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Salud por los años camaradas

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Los “viejos” del grupo 

El otro día caminé 28 kilómetros. Hacía frío. Partí con mi unidad desde un asentamiento judío cerca del mar muerto(-430 metros bajo el nivel del mar) . Subímos hasta la ciudad de Ariel en Czisjordania  (706 metros sobre el nivel del mar). Un ejercicio militar de rutina que nos costó seis soldados con hipotermia y uno con una fractura de tibia.

A los 35 años caminar esa cantidad de kilómetros con más de 1000 metros de desnivel positivo y con peso, no es tarea fácil.

Hacia afuera no mostré ni el más mínimo gesto de queja que no esté dentro de las habituales frases de “esto es una mierda” y me burlé sin reparo de los que se iban quedando atrás. Los más jóvenes subían con más facilidad. De los más “viejos” yo iba adelante siempre intentando mantener el ritmo. Hasta que llegó el momento en el que sentí que mi pulso estaba por los cielos y que no podía parar de jadear como un buey después de haber jalado un arado por más de dos días seguidos.

Pensé en la ley de la vida. En el orden natural. Los viejos dan su espacio a los más jóvenes. Los jóvenes son los dueños del mundo. Los que nos empezamos a hacer viejos comenzamos a jadear como burros borrachos. Pensé en que antes dejaban a los viejos sentados al pie de un árbol esperando morir.   Pensé en todo eso durante unos cuantos segundos mientras tomaba aliento y esperaba a los rezagados .

Por primera vez en mucho tiempo sentí que había gente a la cual le era más fácil que a mí. Eso me dolió. Me rasgó el ego. Me hizo sentirme  Xavi antes de dejar el Barca. Un soldado joven se me acercó y me preguntó si estaba bien. Me dijo que se me escuchaba respirando pesado. Muy pesado.

Le dije que estaba llevando una mochila de 20 kilos y que yo peso 93 kilos. Mover una masa así demanda una mayor cantidad de energía. Yo sabía que le estaba mintiendo. Sabía que mi mochila pesaba 10 kilos. Pero no podía decirle que me estaba desmoronando en ese preciso momento y que si no paraba un par de minutos más, mi corazón iba a explotar.

Un par de horas después vi a aquel joven soldado sobre una camilla siendo evacuado con hipotermia. Y sonreí para mis adentros. Supongo que si me mirabas de reojo te dabas cuenta que estaba sonriendo. Soy una porquería, lo sé. Pero me sentí tan bien viéndolo hecho mierda  mientras que yo, después de llegar a Ariel a las tres de la mañana,  me sentía  como uno de los soldados que habían puesto la bandera en Iwo Jima después de quemar japoneses con lanzallamas.

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Después de “tomar” la Universidad de Ariel

“Tomamos” la universidad de Ariel. Ese era el objetivo del ejercicio. “Matamos” a los de ISIS que habían “secuestrado” pseudos profesores y alumnos. Nos sentamos luego a esperar la llegada de los buses que nos tenían que llevar de vuelta a la base. Hacía mucho frío y nadie decía mucho. Yo me acurruque conmigo mismo y me puse a pensar en que hace 10 años este tipo de cosas no me eran tan difíciles. Me puse a pensar en que los años no pasan en vano. En que por más fuertes que seamos, el tiempo lo es más.

Por otro lado me sentí bien arrastrando mi cuerpo decadente colina arriba a punta de mentadas de madre mentales. Y percibí que, si bien, mi cuerpo no es el mismo de antes. Mi mente es más fuerte. Mucho más.

Entonces, salud por los años camaradas.

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Esperando buses con frío. Ciudad de Ariel 6:00 am.

 

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Me acabo de tomar un arcoiris

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Sin café no ganaríamos nada creo yo…

No puedo empezar un día sin café. Voy a ponerlo de esta manera: No puedo empezar un buen día sin café.

Puedo empezar un mal día sin café. Puedo hacer un holocausto si es que no tengo suficiente cafeína en el cuerpo. En mi situación podría generar la tercera guerra mundial por falta de cafeína. Estoy en el medio oriente. En Israel. No es difícil volar algo que haga que el resto del mundo te odie por eso. No es difícil lograr que el planeta entero nos declare la guerra. Llevaría al mundo al auto aniquilamiento y todo por un poco de cafeína. Solo porque no tome mi dosis necesaria. Porque no soy la persona que podría ser con un Espresso Machiatto encima al empezar el día.

En el ejercito de Israel he hecho cosas malas. Algunas muy malas. Una vez atropellé una cabra y otra vez pisé a una tortuga. Todo porque me moría de sueño. Porque el café se había acabado aquella semana y todo lo que hacía me parecía un sueño. No sé hasta hoy si el episodio de la cabra lo viví o lo he soñado o si la vida es sueño y los sueños, sueños son. O solo se debe a que la bruma del recuerdo descafeínado se ha vuelto solo eso: Bruma.

Te estarás preguntando porque estoy escribiendo tantas incoherencias. No te preocupes. Solo tengo mucha cafeína en la sangre. Creo que tres espressos juntos. Y me dio nostalgia que hayan existido días sin cafeína. Días en los que pude haber sido mejor. Inclusive más guapo. Más inteligente. Más asertivo. Mejor combatiente. Un Rommell. Un Patton. Mejor escritor. Un Hemingway. Un Saramago.

Pero han existido días sin. Días plomizos como Lima. La ciudad en la que nací. Crecí. Perdí mi virginidad y conocí el café de la abuela. Han habido también días con. Días en los cuales he estado reluciente. Una excelsitud de la vida. Un comandante de las tropas de Alexandro Magno en los confines del mundo civilizado. Tanto amo al café que me hace decir tontera y media y me dejo llevar literalmente. Dejo que me arrastre por estás palabras sin editar y sin pensar demasiado que es lo que debo escribir y solo escribo para escribir. Para dejar toda esa cafeína fluir desde mis neuronas hasta las yemas de mis dedos. Desde todo lo que he leído alguna vez en la vida hasta todo lo que vengo diciendo.

Creo que después de estás palabras te darás cuenta que soy un amante del café. Y te imaginarás que tengo un café al lado mientras escribo todo esto. Eso es cierto. Tengo un café al lado de mi computadora y de cuando en cuando le meto un sorbo y escribo un poquito más rápido que antes. Son las once de la mañana aquí en Israel. Es invierno. Afuera hay silencio porque es Viernes. Que es como un sábado en cualquier sitio del mundo. Por mi ventana se escurre un rayo de sol. Me da en la cara. Hace que mi café se llene de colores. Una especie de arcoiris se forma en la tasa. Me siento bendecido por todo lo que está pasando en este momento. Me estoy tomando un arcoiris y estoy escribiendo lo que me da la gana.

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 Hay algo en la vida de un soldado que puede levantarle la moral y el ánimo: La visita de una estrella de la televisión en bikini. Además de eso: Un vasito de café en el campo…

 

Filosofía de trinchera

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Hace un mes me encontré mirando al cielo desde una trinchera.

Lo bonito de mirar el cielo desde una trinchera en el medio oriente es que se puede ver “realmente” el cielo. Las estrellas. La luna. La aleta blanca de la Via Lactea. Las constelaciones. La negrura luminosa del espacio infinito que nos rodea.

Se ven las estrellas bien. Muy bien. Y para verlas tan bien, necesitas que no hayan nubes. Y no habían nubes. Y cuando no hay nubes y es invierno, hace mucho más frío que cuando hay nubes (Por alguna razón física las nubes retienen el calor que el suelo ha absorbido durante el día). Por ende, en la trinchera hacía frío y además de la baja temperatura había algo de viento. Yo,personalmente, mirando hacia Jordania, que estaba a tiro de piedra, no hacía más que desear estar dentro de alguna de esas casuchas de campesinos Jordanos, tan diferentes y tan similares a nosotros . Porque incluso aquellas casas de mala calidad y algo pobretonas eran mucho mejor que nuestra trinchera olvidada y fría.

No comí mucho aquel día. Teníamos un par de atunes para cada cuatro soldados. En la mañana temprano nos habían sacado de nuestros trabajos. De nuestras casas. De nuestras paternidades. De nuestros matrimonios contándonos la historia de siempre. Que teníamos que estar preparados para cuando ISIS, Hamas, Hezbolla, los iraníes, los sirios, los jordanos, los libaneses, los egipcios o cualquier  árabe de este mundo o de otra galaxia ataque a Israel. Y lo harían exactamente en el punto en el que estábamos atrincherados comiendo atunes y chocolates y durmiendo a la intemperie.  Un ejercicio militar muy importante nos dijeron. No nos lo creímos mucho. Nuestras esposas. Nuestros padres. Nuestros hijos. Nuestros perros, no se lo creyeron tampoco.

Mientras tienes frío y tiemblas y ves la infinitud del misterio que te rodea con tanta plenitud no piensas mucho en ISIS. Piensas en lo caliente que es la habitación de tu casa. Piensas en el ronroneo del gato del vecino. Piensas en lo caliente que se está entre las piernas de una mujer. Piensas en el chocolate que te acabas de comer y que es lo más cercano a un orgasmo que vas a tener en aquel hueco medio oriental. Piensas en tu madre. Piensas en tu padre. En las cosas buenas que hicieron por ti. En las muchas cosas malas que te hicieron también. Piensas en tu primer amor. Piensas en tu último amor. Piensas en que hace frío y que ya estás viejo para estos trotes. Ya tu espalda se entumece sin un colchón bajo ella. Ya el viento te seca la piel de una manera que hasta hace unos años atrás no podía. Ya tus articulaciones se adormecen a cada rato en cada posición. Piensas en tu pobre y decadente cuerpo mientras ves a los soldados más jóvenes que tú pasarlo bien y sentirse bien. Mientras que tú te haces el macho pese  a que te duele hasta el pelo. Te haces el macho porque eres el sargento. El jefe. El puteador. El que tiene que arrastrarlos de ser necesario. Eres el sargento que dentro de sí mismo sabe que se está haciendo viejo en aquella puta trinchera. Y escuchas el silencio y ves a los jóvenes cada vez más jóvenes y te ves reflejado en tus promociones que cada vez están más viejos y calvos. Y sigues pensado en el ronroneo del gato y en la habitación de tu casa calientita. En tus amores de la niñez y en las manos de mamá mientras te tocaba la cabeza a los siete años para consolarte por alguna tontería.  Sigues viendo las estrellas tan luminosas y llenándote los pulmones de viento helado. Sigues sintiéndote muy vivo muy cerca de aquellos que quieren verte tan muerto.

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Una vez me cayó una esquirla…

Una vez me cayó una esquirla de RPG en la mano.

Antes de eso había estado corriendo colina arriba. Mi respiración estaba agitada. Llevaba como 20 kilos encima entre mis armas y mis municiones. Matania estaba a mi lado. Corría un poco más rápido que yo así que estaba un poco más adelantado. Yo miraba hacia la cima de aquella colina. En quince segundos llegaríamos y nuestra parte, en aquel ejercicio militar, terminaría.

Quince segundos después una explosión en la cima de la colina nos hizo volar hacia atrás. Rodamos colina abajo unos cuantos metros hasta que quedamos tirados uno a un par de metros del otro. Yo quedé boca arriba. Vi el cielo. Estaba atardeciendo. Las nubes estaban naranjas. Mi cuerpo había sentido toda la onda expansiva de la explosión recorriendo su interior. Sentí por primera vez cada uno de mis órganos moverse dentro mío. El aire estaba fresco. Sentí mucha tierra y piedras dentro de mi boca. Alcé la mano izquierda para limpiarme la cara y los ojos. Me di cuenta que mi mano era una especie de masa que chorreaba sangre. El cielo seguía naranja. Vi a Matania deslizarse hacia mí. Me pidió que no me moviese. Yo me había sentido bien hasta que vi mi mano y entonces me di cuenta porque no quería que  me moviese. La sangre brotaba con cada latido de mi corazón. De pronto me sentí muriendo como en una película de guerra. Quise llorar. Pensé que mis dedos ya no estaban. Veía algo gelatinoso entre el rojo y marrón al final de mis falanges. Habían pedazos de guante quemados. No sabía que había pasado. Efraim apareció con sus lentes poto de poto de botella. Atrás el cielo seguía naranja. Cada vez más fresco. Matania sacó la gaza de emergencia que cargamos en el pequeño bolsillo de al lado de la rodilla izquierda. Vi que la abría desesperado. Efraim le decía que no me veía tan mal. No sé porque pero amé a Matania en aquel momento y odié a Efraim. Apareció otro soldado. Y luego otro. Y pronto ya no veía el cielo. Solo caras de amigos y de curiosos que ni conocía. Quería ver el cielo. Matania me preguntó mi nombre. Se lo dije sin chistar. Me dijo que no me moverían porque no sabían de donde venía tanta sangre. No me dolía nada, salvo la mano. Me dolía y me asustaba. No la quería ver. Créeme: No la quería ver más.

La venda se mojó de sangre. Llegó alguien con la camilla y me subieron a ella y empezaron a bajar la colina conmigo y con casi 100 kilos (entre mi cuerpo y todo mi equipo) encima de ellos. Los escuché maldecir. Les pedí que me bajaran, que quizás podía caminar. Caminé hasta la base de la colina. Esperé sentado ahí sobre una piedra mientras todos hablaban de lo que podía haber pasado cuando Elhanan disparó el RPG sobre la base de la colina. Los escuchaba mientras la gaza comenzaba a gotear sangre. Matania me acarició la cabeza y me dijo que en dos semanas estaría de regreso. No le creí. Llego el Helicóptero para evacuarme. Yo tenía el brazo doblado y mi mano envuelta en la gaza empapada en sangre. El paramédico del helicóptero me sacó la gaza, miró mi mano mientras yo volteé la cabeza y vi  hacia otro lado. Me dijo “no te preocupes, vas a estar bien”. Cuando dijo eso, miré mi mano que seguía sangrando pero menos. El guante estaba quemado. uno de los dedos parecía cualquier cosa menos un dedo. Quizás parecía una flor. Sí, era algo así como una rosa abierta. El helicóptero despegó y vi a mis compañeros abajo mientras veían el helicóptero despegar mientras me evacuaba al hospital Soroka en Beer Sheva.

Dos semanas después estaba nuevamente con ellos.

En la reserva

Yo y la Negev. La ametralladora que nunca quise pero que termino siendo mi mejor amiga.
Yo y la Negev. La ametralladora que nunca quise pero que termino siendo mi mejor amiga.

Según las leyes israelíes un soldado retirado del servicio activo puede ser llamado a la reserva después, de como mínimo, un año.

A mi me llegó la carta al mes de retirado.

Podía decirles que no quería ir. Que ya estaba bueno. Que se esperaran otros once meses más antes de joderme. Pero no lo hice. Recibí la carta con el sello de צהל (IDF) en el sobre y no pude decir que no. Así que me presenté en el lugar indicado. En la fecha indicada. A la hora indicada.

La invitación era en una base de entrenamiento en la zona de Kiriat Gat. Llegué con mi uniforme planchado y mis botas lustradas. Le informé a unos soldados que venía a presentarme al servicio de reserva. Los soldados me miraron y sonrieron. Me dijeron que me siente por ahí. La cita era a las 900. Yo había llegado una hora antes, a las 800. Estaba solo en un hangar sin aire acondicionado. Llevando una mochila grande con las cosas que necesitaría para mi mes de servicio. Esperé.

A las 10 de la mañana empezaron a llegar otros soldados. Muchos de ellos desarreglados y con las camisas fuera de los pantalones. Nadie tomaba asistencia y a nadie le importaba mi presencia. Apareció una secretaria del servicio activo y me dijo: ¿Quién eres? Soy Casaretto dije. ¿Casa..que? preguntó asombrada. Casaretto: Se escribe Kuf, Sameh, Reish Tet, Vav: קסרטו, lo repetí despacio para que lo entienda. Que raro tu apellido, me dijo con una mirada de sorpresa, una de esas que solo se tienen a los dieciocho años. Es italiano, le dije. Ah… ¿Y tú eres de Italia? me preguntó. No, no soy de Italia. Soy de Perú. No entiendo nada, me dijo. Llena tu nombre aquí. Este es tu seguro de vida. Lo puedes repartir entre la gente que quieras. ¿Cuanto es? le pregunté. Un millón de shekels (Unos doscientos cincuenta mil dólares). Oh no  está mal, le dije… Debes morir antes para cobrarlo, me dijo sonriendo. Llené el formulario y puse el nombre de mi esposa solamente. Si me había aguantado tanto tiempo, se lo merecía. Ahora solo me quedaba morir.

Nadie impartía ordenes. Los oficiales se veían más cansados que los soldados. Yo era el único soldado de los cien que ya estábamos ahí que tenía el uniforme planchado. Todos se veían como después de un combate. Yo me veía como antes de uno. Por ende cuando el jefe de logística de la unidad entró en el hangar donde estábamos y miró a todos lados, se fijo en mí y me dijo: Tú, el nuevo, ven aquí.

Fui, como no.

Vamos a la armería, me dijo. Lo seguí. Sería mentir si digo que aquel jefe de logística estaba menos limpio que yo. Se veía pulcro con un uniforme nuevo y planchado. Me dio gusto ver a alguien que realmente parecía un soldado dentro de toda esa sarta de descuidados y agotados dizque reservistas.

Vas a firmar por un fusil M-4 con mira telescópica Trijicon. Me dijo sonriendo. Le respondí Ok.

Además de eso vas a firmar por una ametralladora ligera Negev. Esa va a ser tu arma en combate en terreno abierto o cuando salgamos de operativo. Lo repitió despacio y sin una sonrisa.

Mira, no puedo firmar por una Negev porque cuando he estado en actividad he sido francotirador. Soy un experto en la M-24 o en la Barrett 0.5. No sé nada de ametralladoras ligeras. No es lo mío. Le dije pasando saliva.

Si has estado algún día en algún ejercito y tienes un arma, tu arma, sabrás que es difícil cambiarla por otra. Si te dicen que te pases a otra arma, a una que no tiene nada que ver contigo, es prácticamente un insulto. Un trauma. Una petición inaudita. Algo que no se dice ni se hace. Una mentada de madre en el mejor de los casos.

Más aún si eres un francotirador y todo lo que te enseñaron en un curso de un año va a quedar en desuso. Cosas  como las fórmulas para  calcular los vientos y las distancias. O como hacer una aproximación sin ser visto. O como observar el terreno y encontrar el punto más propicio para emplazarse. O como tomarse las cosas con calma. Sin desesperarse. Esperando que el blanco aparezca. Tu mira está ya equilibrada. El objetivo aparece. Aguantas la respiración. Tu pareja confirma el blanco y te dice: fuego. Disparas. El blanco cae. Sigues la ruta de evasión planeada. Llegas al punto de extracción. Regresas a la base. Te tomas una ducha caliente. Te quitas la pintura de la cara. Vas al comedor y comes huevos duros fríos y yogur. Vas a tu cuarto. Limpias tu arma. Le haces una X pequeña con tu navaja Letherman. Uno más para tu cuenta. Limpias el arma. Te metes a tu cama. Huele a sudor aquel cuarto pese a que el aire acondicionado está a full. Te duermes. Sueñas con casa.

Mira, me importa un rábano si te crees David Crocket y te gusta cazar conejos. Me dijo con cara seria el jefe de logística. Vas a tomar la Negev. Vas a salir a un curso de cuatro días y vas a volver hecho un monstruo en ella. Vas a disparar 18 tiros por segundo. Vas a poder cortar un árbol si te da la gana…Vas a ser indestructible…

Firme por la M-4 y por la Negev. La Negev me parecía un bicho raro. Un perro chusco. Iba en contra de todo lo que había aprendido. Era la cantidad sobre la calidad. Era la fuerza de destrucción de mil balas por minuto en contra de la delicadeza y la elegancia de una bala por día.

Después de cuatro días de curso. Regresé hecho un monstruo y podía cortar un árbol con balas.

La Negev como buen perro chusco se había ganado mi cariño y mi respeto.

Cuatro días después estaba en Nablus, en los territorios palestinos. Cuando llegué me di cuenta que todos ya habían metido sus camisas y parecían una unidad de combate común y corriente desplegada en una zona de combate. Cuando entré en el comedor me hicieron espacio en una de las mesas. Un tipo de mi edad, algo calvo me dijo: Ven siéntate acá. Eres el nuevo “destructor” de la unidad ah? Bueno, en verdad soy francotirador. Esa es mi especialidad. Lo dije con nostalgia. En la reserva eso no importa. Acá todos hacemos de todo. Me dijo mientras masticaba un pedazo de pan.

Me tocaría pelear en dos guerras con mi unidad de reservistas. Pero para eso faltarían un par de años más. Mientras tanto volvería a casa como el resto de soldados. Ellos volverían a ser abogados, médicos, guías de turismo o cocineros. Yo volvería a mi oficina y mi trabajo en seguridad. Nos encontraríamos en el mismo hangar la próxima vez con las camisas afuera y los zapatos sin lustrar.

La zona más bella de la tierra

Nablus, territorios palestinos, Guerra “Margen Protector” Agosto, 2014

Es difícil tratar de entender la situación en el medio oriente. Me refiero específicamente al conflicto Palestino-Israelí,   sin tomar una posición al respecto.

Todo el mundo tiene una postura. Todo el mundo se enreda en acaloradas discusiones que intentan determinar cuál de los dos bandos tiene la razón y cuál está en su derecho de defenderse o de liberarse o de lo que sea.

Por mi parte y pese a vivir en Israel y haber sido un soldado en el ejército Israelí por muchos años (y sigo siendo un soldado en la reserva) he intentado ver el conflicto desde un punto más macro y no tan centrado en el “lado Israelí” del asunto.

Supongo que la ventaja de mi posición con respecto a la del resto del planeta, es que yo vivo aquí. En donde las habas se cuecen. Yo he pasado años en los territorios palestinos ocupados. Yo he visto las salvajadas y las cosas maravillosas que pueden hacer uno u otro lado. He visto la desesperación de un pueblo oprimido. He visto la desesperación de otro pueblo que lucha por defenderse en un entorno completamente hostil.

Supongo que para la mayoría de personas que lean este artículo, les puedo parecer parcializado. Vivir en Israel me convierte automáticamente en un portavoz del “bando Israelí” o de los “Sionistas Neo colonialistas”. No voy a intentar convencer a nadie de porque apoyo a Israel. No voy a intentar disculparme por el hecho de hacerlo. Lo apoyo porque es el país en el que vivo. Pero también apoyo el deseo de liberación que tiene el pueblo palestino. Si fuera palestino lucharía por ello. En fin, solo puedo decir que las cosas como las ven desde allá, no son como las vemos desde aquí.

El pueblo palestino ha sido un pueblo maltratado por la mala suerte de haber tenido unos muy malos líderes en los últimos cien años. Mientras los judíos trabajaban como hormigas a su lado y hacían de todo (y cuando digo de todo, me refiero a eso precisamente…) para construir un estado, los árabes palestinos se mantuvieron estáticos. Metidos en la letanía de su cultura. En el brillo de un pasado que alguna vez fue mejor. Y cuando te duermes en tus laureles pierdes. Y así, poquito a poquito entre 1900 y 1948 los Judíos tenían tierras que podían funcionar como un país. Tenían  unas fuerzas armada: La Hagana, que podía hacer de ejército. Tenían las ganas de sobrevivir. El hambre de acuñar una nación. En 1948 Israel nacería y la Nakba (el desastre palestino) surgiría al mismo tiempo.

Unas guerras más tarde y todo estaría dicho. Israel era un país próspero que había vencido a todos sus vecinos en todos los confrontamientos armados posibles. Israel era una potencia nuclear y tecnológica. Israel era, para muchos: Un milagro. Un país hecho de la nada, en el más hostil de los escenarios. Se había ganado su derecho de ser y de existir. Nadie podía ponerlo en duda.

En cambio, el pueblo palestino, se encontraba bajo la ocupación militar israelí. Se encontraba sumiso y roto. Invadido y golpeado. Con una economía paupérrima. Con decenas de campos de refugiados en sus territorios o en los países vecinos, generados por las sucesivas guerras. Las cosas no podían seguir así. No por mucho. Empezó la resistencia palestina para luchar en contra de la ocupación Israelí. La OLP. Yasser Aarafat. Los atentados suicidas.  Los intentos de paz. Firmar un acuerdo. Camp David. Clinton. Yzak Rabin. Ehud Barak. Arafat. Nada. Esfuerzos y más esfuerzos para nada. La Islamización de la resistencia dio origen a Hamas en los 80s y Hamas creció y Hamas cambió a la OLP en cuanto a cantidad de activismo y en la manera de representar la resistencia palestina. Aparecieron los Mártires. Suicidas. Más suicidas. Cohetes en contra de la población civil israelí. Presionar al gobierno israelí a hacer concesiones por medio del terror. Por medio del miedo. Hamas creció. Israel sacó el martillo de hierro y machaco lo que pudo. Intentando matar una mozca venenosa a cañonazos. Israel se embarró en el propio fango de su larga política de dominación en los territorios ocupados. Se ensució de su propia ocupación. Se ensució con la sangre de sus propios soldados muertos noche a noche. Peleando en el Líbano o cerca a casa en alguna villa árabe en la Palestina ocupada.

Es que me da risa pensar que he estado en la guerra. He combatido sin cansancio a 40 km de casa. Mi casa. Tel Aviv está a 40 km de la franja de Gaza. Y mientras he combatido, he sentido que defendía mi hogar. Así como los que peleaban contra mí, defendían el suyo. Para mí es justo que quieran matarme. Pero debería ser justo que la gente en el mundo entiendiera que también tengo el derecho de defender  mi casa. A mis amigos A mi esposa y a mi perro. No es colonialismo lo que hago. Es autodefensa. Autodefensa en una situación que está armada por errores políticos mutuos de ambos bandos. Por cobardía mutua de la cúpula política de ambas esquinas. Porque nadie tiene los huevos para firmar un tratado. Y todos: Palestinos e Israelíes viven “felices” en el status quo aunque no parezca así.

Es fácil ponerse de parte del débil. Si eres una persona noble y te mueves por el sentimentalismo, debes funcionar de aquella manera. Es fácil ver al mounstruoso y poderoso Israel destrozar y bombardear a pobres palestinos que solo se defienden tirando cohetes. Cohetes que llevan la razón al fin y al cabo, porque ellos luchan por su libertad. Porque Israel los coloniza y humilla. Se apodera de sus granjas y les pone muros de cemento por doquier. Así que es su derecho defenderse. Al fin y al cabo, Israel no es más que un apéndice colonialista del imperialismo occidental ¿No?

Es facil tambien decir: Israel tiene el derecho de defenderse y de defender a cada uno de sus ciudadanos. Israel va a usar todos los medios posibles para hacerlo. Y si Hamas dispara cohetes a las poblaciones civiles. Israel tiene la infinita capacidad de disparar más. Es lo que se debe hacer. Porque solo así entienden ellos. A la fuerza ¿No?

El conflicto es una guerra asimétrica. Es un ejército peleando contra unas guerrillas armadas. Ese mismo asimetrísmo favorece en algunos casos a los Israelíes pero al mismo tiempo favorece a los palestinos. Los palestinos han ganado la batalla a nivel internacional. Buscando Boycotts contra Israel. Haciéndose pasar por las únicas  víctimas del conflicto (y han logrado avances importantísimos). Israel por su parte gracias a la diferencia de poderes es prácticamente indestructible hoy en día. Nada de lo que haga Hamas en el ámbito militar va a destruir a Israel ni va a tirar a los judíos al mar, ni va a hacer que Israel capitule. Cada bando está ganando en algo pero cada bando está perdiendo al mismo tiempo. Perdiendo el futuro. Perdiendo que las generaciones futuras vivan en una relativa paz.

El futuro se ve negro. Tan negro como la noche. No hay un acuerdo de paz en camino porque nadie cree que se pueda llegar a la paz algún día. Nadie confía en el otro. Nadie lo considera un igual. Un par de pueblos enredados en una historia tan común y a la vez tan diferente. Mezclados en odios intestinos. Empujados hacia las cuerdas una y otra vez por el otro.

Israel fue el David del cuento y ahora es el Goliat. Los palestinos fueron una nación con un interés político nacional correcto pero que se han dejado llevar por el oscurantismo islámico y que no saben exactamente que es lo que quieren. Son dos pueblos enrollados en un territorio del tamaño de Cáceres (como lo dijo homominimus). Intentando vivir una vida normal en las más anormales de las situaciones y condiciones. Yo que he visto todo por aquí, esto convencido, que los de allá como los de acá quieren paz. Aunque no saben como llegar a ella. Sé que tantos los de allá como los de acá quieren un futuro mejor para sus hijos. Quieren una tranquilidad mínima. Esa misma tranquilidad que se tiene en otras partes del mundo en la que te levantas al trabajo sin pensar en las sirenas ni en los bombardeos. Esa misma que empuja a enfocar los recursos,  no en hacer túneles subterráneos para matar gente inocente o en sistemas antimisiles inteligentes, sino en generar bienestar a sus pobladores. Si realmente se llegara a ese `punto. Quizás y solo quizás, esta zona sería una de las zonas más bellas de la tierra.

Una noche.

No tengo como contar este cuento sin reírme de mí mismo. Es cierto que reírse de uno mismo es una buena terapia. Para mí suele ser algo, a veces, vergonzoso. Pero es que no me queda de otra cuando recuerdo lo que pasó en el desierto una noche del 2005. Quizás era Agosto o Quizás Setiembre. No lo sé. Era verano y pese a que en el día podías hornear un pan con solo dejarlo en el patio, en la noche podías llegar a sentir un frío que calaba hasta lo más recóndito de tu ser. Un frío que se adueñaba de tus pensamientos. De tus sentimientos y lentamente y poco a poco, te quebraba.

Aquella noche estaba haciendo la guardia de Mahazin (El que escucha). Mi trabajo era velar el sueño de mis compañeros mientras escuchaba la radio. El único problema era que no entendía nada de lo que decían en la radio. No sabía hablar hebreo. La radio MQ-64 de la época de la guerra de Vietnam no era, vamos a decirlo así, reproductora de sonidos de alta fidelidad. Para mí todo sonaba she she she raaa raaa raaa. Pero era el ejercito de Israel a nadie le importaba demasiado mis capacidades comunicativas.

Estaba sentado en un mojón de cemento. Con uniforme de combate y con sandalias al mismo tiempo. Un día antes habíamos regresado de una caminata de más de 40 kilómetros y los zapatos militares me habían destrozado los pies. El médico de la base me dio un permiso para usar sandalias por dos días. Fue delicioso. Lo recuerdo hasta hoy.

Recuerdo que había una mesa. En la mesa nos dejaban fruta para que los soldados hambrientos que se levantaran en medio de la noche tuviesen algo que comer. La fruta no era muy fresca. Por no decir que la mayoría estaba podrida. No podía ser muy diferente con las temperaturas de la mañana de más de cuarenta grados. Eran las dos de la mañana y hacía frío. Me dolían los pies en sandalias por el frío y comencé a odiar al Doctor que me había dado el permiso para usarlas. La caja de frutas estaba ahí a mi lado. Habían plátanos negros.  Habían un par de manzanas. Había un melón aguachento que olía a vinagre.

El olor del desierto de noche es algo que no se puede poner en palabras. Solo huele a él. Quizás a eso huele la soledad. Eso no lo sé, ya que nunca he estado realmente solo. Las frutas olían a vinagre balsámico. Sabía que estaban mal pero tenía hambre y mi estomago rugía. Quizás el frío me dio más hambre. Quizás el hecho de estar sentado en un mojón de cemento escuchando a una radio vieja sin entender nada, despertó en mí el apetito. De pronto me acordé de todo el peso que había perdido en los últimos meses (más de 10 kilos) y me dio más hambre. Miré hacia la caja de fruta y babeé. Me levanté y caminé haciendo ruido con mis sandalias  destruyendo el silencio perpetuo de la noche. Miré la fruta y lo único comestible por ahí era una manzana verde. De esas ácidas. Se veía más o menos comestible y poco a poco bajo una noche de luna llena me fui enamorando de ella. Cuando fui a tomarla sentí que algo se movía por debajo de ella. Salté hacia atrás y de una manera instintiva apunté con mi M-4 a la caja de fruta. Apunté como si el ejercito Iraki estuviese debajo de la misma, moviéndose con premura. Apunté como si un terrorista suicida se estuviera escondiendo entre los plátanos y por un pelo, no disparé.

Toqué la manzana con el cañón del fusil. Unos ojos rojos me miraron sin miedo. Supongo que aquellos ojos veían el terror en los míos. Una cola larga y pelada estaba enrollada en la esquina de la caja y de pronto emergió de las profundidades de la misma la más monstruosa rata que había visto jamás. Nadie me había explicado ni entrenado acerca de como reaccionar en esa situación. Sabía que no podía meterle un tiro a una rata parada en dos patas mirándome con ojos de pocos amigos y sacando sus dientes perla de la boca. Sabía que un tiro en esa zona del mundo podría causar la tercera guerra mundial si es que se hacía en el momento y en el lugar inadecuado. Jalé la manzana con el cañón hacia mí. Pensé en lavarla con jabón. No dejaría que una rata miserable impida que sacié mi hambre. Pero cuando la manzana empezó a rodar hacia mí la rata la jaló hacia ella y me di cuenta que aquella rata no me tenía el más mínimo miedo. Es más, sentí que me despreciaba. Y que consideraba que aquella única fruta comestible de la noche sería de ella y no mía.

Yo había pasado innumerables suplicios para llegar hasta ese punto del entrenamiento. Quería ser un héroe y para ser uno, me debía comportar como uno. No me dejé amedrentar y jalé la manzana hacia a mí nuevamente. La rata la jalo hacia ella y así forcejeamos un par de minutos. Tiro yo, tira ella, tiro yo, tira ella. Le podía meter el cañón del fusil en la cabeza y hacerla huir, pero eso iba en contra de mi estúpido sentido del honor. Un honor que hasta ese punto me había puesto  en esa precisa situación. Sirviendo en un ejercito para ser aceptado como uno de los suyos. Arriesgando el pellejo para ser parte de. Pero eso es ya otra historia. La rata tenía hambre y quería mi manzana. Yo tenía hambre y quería la manzana de la rata.

Me saqué la sandalia izquierda y se la tire. La rata huyó sin premura. Sencilla y llanamente se dio cuenta que yo era más fuerte que ella y se fue con la mirada esa de que quizás perdió la batalla pero no la guerra. Vi su cola deslizándose en el piso de cemento, mientras se introducía despacio y sin premura en el desierto infinito. Se sumergió en el silencio profundo de la noche. Roto solo de cuando en cuando por una radio superviviente de mil guerras pasadas y por el sonido que hacían los chacales.

Tomé la manzana y me fui al baño. Le eché jabón dana. Una especie de jabón que se usa en el ejercito para limpiar inodoros, lavarte las manos, bañarte, desinfectar heridas, limpiar los suelos y, como no, desinfectar comida que ha estado en contacto con roedores. Le metí un buen mordisco y sentí su acidez deliciosa.