6 Reglas para simplificar el trabajo, conforme se vuelve más complejo

Dando vueltas por TED me encontré esta conferencia que está con subtitulos en español.

Un lujo poder tener todas estás grandes ideas de gratis. La relación entre productividad y nivel de vida es inmensa. Mientras “mejor” produces, “mejor” capacidad tienes de distribuir tu tiempo. Al distribuirlo bien, puedes llegar a conseguir mucho tiempo “libre” para hacer las cosas que realmente quieres hacer. En mi caso, estar en casa con la familia, hacer deporte, leer o dormir o viajar.

Los dejo con la conferencia:

Espero que la disfruten.

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Cinco actividades que voy a seguir haciendo siempre

Desde que comencé a eliminar lo superfluo de mi vida siento que he evolucionado como persona, como amigo, como esposo, como hijo, como hermano y más que todo: Como ser humano.

Me preocupan mucho menos las cosas. Me importan mucho más las vivencias y las actividades. El aprender nuevas cosas y el abandonar malos hábitos.

Me siento mejor conmigo mismo y eso está bien.

Pero al importarme cada vez  más las vivencias y las actividades, he llegado a la conclusión, de que uno puede llegar (también) a atosigarse de las mismas.  Nos podemos llenar de actividades  que realmente no nos conducen a nada (bueno), de las cuales no sacamos ninguna enseñanza y que no nos empujan a crecer. Hay unas mejores que otras. Hay unas peores. Y la conclusión a la que he llegado es que:

No podemos vivir todas las experiencias ni hacer todas las actividades posibles.

NO TENEMOS TIEMPO.

A veces pensamos que sí. Pero el tiempo es algo limitado y es un recurso bastante escaso. Así que dentro del mundo de las experiencias y actividades debemos filtrar las que son mejores para nosotros, las que realmente queremos hacer, las que realmente nos van a empujar hacia adelante, y después de analizarlo;  dejar de lado el resto. Concentremos nuestro poco tiempo en vivir aquellas experiencias y en hacer aquellas actividades por las cuales nos hemos decidido y vamos a por ello con ganas y con fuerza.

La vida es corta.

Eso lo empezamos a entender los que estamos pasando de los treinta. No hay demasiado tiempo para pasártela en el bar o en el sofá viendo la tele. Al menos yo, lo veo así.

Después de filtrar la mayoría de vivencias y actividades en mi vida me he decidido por vivir las que más me llenan hasta el fin de mis días. Estás son nada más unas cuantas. Las que quizás demanden la mayor cantidad de mi tiempo libre y la mayor parte de mi logística.

Viajar: En esto incluyo los viajes a sitios a los que nunca he ido. Incluyo también el montañísmo. Y los viajes que hago a sitios que ya he conocido pero que me atraen de sobremanera.

Entrenar: Hacer deporte se ha convertido en una parte inseparable de mi. Soy mejor desde que entreno. Voy a hacerlo hasta el día en que todo termine o hasta que mi cuerpo no haya sufrido algún ataque cardio-vascular que me deje en estado vegetativo. Voy a seguir moviéndome hasta morir.

Leer: Todo lo que sé se lo debo  a los libros. Gran parte de la persona que soy hoy en día se lo debo a lo que leí a los siete años. Y la persona que voy a ser a los setenta se lo voy a deber a lo que lea hoy en día. Nunca voy a dejar de hacerlo.

Escribir: Lo mismo que con la lectura. El escribir te ayuda a replantear tus ideas. A clarificarlas. A intentar expresarlas de una manera inteligente pero al mismo tiempo legible. Este experimento llamado blog es eso. Un ejercicio de escritura en el que comparto ciertas ideas que pienso pueden contribuir al resto a tener una vida un poquito mejor.

Ayudar al resto: Me gustaría hacer más por los demás. Más de lo que hago. He aprendido en los últimos años de mi vida lo que es ser voluntario (en mi caso en el ejercito) y dar lo mejor de ti para que a otros les vaya mejor. Es una sensación realmente enriquesedora. El hacer y dar sin esperar recibir nada a cambio.

Eso es todo. No tengo tiempo para más.

La punta del Iceberg

Vivimos en una época en la que la tecnología es preponderante en nuestras vidas. Prepondera en la oficina mientras estamos frente a una pantalla y conectados durante ocho o nueve horas. En la casa mientras continuamos conectados en las redes sociales mediante la computadora o el teléfono. En la estación de buses mientras estás conectado  a Internet esperando tu colectivo. En la playa mientras estás tomando fotos para subirlas a Instagram. En una salida con los amigos mientras subimos un lindo status a Facebook intentando contarle al resto de gente lo tan excitante que son nuestras vidas. En un restaurante con tu pareja mientras cada uno está concentrado en lo que está sucediendo en su teléfono. En ese universo virtual que a veces es más interesante que la rutinaria existencia de una vida no virtual.

Desde hace unos quince años hemos dejado de estar solos casi nunca. Siempre están los amigos de Facebook, los grupos de Whatsapp, las fotos de Pinterest o Instagram, los mails del trabajo, los contactos de trabajo en Linkedin, los chicos elitistas  de Google Plus.

La tecnología está aquí para quedarse. Es la realidad. No es que este mal. Hay demasiadas cosas buenas en ella. Tenemos toda la información de la humanidad disponible a un click de distancia. Tenemos a la gente que queremos más cerca. Tenemos la capacidad de expresarnos y de decir lo que queremos. La tecnología democratiza y educa. La tecnología abre fronteras y acorta distancias.

Pero hay que entender que en muchos aspectos. La tecnología ha influido para mal en nuestras vidas. Hoy quiero tocar un solo punto de ese aspecto negativo de la perenne interconexión de nuestras existencias: La desmedida comparación con el resto.

Quiero que algo quede claro: Lo que la gente proyecta en las redes sociales no es lo que la gente realmente es. Lo que yo soy, no es lo que proyecto en las redes sociales ni lo que escribo en este blog. Lo que yo soy es algo mucho más complejo de lo que se ve en Facebook o en Whatsapp. Mi YO  de Facebook es un personaje. Es lo que yo quiero que otros piensen que es lo que soy. Mucha gente me dice: Tu vida es espectacular. Lo dicen por lo que ven en mis publicaciones y ven exactamente lo que yo busco que vean: Los mejores momentos de mi vida. Y ahí está el truco. Casi nadie en Facebook (ni yo tampoco) publica sus malos momentos, sus momentos rutinarios, sus momentos de cansancio y de agotamiento, sus momentos de profunda tristeza, sus hemorroides, sus úlceras, su incontinencia urinaria ni nada de las cosas que nos vuelven REALES.

Mi perfil de Facebook es un yo edulcorado, sazonado como yo quiero y cocinado de la mejor manera por el mejor chef tecnológico. Presentado en un plato bastante caro  de la última tendencia minimalista. Iluminado en la mesa con una luz led de baja intensidad. Oliendo deliciosamente. Viéndose de película. Listo para ser exquisitamente digerido.

YO en cambio soy la rusticidad de la materia prima de mi mismo.

Esa es la diferencia. 

Solemos mirar los perfiles de nuestros amigos. Nos comparamos con ellos de una manera injusta. Ya que tú comparas tu vida (lo bueno y lo malo) con lo momentos excelentes de esa persona (eso es lo que él publica). Te estás comparando con su personaje. Y ese acto de comparación extrema que solemos realizar día a día mientras recorremos el muro de Facebook, o vemos las fotos que nos mandan por Whatsapp y mientras vemos las estupendas vidas del resto y nos auto-comparamos, no hacemos nada más que hacernos daño. Y es un daño sin base ya que es una comparación ilógica.

COMPARAMOS NUESTRO TODO CON LO MEJOR DEL OTRO.

Y es que somos humanos y solemos envidiar. Y  tendemos a sentirnos mal porque el resto se la está pasando mucho mejor que nosotros. Sentimos que nos estamos quedando atrás. Sentimos que el tiempo se nos está escurriendo entre los dedos. La mitad de tus amigos ya se tomaron un Selfie con la torre Eiffel y tú no has salido de tu país nunca. Tus amigos viven vidas extraordinarias en lugares extraordinarios mientras tú solo te levantas a trabajar y regresas a casa a dormir agotado. Ellos viven las más grandes experiencias mientras tú solo vez un par de series en las noches después del trabajo. Pero lo que tú no vez es que para tomarse ese selfie en la torre Eiffel tu amigo se endeudo cinco años. Sus vidas extraordinarias tienen un lado oscuro. Negro y quizás hasta más que dificil. Y eso es lo que quiero que entiendas. Tú solo vez la punta del iceberg. No puedes comparar tu totalidad. Tu complejidad. Tus buenos y malos ratos. Con un Alter ego. Con una ficción.

 

Minimalizando el miedo

Hace unos años atrás me encontraba en el curso de paracaidismo táctico del ejercito. Estaba en la primera semana del mismo. “La semana de los simuladores”  . Los simuladores de paracaidismo son torres de diferentes alturas desde las cuales saltas generando una sensación parecida a la que sentirías saltando de un avión (para ser sincero, no se parece absolutamente en nada). Comienzas saltando de unos pequeños andamios de dos metros de altura. Una vez que los instructores ven que has perdido el miedo al salto desde los dos metros, te pasan a un simulador de cinco metros de alto y así sucesivamente hasta que llegas a uno de unos quince metros. Para llegar al tope del mismo subes una escalera de caracol y cuando llegas a la parte más alta te encuentras con una estructura que tiene la forma de la parte interior de un avión Hércules con las puertas abiertas. Tomas asiento ahí junto a otros diez soldados. Esperan apretujados a que la luz verde del salto se encienda y comienzan a saltar uno por uno. Unos arneses y correas son los encargados de que no te desmadres abajo. Te deslizas por un conjunto de cables hasta un montículo que está a unos doscientos metros de distancia y “aterrizas” ahí. 

Dentro del simulador hay un instructor que se encarga de velar la seguridad de los soldados (los arneses y correas deben estar ajustados a la perfección) Además de eso tiene el deber y la ardua tarea de convencer, a los soldados aterrorizados, a realizar el salto. Yo era uno de esos soldados aterrorizados.

Desde que recuerdo, siempre le he tenido terror a la altura. Digo terror porque lo mio sobrepasaba el simple miedo. Por circunstancias de la vida que no vale la pena enumerar, estaba yo sentado en el simulador de los quince metros. Había pasado con éxito las torres de dos metros de alto y las de cinco (con mucho miedo). Las de diez y las de doce no las había hecho porque una diarrea me tiró en la cama por dos días. Había logrado evadirlas pensando que podría evadir también la torre de quince metros. Pero cuando dijeron que la torre de quince metros era un pre- requisito para subir al avión tuve que levantarme de la cama, tomar un poco de agua, coger mi casco, salir de la carpa en la que estaba y caminar al bendito simulador que se veía a lo lejos. Mientras me acercaba, el miedo me invadía. Cuando llegué a la parte de abajo uno de los instructores me preguntó mi apellido. Se lo dije con voz bajita. Me miró con pena y me dijo: Tú subes en el próximo grupo. Esperé ahí mientras veía a los soldados que ya estaban arriba salir disparados del simulador. Algunos gritaban. Otros silenciosamente se deslizaban por los cables. Yo tenía miedo de cagarme encima y hacer el ridículo. Cuando comencé la subida por la escalera de caracol la boca se me seco. No podía pasar la saliva. Mis manos estaban heladas y mis piernas no respondían muy bien a lo que les mandaba a hacer (que era subir los benditos escalones). Cuando llegué a la parte más alta y miré hacia abajo parecía endemoniadamente más alto de lo que se veía de abajo arriba. Me senté en la banquita junto con los otros nueve soldados y esperé que el instructor haga su explicación. Una vez explicadas todas las normas de seguridad comenzó a ajustar los arneses de todos nosotros, cuando llegó a mí (que era el último) Sintió que estaba medio temblando y me preguntó si TODO estaba bien. Le expliqué que había tenido una diarrea de tres días y que al parecer estaba algo deshidratado. Asintió con la cabeza, volteó, apretó un botón y comenzó la cuenta regresiva de un minuto para el salto. Al terminar el tiempo el primer soldado saltó. Luego el segundo. Luego el tercero. Diez segundos después era mi turno y me congelé en la puerta de salida. No pude saltar al vacío y retrocedí.

“No puedo hacerlo” le dije.

Sonrío y me dijo “Todos pueden, ¿Sabes cuantas veces me encuentro con soldados que me dicen lo mismo? . Te estás bloqueando porque estás pensando demasiado en las consecuencias. En si el arnés está bien ajustado o no. En si las poleas están bien engrasadas o no. En si eres lo suficientemente valiente o no… Deja de pensar. Imagínate que eres un lobito”

“¿Qué?” le dije con sorpresa.

“Sí, un lobito ahora aúlla… auuu…”

“No voy a aullar…”

“¡Aúlla! es una puta orden…”

“Ok…Auu…”

“No,no. Más fuerte. ¡¡¡¡¡Auuuuuuuuuu!!!!!!”

“Auuuu”

“¡Más fuerte carajo!”

“¡¡¡¡¡¡¡¡Auuuuuuuuuuuuuuu!!!!!!!!”

“Así…una más”

“¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!!!!!!”

Terminando el grito sentí un pequeño empujoncito en mi hombro derecho y ya estaba volando fuera del simulador.

Años después y con la perspectiva que dan los años, he llegado a la conclusión de que que el sentimiento que más nos impide hacer cosas es el miedo. El miedo es capaz de retenerte en un solo sitio y evitar que te muevas buscando una solución. El miedo es capaz de evitar  que vivas,  que conozcas,  que viajes,  que intentes,  que te enamores,  que inviertas,  que digas,  que ames, que sueñes y que no hagas mil y un cosas más.

He pasado por un montón de tipos de miedo. Como el miedo físico (miedo a morir o a que me pase algo, como en los saltos de paracaidismo) o miedo emocional (miedo a no ser “alguien” o a quedarme solo). He aprendido  que en gran parte el miedo es generado por los pensamientos acerca de las “supuestas” consecuencias de determinados actos. Pensamos. Pensamos. Pensamos. Mientras más pensamos, más nos paralizamos. Evaluamos no una, sino cien veces algo antes de hacerlo y si evaluamos TODAS las posibles consecuencias pues va a ser prácticamente imposible  que nos decidamos a hacer algo.

Obviamente que no estoy dispuesto a  hacer las cosas sin pensar. Hay que pensar lo que se está haciendo. Pero hay que entender que el pensar demasiado no es algo necesariamente “productivo” sino, más bien, alimenta los miedos de una manera brutal. Cuando en el salto el instructor me dijo que gritara como un lobito. Automáticamente dejé de pensar en las consecuencias del salto (después del curso de paracaidismo y de salir disparado de un avión diecinueve veces, pude hablar con los instructores del tema). Pensé netamente en lo estúpido que me veía haciendo “auuu”. Era lo único que tenía en mente. Me daba risa y vergüenza al mismo tiempo. Mis pensamientos sobre mi miedo a la altura o sobre las consecuencias de caer al vacío desde quince metros de alto fueron automáticamente “suplantadas” por un simple pensamiento: “Auuuu…que cojudez estoy diciendo…” y una sonrisa. Un segundo después mi cuerpo estaba afuera del simulador. Los instructores saben (porque lo han estudiado) como cambiar la línea de pensamiento de un soldado. Entré con terror al simulador y salí del mismo con vergüenza y sonriendo (todo en menos de dos minutos). Eso me ha enseñado que el miedo es un sentimiento realmente manejable. Es algo con lo que se puede trabajar. Es algo a lo que se le puede engañar y hasta neutralizar. Hay que saber usar los atajos cerebrales que logran  que dejemos de pensar tanto en TODAS esas “futuras supuestas consecuencias” de nuestros actos.

El miedo es un sentimiento que siempre va a estar presente en nuestras vidas pero hay que entender (como ya lo dije antes) que es maleable y manejable. Está en nuestras mentes. Nosotros lo hacemos crecer o disminuir. Somos nosotros los que podemos usar técnicas para engañarlo. Somos nosotros los que tenemos la capacidad de neutralizarlo. Observándonos a nosotros mismos. Observando al miedo como parte vital de nuestras existencias. Agarrándolo con las manos de la razón y poniéndolo en stand by por medio de nuestra capacidad para entender que la mayoría de miedos NO TIENEN RAZÓN DE SER o por medio de un lamentable aullido.

9 Problemas que se pueden resolver poseyendo menos

Hay pequeños problemas que nos cargan de estrés en el día a día. Nos quitan tiempo y, porque no decirlo, nos hacen un poco irritables también.

El sencillo hecho de tener un poco menos de cosas puede disminuir considerablemente algunos de ellos. Incluso eliminarlos por completo. Como resultado: Menos estrés, más tiempo para lo que te gusta, mejor calidad de vida y mucho mejor productividad.

Aquí una pequeña lista de esos problemitas que nos encontramos día a día y con los que ( a veces) no es tan difícil lidiar.

  1. Hay mucho que limpiar: No hay que ser un genio para entender que mientras menos cosas tienes, menos cosas debes limpiar. Al tener una casa más vacía la velocidad y la calidad con la que la limpias aumenta. Si no eres tan ordenado y tan limpio (como yo que soy un desastre) puedes encontrar en el hecho de tener menos cosas, una solución simple para automáticamente ser más limpio y ordenado.
  2. Estoy muy estresado: Las cosas estresan. Es verdad. Mientras más cosas acumulamos, más gasto generamos, menos tiempo libre tenemos, más nos vemos amarrados al trabajo intentando tener el solvento suficiente para “mantener” el nivel de nuestras cosas. Gastamos tiempo limpiándolas o reparándolas o sencillamente buscándoles algún remplazo actualizado en Ikea.
  3. No puedo decidir que ponerme: Las modas están diseñadas para que mantengas un cierto nivel de consumo periódico de ropa. Cada año y en cada temporada. Una solución práctica es usar prendas neutrales que se pueden combinar entre si. Colores planos que al mismo tiempo pueden ser elegantes o deportivos. Como el negro o el gris. Otra solución es usar un “uniforme”  todos los días. En mi caso siempre uso una camiseta negra y un pantalón cargo de color caqui. Esos pequeños cambios en el guardarropa disminuirán considerablemente tu consumo de ropa. Gastas menos y tu armario está mucho más limpio y ordenado.
  4. Mi casa es muy pequeña: La mayoría de nosotros sentimos la necesidad de encontrar algo más grande de lo que tenemos. Si vives en los Estados Unidos, esa necesidad es prácticamente una obligación. Ahora, hay que entender que el espacio no es realmente lo que importa sino la distribución y la cantidad de cosas que tengas que meter dentro de tu residencia. Por ejemplo yo y mi esposa más nuestro pastor alemán nos acomodamos bastante bien en un departamento de 70 metros cuadrados. Ese es el tamaño estándar de un departamento en el centro de Israel. No tenemos un montón de cosas y sentimos que el departamento tiene mucho espacio y mucha luz. Solemos jugar con el perro como si estuviese en un parque, porque hasta espacio para correr tiene. Es cuestión de distribuir bien los ambientes y de no llenarse de cosas inútiles.
  5. No tengo suficiente dinero: Hemos tocado este tema muchas veces en el blog. La mayoría de problemas de dinero (por no decir todos) está basado en la simple premisa: “Gastamos más de que ganamos”. Si nos damos cuenta de esto. Y entendemos que los bancos “no son nuestros amigos” y no te prestan dinero porque tienes una linda sonrisa, sino, más bien, ganan mucho de ti en intereses abusivos. Si entendemos que no tenemos que comprar tantas cosas para sentirnos felices y empezamos a gastar menos. Automáticamente nuestra cuenta bancaria va a reflejar una inmensa mejoría.
  6. No tengo suficiente tiempo: Considera la frase “El tiempo es oro” . Mira tu tiempo como si de dinero se tratase. Tener tiempo para rascarte las bolas o leer Dostoievski es un lujo. Y es el más grande lujo que podemos darnos. ¿Como llegamos a él? Pues trabajando menos horas o pasando menos horas camino al trabajo. ¿Y cómo hacemos eso te dirás? Pues simple: Consumismos menos. Vivimos en una casa más chica y mejor distribuida. Compramos inteligentemente y no por impulso. No nos endeudamos con el banco. No es tan difícil.
  7. Amarrado al deseo de los demás: Solemos desear lo que el resto tiene. Y por eso muchos de los deseos de esta época son colectivos. Buen momento para pensar ¿Porqué todos deseamos lo mismo? La respuesta a está pregunta quizás demande un post completo pero para resumirlo en una palabra, a la respuesta la vamos a llamar: “Publicidad”. No se imaginan lo potente y poderosa que es. Lo que es importante es entender que nuestros deseos o la mayoría de ellos están diseñados y preconcebidos en alguna agencia publicitaria. Hay maneras de independizarce. Por ejemplo: Bota tu Televisor por la ventana. O en todo caso se mucho más selectivo cuando te enfrentas a la publicidad. Entiende lo que están haciendo contigo. Entiende que tus deseos y los de todos tus vecinos están siendo manipulados.
  8. No puedo aprender nada nuevo: La mayoría de veces no tenemos tiempo o dinero para intentar estudiar algo nuevo o aprender a pilotear un Cessna por ejemplo. Si aprendemos a gastar menos y a redistribuir nuestro tiempo, entonces podemos hacernos un “hueco” tanto en tiempo como en capital que nos permita estudiar un titulo universitario o un curso en Internet. Depende de lo que queramos.  Aprender cosas nuevas es una de las actividades que jamás deberíamos abandonar. Siempre hay un idioma nuevo. Siempre hay una historia desconocida o un curso en alguna universidad demasiado interesante para dejarlo pasar.
  9. No ver la verdadera dimensión de las “cosas”: Con la palabra “cosas” me refiero a eso precisamente: Cosas. Las cosas físicas no tienen ningún significado salvo el que nosotros mismos les damos. Nosotros les damos un sentido y somos nosotros los que nos identificamos con ellas. Somos nosotros los que pensamos que vamos a ser más rápidos usando zapatillas Nike. Somos nosotros los que decidimos que estatus nos da o nos quita un Rolex. Somos nosotros los que decidimos la marca de auto que da más prestigio o menos. Hay que entender que eso esta solamente en nuestra mente. Intentamos proyectar una imagen de nosotros mismos. Un espejismo, para lo cual usamos marcas, prendas, cortes, caballos de fuerza y estilos que le digan “al resto” lo que somos. O lo que nosotros queremos que el resto piense que somos. La verdadera dimensión de las cosas es que son solo eso: Simples trastos sin mayor sentido del que nosotros queremos darles.

A pasitos de bebe

El blog acaba de cumplir su primer año. Estoy feliz por eso. Gracias a todos los lectores de siempre. Gracias a los que se toman unos minutos cada semana para repasar las líneas de un nuevo post. Estás líneas no tendrían sentido sino existiese alguien que las leyese. Y ya que tú existes del otro lado de la pantalla. Pues estos agradecimientos van para ti.

Yendo al tema del post:

Todos tenemos hábitos. Nuestra vida se basa en ellos. Algunos son buenos. Otros no tanto. Y algunos son malos. La calidad de nuestra vida se basa al tipo de hábitos que constituyen nuestro día a día. Muchos de nosotros queremos adquirir nuevas aptitudes que nos hagan sentir que estamos mejorando. Por ejemplo: El dejar de fumar. O el comenzar a correr. O el tener una dieta más sana.

Sé que es difícil  adquirir un hábito como el correr si es que toda tu vida has sido sedentario. O el dejar de fumar si toda tu vida lo has hecho. Según mi experiencia y observando a las personas que me rodean he aprendido que se necesitan unas cuantas cosas para adquirir un buen o eliminar un mal hábito. Se necesita un alto grado de motivación y se necesita comenzar a “Pasos de Bebe”.

La motivación idónea es importante. Si quieres correr, por ejemplo, es mejor motivarte pensando en la salud que vas a adquirir en vez del resultado estético que vas a obtener. La gente que hace deporte “por salud” lo hace de por vida y son constantes hasta la vejez. Se sienten bien. Se sienten fuertes y activos. Si lo haces para caber en el bikini en el verano. Una vez que lo hayas logrado el ejercicio pierde todo su sentido y lo vas a dejar de hacer hasta la próxima primavera, cuando se acerque el próximo verano y tengas que esforzarte por encajar en tu bikini de nuevo. He ahí un ejemplo clásico de lo que una motivación verdadera puede influir en tu comportamiento de una manera mucho más profunda que una motivación superficial que con el paso del tiempo se ira desgastando hasta desaparecer completamente.

La motivación es importante para mantener un hábito vivo. Pero para comenzar uno nuevo “Los pasos de bebe” son la respuesta.

Mucha gente se despierta un día y dicen: Quiero correr una Maratón. Salen corren seis kilómetros. Se lesionan. Al día siguiente no se pueden mover y desisten de sus sueños de correr porque se sienten débiles ya que seis kilómetros los han destruido. Eso suele pasar con cualquier hábito nuevo que queremos adquirir y de manera impetuosa nos sumergimos en el mismo y nos desgastamos al poco tiempo porque no hemos empezado “gradualmente” a trabajar el hábito.

Correr, por ejemplo, es un trabajo arduo para alguien que ha sido sedentario por veinte años. Es necesario entender que necesitamos darnos confianza en el hábito nuevo que estamos intentado adquirir. Por ejemplo: Pongo una meta realista. Digamos unos 500 metros hoy. Los troto despacio y los termino sin lesionarme y hasta con una sensación de tarea cumplida. Al día siguiente me pongo la meta de unos 600 y el día después 700. Poco a poco aprendo a confiar en mis posibilidades de terminar lo que me propongo al mismo tiempo que me fortalezco gradualmente. Ese es el secreto en la adquisición de un nuevo hábito. IR DESPACIO. 

No es lo mismo que en el primer día que decides levantarte a correr y quieres ir a por 5 kilómetros. A los dos estás hecho polvo y te sientes mal contigo mismo por el hecho de que no pudiste completar lo que te propusiste. Pierdes la confianza en ti mismo. Y las ganas de correr desaparecen porque te diste cuenta de que “no vales para eso”, o “es mucho para ti”.

Uso el ejemplo del correr porque es así como yo aprendí a amar el deporte. De a poquitos. Avanzando kilómetro a kilómetro y conociéndome un poquito más a mi mismo a medida que pasaba el tiempo. Así he podido llegar a correr maratones y a entrenar seis veces por semana y a intentar una infinidad de deportes que van desde el boxeo hasta el pin pon. Así mismo cambié mi dieta y me he deshecho en gran parte de las cosas nocivas que comía día a día. Poco a poco. Un día se fueron las bebidas gaseosas. Otro día la mayoría de lácteos. Otro día la mayoría de azúcar. Y así con “pasos de bebe”he avanzado a ser una persona mucho más sana de lo que era hace unos cinco años atrás.

Recapitulando:

  • Nuestros día a día está constituido de hábitos. Algunos buenos. Algunos malos.
  • Se pueden adquirir nuevos hábitos. Y se pueden eliminar los malos.
  • Para eso se necesita una “Motivación Verdadera” e “Inteligente”.
  • Y lo más importante: La adquisición de un hábito debe ser gradual.
  • Debemos aprender a confiar en nuestras capacidades y ser realistas en nuestras metas.

He usado mucho el ejemplo del correr. Pero es obvio de que esta lógica sirve para cualquier hábito nuevo por ejemplo: El escribir, el dejar el azúcar, el dejar la pornografía, el ser más tolerantes, el meditar, el beber ocho vasos de agua por día, el aprender un idioma nuevo. Y un infinito etc.