Everest Base Camp IV

Después de un fin de semana lleno de emociones (vease el link de aquí) hemos decidido tomarnos esta semana de descanso. Al menos no vamos a hacer ningún trekking exigente. Esta semana recibí mis flamantes botas Salomon Quest GTX. Las he probado andando por la calle y dando vueltas por la casa. Hasta este momento las siento deliciosas. Pero su prueba final va a ser en algún caminata en terreno difícil para ver si valen tanto como se las pinta. He recibido también una de las linternas frontales que nos hacían falta. La Petzl Tatinka. Linterna simple pero que cubre con los requisitos de ser resistente al agua y tener un alcance de hasta veintitrés metros de iluminación con las pilas bien cargadas. En nuestro último trekking en el desierto de Judea comprobé que nuestra organización del equipo y de la logística tienen una cuantas grietas bastante grandes que deben ser reparadas cuanto antes (para eso se hacen las caminatas de práctica) Por ejemplo:

  • Falta de un botiquín de primeros auxilios. Creo que es la cosa mas importante que encontré y que no se como, hasta el día de hoy, no hemos necesitado “realmente” de uno. Debemos darle a uno de los cuatro el cargo de “médico” y el se debe hacer responsable del kit de primeros auxilios y de su abastecimiento. Obviamente deberá contemplar también la fecha de caducidad de los productos y aprender (si es que no lo supiese) el uso de vendajes y para que sirve cada pastilla o ungüento dentro de su kit. (Gracias Ben por hacernos dar cuenta que necesitamos un botiquín…)
  • Cantidad de agua. Este punto es menos relevante para el Himalaya. Ya que nuestra capacidad de deshidratación y nuestra capacidad de conseguir agua son completamente diferentes a las que tenemos en un desierto de medio oriente. Pero, ya que, nuestros entrenamientos hasta que lleguemos a Nepal se van a dar en esta calurosa zona del mundo. Debemos tomar las prevenciones del caso. Lo primero que he echo es agrandar mi Camel Back de uno de dos litros a uno de tres. Pienso que lo mínimo necesario para salir a un trekking de unas cuantas horas en esta temporada en Israel son cinco litros de agua por persona y ni una gota menos. Debemos enseñar (a los que aún no saben) cual es la importancia de racionar bien el agua de acuerdo al esfuerzo físico y a la temperatura exterior. La mayoría de cosas aquí descritas las hemos comprobado en carne propia en el último trek.
  • Aguante mental.  Algo que observe en Judea fue que nos quebramos mentalmente demasiado fácil. Tenemos que  ser conscientes de que a cuatro mil metros de áltura va a ser difícil. De que va a doler. De que físicamente quizás lleguemos al límite y tenemos que aprender a trabajar con eso. Trabajar con la sensación de cansancio. Trabajar con el dolor y con la fatiga sin que melle demasiado nuestro estado de ánimo y nuestra capacidad de reaccionar ante problemas imprevistos. Tenemos que aprender a convivir con la incomodidad.
  • Trabajo en equipo. Tenemos que entender que somos un equipo. Tenemos que empezar a trabajar como tal. Para llegar a la meta (Everest Base Camp) nos necesitamos los unos a los otros. Tenemos que aprender a repartir responsabilidades a cada uno y que cada uno haga su parte del trabajo. Obviamente entendiendo las limitaciones físicas de cada miembro (en mi caso personal: Mi tan odiada Acrofóbia) y trabajando conjunta e individualmente para sacar el máximo provecho de esas mismas limitaciones.

Estamos aún en época de aprendizaje y tenemos mucho que mejorar. Nos quedan exactamente noventa días para viajar a Jordania y así empezar nuestro periplo hacia la mejor experiencia de nuestras vidas. Vamos a ir mejorando individualmente y como equipo. Vamos a llegar al valle de Kumbu y lo vamos a subir todo hasta el último camino del mundo. Y al final de ese camino nos vamos a encontrar una de las fronteras más impresionantes de la tierra: El Everest.

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Cartas de Recreo

Escribí mi primera carta de amor a los doce años. La escribí anónimamente y  la entregué a la receptora afirmándole que la carta la había escrito un admirador secreto y que yo solo era el intermediario. A partir de ese día escribí una carta por día. Día a día me acercaba en la hora del recreo y le entregaba la “carta del día”. Ella las esperaba con ansias aunque daba a entender que no le importaba mucho el asunto.

El amor platónico duele. No sabía como demostrarle que yo era el interesado. No sabía como decirle que aquellas cartas tan interesantes y simpáticas las escribía yo de mi puño y letra cambiando un poco la caligrafía. Me estremecía con el solo hecho de estar cerca de ella y con su pequeña palma abierta mientras esperaba que yo le de “su correo”. Después del colegio regresábamos juntos a casa. Ella era mi vecina. La chica de al lado. La que baila en las noches dentro de la casa mientras tú la contemplas desde afuera colgado de un árbol. Y como buenos vecinos de la misma edad, jugábamos mucho juntos y eramos parte de un grupo de críos que corrían de un sitio para otro.

“Desinteresadamente” me acercaba en medio de los juegos para preguntarle que pensaba del “escritor anónimo”. Ella me evadía un poco diciéndome que lo que “él” escribía eran cosas privadas. A veces me suplicaba para que le devele la identidad del susodicho y yo le pedía que no me hiciera eso que yo jamás podría “traicionarlo”. Pasaron los meses y las cartas continuaron llegando a sus manos siempre puntuales a la hora del recreo. Un día ella no se presentó a recibir su carta. La busqué por todas partes y la encontré coqueteando con un muchacho mayor. Aquel día tomé la penosa decisión de desenmascarar mi identidad en una última carta. En la más apoteósica de todas. Una que le disolvería el corazón en el instante en que la leyera. Informándole en el último renglón que “ese hombre…ese hombre…soy…yo…”. Además de la prosa decidí ponerle unos cuantos dibujos de árboles y mariposas (no recuerdo porque lo hice si sabía bastante bien que dibujaba bastante mal). Le entregué la carta como si se tratase de cualquier otra y me fui. Al cabo de de diez segundos me entró un ataque de pánico aunque sabía bien que la suerte ya estaba echada. Aquel día no pude volver a casa con ella porque me moría de vergüenza. Esperé que se fuera y salí del colegio. Llegué a casa. Me eché en la cama a pensar en ella y me quedé dormido.

No paso nada. No se acercó al día siguiente, ni a los dos días. No se acercó a los tres ni a los cuatro muerta de amor por mí. Me desesperé y un día me planté frente a ella en el recreo. Ella se acercó despacio, sobreparó  a mi lado y luego siguió caminando fingiendo no conocerme. Aquella noche yo no pararía de lagrimear ni de moquear. Ella no me habló en lo que quedo del año lectivo y no me habló el año que vino después. En una incursión clandestina al campo de fútbol a las cinco de la tarde en un día soleado del año noventa y cuatro, vi como le daban su primer beso. Sufrí como solo se sufre de amor a los trece años. La vida había terminado para mí.

A partir de ahí me volví yo.

 

Anti Curriculum Vitae

Terminé el colegio a regañadientes. En quinto de secundaria desaprobé ocho cursos de trece en un bimestre. Mi profesor de física me odiaba y yo lo odiaba más porque obligaba a todos a comprar el libro de física que él había escrito. Mucha gente me dijo: “Cuando dejes el colegio no te imaginas cuanto lo vas a extrañar…” ¿Saben que? No lo extraño una mierda.

Entré a una academia preparatoria para poder postular a la escuela de oficiales de la marina. Estudié un año ahí. No recuerdo un solo concepto de todo lo que repasé ahí. Solo sé que hice trampa en casi todos los exámenes para que mi papá se sienta orgulloso de mí al recibir las notas cada mes.

Seno. Coseno. Tangente. Secante. Cosecante. En medio de un entrenamiento militar bastante arduo era obligado a aprender todos aquellos conceptos y demás mamarrachos matemáticos para poder “destacar” y ser un mejor “militar”. Nunca entendí la relación entre la termodinámica y ser Rambo así que dejé la marina sin gloria y con pena. Perdí un par de meniscos también.

Escuela de derecho. Leyes. Aburrimiento y más aburrimiento. ¿Quién demonios puede ser abogado? Desde que estudié derecho dejé de confiar en los abogados y los empecé a compadecer. Cuanta cochinadilla se puede estudiar en un año de derecho. No recuerdo una sola ley orgánica ni menos aún un solo párrafo de mi libro de derecho Romano. No recuerdo nada de la universidad salvo los Burger Kings que me comía en la avenida Javier Prado.

De paro. Claro con veinte años y sin nada estudiado no podía hacer otra cosa que no hacer nada. Fue la mejor época de mi vida.

Busqué una visa para un sueño. Soñé el sueño americano en una fábrica de lapiceros en New Jersey. Me decían Tortuga porque era muy lento levantando cajas. Mis manos estaban acostumbradas a rascar mis pelotas y no al cartón raspador y formador de cayos. Me dejé la barba y el pelo largo. Era por primera vez yo contra el sistema. De vez en cuando me escondía en algún almacén y me dormía de lo más profundo soñando con volver a Lima.

De vuelta en Lima. De paro nuevamente. Gastando la plata que había ahorrado en EEUU. Me creí un señor millonario. La plata me duro cuatro meses. Al quinto estaba nuevamente “soñando”.

Arkansas. Caballos. Vaqueros. White Trash. Fusiles de retrocarga siendo vendidos en los K-Mart. Trabajé en construcción. Construí bases de cemento en algún sitio cerca a Tenesse. Me accidenté. Me quemé las piernas con algún químico. Un tornado se llevó la casa de al lado de mi casa. Mi vida era un silo lleno de mierda hasta el tope. Extrañé las clases de Derecho Romano.

De vuelta en Lima. Nuevamente gastando el dinero que había ahorrado con tanto sufrimiento y tanto tornado. Se me presentó una oportunidad: Ir a Israel. Me dije a mi mismo: “No puedo perder nada si no tengo nada”.

Israel. Calor. Trabajando en un kibutz en la galilea del sur. Soy un flamante ayudante de cocinero. Cocinamos para novecientas personas cada día. Me gusta lo que hago. Aprendí a cortar como un ninja. Aprendí que la vida da vueltas y que nunca es tarde para comenzar de nuevo. Me gustaba hacer el arroz.

Unidad de paracaidistas del ejercito de Israel. No se como llegué ahí. Soy un veterano combatiente. Me he soplado una guerra completa en el Líbano. He matado gente y la gente me ha querido matar a mi. La vida si que da vueltas y que se vaya a la mierda mi profesor de física del colegio. Creo que trabajar el cemento y el cartón me hicieron más rudo que el resto. Gané demasiado en el ejercito. Amé mi trabajo de punta a punta. Por fin me sentía realizado siendo un francotirador y peleando en una guerra que no era mía pero que pasó a serlo.

Cuerpo de seguridad de la Unión Europea. No se como llegué aquí pero hoy desperté y me di cuenta de que era el jefe. Soy el jefe. No quiero ser el jefe. Quiero ser yo. Estoy realizado con lo que soy. Sencilla y llanamente porque “Soy”. Estoy en una situación realmente increíble. He hecho demasiadas cosas en mi vida. Al fin y al cabo se han terminado entrelazando y han dado lugar al nudo llamado: Yo.

Everest. Un sueño de niño. Lo voy a escalar algún día “en serio”. En Setiembre solo lo voy a acariciar. Mi próximo trabajo: “Montañísta”.

 

En Judea

Hace calor. Hace calor. Hace calor. Subimos un poco más por la quebrada. Trescientos metros más y empezamos a dirigirnos hacia el sur. El sol brota desde el este. La mayoría del tiempo está a nuestra espalda quemándonos los cuellos y las nucas. El mar muerto se pierde tras nuestros pasos y tras él se pierden también los montes de Jordania. Son las nueve y cuarenta y cinco de la mañana.

Nos adentramos en una quebrada que no conocemos. Subimos una mezcla de escalones rocosos naturales. Somos cinco: Tres mujeres y dos hombres. Las mujeres hablan mucho. Los hombres hablamos menos y nos dedicamos a subir y a intentar leer las pequeñas marcas que señalan el camino. Buscamos la marca azul. La marca azul representa que en aquel territorio se debe topar uno con agua. Estamos seguros de que llegaremos a refrescarnos en cualquier momento. La quebrada se estrecha cada vez más y de pronto en una de las piedras milenarias hay una marca azulina. Los dos hombres nos miramos y sonreímos: Pronto va a haber agua fresca. Las mujeres siguen rezagadas y continúan con su parloteo. La quebrada recibe en sus entrañas sus ondas sonoras y las devuelve en forma de ecos distorsionados. Después de quince minutos más de caminata estamos todos dentro de una quebrada muy profunda de paredes muy estrechas. Es hermoso. Hay mucha sombra y nos hemos olvidado del calor. Seguimos buscando por  agua y de pronto vemos un pequeño charco verdoso del cual huyen algunos pájaros al escuchar nuestros pasos. Bordeamos el charco o mejor dicho: Pasamos sobre él. Y continuamos nuestro viaje por el túnel natural. De pronto una pared de piedra nos detiene. Distinguimos unas pequeñas asas de metal adheridas a la piedra por las cuales debemos subir. Yo le tengo terror a la altura pero decido ir primero. Siempre  a lo que le tengo miedo me llama la atención. Mientras trepo pruebo el estado de cada asa y veo si realmente son seguras. Dejo al resto del grupo unos siete metros abajo y llego a un balcón de piedra. Ahí espero al resto. Las mujeres suben sin percatarse de nada y sin percibir el peligro que realmente estamos sufriendo. Son como niñas inocentes metiéndose a un circo de payasos mañosos. Estamos todos en el balcón y continuamos el ascenso. Otros cinco o seis metros por medio de las asas que forman una escalera de una dudosa seguridad y con una capacidad de caída vertical de doce a quince metros. Voy primero de nuevo y cada vez que pongo mi peso en una de las asas compruebo que no estén sueltas. Tengo mucho miedo pero lo oculto. Me encanta hacerme el macho. Una vez arriba prefiero no mirar como el resto sube. Lo dejo a la suerte y que les vaya bien. Como es de esperar todos suben bien y no se han imaginado toda la película de terror que acabo de vivir ni sienten la taquicardia infernal que invade mi pecho lampiño.

Continuamos nuestro avance rumbo al oeste. La quebrada se ensancha nuevamente y el sol nos pega con todo su esplendor. Sudamos. Sudamos sin descanso y bebemos nuestra carga de agua con demasiada inocencia y sin mucha responsabilidad. Seguimos esperanzados en encontrar las piscinas heladas llenas de agua diáfana y fría que seguramente contendrían hasta arco-iris a los lados. El agua no aparece pero el sol no deja de aparecer. Nos avisa a cada instante que está ahí en nuestra cabeza. En nuestra nuca. En nuestra garganta. En nuestras bolsas y botellas de agua haciendo que esta desaparezca de a poquitos como por arte de magia. Grantico palmani zum: Se acabo el agua.

El desierto de Judea se caracteriza por ser uno de los sitios más secos del mundo. Con cuarenta y dos grados centígrados y el sol en nuestras cabezas no tardaríamos mucho en deshidratarnos. Después de cinco horas  de caminata nos dimos cuenta que la única agua que encontraríamos sería una pequeña charca verdosa llena de zancudos y  de un cadáver de algo emplumado. Por decepción y por insolación  comenzamos a sentir los primeros síntomas de la deshidratación en esa charca putrefacta.

A más de treinta y cinco grados centígrados y en constante movimiento el cuerpo humano pierde un aproximado de un litro de agua por hora. Si consumes menos de eso: Te deshidratas. La deshidratación te conlleva a sentir dolores de cabeza, mareos, nauseas, desorientación, perdida de enfoque, delirios y en su grado más severo causa la muerte. En un clima tan seco y bajo las temperaturas a la que estuvimos expuestos llegamos a un nivel de deshidratación leve. Leve porque a nadie le dio una meningitis ni tampoco ninguno de nosotros imagino a un Godzilla rosado contando chistes. Pero si sufrimos los dolores de cabeza, los mareos, las nauseas y los calambres musculares que disminuyen en un cincuenta por ciento la capacidad de actuar y de razonar con claridad. Después de encontrar el camino de regreso. Siempre fiel a mi carácter masoquista decidí avanzar más rápido que todos para así llegar al auto cuanto antes y conseguir la cuatro botellas de agua de dos litros cada una que estaban en la maletera y traerlas de vuelta para que la cosa no llegue a mayores. Mientras prácticamente trotaba cuesta abajo creyéndome Killian Jornet empecé a tener delirios paranoicos. Deduje en medio de aquellos delirios que alguien del grupo “moriría” si es que yo no regresaba con agua. Corrí cada vez más rápido. Me desesperé pensando que no llegaría a tiempo. En determinado instante temí que de tan rápido que iba y de lo jodidamente deshidratado que estaba, mi corazón dejaría de funcionar por “Horneo” o quizás mi cerebro se terminase  volviendo una crema grisácea incapaz de razonar nunca más. Mientras corría cantaba himnos de la marina de guerra del Perú para “levantar la moral de las tropas”. Mucho de esos himnos hablaban de matar chilenos y chilenas. En medio de mis cánticos delirantes me dí cuenta de que una de las chicas que estaban más arriba y la cual yo le iba a buscar el agua era (pues como ocultarlo) chilena. Y en medio de la delirante sensación de estar bajando un monte rápido. A trote. Con cuarenta y dos grados en mi mollera. Con el mar muerto ahora en frente a mi cara. Con una brisa insoportablemente tibia. Verborreando canciones anti chilenas. Buscando agua para un ingles, una israelí, una peruana (mi señora esposa) y como no: para una chilena también…

En medio de todo eso me sentí feliz. Divise a lo lejos un reflejo microscópico. Una pequeña estrella en el desierto: Mi auto. Mi destartalado Hyundai Getz al que amo y amé más en aquel instante de locura por calentura. Cuando lo vi corrí más. Sabia que habían unos dos kilómetros y medio hasta él y que ya casi no me quedaba mucho más que dar. Pero corrí. Ahora mientras cantaba canciones del ejercito de Israel “para levantar la moral de las tropas”. Y seguí corriendo. Y llegué al auto que estaba solo como un pedazo de metal en medio de una tierra seca y baldía. Busqué las llaves en mi mochila. Abrí la maletera. Observé las botellas de agua como si se tratasen de diamantes de Sierra Leona. Atrás mio el mar muerto movía sus aguas con flojera. Mientras más atrás aún las montañas de Jordania se teñían de un extraño rosado Pink Panter.

Caluroso Verano

-Patea la pared…

-No…

-Es una orden y te lo estoy pidiendo de buena manera…

-Que clase de orden es esa?

-Un tipo de orden que nos muestra si es que vales la pena para estar en una unidad como esta…

-Entiendo- Patee la pared sin mucha fuerza y sentí el crujir de mis dedos.

-Más fuerte. Patea la puta pared como hombre. Como un soldado de una unidad de élite.

-Hey!!! Me voy a lesionar.

-Me importa una mierda…

-No soy un soldado raso, llevo dos años en esta unidad. No me puedes dar este tipo de ordenes, así que puedes irte a tomar por el culo ok???

-Ja. Voy a llamar a Dany y él te va a enseñar algo…

-Llámalo si quieres. No se que demonios me puede enseñar él a mí…

Dos minutos después Dany estaba a mi lado.

-Dany patea la pared por favor- Mientras el capitán le daba la orden a Dany, me miraba fijamente a los ojos.

Dany no pensó ni un milisegundo y empotró su pie contra la pared de concreto.

-Gracias Dany…

Dany dejó el lugar cojeando. Se le veía muy mal.

-A eso se le llama seguir las ordenes al pie de la letra. Aprendiste algo?

– Aprendí que Dany es un estúpido  y ahora vas a tener un soldado lesionado por dos meses.

-No voy a tener ningún soldado lesionado. Voy a despedir a Dany de la unidad…

-Qué???? pero porqué????

-Porque pateó una puta pared de concreto y no uso ni de manera miserable su capacidad para discernir si estaba bien o estaba mal que pateara una pared de concreto. Por eso se va…

-Pero tú querías que yo pateara la puta pared…

-Quería ver cual era tu respuesta. No seguiste una orden fraudulenta y que pondría en peligro tu seguridad por nada. Has pasado la prueba.

-Entonces esto era una prueba?

-Esto es la unidad de paracaidistas del ejercito de Israel. Aquí todo es una prueba…

-Pero Dany…

-Dany no puede pensar por sí mismo y eso no es lo que buscamos aquí…Es un excelente soldado. En alguna unidad de infantería va a servir bien…

-Me voy a volver paranoico con esto de las pruebas. Ya no sé que es real y que es una puta prueba…

-Sigue así y todo va a estar bien…Ah!! y vete a empacar que salimos para el norte mañana…

-Al norte???…Al Líbano???

-Al norte.

 

Diez días después el capitán “E” moriría en la entrada a una aldea al sur del río Litani en el sur del Líbano. Era el caluroso verano del 2006.

 

 

Everest Base Camp III

Me la paso últimamente buscando toda la información posible sobre el Everest Base Camp trek. Llegué ayer a un blog que se llama EBC trekker donde tenían una detallada mapeada, sobre los “te houses” y los recorridos diarios, además de información bastante importante sobre el tramite de permisos en Katmandú. Joder!!! de solo pensar que me quedan tres meses y medio para ir a escabullirme por esas alturas me emociono más de la cuenta. En fin, en este post voy a tratar de enumerar mis avances hasta el día de hoy en lo que acondicionamiento físico se refiere y además la cantidad de equipo que estoy acumulando (de a poquitos) hasta Setiembre. Comencemos.

Acondicionamiento Físico:

  • Tres sesiones de Croosfit semanales. De no mas de 35 minutos por sesión. En cada sesión vario los ejercicios y el orden de las rutinas. Ejemplo de una de sesión de entrenamiento: 10 dominadas, 20 push ups, 25 squats, con esos tres ejercicios formo un pequeño circuito que realizo cuatro veces lo que me demora unos siete u ocho minutos (obviamente el circuito se realiza sin ningún tipo de descanso) Terminando el primer circuito (básico) empiezo con un circuito de aislamiento de ciertas partes del cuerpo que quiero fortalecer. Biceps, triceps, pantorrillas, trapecios y antebrazos. También en circuito, completando los 35 minutos de entreno. Lo que consigo con esto, es que entreno cada parte de mi cuerpo por lo menos tres veces por semana. Siento que a medida que pasan las semanas mi resistencia aerobica y anaerobica mejoran de manera exponencial. También la fuerza y la potencia explosiva aumentan mucho. Prácticamente no hay Hipertrofia (me mantengo siempre en el mismo peso: 85 kg)
  • Dos o tres sesiones de Running trail de 10 km cada una. Esta es una meta que tengo, la cual no he podido mantener por mucho tiempo porque la semana pasada me he lesionado corriendo con las Minimus de New Balance por un camino muy empedrado. Una de las piedras me hizo mucho daño en la almohadilla metatarsal del pie derecho. No he podido volver a correr desde entonces. Espero que le lesión evolucione de la mejor manera posible y me sane cuanto antes para que pueda volver a correr.
  • Un día de trekk por terreno montañoso y difícil con un promedio de 10 km por caminata. Hasta este momento faltando 3 meses y medio he realizado solo un camino de trail de 9 km de dificultad media en los montes de Jerusalén.
  • Debería tener un día de descanso a la semana. Así que las semanas que haga trekking voy a correr solo dos veces y las que no, tres veces. Tengo que planificar mejor mis entrenamientos de running-trekking para que así llegue con una buena base de kilómetros a Katmandú.

Equipamiento:

  • He comprado por Internet la mochila de Deuter “Futura pro 42”. Estoy esperando con ansias que aterrice por estos lares.
  • Head lamp de Princetoon Tec. Tengo una, debo comprar otra para Dafna.
  • Zapatos de trekking. Tengo los Asolo más fuertes de la tierra. El único problema es que están algo viejos y con muchos kilómetros de caminatas civiles y militares, además de muchos combates (literalmente) debajo de sus suelas. Creo que que me he decidido por los Salomon Quest GRX. Hoy voy a averiguar su precio  con el importador de Israel. (aquí los equipos de montaña son muy caros)
  • Medias de trekking de la lana de Redhead o alguna marca similar.
  • Botiquín de primeros auxilios haciendo hincapié en las pastillas contra el mal de altura.
  • Toallas comprimibles.
  • Pastillas de purificación de agua.
  • Sistemas de hidratación.
  • Fleece, cortavientos, chaqueta de gore tex.
  • Pantalones de fleece mas pantalones de trekking ligeros.
  • Geles y barritas energéticas.
  • Bolsas de dormir -10 grados centigrados.

Las cosas de la lista son cosas que tengo o que ya estoy en proceso de compra. Siempre una lista ayuda a ordenar un poco las ideas y ver lo que se tiene y lo que falta… Así que continuará…

Noches de Apagón

Noches de apagón

Extraño las noches de apagón  extraño el aura de misterio que tenían,  extraño las luces de las velas, extraño la camaradería. Las  extraño porque, al menos en esas noches, parecíamos lo que supuestamente eramos: Una familia. Extraño las noches de apagón porque jugábamos cartas con mi papa y nos hacíamos trampa y nos reíamos y ganábamos y perdíamos  mientras mamá no paraba de sonreír a la luz de los mecheros y mientras tanto comíamos una que otra comida rápida y seguíamos jugando y nos contábamos historias y al fin de todo ese “Casino Royal” nos íbamos a dormir tranquilos y felices después de haber ganado o perdido y ya nada tenia tenia importancia  solo queríamos que el apagón continuase, porque sin el ruido molesto de la televisión que nos interrumpía casi siempre podíamos, al fin, hablar. Hablamos con nuestros padres, hablaba con mi hermano. Nos decíamos secretos que en noches con luz eléctrica jamás nos hubiésemos contado. Mascullábamos en silencio el nombre de las niñas que nos gustaban o a las que les gustábamos y nos reíamos mucho pensando en aquella mirada o en aquel cabello y  eramos niños. Extraño las noches de apagón por que podías salir a ver el cielo y te encontrabas a las estrellas que no podías ver casi nunca si la ciudad estaba iluminada y descubrías que en ese cielo nocturno casi siempre naranja se escondía un cielo oscuro y estrellado, mucho mas luminoso y hermoso. Y podías ver incluso platillos voladores y si mirabas muy hondo podías ver a dios y a los caballeros del zodiaco y dos extraterrestres. Extraño las noches de apagón porque mi papá contaba historias de guerra, historias de su niñez y por unos momentos lo sentíamos como si fuera uno de nosotros, un muchacho más, un poco mas crecido y peludo. Extraño las noches de apagón porque mi mamá sonreía casi siempre de alguna broma de mi viejo o de alguna indirecta que él le mandaba y que nosotros “gracias a nuestra inocencia” no entendíamos. Extraño la penumbra simpática y la falta de ruido. El silencio perfecto que se interrumpía solo por las vocesitas y susurros de los vecinos que disfrutaban de su noche de apagón al igual que nosotros. Extraño las noches de apagón porque me enseñaron que toda nuestra “civilización” y todos “los avances tecnológicos,  en vez de acercarnos más, nos ensimisman más dentro de nosotros mismos. Sin electricidad volvemos a ser el “grupo” “la familia” porque nos necesitamos y nuestra intensa capacidad de recibir información se ve satisfecha por lo que recibimos de parte de la gente que nos rodea y no de cajas bobas movidas por la electricidad y donde sale algún payaso vendiéndote algo. Extraño las noches de apagón por muchas cosas más. El ambiente romántico,  nuestras pupilas dilatadas brillando a la luz de las velas, las cartas o el monopolio en el que siempre alguien terminaba piconeandose y llorando, el cielo, el silencio, la camaradería de una familia pequeña constituida por cuatro gatos que vivieron e existieron a principios de los años noventa en un país tercermundista y olvidado, lleno de terrorismo, guerrillas, represiones y odio (las no tan agradables causas de mis queridos apagones) al que los noticieros internacionales conocían como el Perú (al lado de brasil).