Presionas un poco más

El sudor. Las lágrimas que se desbordan y rozan tu nariz golpeada. La boca saboreando el gusto metálico de la sangre. El pulso alto. Los oídos tapados. El ruido de tu respiración cabalgante. El ardor de tus pulmones que parecen encendidos. Ahí, frente a ti, tu contrincante buscando la manera de golpearte. De hacerte un take down. De buscar el clinch y darte un Uppercut que te destroce la mandíbula. Ahí está esperando tu próximo movimiento. Rezando por tu próxima equivocación. Ahí donde los deseos de los dos se entrelazan con la sal del sudor y de la sangre. Ahí donde lo hombres se conocen a sí mismos y se dan cuenta de la materia con la qué están hechos.

Ahí en el ring o en la jaula te has conocido a ti mismo como en las épocas de la guerra. Porque pegarte con otro hombre que sabe pelear, es una especie de guerra. Una micro guerra mundial y atómica. Sales a matar (esta vez sin querer realmente hacerlo) y das todo de ti. O matas o mueres.

Y sabes que pensar a través del cansancio es algo prácticamente parecido a una alucinación. La cara te arde. Las orejas te duelen. Y el tiempo se congela. La adrenalina te invade. Te cagas de miedo pero vas para adelante. Y el dolor del golpe en tu rostro activa tú pensamiento estratégico de ir por la single leg. Y das el paso y asaltas la pierna izquierda. Tu enemigo se desestabiliza. Mueves el cuerpo y lo haces caer. Cae como un costal de papas. No le sueltas la pierna porque sabes que si lo haces se parará rápido y perderás el terreno ganado. No sueltas la pierna y te subes encima metiendo presión y terminas sentado en su barriga en mount position y golpeas. Golpeas a su cara la mayor cantidad de veces posibles, mientas él violentamente, intenta sacarte de encima. A nadie le gusta que le peguen en la cara y entonces instintivamente él se empieza a voltear y eso es lo que tú quieres. Su hermosa y musculosa espalda blanca. Ves su nuca. Metes el brazo con fuerza entre el mentón y el cuello. Tu brazo empieza a presionar las carótidas con todas tus fuerzas. Él lucha por su vida y por lo poco de aire que puede absorber aún. No le das chance. Sigues presionando mientras escuchas ruidos de muerte saliendo de su garganta y sientes la tensión de su cuerpo mientras todo acaba para él y para ti. Sabes que lo tienes y que solo es cuestión de tiempo para que el referee detenga la pelea o para que él se rinda dando palmaditas.

Es el tercer round y presionas un poco más…

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