Solo escribe

Solo escribe. Hasta que te canses. No importa si tu perro te esta lamiendo el pie. No importa si ella esta tirada en el sofá insolada. No importa si están pasando el último capitulo de Game Of Thrones. No importa si no se te ocurre nada. Solo escribe.

Solo escribe y acuérdate de los buenos tiempos. Hay tanto porque escribir. Quizás hay tan poco también. Quizás los temas se repiten demasiado y hasta se vuelven banales de tanto repetirlos. Puedes escribir de lo que recuerdas. Y lo mejor de todo es que puedes escribir “de la manera en que lo recuerdas”. La memoria engaña y engaña más con el paso del tiempo. Los rostros se hacen borrosos. Los gestos se pierden en la bruma. Los olores de antaño se engullen en el aire del presente. Pero recuerdas. Y eso al fin y al cabo es lo que importa. Tu primer recuerdo: El spagetti que  comiste en la sala de partos del hospital un día después de que tu hermano nació. Un recuerdo brumoso del año mil novecientos ochenta y cuatro. Puedes acordarte de más cosas. Niñez feliz. El colegio como centro de reclusión para la gente pensante. Las peleas en las que siempre perdías. La presión por mejorar. Una canción de Kiss. Juguetes. Julio Verne. La familia en la mesa del comedor. El bastón de mi abuelo. El olor del aderezo. La vida pasando con una velocidad asombrosa hasta que tu voz empezó a cambiar. Y a partir de ahí paso más rápido aún. Tu primer beso. Los viajes a sitios lejanos. La luminosidad del futuro en el que todo son esperanzas. Los partidos de futbol. La primera vez que tocaste el sexo de una mujer. El dolor del amor. La luminosidad de la juventud.

Solo escribe. Escribe de la guerra. La guerra te enseña muchas cosas. Muchas cosas acerca de ti mismo. Muchas cosas acerca de la vida misma. Muchas cosas acerca de la muerte. Solo escribe. De lo que somos. De lo que tú eres. De lo que fuiste antes de convertirte en lo que te estás convirtiendo cada segundo que pasa. Escribe de tu madre. Escribe de lo que es ser un ser humano en esta época. En este planeta. En esta vida. Escribe de tu padre y de tu relación tortuosa con él. Escribe de lo que es ser parte de la “Nueva generación” de autómatas que no piensan. Y no poder hacer nada por ello. Escribe de la estupidez y del consumismo. Escribe de las mil y un maneras en que la gente desperdicia su vida. Solo escribe.

Solo escribe. De los amigos perdidos. De los amigos ganados. De los idiomas adquiridos. De los amores terminados. Escribe y hazlo rápido porque el tiempo se agota y lo sabes. Escribe de ella. De tu amor intenso. De alguna que otra noche loca de pasión intensa. La piel de gallina. El mar que asoma por la ventana. El cuarto menguante que apunta al sur. El aire empolvado del medio oriente. El color inspiracional del amanecer. Una mezcla de cosas. Toda tu vida es una mezcla de vidas. De lugares. De sabores. De sexo. De dolor. De muerte. De colores. De situaciones. Una mezcla imposible según las estadísticas. Así que escribe de eso también.

Solo escribe. De una vez y para siempre y déjate ya de huevadas.

Conformista

Cuando era niño quería ser astronauta. Cuando cumplí los once años  me dí cuenta que no era muy bueno en las matemáticas. Además alguien me contó que para ser astronauta debía ser estadounidense o canadiense. En el peor de los casos ruso. Y yo solo era un chico peruano de once años muy malo en  álgebra. Así que decidí renunciar a mi sueño. Acepté la situación  y aprendí a vivir con la realidad que me toco vivir: Me conformé con el hecho de que nunca sería astronauta.

Así como el sueño de surcar el cosmos metido en una lata se extinguió, muchos otros sueños míos han visto un amanecer meteórico y un pronto crepúsculo. Se han extinguido así como han aparecido. Antiguamente al darme cuenta que uno de mis sueños no se iba a cumplir sentía una profunda frustración. Me sentía mal conmigo mismo porque la “suerte” no me favorecía o porque “mi fuerza de voluntad” no era lo suficientemente alta para llevar a buen puerto algún proyecto. Me sentía culpable por “decepcionarme” a mí mismo y “decepcionar” al resto. La mayoría de nosotros sentimos alguna que otra vez este tipo de sentimientos. La razón es que muchos de nuestros sueños y deseos sencilla y llanamente NO son realistas. Si me pongo a pensar. La mayoría de cosas que siempre quise fueron insertadas en mi mente por la publicidad o por otras personas (padres, familia, amigos) Obviamente muchas de esos pequeños memes inoculados se convierten en sueños “inalcanzables” que aumentan nuestra eterna sensación de Insatisfacción: Bienvenidos al mundo occidental.

Al desear lo inalcanzable nuestra capacidad de sentirnos completos con lo que somos, con lo que tenemos, con la vida que nos toco vivir se reduce a la mínima expresión. No todos nosotros podemos ser estrellas de cine. No todos podemos tener su carisma. No todos podemos tener su belleza. Aunque lo deseamos inconsciente y conscientemente….El hecho de que la publicidad nos condicione a creer de que usando Dior vas a ser tan interesante como  Charlize Theron o comprándote un Omega vas a tener el sexappeal  de Daniel Craig es una burda y triste mentira. Gran parte de nuestro eterno problema de insatisfacción esta constituido por lo inmensamente irreales que son nuestras expectativas.

No vas a ser una súper modelo. Siento decepcionarte pero no vas a ser Brad Pitt. Hay muy pocas pocas posibilidades que tengas la plata de Mark Zuckerberg. Si hay una manera de combatir nuestra eterna insatisfacción es disminuyendo considerablemente nuestras expectativas. En otra palabras. Aprender a ser un conformista inteligente. Conformista: una palabra que en la cultura moderna es casi casi un insulto. En una cultura en la que te inculcan “que esta vida es una guerra” en la cual hay “ganadores y perdedores” en la que tienes que ser “competitivo” en la que “no te puedes quedar atrás” en la que tienes que “luchar para salir adelante” en una sociedad así, ser un conformista es por decirlo de otra manera : Ser un perdedor. Ser el que se queda atrás. Ser el pobre diablo de a pie.

Llegando al grano de este post y mi recomendación para que seas más feliz. Te sientas más tranquilo contigo mismo. E inclusive seas una mejor persona: Confórmate y disminuye tus expectativas. El razonamiento es simple:

Menos expectativas = más felicidad

¿Como así?

Sintiéndote rico con mucho menos: Quizás sintiéndote como Mark Zuckerberg (cuando ganó su primer millón) cuando te des cuenta que te has levantado por la mañana y estás sano. Todos los días me siento muy multimillonario por eso.

Esperando mucho menos de la gente: Espera lo que menos puedas de las personas. Piensa que son de lo peor apenas los conoces. Así jamás te pueden decepcionar. Así vas a apreciar mucho más cada actitud buena que tengan para contigo, para con otras personas, para los animales, para consigo mismos. Vas a apreciar realmente lo que es una palabra de cariño de un amigo o el beso tierno de tu esposa.

Esperando mucho menos de tu vida: Vive. Pero no siempre esperes lo mejor. Es más te recomendaría que esperes lo peor siempre. Así cada pequeña cosa buena que te pase día a día la vas a notar mucho más. Piensa en cuando te emocionaste por última vez por darte cuenta que existes. Supongo que hace tiempo no lo haces. Quizás has pensado más veces en lo difícil que es vivir. Cuando ya el solo hecho de que respires es un “milagro” evolutivo. No esperes una mierda que ya tienes bastante.

Esperando nada de los bancos: Los bancos no son tus amigos. No regalan dinero. En el mejor de los casos te roban poco. Sus prestamos son ficticios y engañosos. Nunca esperes nada bueno de ellos. No quiero que los robes tampoco. Pero si hay alguien que algún día debe pagar por el sufrimiento de la gente en el mundo. Esos son los banqueros privados y en banco vaticano.

Esperando mucho menos de ti mismo: No te desesperes y tomatelo con calma. Deja de fijarte en lo que hace el resto y piensa en ti. Vivir frustrado contigo mismo es como tener una papa guayro dentro del culo. ¿No eres muy guapo o guapa? A quien demonios le importa. No eres el centro del universo. Nadie te está mirando y además de eso siempre va a haber alguien que por error o no se va a enamorar de ti. ¿No eres muy exitoso? Explícame que es éxito. Bill Gates se ve aburrido. Steve Jobs hizo teléfonos y computadoras de puta madre y murió de un cáncer atroz que ni con todo su dinero pudo vencer. El éxito es una palabra engañosa. Puedes ser un exitoso padre de familia y vender emolientes en la esquina del mercado. Puedes ser el gerente general de General Motors y ser una porquería de padre, madre, hijo o persona. ¿Éxito? No lo necesitas para ser feliz. ¿Tu vida es aburrida? ¿Las fotos de tus amigos en facebook son mejores que las tuyas? Pues la vida es aburrida. No es un secreto. La mayoría del tiempo estamos metidos en una rutina a la que no se le puede llamar “Diversión”. El secreto es saber nadar en ese aburrimiento y encontrar los islotes de momentos kodak. Hay millones de ellos y esos súbelos a facebook. En resumen “Conformate” con lo que tienes, con lo que eres, con la carita que posees, con las virtudes que guardas en el pecho, con las piernas chuecas que mueves. Eso eres tú y amalo.

Concluyendo. Deja de lado las expectativas que te insertan en el cerebro por medio de canales publicitarios. Deja de escuchar todo el tiempo a tus papás. Ellos no siempre tienen la razón. No dejes que te bombardeen de sueños inalcanzables y obviamente no te frustres por aquellos deseos creados. Disminuye tus expectativas mil veces y sé un millón de veces más feliz.

No voy a ser un astronauta y lo acepto frente al espejo.

“Me están pasando  tantas cosas buenas que no me esperaba…”

Un paso más es un paso menos

 

“Un paso más es un paso menos”. Solía repetirme eso una y otra vez. Aquella frase me la enseñaron en la armada en Perú hace bastante tiempo ya. Aunque creo que se le puede dar uso en cualquier ejercito o banda de mercenarios alrededor del mundo. Cuando estaba en el entrenamiento en la escuela de paracaidistas en el ejercito de Israel solía repetirme aquella frase una y otra vez. Solía hacer una que otra variación como “Un día más es un día menos” o “Un kilómetro más es un kilómetro menos” (la inspiración no me abundaba en aquellas épocas) Regresemos al paso. Paso a paso salíamos una vez por semana de marcha de campaña. Recuerdo que la primera que hicimos fue de tres kilómetros. Me pareció pan comido y en determinado instante pensé que si todo seguía así mi vida sería miel y azúcar.

Once meses después estaba en la última semana del entrenamiento. “La semana de la guerra” algo así como la recreación bélica más fidedigna que se le puede hacer a una unidad del ejercito. Una semana entera en la que prácticamente no se duerme. No se come. Los comandantes disponen a sus fuerzas manera que creen conveniente y utilizan estrategias ingeniosas para conquistar las posiciones del “enemigo”. Tenemos a nuestra disposición helicópteros, mucho morteros, artillería, algo de tanques y muchísima munición. En fin. No voy a usar la palabra “divertido” porque no lo es. Al menos no notas mucho el cansancio porque todo el tiempo estás en movimiento. Mi sueño más largo en aquella semana duró cincuenta minutos aunque los sentí como si hubiesen sido cincuenta horas. “Combatimos” . Volamos de un sitio a otro en los Black Hawk. Explotamos tanques. Y tomamos las posiciones enemigas. Fin del cuento. “La semana de la guerra” había terminado. Me sentí demasiado feliz y a la vez realizado después de haber logrado culminar uno de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Iba bromeando con los compañeros. Abrazándonos los unos a los otros. Sonriendo con placidez pensando en las duchas de la base. Pensando en la comida caliente del comedor…El Mayor a cargo nos pidió que nos reagrupáramos nuevamente. Nos dijo que habían nuevas ordenes. “Los egipcios atacan por el sur” nos dijo. “Varias unidades de infantería los están deteniendo lo mejor que pueden…” “Tenemos veinte horas para entrar en combate…así que nos ponemos en camino ahora”. Nos dejó pasmados un segundo aunque luego regresó y nos dijo: “Esto es un ejercicio…seguimos en la semana de la guerra. Ahora comienza lo bueno…”

Lo “bueno” comenzó y empezamos a caminar con la munición y las armas. Una hora. Dos horas. Diez horas… En determinado instante dejé de pensar porque hasta eso me cansaba. Me repetía a mi mismo la frase de siempre “Un paso más es un paso menos” “Un paso más es un paso menos” Nunca en mi vida he estado tan extenuado. Mis piernas temblaban sin control y mi rodilla derecha estaba demasiado llena de agua como para verla con buenos ojos. Empezamos a caminar a la una de la tarde. A las tres de la mañana del día siguiente nos esperaba un convoy con comida y agua. Todos queríamos sentarnos pero no nos dejaron. El riesgo de hipotermia es alto de noche en el desierto  si es que estás muy mojado. Nos dieron quince minutos para comer y beber todo lo que queríamos. Comí muchas tortas de chocolate. Comí cantidades ingentes de pan con mermelada y me trague diez huevos duros. Ahí uno de los choferes del convoy nos soltó el dato que habíamos caminado setenta kilómetros y “solo” faltaban treinta.Cuando escuché treinta me derrumbé psicológicamente. Quise llorar. Quise pegarle a alguien. Aunque recordé que el culpable de aquel suplicio era yo y nada más que yo. De todas maneras lo que más quise fue a mi mamá.

Una vez que se corrió la voz por todo el batallón sobre lo treinta kilómetros que faltaban el silencio se apodero hasta de los más optimistas. Yo llevaba una radio de la época de la guerra de Vietnam en la espalda. Pesaba mucho y ya no la podía cargar. Le pregunté a uno que otro soldado si es que alguien la podía llevar por mi. Nadie se atrevió. Todos estaban hechos mierda. Yo lo entendí y me resigne a mi suerte. Cuando nos pusimos en movimiento nuevamente mis músculos estaban tan entumecidos que respirar me dolía. Bajé la cabeza para hacer caer el peso de la radio en la parte dorsal de la espalda y mientras miraba al piso caminé mirando mi pie izquierdo avanzar y luego el derecho. Supongo que en cierto instante aluciné o me dormí porque no recuerdo bien como transcurrieron aquellos treinta kilómetros. Solo sé que en determinado momento paramos. Un nuevo convoy nos esperaba con dulces y agua. Nos dieron cinco minutos.

Después de eso nos ordenaron abrir las camillas para transportar heridos. En cada camilla pusieron cuatros costales de arena de veinte kilos cada uno. Cuatro soldados llevarían una camilla al hombro (uno en cada esquina). A partir de ahí cada uno de nosotros se montaría sobre un hombro otros veinte kilos de peso. Las ganas de llorar se me habían ido y dieron paso a un estado de displicencia sin igual. Un estado de “ya que mierda más da….” Junto con mis tres compañeros levantamos nuestra camilla. Dolió. Un minuto después el mayor nos dijo: “Falta un Kilómetro y medio para que se conviertan en paracaidistas. Falta un kilómetro y medio para que dejen de ser lo que eran y pasen a ser lo mejor que pueden ser. Este kilómetro y medio es el más difícil de todos. Ven aquella montaña de ahí….Pues ahí nos dirigimos. Nos vamos a caer. Pero nos vamos a levantar y ningún puto va a renunciar. Israel esta orgullosa de ustedes. Son la sal de esta tierra….Andando!!!!”

Frases como esas se estudian en la escuela para comandar. Luego me aprendí unas cuantas cuando me tocó a mi levantar la moral de mis soldados. Aquel día aquella linda frase no sirvió de mucho. Estábamos hechos puré. Caminamos como zombies con el dolor intenso en el hombro en el que levantábamos el peso. En determinado instante me acordé de las procesiones en Perú. Sí.  Me sentía como algún pobre diablo llevando las andas de algún patrón o santito o Jesusito o virgencita. Aquel pensamiento me ayudo a pensar en otra cosa. Recordé en como la gente adornaba con flores las avenidas y en el olor del incienso. Los rayos semi naranjas del sol comenzaron a emerger a nuestra espalda por el este. La subida a la montaña fue brutal. En verdad nos caímos muchas veces. Nuestros propios comandantes y sargentos se metían debajo de las camillas para ayudarnos. Todos fuimos uno. Todos pujando hacia arriba. Pujando. Paso a paso. Despacio. Escuché muchos gemidos. Chicos quebrados llorando. Gritos de aliento de otros. Mi rodilla derecha dejo de funcionar y no pude doblarla más. Así que cojeé con dolor. Miré hacia la cumbre. Mientras el negro del cielo se estaba pintando de un azulino paraíso. Di todo lo que tuve. Lo di de verdad. Un paso más es un paso menos. Un paso más es un paso menos. La cumbre cada vez más cerca. Hasta que por fin.

Gritamos de alegría. Gritamos de dolor. Miré hacia el este y el amanecer me hizo lagrimear. A mis pies estaba el mar muerto cambiando de colores. Las montañas de Jordania se teñían de luz tenue. Me sentí tan hecho mierda que sentí gran parte de mi viejo YO morir en aquel camino. Me sentí nuevo. Me sentí vivo.

Incertidumbre

Me siento algo decepcionado conmigo mismo. No puedo controlar el clima. La filosofía Zen dice que con las justas te puedes controlar a ti mismo. Pero eso de controlar al resto de cosas (aunque sea un poquito) naca la pirinaca. Todo lo que sucede en el universo y en la casa de tu vecino se debe (en mayor o en menor parte) a una pequeña concepción ideológica y científica. Sin introducirnos demasiado en explicaciones estilo Stephen Hawking podemos resumir de que el universo esta supeditado a una ley o principio simple: La incertidumbre. Obviamente tú y yo somos parte de este universo y obviamente tú y yo nos movemos y tomamos decisiones basándonos en la incertidumbre. En resumen y en español gentil: Tú y yo no podemos controlar ni mierda ni siquiera al uno por ciento. Todo es incertidumbre.

Una salsa de antaño decía: “La vida es así…No la he inventado yo…”. Pues sí. Es así. Pensamos que nuestras decisiones o el hecho mismo de “tomar decisiones” nos da cierto poder sobre nosotros mismo, sobre nuestros hijos, sobre los gobernantes, sobre el planeta, sobre tu profesor de física, sobre tu mujer, sobre tu perro. Estamos acostumbrados a la secuencia lineal de Decisión- Acción- Reacción. Si decido tirar la pelota a Ringo y luego alzo la pelota y la arrojo en una dirección, espero (porque casi siempre sucede) de que Ringo va a correr para traerla de vuelta. He concebido de qué,  como hasta el día de hoy siempre ha sido así, la próxima vez que lo haga “va a ser” de esa manera: Ringo va a correr a la velocidad de un rayo entusiasmado y con la lengua afuera hacia la dirección, en la cual, la pelota está dando botes. Luego la va a meter en su boca babosa y va a regresar trotando hacia mí. Es lo que debería pasar pero ¿sabes qué? Puede ser que no pase. Y ¿Sabes por qué? Por el bendito principio de incertidumbre. Hay una infinita gama de posibilidades y de opciones que pueden hacer que Ringo NO me traiga la pelota. Puede distraerse con otra cosa. Puede aparecer otro perro. Puede caer un meteorito en el parque. Puede ocurrirme un infarto. Puedo sencilla y llanamente tirar la pelota en un sitio de donde él no la pueda extraer. Las probabilidades de que esa pelota retorne a mi mano son ínfimas respecto a las que podrían hacer de que esa pelota jamás regrese a mí. La incertidumbre es demasiado poderosa.

Todo este rollo pseudo  filosófico intenta explicar una cosa bien simple. No puedo controlar el sencillo hecho de tirarle la pelota a mi perro. Y si no puedo controlar eso. ¿Cómo  puedo controlar algo un poco más complejo aún? Digamos mi vida. Joder, si nos ponemos a pensar bien, en cada segundo que pasa se nos cierran infinitas posibilidades de hacer tal o cual cosa y se nos abren otras infinitas posibilidades de hacer esto o aquello. La incertidumbre juega a veces a nuestro favor. En fin. Empecé este post diciendo que me sentía decepcionado conmigo mismo porque no puedo controlar el clima. He llegado a la conclusión de que no puedo controlar nada (ni siquiera la trayectoria de la pelota de mi perro). Es algo egoísta decir de que yo he llegado a tal conclusión. Los filósofos budistas de hace miles de años llegaron a ella hace tiempo y se dieron cuenta de que la mejor opción para tratar la “falta de control” es no poner resistencia y dejarte llevar por la incertidumbre: “Si un problema tiene solución ¿para qué preocuparte? y si un problema NO tiene solución ¿para qué demonios preocuparte?” Simple y simpático pensamiento Zen. Una lástima que no soy budista y me sigo preocupando en que no puedo controlar el clima. ¿Y sabes por qué? Porque últimamente estoy leyendo los pronósticos de vuelos desde Katmandu a Lukla (donde empieza la travesía al campo base del Everest) He revisado los últimos siete años y he terminado jalándome los pelos. En resumen: No se puede pronosticar una mierda. Hay semanas enteras que no se puede volar a Luckla tanto en Setiembre (el mes en que viajamos) como en Octubre o Noviembre (los mejores meses para viajar) Hay semanas enteras despejadas en la época de lluvias y hay otra en las que la visibilidad se reduce a un metro a la redonda.

Hemos decidido ir al Everest pero ¿Eso es suficiente para que lleguemos?. Las posibilidades de que NO pongamos los pies en la montaña más alta del mundo son infinitas. Aunque las posibilidades de que un chileno, un inglés y un par de peruanos,  que  hace un par de meses eran meros desconocidos, que ha su vez suelen amar a los perros,  que ha su vez son israelíes, que ha su vez hayan decidido cruzar juntos Jordania, Qatar, India para llegar a Nepal, y que ha su vez hayan abrazado con cariño e inocencia el sueño de llegar al Everest entrenando en el mar muerto… Las posibilidades de que semejante conjunción de casualidades y mezclas de opciones se diese y se esté dando son (creo yo) más ínfimas que las anteriores. Como dije antes: La incertidumbre juega, a veces, a nuestro favor.

Y si es así entonces…

Hace media hora

 

Tenía que arrastrarme una buena parte del tiempo. Su hubiese sabido que de eso se trataba no me hubiese apurado tanto en voluntarisarme al curso. Pero que podía hacer. Ya estaba ahí arrastrándome. Es difícil llegar a estar en un puesto óptimo de disparo. Debes buscar uno que te encubra lo suficiente. Que no este demasiado alto sobre el blanco. Que te facilite las mediciones básicas de distancia y la dirección y velocidad del viento. Corriendo o caminando encontrar un puesto óptimo de disparo no sería tarea demasiado complicada. La raíz de todo problema y de toda incomodidad  es que lo debes hacer arrastrándote. Las razones son simples: No puedes dejar que te vean. No puedes dejar que sospechen ni por un segundo que estás ahí.

Moverte cincuenta metros te puede demandar una hora (a plena luz del día). Si estás bien camuflado nadie se dará cuenta de que estás ahí. Encontrar un puesto de disparo óptimo te puede demandar un par de horas más. Así que una buena aproximación al blanco más la instalación de un puesto de disparo óptimo te puede demandar unas doce o trece horas arrastrándote despacio, muy despacio.

La tarea de aproximación suele ser la más difícil de todas. Demanda paciencia. Demanda buena capacidad en el arte del camuflaje (Sueles tener el equipo y el traje de camuflaje listo el día anterior. El color del traje y el del arma siempre debe ser el mismo que el del terreno por el cual te vas a “deslizar”). Demanda silencio. Demanda aguantar la sed. El calor. El frío. El hambre. Demanda que solo pienses en que no te vean y en que tú los puedas ver muy bien a ellos.

El trabajo siempre se hace de a dos. Uno porta el arma y el sistema de miras diurnos y el otro los accesorios nocturnos más el telescopio de medidas (quizás la herramienta más importante de todas) Mientras te arrastras de a poquitos debes tocar a tu compañero de cuando en cuando para sentir su presencia. Tuve la suerte inigualable de contar con uno de los mejores “medidores” del ejercito. Era un francotirador sin igual y además era un gran tipo. Solíamos entendernos solamente con la mirada o con pequeños “pshhh” y señales. En las aproximaciones el llevaba siempre la delantera porque tenía un instinto excepcional para encontrar el puesto de disparo óptimo.

Instalábamos el puesto despacio y sin romper demasiado los arbustos y evitando que los pájaros salgan huyendo en bandadas. Colocaba mi arma en el piso. Me ponía en posición de disparo. Ponía el ojo en la mira y comenzaba a medir. Mi compañero se sentaba siempre al lado mío con el ojo puesto en el telescopio de medición corroborando sus mediciones con las mías: Distancia al blanco 720. Velocidad del viento 3. Dirección del viento N-S. “Tienes que hacer 3 clicks arriba, 7 izquierda” me decía con una voz casi imperceptible. Yo le respondía con un “copiado” seco y ponía la mira a punto. Ahora solo quedaba esperar.

En cualquier momento el micrófono incrustado en mi oreja debía de recibir la simple orden de “hay A” A de autorización. En ese instante debíamos tomarnos un pequeño tiempo para verificar medidas. Yo me encargaba de poner la cruz de la mira en el pecho del blanco y seguirlo hasta que mi compañero ponía la cruz de su telescopio en el mismo punto. Luego él comenzaba la cuenta regresiva 3,2,1, fuego. Y yo disparaba.  A partir de ahí habían dos opciones. O habíamos pegado en el blanco y en ese preciso instante dábamos paso a retirarnos sigilosamente pero rápido. O había fallado el tiro. Si el tiro se perdía tenia tres segundo para liberar un segundo disparo mientras mi compañero me informaba que  había pegado 20 cm a la izquierda. Una persona que recibe un disparo al lado no puede procesar la información(¿me han disparado?, ¿de donde? ¿qué hago? ¿me agacho aquí? ¿pecho a tierra? ¿correr? ¿hacia donde?) en un tiempo menor de tres segundos (es el tiempo exacto que tiene un francotirador para liberar su segunda bala) la segunda bala nunca falla.

Encontré a mi compañero hace media hora en la calle. Me contó que se casó y que su esposa esta embarazada. Nos abrazamos un buen rato sonriendo mutuamente con cariño. Le dije que se ve muy bien. Él me dijo lo mismo a mí. Cada cual siguió su camino.

 

Nostalgia

Estamos alejados. Mi relación con ella nunca fue de lo mejor. La gente solía criticarme. Me decían que si no la quería era como si no quisiese a mi propia madre. Mi madre también me criticaba por eso. Hace once años que la dejé. Hace once años que en muchos aspectos no he dejado de añorarla. Pero así es la vida. Con la distancia nace la nostalgia y ya soy poco objetivo. Mis sentimientos por ella se han vuelto borrosos. Se han extinguido de mi carcasa. La tierra que me vio nacer ha dejado de ser para mí lo que debería: Una patria.

Sé que quizás las cosas que escribo suenen algo tontas o inmaduras o en el peor de los casos hasta traicioneras. Pero no amigos peruanos. No soy un traidor. Solo soy un expatriado. Soy un tipo que perdió el vinculo con la tierra que lo vio nacer para bien o para mal. Hay momentos en los que aún soy “un peruano” de corazón. Por ejemplo: Cuando juega la selección. Cuando Vargas Llosa se gana un Nobel o cuando Ivan Thais critica la “Papa a la Huancaína”. Hay otros momentos en los cuales me siento tan lejos de mi peruanidad que me siento un ciudadano del mundo sin hogar fijo y sin refugio. Por ejemplo cuando Ollanta habla huevadas o Nadine es voceada para ser presidente o Fujimori habla de indultos o la Herradura se queda “nuevamente” sin arena. En esos momentos siento vergüenza ajena y me quiero “eyectar” automáticamente de mi identidad nacional. Hay muchos momentos en los cuales sencilla y llanamente “no me siento parte de…” . Por ejemplo: Cuando la gente habla de “Combate” y “Esto es Guerra” o de las pachotadas que sigue diciendo Carlos Cacho. Ahí si mi cordón umbilical con el aguaje, la quinua, las alpacas, la costa, la sierra y la selva, se va directamente a la mierda.

No suelo vivir pegado a la realidad de Perú. No soy un peruano fanático de lo que pasa en Lima. No leo los periódicos peruanos todos los días. Es más: Cada vez me importa menos lo que pasa por allá. ¿Y saben que? Duele no ser “Parte de…”. Es el precio que pagamos los que nos hemos ido “para siempre”. Perder el cariño de tu tierra y no ganar el cariño materno de otra. Porque como dicen: Madre hay una sola. Y en este caso mi “madre” esta lejos lejos y yo tengo una sarta de sentimientos encontrados cuando pienso en ella.

Hay momentos en los que me toca discutir con algún chileno sobre la nacionalidad del Pisco y bueno lo defiendo como si fuera una patente mía. Aunque siendo sincero después de tantos años afuera. Cualquier tipo que hable español pasa a ser tu connacional así haya nacido en Santiago y tú en Lima. Es algo que logra la distancia también. Te enseña a ver las cosas con la perspectiva idónea. Los “Sudacas” somos todos lo mismo y por ende nuestras nacionalidades se diluyen de a poquitos y dan paso a una especie de comunidad sudamericana que al fin y al cabo es lo que realmente somos.

Escribo esto porque estoy pensando en mi país. Escribo esto porque me importa. Acabo de leer un titular acerca de que Carlos Alcantara teme que lo secuestren porque su película es muy exitosa. No me jodan. Eso es un titular del “decano” de la prensa nacional. Repaso los titulares en los periódicos y lo único que siento es algo de pena (y nauseas) por una sociedad mal informada a propósito. No dejemos de lado que te llenan los titulares con culos. ¿Culos? Sí. Mujeres desnudas para llamar la atención del “lector”. Sin palabras. Al comenzar este párrafo quise escribir algo entrañable y bonito hacia mi país y hacia mi gente. Entré a la pagina de “El Comercio” y se me revolvió el hígado y ya perdí la inspiración. ¿Se dan cuenta de lo que me pasa con algunas cosas en mi terruño?

Joder este post no tiene ni pies ni cabeza. Está tan enredado como mis sentimientos por el calor de Chiclayo, las arenas de Máncora, los balcones del centro de Lima, las nieves de Huaráz, la selva del Manu, el lago navegable más alto del mundo, el cañón más profundo del planeta, el Cóndor Pasa, la chicha morada, la maldita boa, el suspiro limeño, el Cuzco, el Misti, el Pisco (que se jodan los chilenos amigos), La Ciudad y los Perros, Jaime Bayly, La incontrastable, la ocopa, el ceviche, el mote, las conchas negras, las chicas alegres, los muñecos de año nuevo, el barrio de Magdalena, la criollada, la gente buena, los goles del chorri, los políticos de mierda, los choros de la Javier prado, la quinua, la kiwicha (que es la comida de la NASA), los buses de dos pisos, los manglares, las cucardas, Los Heraldos Negros, los comunistas de antaño, los terrucos locos, el mate de coca, los buenos amigos, las pichanguitas, Trampolin a la Fama, la rica Pilsén Callao, la punta y el Cantolao, el olor del mar, la neblina panza de burro, Bryce, la mazamorra, los tamáles de la tía de la vuelta, el frijol colado de la morena, la causa a la limeña, el raffting en el Apurimac, el camello Soto, el gol del Beto Carranza en cerro de Pasco, los andes, los andenes, el olor de la pachamanca, las ruinas de Chavin de Huantar, las Malcriadas del Trome, la U, la clasica toda la marinajavierpradobenavideshigueretaterminalllll, función estelar, juguete de motta, el Panetón, el chocotón, la nieve artificial en navidad, la pampa de la quinua, el jockey club, mi viejo, la lúcuma, los truenos de Iquitos, el Foker, los compañeros del colegio, los amigos de siempre, la gelatina royal y tu chancay de a veinte….

Esa es mi tierra. Así es mi Perú.

 

 

¿Soy Feliz?

Estoy entero. Miro mis brazos. Miro mis piernas. Los dedos de mis manos. Los dedos de mis pies. He podido perder alguna parte de mi en muchas circunstancias y no ha sido así. Tengo compañeros que han perdido una que otra parte. Yo no.

Estoy sano. Mi corazón late. Mi cerebro procesa la información con rapidez. Me muevo con facilidad y con celeridad. Puedo ver amaneceres y atardeceres. Puedo oler la tierra mojada después de un día de lluvia. Puedo tocar los labios rojos de ella o acariciar el lomo peludo de un amigo.

Soy fuerte. Me enfrento a “problemas” todos los días y los resuelvo y sobrevivo. Me enfrento a los años y los aguanto.  Me siento capaz de subir a la montaña más alta o de bucear a las profundidades azules de la tierra. Puedo correr con potencia. Puedo amar con ímpetu.

Estoy joven. Y no por los años. Sino porque mantengo la curiosidad por el mundo. Porque me sorprende el olor del buen café en la mañana. O me excito cada día por el olor púrpura que brota de su cabellera. Puedo ver la hermosura del vacío en un desierto en invierno. Puedo sentirme lleno flotando en las olas del mediterráneo sin nada más que no sean mis recuerdos.

Estoy hambriento. De ver. De oler. De conocer. De experimentar sobre mi mismo. De crecer. De envejecer. De fluir por la vida de la “mejor” manera. De conocer gente que vale. De vivir.

Tengo amigos. No millones. No miles. No cientos. No decenas. Quizás diez. Quizás menos aún. Morirían por mi. Yo moriría por ellos.

Tengo familia. No estoy solo en el mundo. Hay gente que me ama incondicionalmente. Hay gente a la que amo sin reparos. Hay lazos de sangre para corroborarlo. Familia. Mis mejores recuerdos están invadidos de momentos familiares. De que sirve ser feliz si no lo puedes compartir con tu familia y hacerlos felices también.

Aprecio lo que tengo. No quiero más. Es más que suficiente. Tengo todo. Tengo toda la música del mundo a mi disposición. Tengo toda la sabiduría del planeta en mi teléfono. Te tengo a ti. He puesto mis pies en varios sitios del planeta sacando lo mejor de ellos. He estado cerca de la muerte tanto que he entendido que es estar vivo. Soy inmensamente rico por el sencillo y llano hecho de que me doy cuenta cuan rico soy.

Mi vida es maravillosa. La vida es maravillosa. Cuantas variables se tuvieron que conjugar en el espacio-tiempo para que yo exista aquí y ahora. Las posibilidades de que YO existiera eran ínfimas y aquí estoy. Como no sorprenderme de eso. Como no sorprenderme cada día de que te puedo acariciar. De que puedo escuchar el viento en el desierto. De que puedo sentir el frescor del mar fortaleciéndome los músculos. Del naranja intenso del cielo. Del prodigio tecnológico que significa que puedas leer esto. Del campo de cebolla en el que caminé una noche de luna llena. De los matices del sexo. De los olores en la cocina de la abuela. De la vida a nuestro alrededor. De las yemas de mis dedos tecleando en este tablero en este preciso instante.

¿Que si soy Feliz?

Pues…Sí.