Francotirador Recon 2

 

Dima y yo en la “Sniper School” del ejercito de Israel

A veces la vida es así. A veces se olvidan de ti. Los olvidos duelen. Hay unos que duelen un poco más. Hay unos que duelen un poco menos. A veces la chica que te gusta te manda para el demonio y al no llamarte un par de meses te das cuenta que se ha olvidado de ti. A veces te de despiertas en una duna junto a tu compañero bajo la brisa de Octubre con el silencio del amanecer y el azulado del cielo que muta a celeste. Y te das cuenta que el ejercito en el cual sirves se ha olvidado de ti. Como dije antes los olvidos duelen y más si son en la Franja de Gaza.

Has ido al entrenamiento básico en la mejor unidad del ejercito. Has ido a la escuela de ejercicios  avanzados de las unidades de infantería. Has ido a la escuela de paracaidismo de combate. Has superado el curso LOTAR (guerra antiterrorista). Has ido a la escuela de francotiro y has terminado primero de tu clase. Has combatido en la guerra del Libano del dos mil seis. El ejercito ha invertido en ti y en tu instrucción casi un millón de shekels (trescientos mil dólares). Eres un “Ferrari” rojo y brillante con su escudito amarillo y su caballito negro. Y estás abandonado en una duna dentro de la franja de Gaza junto a un “Lamborgini Diablo”. La vida es así a veces.

Gajes del oficio del francotirador. 

Una noche antes nos informaron que debíamos abrir un punto de observación dentro de la Franja. Nos adentraríamos tres kilómetros después de la frontera. Nuestro equipo estaba compuesto de siete soldados. Uno de ellos un oficial. Yo iba como Segundo al mando y Primer francotirador. Venía conmigo Dima el segundo francotirador (mi pareja). Los otros cuatro soldados eran los encargados de portar. Ensamblar y activar la máquina de visión térmica con la que se harían las observaciones. A las dos de la mañana estábamos en posición. Siete soldados israelíes “observando” al enemigo dentro de su territorio. Hacía algo de frío pero estaba bien. Dentro de nuestras miras de visión nocturna se veía el mundo y la ciudad de Khan Yunis de un color verde radioactivo. Le informe al oficial que mi compañero y yo nos deslizaríamos a otra duna donde podríamos tener más rango de acción. El oficial aceptó. Nos alejamos de nuestro grupo unos cincuenta metros con dirección al sur. Abrimos nuestro puesto de francotiro y comenzamos con las mediciones. A la primera mezquita que veíamos teníamos 410 metros. Al “arco del triunfo” 500 metros. Trazamos las medidas a diversos puntos y esperamos. Cuando quise comunicarme con el oficial me dí cuenta que algo no andaba bien con mi radio. Así que regresé a la primera duna y le informé de mi problema radial. Me dijo de que en caso tuviera algo importante que decirme mandaría a algún soldado o él mismo iría a informarme. Regresé a la segunda duna con Dima. Puse mi ojo en la mira de mi M-24 y no me moví. Después de no se cuanto tiempo abrí los ojos. Me dí cuenta que estaba aclarando. Dima estaba con el ojo (cerrado) en su propia M-24. Lo desperté. Se le chorreó algo de baba de entre los labios. Le dije que nos habíamos quedado dormidos y que ya eran casi las cinco de la mañana. Dima me pidió que vaya a buscar al oficial para que nos informe de las ordenes. Conocíamos que nuestra frontera temporal para salir de Gaza era a las cinco de la mañana. Mi reloj me informaba que eran las cuatro y cincuenta y siete. Me arrastré hacia la duna donde deberían estar mis compañeros. Lo que vi me horrorizo e hizo que casi me cague encima. El oficial y los otros cuatro soldados no estaban.

Lo primero que pensé fue en que los habían secuestrado. Pensé en que una patrulla de Hamas nos había visto acercándonos y nos habían hecho una emboscada. Pero luego se me ocurrió  que si eso se hubiese dado al menos alguno de los cinco soldados o alguno de los terroristas debía por lo menos haber disparado un par de tiros. No podía ser posible de que me haya quedado tan dormido hasta límite de no haber escuchado un puto combate a cincuenta metros de mí. Regresé donde Dima. Le conté la situación. Le informe que no quedaba nada de la Kita (pequeña unidad de combate del ejercito de Israel) Dima me pregunto que demonios haríamos. Yo no supe que responder.

Lo único que sabía era que con cada minuto que pasaba el cielo se tornaba más celeste. Había más luz y nos estábamos convirtiendo en blancos demasiado fáciles de ver. No importaba que estuviésemos envueltos en Ghillie Suits. Los de Hamas no son tan estúpidos como para no reconocer dos bultos que se mueven de cuando en cuando e interpretar que se trata de dos soldados israelíes. Probé la radio de nuevo. No conseguí hacer contacto con nadie. Le pedí a Dima que guardemos las M-24 en sus respectivos envoltorios y que nos movamos solo con las M-4 rumbo hacia la verja electrónica que separa Israel de Gaza. La entrada por la que habíamos entrado ayer estaba a tres kilómetros de nosotros. Nos quedaba correr entre las dunas lo más rápido que pudiéramos. Le pedí a Dima que no se separé más de diez metros de mí. Y empezamos a correr rumbo este. Rumbo a Israel. Correr en la arena cansa y correr con un ghillie suit te sobre calienta de manera inusual. Suma a eso los veinticinco kilos de equipo que tienes sobre tu cuerpo. Al cabo de un “K” estábamos más que fatigados. Pero la luz del alba nos aterrorizaba y nos subía de manera inconsciente la adrenalina hasta los limites. Seguimos corriendo. De pronto a lo lejos divisamos la verja. Otra cosa que se me cruzo por la mente fue que quizás el ejercito pensaría que eramos dos terroristas suicidas que nos estábamos acercando a la frontera con tal de hacer un atentado y que algún retardado de la orden a algún tanque de volarnos en pedazos. No podía usar la radio para informar que eramos nosotros. El Ferrari y el Lamborgini que tanto le habían costado al ejercito. A quinientos metros de la compuerta de entrada o de salida divisé un movimiento inusual de soldados israelíes a lo lejos. Observé cinco que ingresaban en territorio de la franja y corrían desesperádamente en nuestra dirección. Doscientos metros después comprobé que se trataba de nuestra Kita. La misma que con la que habíamos entrado en Gaza en la noche.  ¡¡¡¡No los habían secuestrado!!!!. Se les veía bien  corriendo en nuestra dirección. Entonces ¿Qué demonios había pasado?

Lo primero que hizo el oficial fue preguntarnos si estábamos bien. Le respondimos que sí. Juntos salimos hacia la compuerta y entramos en territorio israelí. Le dije que pensé que los habían secuestrado. El me dijo que pensó lo mismo de nosotros. Me dijo que se habían quedado dormidos y se despertaron a las cuatro y treinta. Él mismo fue a buscarnos a nuestra duna y no nos encontró. Le dije que las cuatro y treinta yo estaba en mi puta duna durmiendo. Él me dijo que se desespero al no encontrarnos. Estaba muy oscuro y nosotros con los Ghillie suits habíamos perdido cualquier vestigio de forma humana. Llamó por radio al comando. Le dijeron que regrese a Israel. Que si en caso nos movíamos. Las cámaras térmicas nos verían. Cuando él cruzo la frontera le informaron que habían dos seres humanos que se acercaban a la frontera. Venían del cuadrante donde se había establecido el punto de observación. Era casi cien por ciento seguro que eran los dos francotiradores perdidos. 

Dima y yo habíamos pasado treinta minutos completamente solos en la franja de Gaza. Uno de los sitios más peligrosos del mundo para cualquier soldado occidental y en particular para un soldado israelí. En caso de haber sido capturados se hubiesen dado un buen festín con nosotros. Sentimos alivio a le vernos entre amigos de nuevo. Pero sentimos algo de desazón también. Porque a veces se cometen errores infantiles que pueden costarte la vida. El problema reside en que en un ejercito con tantas misiones por día ese tipo de errores suele cometerse muy a menudo. 

Continuara…

 

 

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