Pequeñas victorias

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Mi mejor amigo en el Hospital…

El síndrome de Guillain Barre es una pasada. Hay gente que muere por su culpa. Hay gente que queda mal. Hay gente a la que no le pega tan fuerte (como a mí). Hay gente a la que le destruye la vida. Hay gente a la que la desmorona psicológicamente. Hay gente a la que la hace renacer como el Ave Fénix.

El común denominador es que te dé como te dé, no te deja indiferente.

Siempre he sido de las personas que se fijan en las cosas pequeñas. Siempre me he sentido agradecido por tener poco. Por tener agua limpia. Una casa. Una esposa. Vivir en una sociedad industrializada. Siempre me he fijado y me he percatado de la suerte que he tenido. Trato de fijarme en las cosas chicas que solemos pasar por alto. El diablo está en los detalles dicen. La felicidad también.

Pero nunca me había fijado en mis dedos mientras me cierro los botones de la camisa. Ni en ellos mientras tecleo. Nunca me había percatado de esos miles de movimientos que hacemos a diario de manera inconsciente. ¿Amarrarme un zapato? ¿Escribir con un lapicero? ¿Caminar?

No me fijé en ellos hasta que no los pude hacer más. Y de pronto me di cuenta que no hay riqueza más grande en este mundo que el estar sano. En el estar «normal». En el ser una persona sin ninguna tara. Ser la persona que era antes del primero de Febrero. Ser eso que ya no soy. Porque me dio Guillain Barre y el Guillain Barre es una pasada.

Un día mi cuerpo decidió atacarse a sí mismo. Algo así como una masturbación sádica. Una especie de daño autoinfligido. Ok Vale. Mi cuerpo no se quiere. Pero yo quiero a mi cuerpo. Yo lo quiero porque es el único que tengo. Si pudiera pasarme a un nuevo modelo quizás no me haría tantos rollos. Pero solo tengo este modelo año 81. Y este que tengo decidió comerse sus propios nervios.

Si tu cuerpo se ataca a sí mismo y se come sus nervios entras en pánico. Al menos un par de minutos maldije mi suerte. Luego respiré. Pensé en los avances de la medicina moderna y me dije a mí mismo: Me van a sacar de esto.

Me pudo haber dado en Somalia. Pero me dio en Israel (uno de los lugares con la medicina más avanzada del mundo). Dentro de la muy mala suerte de ser el uno del uno en cien mil a los que les da Guillain Barre. Tuve  buena suerte. Muy buena suerte. Tuve un equipo médico de primera. Un MRI en menos de lo que canta un gallo.  Pruebas y más pruebas. Fisioterapia. Y todo casi de gratis.

Han pasado casi 40 días desde que se me presentó el primer síntoma. Hoy he vuelto al trabajo. Hay cosas que se me hacen raras aún como echar azúcar en una tasa o escribir este artículo sin que me cansen los dedos. Me levanto en las noches sin sentir las manos a veces. Asusta: Sí. Creo en la ciencia: También. Cuando me atasco con alguna sensación  desagradable respiro un par de veces y pienso en que pusimos un hombre en la luna. Pienso en que descubrimos los misterios de la materia. La edad de las galaxias y lo que es el síndrome de Guillain Barre y cómo tratarlo. Cuando lo veo así, todo miedo desaparece.

Después de todo lo que ha pasado puedo decir que he aprendido a disfrutar mucho más de las pequeñas victorias. Cerrarme el cierre del pantalón o escribir este artículo de 600 palabras.

 

 

 

 

 

Yo NO soy Spartacus

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Acabo de terminar la primera temporada de Spartacus.

Spartacus fue una serie que comenzó allá por el año 2011. El actor que protagonizó la primera temporada murió trágicamente después de terminar  las filmaciones y luego de salir de vacaciones. Un cáncer raro se lo llevó en menos de seis meses después de su detección. Su nombre era Andy Whitfield. Tenía 39 años.

Las enfermedades raras siempre me han dado miedo. Son raras porque se dan pocos casos y  nadie sabe realmente qué hacer con ellas. A veces ni siquiera ser hermoso. Famoso. Guapo y millonario te salva. Te mueres y ya. Y nadie entiende cómo fue posible que te haya pasado justo a ti. Ni siquiera tú mismo lo entiendes.

Hace una semana quise escribir un mail en el trabajo. Mis dedos no se movieron. Sé que es algo dificil de creer o de entender cuando alguien te cuenta que quiso mover sus dedos y no pudo. Pero créeme: Yo los quise mover y no pude.

En ese momento me di cuenta que algo malo realmente me estaba pasando.

Había sentido cosas raras en las piernas unos días antes. En los brazos también. Pero nunca había estado en un estado en el cual mi cerebro le mandaba una señal a mi mano y mi mano no respondía.

Mis manos dejaron de responder bien a partir de ahí. Mis dedos se volvieron torpes. Me dieron ganas de llorar porque sabía que algo nada prometedor me estaba sucediendo.

Un par de días después mis piernas fallarían por primera vez.

Si eres una persona física como yo. Solo puedes a atinar a pensar que eso no te está pasando a ti. Que quizás te has equivocado. Que aquella sensación en la que las piernas flaquearon fue algo imaginario. Algo muy lejano de la realidad. Hasta que flaquearon de nuevo. Y al día siguiente flaquearon  una  vez más.

Me jodí, me dije.

Escribo estas líneas unos días después de aquel último incidente. Lo hago desde una cama en el ala de neurología de un hospital de Tel Aviv. Después de no poder caminar casi nada, he vuelto a hacerlo con dificultad. Cada día que pasa me sale un poco mejor.

Hace tres semanas  podía hacer cinco squats con 120 kilos. Hoy casi no me puedo mantener en pie con los ojos cerrados. La vida es así.

Al menos puedo teclear estas palabras para compartir lo que siento.

Al menos puedo ver que no me ha ido tan mal como al pobre Spartacus.

Al menos tengo un buen pronóstico. Aunque tengo una enfermedad rara. Y como ya te dije. Nadie sabe mucho de las enfermedades raras. Y las enfermedades raras me dan un poco de miedo. Como me lo daba el sexo cuando era virgen. O como me lo daba la guerra antes de verla. Ahora me tocó lidiar con una. O es ella o soy yo. Sé  con seguridad que esta vez seré yo el que gane.

Ganaré esta vez porque yo NO soy Spartacus.

 

 

 

 

Pandas Futuristas

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En cincuenta millones de años nadie se va a acordar de mí. La verdad es que no va a existir realmente «alguién o algo « sobre el planeta que sea capaz de acordarse de alguno de nosotros.

Quizás ni siquiera exista el planeta. Yo espero que siga existiendo pero sin nosotros. Quizás siga existiendo lleno de nuevos animalitos evolucionados de los pocos que nos quedan hoy día. Quizás los pandas dominen el mundo. Quizás a ellos les vaya mejor que a nosotros. Quizás siembren largos campos de cultivo de bambú. Quizás ellos coman y consuman sin necesidad de hacer mierda a otras especies. Quizás en todos sus restaurantes solo sirvan bambú con chimichurri o con   salsa vinagreta. Pensándolo bien los pandas serían mejores que nosotros dominando al mundo. Por lo menos se verían mejor en las fotos.

En cincuenta millones de años los átomos que conforman mi cuerpo quizás se encuentren en el centro de una supernova. Quizás unos cuantos estén deambulando por Plutón y otros estén cerca del sol. Yo voy a ser inexistente. O al menos va a ser como si nunca hubiese existido. Nada en este universo ni en los miles de universos paralélos va a  dar fé de mi remota existencia. Tampoco de la tuya. Va a ser como si nunca jamás hubiésemos existido. Como en el día en que el tiempo-espacio comenzó. Como en el Big-Ban. O como cuando los Pterodáctilos volaban por los aires. Cuando nada hacía presagiar  que por un accidente evolutivo íbamos a terminar escribiendo posts en Facebook. Comiendo Wendys. Invirtiendo en la bolsa de valores o  viendo gente tener sexo en la Internet.

Pero a pesar de ver la vida desde una perspectiva tan «macro». A veces no logro desarraigarme de problemas tan terrenales como el deseo que tengo de comprar la última chaqueta de North Face. El problema no es el deseo mismo. Es la lucha interna que siento cuando una  voz me dice «Comprala». «Esta linda». «Esta barata» y otra me dice » No la compres». «Para qué». «Ya tienes varias».  La misma disyuntiva me pasa con mil y un cosas más. Con ese viaje que siempre he querido hacer. Con esa chica a la que le he querido hablar. Con esa carrera que he querido estudiar. Con ese trabajo que siempre he odiado o querido.  Y un sin fin de ejemplos por el estilo.

Nuestros problemas son polvo de estrellas. No son nada. Son algo porque nosotros los creamos y engendramos en nuestros cerebros que no van a ser nada fuera de átomos dispersos en los próximos cincuenta millones de años. No van a ser nada porque durante muy poco tiempo somos «algo». Una nanonésima parte de la existencia del tiempo mismo.

Pandas futuristas. Problemas imaginarios. Átomos intergalácticos. La vida en su verdadera proporción.

 

Me motivo

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Me motivo levantando peso. Me motivo leyendo. Viendo y escuchando

No me siento atascado en la vida pero a veces pienso que debería estar haciendo más cosas. Eso me desmotiva.

Quizás eso me pasa porque veo a mis amigos saltar en paracaídas en Facebook. Quizás eso me pasa porque tengo algunas tardes invernales y aburridas. Quizás eso me pasa porque a veces no aderezo el día con un ápice de imaginación. A veces dejo que la rutina me conquiste. A veces me siento Napoleón en Waterloo. Me suele pasar eso con frecuencia. Me siento frustrado. Acongojado. Abrumado de aburrimiento. Abrumado de horas muertas ¿Qué hago cuando me siento así? Fácil. Me auto-motivo.

Me motivo cerrando mi Facebook y tratando de entender que lo que veo en Facebook no es la realidad. Es la dimensión desconocida. Es lo que la agencia publicitaria en la vida de una persona quiere que veas. Lo que veo en Facebook es ver una chica con faja spandex para la barriga. Push ups en los pechos y harto maquillaje en la cara. Es la realidad manoseada y manejada. Maquillada. Vendedora.

Me motivo cerrando mi Instagram y mi Twitter. Me motivo cerrando todo eso que me desmotiva y me pongo a leer. Leo un buen blog o leo un buen libro. Leo algo que haya escrito alguien inteligente. Alguien que tenga algo que decir. No algo de Paulo Coelho. Eso nunca. Eso me desmotivaría más porque pensaría en lo mucho que ha vendido escribiendo siempre las mismas idioteces. Leería algo de Saramago quizás. O de Gabo. O de Camus. O de Kundera. O de Vargas Llosa. O de algún ganador de un Pulitzer como Krakauer o Jared Diamond. Me motivaría dejando que la inteligencia de gente tan inteligente me invada el consciente y el subconsciente.

Después de leer me motivo haciendo deporte. Squats. Dolor. Más squats. Más dolor. Push press. Dolor. Más push press. Más dolor. Cien kilos. Ciento veinte. Deadlift. Ciento diez kilos. Ciento cincuenta cinco kilos. Dolor. Más dolor. Una sonrisa. Sudor. Ahora soy más fuerte.

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Squats. Squats hasta lagrimear.

Después del ejercicio como. Como sano. Mientras como más. Más me motivo. Como todo lo que puedo. Me hidrato. Como más. Tomo proteína. Me estiro. Me relajo.

Me baño.  Trato de no ver tonterías en la tele. Pese a que no tengo cable a veces saltan idioteces en Youtube. Hago un esfuerzo pero no siempre lo logro. Trato de escuchar un podcast motivador. Algo que me enseñe algo. Una charla de TED. Un testimonio interesante. Después de una hora vuelvo al Kindle y leo. Leo libros físicos también y los amo. Pero amo el Kindle también porque me deja tener una biblioteca conmigo todo el día. Leo. Aprendo. Me motivo.

Al final mi día sin motivación y preso de la rutina se ha convertido en algo productivo. Soy más fuerte. Soy más inteligente. No he perdido mi tiempo. No tengo nada que envidiar a la gente que salta en paracaídas todo el tiempo. Tengo mi tiempo y puedo hacer en él lo que yo quiero. Hago en él lo que yo decido y hago lo que me hace bien. Me motivo.

 

No sé si te gusta el cine tanto como a mí, pero te recomiendo The Revenant.

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«Amores perros» me fascinó. No voy a mentir. A principio de los 2000 no había tan buen cine latinoamericano. Me gustó la historia. Me gustó en como Alejandro González Iñárritu la trozó en un rompecabezas macabro y dramático. Me gustó el entretejido. La fotografía y las actuaciones. En resumen: Me gustó todo.

Siguiendo la trayectoria de Alejandrito:

«Babel» fue «Amores perros» a escala mundial. La misma vaina. Una repetición. Un duplica. Un clon. Para mí: Una reverenda mierda. Un copy paste de la primera, esta vez con Brad Pitt.

«Biutiful» Increíble. Dura. Bardem como siempre: Exquisito.

«Birdman» Se llevo el Oscar a mejor película el año pasado. Me gustó la idea pero no sé si se merecía tanta alharaca. Estuvo graciosa y original. Pero de ahí a ganarle a «Selma». «The Imitation Game» o «Whiplash»…Hum no lo sé. Creo que aquella vez los premiadores patinaron un poco. Aunque es una apreciación personal y nada más. No soy crítico de cine. Soy un ciudadano de a pie. Un pobre infeliz que va al cine para rellenar esos huecos de desesperación que conforman su vida.

Volviendo a la película que nos interesa:

«The Revenant»: Se merece ganar el premio a mejor película. Esta vez Alejandro González Iñarritu la hizo linda. Le quitaría el Oscar que ganó por «Birdman» y se lo daría por esta. ¿Por qué? Porque es uno de los mejores westerns (si se le puede clasificar así) que he visto en mi vida. «The Revenant» es dura. Es fría. Es lenta. Es dramática. Es inmensa. Es impresionante. Desde la fotografía hasta la banda sonora. Desde la actuación de Leo Dicaprio (que hasta hoy no sé como diablos no ha ganado un Oscar) hasta la actuación de su contraparte Tom Hardy (uno de mis actores favoritos). Todo atado y llevado de la mano por Un González Iñarritu que a mi parecer ha hecho, en esta, su mejor obra.

Se podría resumir la película en: Hombre dejado por sus compañeros y a su suerte en medio de la naturaleza después del ataque de una mamá oso. Hombre que resucita como el Ave Phenix de los «Caballeros del Zodiaco». Hombre que busca venganza.

No quiero tocar más detalles para no joderte la película. Pero te recomiendo que la vayas a ver. Yo la veré un par de veces más. Porque como ya te dije antes: Soy un pobre diablo que no sabe nada de cine.

Me acabo de tomar un arcoiris

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Sin café no ganaríamos nada creo yo…

No puedo empezar un día sin café. Voy a ponerlo de esta manera: No puedo empezar un buen día sin café.

Puedo empezar un mal día sin café. Puedo hacer un holocausto si es que no tengo suficiente cafeína en el cuerpo. En mi situación podría generar la tercera guerra mundial por falta de cafeína. Estoy en el medio oriente. En Israel. No es difícil volar algo que haga que el resto del mundo te odie por eso. No es difícil lograr que el planeta entero nos declare la guerra. Llevaría al mundo al auto aniquilamiento y todo por un poco de cafeína. Solo porque no tome mi dosis necesaria. Porque no soy la persona que podría ser con un Espresso Machiatto encima al empezar el día.

En el ejercito de Israel he hecho cosas malas. Algunas muy malas. Una vez atropellé una cabra y otra vez pisé a una tortuga. Todo porque me moría de sueño. Porque el café se había acabado aquella semana y todo lo que hacía me parecía un sueño. No sé hasta hoy si el episodio de la cabra lo viví o lo he soñado o si la vida es sueño y los sueños, sueños son. O solo se debe a que la bruma del recuerdo descafeínado se ha vuelto solo eso: Bruma.

Te estarás preguntando porque estoy escribiendo tantas incoherencias. No te preocupes. Solo tengo mucha cafeína en la sangre. Creo que tres espressos juntos. Y me dio nostalgia que hayan existido días sin cafeína. Días en los que pude haber sido mejor. Inclusive más guapo. Más inteligente. Más asertivo. Mejor combatiente. Un Rommell. Un Patton. Mejor escritor. Un Hemingway. Un Saramago.

Pero han existido días sin. Días plomizos como Lima. La ciudad en la que nací. Crecí. Perdí mi virginidad y conocí el café de la abuela. Han habido también días con. Días en los cuales he estado reluciente. Una excelsitud de la vida. Un comandante de las tropas de Alexandro Magno en los confines del mundo civilizado. Tanto amo al café que me hace decir tontera y media y me dejo llevar literalmente. Dejo que me arrastre por estás palabras sin editar y sin pensar demasiado que es lo que debo escribir y solo escribo para escribir. Para dejar toda esa cafeína fluir desde mis neuronas hasta las yemas de mis dedos. Desde todo lo que he leído alguna vez en la vida hasta todo lo que vengo diciendo.

Creo que después de estás palabras te darás cuenta que soy un amante del café. Y te imaginarás que tengo un café al lado mientras escribo todo esto. Eso es cierto. Tengo un café al lado de mi computadora y de cuando en cuando le meto un sorbo y escribo un poquito más rápido que antes. Son las once de la mañana aquí en Israel. Es invierno. Afuera hay silencio porque es Viernes. Que es como un sábado en cualquier sitio del mundo. Por mi ventana se escurre un rayo de sol. Me da en la cara. Hace que mi café se llene de colores. Una especie de arcoiris se forma en la tasa. Me siento bendecido por todo lo que está pasando en este momento. Me estoy tomando un arcoiris y estoy escribiendo lo que me da la gana.

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 Hay algo en la vida de un soldado que puede levantarle la moral y el ánimo: La visita de una estrella de la televisión en bikini. Además de eso: Un vasito de café en el campo…

 

Filosofía de trinchera

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Hace un mes me encontré mirando al cielo desde una trinchera.

Lo bonito de mirar el cielo desde una trinchera en el medio oriente es que se puede ver «realmente» el cielo. Las estrellas. La luna. La aleta blanca de la Via Lactea. Las constelaciones. La negrura luminosa del espacio infinito que nos rodea.

Se ven las estrellas bien. Muy bien. Y para verlas tan bien, necesitas que no hayan nubes. Y no habían nubes. Y cuando no hay nubes y es invierno, hace mucho más frío que cuando hay nubes (Por alguna razón física las nubes retienen el calor que el suelo ha absorbido durante el día). Por ende, en la trinchera hacía frío y además de la baja temperatura había algo de viento. Yo,personalmente, mirando hacia Jordania, que estaba a tiro de piedra, no hacía más que desear estar dentro de alguna de esas casuchas de campesinos Jordanos, tan diferentes y tan similares a nosotros . Porque incluso aquellas casas de mala calidad y algo pobretonas eran mucho mejor que nuestra trinchera olvidada y fría.

No comí mucho aquel día. Teníamos un par de atunes para cada cuatro soldados. En la mañana temprano nos habían sacado de nuestros trabajos. De nuestras casas. De nuestras paternidades. De nuestros matrimonios contándonos la historia de siempre. Que teníamos que estar preparados para cuando ISIS, Hamas, Hezbolla, los iraníes, los sirios, los jordanos, los libaneses, los egipcios o cualquier  árabe de este mundo o de otra galaxia ataque a Israel. Y lo harían exactamente en el punto en el que estábamos atrincherados comiendo atunes y chocolates y durmiendo a la intemperie.  Un ejercicio militar muy importante nos dijeron. No nos lo creímos mucho. Nuestras esposas. Nuestros padres. Nuestros hijos. Nuestros perros, no se lo creyeron tampoco.

Mientras tienes frío y tiemblas y ves la infinitud del misterio que te rodea con tanta plenitud no piensas mucho en ISIS. Piensas en lo caliente que es la habitación de tu casa. Piensas en el ronroneo del gato del vecino. Piensas en lo caliente que se está entre las piernas de una mujer. Piensas en el chocolate que te acabas de comer y que es lo más cercano a un orgasmo que vas a tener en aquel hueco medio oriental. Piensas en tu madre. Piensas en tu padre. En las cosas buenas que hicieron por ti. En las muchas cosas malas que te hicieron también. Piensas en tu primer amor. Piensas en tu último amor. Piensas en que hace frío y que ya estás viejo para estos trotes. Ya tu espalda se entumece sin un colchón bajo ella. Ya el viento te seca la piel de una manera que hasta hace unos años atrás no podía. Ya tus articulaciones se adormecen a cada rato en cada posición. Piensas en tu pobre y decadente cuerpo mientras ves a los soldados más jóvenes que tú pasarlo bien y sentirse bien. Mientras que tú te haces el macho pese  a que te duele hasta el pelo. Te haces el macho porque eres el sargento. El jefe. El puteador. El que tiene que arrastrarlos de ser necesario. Eres el sargento que dentro de sí mismo sabe que se está haciendo viejo en aquella puta trinchera. Y escuchas el silencio y ves a los jóvenes cada vez más jóvenes y te ves reflejado en tus promociones que cada vez están más viejos y calvos. Y sigues pensado en el ronroneo del gato y en la habitación de tu casa calientita. En tus amores de la niñez y en las manos de mamá mientras te tocaba la cabeza a los siete años para consolarte por alguna tontería.  Sigues viendo las estrellas tan luminosas y llenándote los pulmones de viento helado. Sigues sintiéndote muy vivo muy cerca de aquellos que quieren verte tan muerto.

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El Marciano

Mi cueva en medio del desierto...
Mi cueva en medio del desierto…

En el medio del desierto conseguí una cueva decente. Estaba fresca pese a que la temperatura exterior era de casi 35 grados centígrados. Dejé a las mujeres en el oasis. Ellas querían meterse en aquella agua empozada y pútrida. Yo en cambio, al pasar por fuera de la cueva, me quedé enamorado de ella. Sabía que sería mía. Me sentí como un colonizador de un planeta lejano. Tenía que poner mi bandera y tenía que hacerlo ya.

Un día antes había visto The Martian de Ridley Scott. Protagonizada por Matt Damon. Quizás estaba inspirado por la exploración espacial o por la historia en sí misma. Quizás solo quería estar solo en medio del desierto en una cueva fresca. Cuando llegué a la entrada me fije que no hubiera nadie. Dije un par de palabras en hebreo «¿Yesh misheu kan?» «¿Hay alguien aquí?» No hubo respuesta. Me sentí feliz y emocionado. Tenía una cueva en medio del desierto para mí solo. No dejaría que nadie me la quite. Me sentí Matt Damon en Marte.

Un par de horas después Marte se había convertido en una pasarela de gente que venía a ver el Oasis y a bañarse en él. Un número ingente de niños gritones. Padres gordos llevando coolers con cervezas y agua helada. Mujeres llorándole a los maridos sobre el por qué ellas estaban ahí. Yo, desde dentro de mi cueva, escondido del mundo, observaba el comportamiento vil del ser humano. Gritos. Mugre. Botellas de plástico por aquí y por allá. Música en el celular a todo volumen. Desee estar en Marte como Matt Damon. Solo. Cuatro, cinco, diez años. Quizás debería estar en Marte porque soy un marciano en este mundo. No comprendo al resto o el resto no me comprende a mí. Yo solo quería estar en mi cueva en paz. En medio del desierto. Para eso me había levantado temprano y había viajado un par de horas.

Cuando todo era paz y tranquilidad...
Cuando todo era paz y tranquilidad…

Pero Israel no es Marte. Es un país chiquito en el que todo el mundo se encuentra con todo el mundo. Incluso en medio del desierto. Yo no soy Matt Damon. Ni soy un marciano. Soy un terrícola más en un mundo que cada vez entiendo y me entiende menos.

Aunque pese a que no nos entendemos. Nos amamos.

El Oasis en medio del desierto...
El Oasis en medio de la nada…La gente comenzó a llegar…

Dejando de lado el asunto del desierto. Te recomiendo que veas The Martian. Es volver a ver al bueno de Ridley haciendo de las suyas como él solo sabe.

De vuelta a la realidad y a escribir…

Hermita...
Hermita…

Estoy con un poco de bajón emocional…Es porque después de haberla pasado bien. He regresado a mi realidad.

Hace un par de meses que no escribo nada. Quizás he escrito un par de posts en Facebook burlándome de alguna u otra cosa pero nada más. En estos últimos meses han pasado algunas cosas buenas. Otras no tan buenas y algunas medio malas. A eso se le llama vida: A la sucesión de todo tipo de eventos que se entretejen los unos con los otros.

En ese paréntesis viajé a España, al Pirineo. Disfrute en el norte de Aragón y en el norte de Cataluña. Pasé junto a mi esposa muy buenos momentos haciendo senderismo por las montañas. Respirando buen aire y haciendo turismo rural en un lugar en la gente es aún muy auténtica y cálida. Un disfrute total.

Amanecer en el pirineo. Foto que tomé a las 6 de la mañana...
Amanecer en el pirineo. Foto que tomé a las 6 de la mañana…

En Barcelona. El penúltimo día de nuestro viaje alcanzamos a ver al Barca contra el Málaga en el Camp Nou.  Buen partido. Buenas vibras. Mucho calor eso sí. El Barca parece un equipo con hinchas multiétnicos y multiculturales. Ha pasado de ser un equipo español a ser un equipo global. Disfrutamos mucho del día en la ciudad. Del partido. De una librería de la puta madre en la Rambla que no me acuerdo como se llama. Viajamos en la noche a nuestro Camping. Llegamos a eso de la una de la mañana y estábamos tan cansados que solo sacamos las bolsas de dormir y nos desmayamos bajo las estrellas sin carpa y sin nada. El césped, las bolsas de dormir y nuestros cuerpos decadentes. Todo bajo un cielo estrellado junto al mar. No se puede ser más minimalista creo yo.

De vuelta en Israel. Regresamos a las rutinas de nuestros trabajos. A nuestras realidades de oficina. A nuestro Nescafé en vasitos de cartón. A la realidad a la que nos vemos expuestos en un país sumergido en una espiral de violencia por muchos años y que últimamente está cobrando con creces las vidas de más y más personas.

Rememorar los últimos dos meses me ayuda a hacer paralelísmos en lo que se refiere a las diferentes realidades a las  se ve expuesta la gente dependiendo del lugar geográfico en el que se encuentre. En  el Pirineo todo es tan simple. Tan auténtico. Tan cordial que es dificil no disfrutarlo al máximo. Aterrizando en Israel se siente el estrés en el aire. La carga emocional a la que todos están expuestos. Supongo que eso nos desorienta un poco a todos los que cambiamos de realidad de cuando en cuando. En este momento lo único que quisiera son unas montañas verdes y un cielo azul para ser feliz.  A veces una buena comida o un saludo amable. Cosas que no veo por aquí casi nunca.

Pero así es la vida. Una sucesión de eventos que se encadenan los con los otros y a veces estás en el Pirineo comiendo rico y luego en Israel viendo malas noticias casi todos los días. A veces tienes la capacidad de explayarte de una manera extremadamente creativa y a veces no tienes mucho o nada que decir.  La realidad y sus dualidades. Acabo de llegar a la 512 palabras. Algo que hasta hace unos minutos me parecía imposible de lograr. Creo que ya estoy de vuelta!

Te dejo una fotillo más…

Faja de Pelay en la reserva de Ordesa y Monte Perdido...
Faja de Pelay en la reserva de Ordesa y Monte Perdido…

Todo va a pasar, como Osama o el Atari

Gam Tze Yhavor…גם זה יעבור

Una frase popular en el lexicón hebreo. Significa: También eso-esto pasará…

He estado en cama por unos días. Sufriendo por algún micro bicho que estaba muy enamorado de mí. Supongo que los antibióticos le habrán demostrado que yo no lo quiero cerca de mí en lo absoluto. Espero que se vaya. Que se  olvide de mi nombre. De mi cara. De mi casa y que pegue la vuelta…Para siempre.

Pero volviendo al Gam Tze Yhavor… En medio de mis delirios y mis fiebres me decía una y otra vez Gam Tze Yhavor. También esto pasara. También esto pasara. Tambien esto pasara. 

Pasará rápido como casi todo en la vida y dejará un destello albo como el que deja un velero en medio del mar. Pasará tan rápido como:

  • La inocencia
  • El primer beso
  • Los Jeans Carpintero
  • Romario
  • Tu primera vez
  • Los pechos de Sabrina saliendo de la piscina
  • Los pantalones de cuero
  • El Atari
  • Soda Stereo
  • El fútbol en la pista
  • EEUU 90
  • El Pinball
  • El Batigol
  • La adolescencia
  • Las resacas de los fines de semana
  • La niebla de la puerta de mi casa
  • El Show de Tinelli
  • El juguete de Motta
  • My Space
  • Las Crocs
  • Ronaldinho Gaucho
  • Mis sueños de ser astronauta
  • La guerra fria
  • El muro de Berlín
  • Osama
  • Sadam
  • Obama
  • Nokia
  • Nintendo 64
  • Las lisuras de la abuela
  • Los pañales reusables
  • Los cocachos
  • Las palabras de mama antes de dormir
  • Jenna Jameson
  • La juventud