La simpleza de estar en familia

Al fin escribiendo de nuevo.

Ha sucedido, como siempre, que las cosas suelen ir por su propio rumbo y no nos dejan opción a decidir nada. Y así por así, y de un momento a otro, me encontré en los Estados Unidos visitando a mi familia.

A mi familia no la veía hace mucho tiempo. A mi padre y a mi hermano hermano nos lo veía tres años. Y a mi madre, dos. Desde la última vez que los vi, el tiempo se pasó volando y sin darnos cuenta los días se hicieron semanas y las semanas meses y los meses años. Y esas cosas que se llaman vida, rutina, trabajo, problemas, nos sumergieron en un letargo familiar. Cada uno por su lado, cada uno en su esquina.

Somos animales sociales. No estamos programados para vivir en soledad. A mi me gusta la soledad. Me gusta tener tiempo para mí, para pensar, para escribir, para leer, para entrenar, para estar conmigo mismo. Pero me gusta sentirme solo porque sé que esa soledad va a terminar en algún momento. Cada vez que estoy solo me encuentro a mí mismo, pero cada vez que estoy con los que quiero me encuentro mucho mejor.

Así, estando con mis viejos y mi hermano, pasé un par de semanas recordando los días de la inocencia. Las buenas y malas épocas. Los buenos y malos tiempos. Al mismo tiempo de darme cuenta cuánto hemos evolucionado todos y cada uno de nosotros como seres humanos. Dándome cuenta también que la vida, pese a que te despega y te revuelca por tu lado, termina haciéndote sentir “el mismo de siempre” una vez que te juntas con esos mismos que te crearon/criaron.

Esto que siento es la simpleza de tener una familia. Una simpleza que empezó cuando comencé a balbucear y a entender lo que sucedía a mi alrededor  y que no terminará nunca.  La relación que hay con la familia es simpleza pura: Sea buena o mala existe y ya.

Hace muchos años que no me encontraba en una realidad tan extraña. Algo casi surrealista: Mis padres sentados en la mesa junto conmigo y con mi hermano… Mis padres son divorciados. Mi hermano vive en Estados Unidos y  yo al otro lado del mundo. Pero aún así lo que para una familia normal sería rutinario, para mí ese solo hecho de tomar un jugo de naranja los cuatro juntos en una mesa de cedro fue espectacular por lo simple que fue. Porque el sencillo acto de estar presentes mirándonos e intercambiando palabras inocuas y sencillas fue una oda a cuanto se puede extrañar la simpleza misma de vivir en familia.

Estaría de más escribir acerca de lo mucho que quiero a mi familia y que pese a la distancia los recuerdo con cariño y siempre están presentes en mis pensamientos. Estaría demás escribir también, acerca de que un buen café en compañía de mi madre no tiene precio, un buen rato con mi hermano no tiene comparación y una buena charla política con mi padre no tiene parangón. Extraño ya, de cada uno lo suyo y a todos en conjunto los extraño como la unidad misma que representan: Ser una familia y ser, de paso, la mía.

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