libera de mis ataduras. De mis ganas de no hacer . De mis ganas de comer mierda y de dormir hasta tarde. De mis ganas de no hacer ejercicio y de quedarme tirado en el sofá.

La disciplina es esa buena amiga que te dice las cosas a la cara. La que te dice: Párate del sofá cerdo inmundo y haz cien planchas y cien barras ahora. O las haces o pronto serás un viejo escuálido. Una sombra de lo que fuiste en tus mejores años. ¿No quieres ser así? ¡Pues Levántate ya!. Siguiendo lo que te pido, vas a luchar contra la decadencia. Contra el status quo. Contra la gravedad. Contra ti mismo y siempre pero siempre vas a salir ganando...

Siempre que escucho la voz compungida y gritona de la disciplina, sufro. Pero siempre le hago caso: Todos los días.

Todos los días me despierto temprano.

Todos los días entreno.

Todos los días observo que como. Si un día como de más. El día siguiente como de menos o ayuno.

Todos los días leo un libro.

Todos los días escribo algo.

Sin excepciones. Sin excusas. Sin negociaciones.

Antes leía, entrenaba, escribía, etc… cuando me sentía motivado. Y cuando me sentía desmotivado, pues, no lo hacía. La disciplina me ha quitado ese voto de confianza en mí mismo. Ya no confío en mí mismo porque se que soy débil. Soy ese gordito fofo que se hace pajas viendo Netflix mientras come doritos. La disciplina no me deja ser así. La disciplina me empuja a correr cada vez más rápido. Ser cada vez más fuerte. Ser mejor (o al menos, no ser peor) cada día.

El tiempo hace lo suyo. A nosotros no nos queda otra que meterle un bazucaso de disciplina. La disciplina es el arma última para enfrentar la vida y salir parado lo mejor posible de ella.

Ahora, me voy a hacer planchas…

Presionas un poco más

El sudor. Las lágrimas que se desbordan y rozan tu nariz golpeada. La boca saboreando el gusto metálico de la sangre. El pulso alto. Los oídos tapados. El ruido de tu respiración cabalgante. El ardor de tus pulmones que parecen encendidos. Ahí, frente a ti, tu contrincante buscando la manera de golpearte. De hacerte un take down. De buscar el clinch y darte un Uppercut que te destroce la mandíbula. Ahí está esperando tu próximo movimiento. Rezando por tu próxima equivocación. Ahí donde los deseos de los dos se entrelazan con la sal del sudor y de la sangre. Ahí donde lo hombres se conocen a sí mismos y se dan cuenta de la materia con la qué están hechos.

Ahí en el ring o en la jaula te has conocido a ti mismo como en las épocas de la guerra. Porque pegarte con otro hombre que sabe pelear, es una especie de guerra. Una micro guerra mundial y atómica. Sales a matar (esta vez sin querer realmente hacerlo) y das todo de ti. O matas o mueres.

Y sabes que pensar a través del cansancio es algo prácticamente parecido a una alucinación. La cara te arde. Las orejas te duelen. Y el tiempo se congela. La adrenalina te invade. Te cagas de miedo pero vas para adelante. Y el dolor del golpe en tu rostro activa tú pensamiento estratégico de ir por la single leg. Y das el paso y asaltas la pierna izquierda. Tu enemigo se desestabiliza. Mueves el cuerpo y lo haces caer. Cae como un costal de papas. No le sueltas la pierna porque sabes que si lo haces se parará rápido y perderás el terreno ganado. No sueltas la pierna y te subes encima metiendo presión y terminas sentado en su barriga en mount position y golpeas. Golpeas a su cara la mayor cantidad de veces posibles, mientas él violentamente, intenta sacarte de encima. A nadie le gusta que le peguen en la cara y entonces instintivamente él se empieza a voltear y eso es lo que tú quieres. Su hermosa y musculosa espalda blanca. Ves su nuca. Metes el brazo con fuerza entre el mentón y el cuello. Tu brazo empieza a presionar las carótidas con todas tus fuerzas. Él lucha por su vida y por lo poco de aire que puede absorber aún. No le das chance. Sigues presionando mientras escuchas ruidos de muerte saliendo de su garganta y sientes la tensión de su cuerpo mientras todo acaba para él y para ti. Sabes que lo tienes y que solo es cuestión de tiempo para que el referee detenga la pelea o para que él se rinda dando palmaditas.

Es el tercer round y presionas un poco más…

El sentido

Sería interesante saber cuanto tiempo me queda de vida.

Mucha gente preferiría no saberlo. A mí me gustaría saber con exactitud cuándo, cómo y dónde todo terminará todo para mí. ¿Será en un par de años, en un par de meses, en un par de días, en un par de horas, en un par de décadas o en sesenta años más? ¿ Será en mi cama, en mi auto, en combate, en el hospital, en la calle o en la casa? ¿Será solo o acompañado? ¿Será con alguien que me quiere o sin nadie? ¿Será rodeado de amor o en el más duro de los olvidos?

Quizás el hecho mismo de saber puede aumentar el ímpetu que le pongamos a ciertas acciones, que de otro modo, quedarían sumergidas en la rutina o en el olvido. Si sabemos que el tiempo se acaba, nos volvemos menos ociosos y más egoístas. Yo vivo con el cronómetro (literalmente) en la mano, por eso soy un egoísta de mierda con mi tiempo, a veces.

Obviamente no conozco ni el día ni la hora en la que voy a dejar de existir. Pero tengo un Memento Mori tatuado en mi muñeca (que escondo con el reloj) que me recuerda que cada día que pasa, es un día menos. Que cada respiro que doy, es un suspiro que ya se fue para siempre. Que cada vez que acaricio a una persona o animal es una interacción menos con un ser vivo.

Al final la vida no tiene sentido (así creas lo contrario). O tiene, mejor dicho, el sentido que nos inventemos y que queramos darle. Algunos somos patriotas, otros religiosos, otros enamorados, otros padres y algunos somos una mezcla de todo eso. Algunos somos hinchas del fútbol, escritores, adictos al trabajo, adictos al sexo, o vemos en Trump y en su política ese sentido que tanto buscamos. Nosotros inventamos nuestro sentido o la pasamos buscándolo a lo largo de nuestra vida como Viktor Frankl en su obra El hombre en busca de sentido.

Muchas cosas han fluctuado en mi vida y muchas cosas diferentes le han dado sentido a mi existencia en una época u otra. A medida que crecí y me di cuenta que la vida es caos puro, deje de plantearme en buscarle el sentido a la vida y en su lugar, pase a darme sentido a mí mismo en el mundo.

Me di sentido haciendo lo que quiero y lo que me hace bien. Fotografiar y escribir me hacían bien desde que era un niño.

La fotografía la llevo muy cerca a mí todos los días. Todos los días tomo fotos. Todos los días edito fotos. Todos los días leo sobre fotografía. Además de mi trabajo de 9:00 a 17:00, la fotografía se vuelto para mí una herramienta que me permite mostrar como veo el mundo desde mi punto de vista.

Escribir me hacía bien hasta hace un tiempo. Lo dejé de hacer porque me di cuenta que no tenía mucho que decir. Toda la retórica de todas las ideas del mundo, está ya escrita. Este artículo, por ejemplo, no es más que un eco lejano de algunas de las miles de publicaciones parecidas, pertenecientes a miles de escritores que se vieron influenciados por miles de otros artículos leídos escritos por otros miles de escritores influenciados por otros… hasta la eternidad. O hasta que se inventó la escritura.

Pero, siguiendo la linea lógica de que nada tiene sentido en la vida y que debo de hacer lo que me gusta hacer siempre que pueda seguir haciéndolo, he decidido volver a escribir. No porque tenga mucho nuevo que decir. Sino, porque me es terapéutico y me ayuda a hacer catarsis. Míralo de esta manera: Si estás leyendo estas lineas, estás leyendo el jugo que sale de mi cerebro después de exprimirlo. Estás leyendo ideas que no puedo compartir con nadie porque nadie tiene la paciencia ni las ganas de escuchar peroratas pseudofilosóficas. Quizás no saques nada de ellas. Quizás aprendas algo. Quizás puedas ver que hay gente que piensa en el final de su vida a cada instante y aún así conservar el buen ánimo y la esperanza. Quizás llegues a pensar que soy un idiota más escribiendo tonterías. Puedes pensar lo que quieras. A mí no me importa.

A partir de ahora escribiré un artículo por semana por lo menos, sobre cualquier tema que me venga en gana. Supongo que podrás leer cada artículo por separado y en el orden que quieras.

Supongo también que puede que no leas nada y te importe un rábano gastar tu tiempo en estos artículos mediocres. Eso te lo dejo a ti. Yo me voy a poner a hacer lo mío.

La búsqueda de la felicidad.

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Nos han enseñado que merecemos ser felices. Que debemos ser felices. Que por alguna razón, nuestras vidas merecen llenarse de felicidad en algún momento. Y mientras más rápido mejor.

***

Supuestamente la felicidad es un destino al que todos debemos aspirar. La felicidad está ahí, a la vuelta de la esquina. Después de que compres el último modelo de auto. Después de consigas a la pareja ideal. Después de que tengas los abdominales que buscas. Después de que termines tu carrera. Después de que salgas de esa depresión usando esos antidepresivos. Después de que tengas hijos. Después que tus hijos se vayan y te quedes solo. Después de que te divorcies. Y un largo y eterno etcétera que varía de ser humano a ser humano.

No tengo porque mentirte amigo lector: Pero según mi experiencia la felicidad per se no existe como tal. La felicidad no es un lugar al que se llega. No siquiera un momento. La felicidad puede ser un poco de brisa en la cara. Puede ser un orgasmo intenso o puede ser tu hijo mirándote a los ojos y sonriendo. Puede ser cualquier cosa. Pero el común denominador es que es muy efímera.

Al universo le importa un rábano si somos felices o no.

El universo no nos debe nada. Ni nosotros le debemos nada a él. Nuestra existencia es un misterioso azar. Nosotros hemos sido inculcados con el concepto de la felicidad. Pero en macro. A nivel de la biológico, químico o físico, la felicidad suena a concepto de risa. Algo así como el concepto de Dios.

Vivimos en un planeta solitario girando alrededor de una estrella que forma parte del billón de estrellas que forman nuestra galaxia que es parte del billón de galaxias que nosotros conocemos. No somos más que unos primates inteligentes. Aunque por momento nos ahogamos en conceptos tan retorcidos e inútiles como el concepto de la felicidad. Nuestros antepasados no fueron felices. No tenían tiempo para eso. Tenían que sobrevivir. Tenían que matar. Tenían que cazar. Tenían que violar. Reproducirse. Defenderse. No tenían la suerte (buena o mala) de tener tanto tiempo libre como nosotros. No tenían el tiempo de inventar conceptos inútiles.

La felicidad es un concepto renacentista.

Cuando nuestras sociedades se comenzaron a industrializar, el concepto del bienestar común se impuso en las sociedades modernas. En el siglo XX el concepto de que el todo ser humano “merece” ser feliz se extendió como un hongo en los pies de un atleta. Y lo que nosotros tomamos como cierto hoy en día y lo solemos repetir con amigos. Cuando estamos borrachos. Con nuestras parejas. O donde demonios sea sobre que merecemos ser felices, no es más que un triste concepto moderno que no hace más que hacernos infelices. Más de lo que deberíamos ser.

El concepto de que debemos ser felices nos hace más infelices que nunca.

Es verdad. Si no creyeras en que debes ser feliz todo el tiempo, estarías más tranquilo. Menos estresado. Más concentrado en lo que tienes y debes de hacer.

Y por ende, y aunque parezca incongruente, serías más feliz.

Yo personalmente no creo en la felicidad. A veces digo: “Quisiera ser feliz…” Pero automáticamente me doy cuenta que no es más que una programación que tengo. Un concepto aprendido y  bastante dañino. Esa busqueda eterna de la felicidad y el no encontrarla a cada instante, es una de las fuentes más grandes de dolor a la que nos enferentamos como individuales y como sociedad.

Veo mi vida hasta el día de hoy y he tenido una vida rica en experiencias buenas y malas. He sido feliz en muchos instantes. He estado triste en muchos otros. Pero ponderando y resumiendo todo lo que he vivido puedo llegar a la conclusión de que no he sido feliz. Tampoco he sido infeliz. He tenido una excelente vida y punto.

Resumiendo:

No aspires a la felicidad. Aspira al momento feliz. A apreciar el instante en el que te encuentras. A lamer con más ganas ese helado de yogurt. A tener sexo con más ímpetu. A bailar esa pieza con más sentimiento. A vivir dándote cuenta que no “mereces” ser feliz. Y dandote cuenta que  si te sientes feliz todo el tiempo… Quizás seas ezquisofrénico.

Héroes y Villanos

De pronto me he encontrado en una situación en la que tomar fotografías de Brit Milah se ha convertido en una rutina para mí.

En este momento no tengo otra opción. No soy tan buen fotógrafo como para dedicarme a otra cosa. Solo me quedan las bodas, los Bar Mitzvah y los Brit Milah para hacerme conocido.

Tengo demasiadas ganas de aprender y para eso necesito practicar y practicar. Necesito eventos. Así en estos se les corte el prepucio a algunos niños por las puras.

Dolor. Ruido. Llanto. Lágrimas.

Eso es lo que veo y eso es lo que fotografío. Ese es mi día a día como fotógrafo.

Mi trabajo es prácticamente el un fotógrafo de guerra. Es casi casi el de un fotoperiodista al estilo Robert Capa. Aunque pensándolo mejor, es más bien, más sanguinario que eso.

Ver niños sangrando por el pene a los 8 días de nacidos no es muy simpático para nadie. Puede ser hasta igual de traumático que ver a alguien pisar una mina.

Aborrezco ver niños sangrando por culpa de la religión.

Odio la religión y odio que le corten cosas a los bebés. Pero tomo fotos. Las tomo con cariño. Pero lo hago más por documentar la crueldad. Como lo haría Lindsey Adario en Afganistán.

No tiene que gustarte lo que ves. Solo tienes que sentir que ese fragmento de segundo lo vas a dejar congelado para la posteridad. Para que nuestros futuros descendientes conozcan nuestras costumbres primitivas.


He estado en la guerra.

He servido en el ejército de Israel con gente a la cual le han cortado el prepucio. No fotografié en la guerra porque no sabía tomar fotos. No sabía siquiera sostener una cámara. Los teléfonos tenían cámaras de dos pixeles en aquellos años. Las guerras eran casi secretas.

Después de las Gopro ya no lo son.

Después de ISIS y los drones lo son aún menos.

Las guerras se han vuelto fotogénicas. Como un Brit Milah.

Las guerras y los Brit Milah son dos cosas que seguimos haciendo meméticamente y estúpidamente.

Hay gente que dirá que las guerras se hacen por intereses. Y que en las guerras siempre alguien hace dinero. Puede ser, pero hay mejores maneras de hacer dinero hoy en día.

Miren a Bill Gates o a Mark Zuckerberg.

No tienes que matar cientos de miles de personas para ganar unos chavos.

No tienes que usar gas sarín en poblaciones civiles para comprarte el piso que quieres frente al Central Park.

Solo tienes que generar ideas. Solo tienes que practicar hasta hacerte muy bueno en algo.

Como yo documentando Brit Milah’s. Odiando cómo amputan a un recién nacido pero haciéndolo parecer bonito.

Como en una película de guerra.

En la que hay héroes muy pero muy buenos y villanos muy pero muy malos.

Y a todos les gusta eso.