Fobias de Antaño: Los Puñetes

Cuando era un niño pequeño odiaba pelearme en el colegio. Le tenía miedo a los puños del resto de niños. Supongo que el hecho de ser el menor de la clase en cuanto colegio estuve hizo de mi un blanco fácil para los niñatos abusivos que se pavoneaban pegando a diestra y siniestra a cuanto mocoso enclenque  se cruzara por su camino.

En mi época de adolescente en Magdalena, el barrio de Lima en el que crecí, se acostumbraba mucho a jugar al fútbol en las calles. Mi hermano, mis primos y yo solíamos jugar durante buen parte del día en la calle. Así como nosotros, muchos niños y mosolvetes  solían quemar muchas horas peloteando o vagabundeando por “nuestra esquina” y cuando alguien que “no debía pasar por ahí“, lo hacía, entonces le poníamos caras de pocos amigos. Esas eran las leyes del “barrio“. Muchos de los que pasaban se cagaban directamente en nuestras “leyes” y si los mirábamos mal nos cacheteaban o nos buscaban bronca para pasar el rato. Aprendí que era mucho más sano evitarse los problemas. Que los puños y las cachetadas nunca habían sido lo mío y renuncie a la peloteada y a la vida de “barrunto”y me encerré en casa a leer.

Un par de años después estaba yo en la Escuela naval intentando ser un cadete. Ahí descubrí por primera vez lo que era un cuadrilátero de box. Había una ley bastante simpática. Si sentías que un cadete de años superiores te odiaba y pensabas que lo único que se le cruzaba por la mente era hacerte daño, podías invitarlo a “quitarse las pitas” (quitarse los galones de los hombros) subir al cuadrilátero  ponerse guantes y reventarlo a puñetazos si es que podías. Era una norma bastante democrática. Lástima que jamás la usé. Sentí que mucha gente me odiaba sin sentido. Y la verdad, tenía mucho odio acumulado contra varios de los que decidían mis salidas o si me quedaba encerrado. Los hubiese querido matar a golpes. A veces soñaba con los ojos abiertos como yo, un enclenque, de diecisiete años le rompía la crisma al cadete más viejo de veinticuatro. Me veía hecho un “héroe” con toda mi promoción orgullosa de mí, me hacían hurras mientras bajaba del cuadrilátero después de haber nokeado al cadete más grande de todos,al mismísimo capitán del equipo de remo, bombos, platillos, laureles… Nunca me “saqué las pitas” con nadie porque siempre, pero siempre, me cagué de miedo.

Como mucha gente, en determinado momento , cambié. Para bien en algunas cosas y para no también en algunas otras. Algunas experiencias marcaron mi vida y me dí cuenta que los golpes físicos de alguien son los golpes más asimilables. Le perdí el miedo al dolor en determinado momento, aunque no se exactamente ni donde ni cuando. Solo sé que hoy boxeo y hago MMA de manera amateur, pero recibo bastantes puños y y puñetes y patadas y cabezazos y codazos y demás. También los doy, obviamente, y lo disfruto. Me duele que me peguen, pero no le tengo miedo a los golpes en absoluto. Hoy en día no puedo concebir que hace unos años el dolor físico fuese uno de mis grandes temores.

Lo que quiero decir, al fin y al cabo, en este post es que nosotros no solemos darnos cuenta en cuanto hemos cambiado y en cuan maleables solemos ser. Hasta nuestros miedos más profundos pueden quedar de lado, al igual que las cosas que en determinada instancia nos parecieron  valorables y sumamente importantes. A veces la única manera de conocer que es lo que somos exactamente hoy en día, es mirando al pasado para reflejarnos en el mismo y ver lo que hemos avanzado, o en su lugar, retrocedido. Voy a hacer una serie de posts mirando a mis fobias del pasado intentando encontrar cuales he superado en mayor manera y cuales aún arrastro hasta estos días. Es un viaje introspectivo arduo y que quizás me saque uno que otro recuerdo nostálgico. Pero creo que el resultado, al fin y al cabo, va a valer la pena.

Para la próxima entrada: Miedo a las alturas. Y si algún gato lee esto: ¿Cuales son tus fobias superadas?

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