Cartas de Recreo

Escribí mi primera carta de amor a los doce años. La escribí anónimamente y  la entregué a la receptora afirmándole que la carta la había escrito un admirador secreto y que yo solo era el intermediario. A partir de ese día escribí una carta por día. Día a día me acercaba en la hora del recreo y le entregaba la “carta del día”. Ella las esperaba con ansias aunque daba a entender que no le importaba mucho el asunto.

El amor platónico duele. No sabía como demostrarle que yo era el interesado. No sabía como decirle que aquellas cartas tan interesantes y simpáticas las escribía yo de mi puño y letra cambiando un poco la caligrafía. Me estremecía con el solo hecho de estar cerca de ella y con su pequeña palma abierta mientras esperaba que yo le de “su correo”. Después del colegio regresábamos juntos a casa. Ella era mi vecina. La chica de al lado. La que baila en las noches dentro de la casa mientras tú la contemplas desde afuera colgado de un árbol. Y como buenos vecinos de la misma edad, jugábamos mucho juntos y eramos parte de un grupo de críos que corrían de un sitio para otro.

“Desinteresadamente” me acercaba en medio de los juegos para preguntarle que pensaba del “escritor anónimo”. Ella me evadía un poco diciéndome que lo que “él” escribía eran cosas privadas. A veces me suplicaba para que le devele la identidad del susodicho y yo le pedía que no me hiciera eso que yo jamás podría “traicionarlo”. Pasaron los meses y las cartas continuaron llegando a sus manos siempre puntuales a la hora del recreo. Un día ella no se presentó a recibir su carta. La busqué por todas partes y la encontré coqueteando con un muchacho mayor. Aquel día tomé la penosa decisión de desenmascarar mi identidad en una última carta. En la más apoteósica de todas. Una que le disolvería el corazón en el instante en que la leyera. Informándole en el último renglón que “ese hombre…ese hombre…soy…yo…”. Además de la prosa decidí ponerle unos cuantos dibujos de árboles y mariposas (no recuerdo porque lo hice si sabía bastante bien que dibujaba bastante mal). Le entregué la carta como si se tratase de cualquier otra y me fui. Al cabo de de diez segundos me entró un ataque de pánico aunque sabía bien que la suerte ya estaba echada. Aquel día no pude volver a casa con ella porque me moría de vergüenza. Esperé que se fuera y salí del colegio. Llegué a casa. Me eché en la cama a pensar en ella y me quedé dormido.

No paso nada. No se acercó al día siguiente, ni a los dos días. No se acercó a los tres ni a los cuatro muerta de amor por mí. Me desesperé y un día me planté frente a ella en el recreo. Ella se acercó despacio, sobreparó  a mi lado y luego siguió caminando fingiendo no conocerme. Aquella noche yo no pararía de lagrimear ni de moquear. Ella no me habló en lo que quedo del año lectivo y no me habló el año que vino después. En una incursión clandestina al campo de fútbol a las cinco de la tarde en un día soleado del año noventa y cuatro, vi como le daban su primer beso. Sufrí como solo se sufre de amor a los trece años. La vida había terminado para mí.

A partir de ahí me volví yo.

 

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