Minimalizando el miedo

Hace unos años atrás me encontraba en el curso de paracaidismo táctico del ejercito. Estaba en la primera semana del mismo. “La semana de los simuladores”  . Los simuladores de paracaidismo son torres de diferentes alturas desde las cuales saltas generando una sensación parecida a la que sentirías saltando de un avión (para ser sincero, no se parece absolutamente en nada). Comienzas saltando de unos pequeños andamios de dos metros de altura. Una vez que los instructores ven que has perdido el miedo al salto desde los dos metros, te pasan a un simulador de cinco metros de alto y así sucesivamente hasta que llegas a uno de unos quince metros. Para llegar al tope del mismo subes una escalera de caracol y cuando llegas a la parte más alta te encuentras con una estructura que tiene la forma de la parte interior de un avión Hércules con las puertas abiertas. Tomas asiento ahí junto a otros diez soldados. Esperan apretujados a que la luz verde del salto se encienda y comienzan a saltar uno por uno. Unos arneses y correas son los encargados de que no te desmadres abajo. Te deslizas por un conjunto de cables hasta un montículo que está a unos doscientos metros de distancia y “aterrizas” ahí. 

Dentro del simulador hay un instructor que se encarga de velar la seguridad de los soldados (los arneses y correas deben estar ajustados a la perfección) Además de eso tiene el deber y la ardua tarea de convencer, a los soldados aterrorizados, a realizar el salto. Yo era uno de esos soldados aterrorizados.

Desde que recuerdo, siempre le he tenido terror a la altura. Digo terror porque lo mio sobrepasaba el simple miedo. Por circunstancias de la vida que no vale la pena enumerar, estaba yo sentado en el simulador de los quince metros. Había pasado con éxito las torres de dos metros de alto y las de cinco (con mucho miedo). Las de diez y las de doce no las había hecho porque una diarrea me tiró en la cama por dos días. Había logrado evadirlas pensando que podría evadir también la torre de quince metros. Pero cuando dijeron que la torre de quince metros era un pre- requisito para subir al avión tuve que levantarme de la cama, tomar un poco de agua, coger mi casco, salir de la carpa en la que estaba y caminar al bendito simulador que se veía a lo lejos. Mientras me acercaba, el miedo me invadía. Cuando llegué a la parte de abajo uno de los instructores me preguntó mi apellido. Se lo dije con voz bajita. Me miró con pena y me dijo: Tú subes en el próximo grupo. Esperé ahí mientras veía a los soldados que ya estaban arriba salir disparados del simulador. Algunos gritaban. Otros silenciosamente se deslizaban por los cables. Yo tenía miedo de cagarme encima y hacer el ridículo. Cuando comencé la subida por la escalera de caracol la boca se me seco. No podía pasar la saliva. Mis manos estaban heladas y mis piernas no respondían muy bien a lo que les mandaba a hacer (que era subir los benditos escalones). Cuando llegué a la parte más alta y miré hacia abajo parecía endemoniadamente más alto de lo que se veía de abajo arriba. Me senté en la banquita junto con los otros nueve soldados y esperé que el instructor haga su explicación. Una vez explicadas todas las normas de seguridad comenzó a ajustar los arneses de todos nosotros, cuando llegó a mí (que era el último) Sintió que estaba medio temblando y me preguntó si TODO estaba bien. Le expliqué que había tenido una diarrea de tres días y que al parecer estaba algo deshidratado. Asintió con la cabeza, volteó, apretó un botón y comenzó la cuenta regresiva de un minuto para el salto. Al terminar el tiempo el primer soldado saltó. Luego el segundo. Luego el tercero. Diez segundos después era mi turno y me congelé en la puerta de salida. No pude saltar al vacío y retrocedí.

“No puedo hacerlo” le dije.

Sonrío y me dijo “Todos pueden, ¿Sabes cuantas veces me encuentro con soldados que me dicen lo mismo? . Te estás bloqueando porque estás pensando demasiado en las consecuencias. En si el arnés está bien ajustado o no. En si las poleas están bien engrasadas o no. En si eres lo suficientemente valiente o no… Deja de pensar. Imagínate que eres un lobito”

“¿Qué?” le dije con sorpresa.

“Sí, un lobito ahora aúlla… auuu…”

“No voy a aullar…”

“¡Aúlla! es una puta orden…”

“Ok…Auu…”

“No,no. Más fuerte. ¡¡¡¡¡Auuuuuuuuuu!!!!!!”

“Auuuu”

“¡Más fuerte carajo!”

“¡¡¡¡¡¡¡¡Auuuuuuuuuuuuuuu!!!!!!!!”

“Así…una más”

“¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!!!!!!”

Terminando el grito sentí un pequeño empujoncito en mi hombro derecho y ya estaba volando fuera del simulador.

Años después y con la perspectiva que dan los años, he llegado a la conclusión de que que el sentimiento que más nos impide hacer cosas es el miedo. El miedo es capaz de retenerte en un solo sitio y evitar que te muevas buscando una solución. El miedo es capaz de evitar  que vivas,  que conozcas,  que viajes,  que intentes,  que te enamores,  que inviertas,  que digas,  que ames, que sueñes y que no hagas mil y un cosas más.

He pasado por un montón de tipos de miedo. Como el miedo físico (miedo a morir o a que me pase algo, como en los saltos de paracaidismo) o miedo emocional (miedo a no ser “alguien” o a quedarme solo). He aprendido  que en gran parte el miedo es generado por los pensamientos acerca de las “supuestas” consecuencias de determinados actos. Pensamos. Pensamos. Pensamos. Mientras más pensamos, más nos paralizamos. Evaluamos no una, sino cien veces algo antes de hacerlo y si evaluamos TODAS las posibles consecuencias pues va a ser prácticamente imposible  que nos decidamos a hacer algo.

Obviamente que no estoy dispuesto a  hacer las cosas sin pensar. Hay que pensar lo que se está haciendo. Pero hay que entender que el pensar demasiado no es algo necesariamente “productivo” sino, más bien, alimenta los miedos de una manera brutal. Cuando en el salto el instructor me dijo que gritara como un lobito. Automáticamente dejé de pensar en las consecuencias del salto (después del curso de paracaidismo y de salir disparado de un avión diecinueve veces, pude hablar con los instructores del tema). Pensé netamente en lo estúpido que me veía haciendo “auuu”. Era lo único que tenía en mente. Me daba risa y vergüenza al mismo tiempo. Mis pensamientos sobre mi miedo a la altura o sobre las consecuencias de caer al vacío desde quince metros de alto fueron automáticamente “suplantadas” por un simple pensamiento: “Auuuu…que cojudez estoy diciendo…” y una sonrisa. Un segundo después mi cuerpo estaba afuera del simulador. Los instructores saben (porque lo han estudiado) como cambiar la línea de pensamiento de un soldado. Entré con terror al simulador y salí del mismo con vergüenza y sonriendo (todo en menos de dos minutos). Eso me ha enseñado que el miedo es un sentimiento realmente manejable. Es algo con lo que se puede trabajar. Es algo a lo que se le puede engañar y hasta neutralizar. Hay que saber usar los atajos cerebrales que logran  que dejemos de pensar tanto en TODAS esas “futuras supuestas consecuencias” de nuestros actos.

El miedo es un sentimiento que siempre va a estar presente en nuestras vidas pero hay que entender (como ya lo dije antes) que es maleable y manejable. Está en nuestras mentes. Nosotros lo hacemos crecer o disminuir. Somos nosotros los que podemos usar técnicas para engañarlo. Somos nosotros los que tenemos la capacidad de neutralizarlo. Observándonos a nosotros mismos. Observando al miedo como parte vital de nuestras existencias. Agarrándolo con las manos de la razón y poniéndolo en stand by por medio de nuestra capacidad para entender que la mayoría de miedos NO TIENEN RAZÓN DE SER o por medio de un lamentable aullido.

El pantalón de la buena suerte

Olía a pasto húmedo. A tierra húmeda. A noche.

Porque fuera del aire diáfano de las tierras altas y de la media luna sobre tu cabeza no hay nada. Solo escuchas los pasos de tus compañeros atrás tuyo. Solo sientes el plástico del mapa en el bolsillo izquierdo de tu pantalón. El mismo pantalón que usas en las misiones que dan miedo. “Es el de la buena suerte” te dices. Rozas el mapa para asegurarte de que está ahí y que no se ha caído en el descenso desde el helicóptero. Te sabes el camino de memoria. Lo has estudiado en las imagines satelitales una y otra vez. Tenías miedo de equivocarte y de joder a los que te iban a seguir así que lo aprendiste bien. De norte a sur por el wadi, al lado izquierdo del río por dos kilómetros. Después de la montaña con forma de tortuga hacia la izquierda. Hacia el este. Seis kilómetros más siguiendo el camino de cabras hasta ver las luces de la aldea. Conocías la ruta a la perfección sin haber estado ahí nunca. La tecnología es una maravilla te decías a ti mismo.

Pero en el wadi mientras caminabas solo olía a húmedo por la lluvia de hace unas horas. La tierra era barro y de cuando en cuando se te hacía difícil sacar los zapatos de su atolladero temporal. El peso de la m-4 en la parte derecha de tu cuerpo hacía que pierdas el equilibrio de a pocos. Te caías una y otra vez al igual que los otros seis que estaban atrás tuyo. Los escuchabas decir maldiciones despacito. Como si se las dijeran a sí mismos y los amabas por eso. Por como maldecían despacito. Por como te cuidaban la espalda. En las tierras altas el viento es muy frío  a las dos de la madrugada, incluso en verano. Hacía dos horas que el helicóptero los había dejado en ese embarradero y solo cinco minutos antes habías encontrado el camino de cabras con rumbo este. Y ahí estaba. El camino que atravesaba un terreno llano. Divisabas las colinas cercanas pero el horizonte estaba lejos, así que sabías que los seis kilómetros hasta la aldea no serían pan comido como te lo habías imaginado.

Tus compañeros se distanciaron los unos de los otros de manera automática. La visibilidad del doce por ciento le permitiría a cualquier persona a quince metros de distancia reconocer una silueta humana. Una unidad de siete hombres sería aún más fácil de distinguir. Diez metros entre combatiente y combatiente era lo usual en estos casos. Hiciste señales con las manos para que formen dos filas de tres cada una. Tú al medio y adelante. Intentando descifrar el terreno y  el camino de cabras que te llevaría a la aldea donde tu objetivo debería estar durmiendo junto a su esposa y a sus seis hijos.

Y pensaste en lo feliz que te hacia eso. Sí, el solo hecho de andar por la noche en medio de unas colinas en la zona más conflictiva del planeta. Y respirar el aire diáfano de las tierras altas. Sentir que los seis atrás tuyo morirían por ti como tú por cada uno de ellos. Y sentir una especie de riqueza inesperada debajo de la media luna en medio del medio oriente. Y te diste cuenta de que lo tienes todo y de que no necesitas nada más. La tienes a ella que en ese instante estaba durmiendo  y tú estabas velando su sueño. Tenías a tu familia lejos pero los tenías. Respirando y viviendo cada uno el misterio de su propia vida. Tenías a los que que te estaban cuidando la espalda. Los amabas porque no eras parte de ellos y ellos te habían aceptado como uno de los suyos y te habían hecho uno del grupo. Un lobo más de la manada.  Y ahora los comandabas en medio de un terreno llano, rumbo al objetivo que tanto daño había hecho y podía seguir haciendo si es que no terminaban con él por las buenas o por las malas. Y te diste cuenta de que eras feliz. Con un chaleco de un polímero especial que pesa dieciséis kilos más un vest de combate con la munición y el equipo que pesa doce, eras realmente feliz.

Y de pronto las luces de la aldea frente a ti. A lo lejos. Y ahora a recordar la navegación en terreno urbano para llegar a la casa del objetivo. A quinientos metros de la aldea se detienen. Llamas por radio y pides que reciban tu “Germania” la palabra clave para declarar tu posición específica. Esperas ordenes un minuto. Recibes por radio el “alef” permiso para proceder. Y comienzas a caminar y a introducirte en la aldea junto con tus hombres, con tus hermanos, formando una sola línea. Bien pegados a las paredes de un lado de la calle. Unos apuntando a las ventanas de al frente de la calle. El último apuntando hacia atrás. Tú hacia adelante intentando encontrar la casa. Debe de haber un árbol grande y un taxi desmantelado al lado norte de la misma. Ves el árbol. Ves el taxi. Te dices a ti mismo “Bingo”. Tus hombres saben exactamente que hacer. Cuatro de ellos se dirigen a rodear el complejo para evitar fugas. Los otros tres contigo van a entrar y a combatir dentro si así se diera el caso. Los primeros en darse cuenta de que hay gente ajena son los perros. Ladran sin descanso. Algunas luces de algunas casas cercanas comienzan a encenderse. Entiendes que deben apurarse. Por radio informas “muki” en posición. Diez segundos después recibes el permiso para entrar. Revientas la puerta de una patada. Te encuentras la sala. Alfombras. Un televisor pantalla plana. Olor a comino y especias. Oyes gritos en la segunda planta. Son niños. Quizás mujeres. La adrenalina te bloquea y actúas por inercia. Haciendo lo que has hecho tantas veces. “Limpiar” el primer piso y luego despacio subir al segundo. Rogando de que no ruede una granada. Rogando de que todo termine en paz. Los gritos aumentan. En la segunda planta hay dos habitaciones del mismo tamaño. En una están todos los niños y la madre que los intenta proteger con su cuerpo mientras te mira con terror. Y tú solo le dices que no se mueva. “Wakef” le susurras en árabe. Uno de tus “hermanos” se queda con ella y con los niños en la habitación. Los otros dos te siguen hacia el dormitorio principal. Las sienes te explotan. El dedo en el gatillo. El cañón apuntando hacia adelante. Tu ojo en la mira telescópica. Entras al cuarto y ves un hombre gordo en pijama. Sentado en la cama y con las manos en alto. Le pides que se levante. Lo requisas. Tus hombres abren los cajones del velador. Un revolver Taurus brasilero descansa en una de las gavetas. Los perros del vecindario continúan su recital. La totalidad de luces de la aldea ya están encendidas. Ahora tú avisas por radio de que el paquete está listo para embalaje. Dos minutos después autos blindados se estacionan frente a la casa en la que te encuentras. El hombre con pijama esta amordazado y con una trapo en los ojos. Tiene unas esposas de plástico en las manos. No dice una palabra.

Suben todos a la “tortuga”. Cierran las puertas y salen a toda marcha de la aldea. Se miran los unos a los otros con toda la pintura de camuflaje en la cara y las barbas crecidas. Sonríen y se felicitan. El “objetivo” está echado en el piso con la cara abajo. Lo miras y por segundo recuerdas esa sensación de felicidad que te invadía en el camino de cabras. Ya no existe. Ahora solo sientes una soledad y un vacío indescriptible.

Yo siempre tengo la razón

Si empiezo un proceso de minimalismo en mi vida debo llevarlo a todos los rincones de la misma. No puedo simplificar las cosas físicas que me rodean solamente. Deshacerme de lo sobrante y de lo superfluo que ronda por mi casa y mi oficina está bien pero no es solo eso.

Gran parte de minimalizar se basa en reducir comportamientos. Hábitos. Actitudes que nos causan daño a nosotros o al resto. Estos los podemos remplazar por nuevos comportamientos. Hábitos o actitudes diferentes que nos ayuden a crecer o en su defecto no remplazarlos con nada.

Una de las actitudes que ha marcado mi vida y que siempre me ha traído problemas con el resto de personas que me rodean y conmigo mismo es pensar “que siempre tengo la razón”. Que yo estoy en lo correcto y que mi interlocutor no. Que yo estoy tomando la decisión correcta y mi pareja no. Que sencilla y llanamente “yo lo sé todo”.

He trabajado sobre esto unos cuantos años ya. He prácticamente eliminado ese egocentrismo filosófico de mi vida. Los que me conocen de antaño se dan cuenta que al menos en ese aspecto no soy el mismo de antes. Eso me hace sentir relativamente bien por el esfuerzo que le metí y que le sigo metiendo para cambiar una actitud que no me traía más que problemas.

Pero como en cualquier otra cosa que intentemos cambiar en la vida. El cambiar actitudes y moldear hábitos consiste en un esfuerzo diario. En recordar lo que estás intentando cambiar y tienes que ser consciente que en cualquier momento puedes recaer.

Mi última gran recaída (en esto de YO SIEMPRE tengo la razón) la tuve hace como un mes.

Era una noche sin luna. Principios de Octubre. Mi unidad estaba realizando entrenamientos de navegación nocturna en territorio enemigo. El ejercicio mayormente se basaba en que cada uno de nosotros aprendía la ruta de navegación de principio a fin. Y un oficial de alto rango se encargaría de decidir a lo largo del camino quien ejercería de navegador por unos cinco kilómetros. Al final de estos. Otro de nosotros lo remplazaría por otros cinco Kilómetros y así sucesivamente hasta terminar los cuarenta Kilómetros que teníamos programados “explorar” aquella noche.

Fuimos progresando de a pocos con el primer oficial (navegante)  al mando. Revisando el mapa. Él considero deslizarnos al sur pegados a un río que corría a nuestra izquierda. Comenzamos la caminata y al cabo de diez minutos entendimos que estábamos en un lugar demasiado en pendiente para caminar de una manera segura. Si uno de nosotros resbalaba caería sin remedio al río que se encontraba cuarenta metros pendiente vertical abajo. A la media hora decidimos  acercarnos al navegante y decirle que su ruta estaba siendo (por usar un eufenísmo) Riesgosa. Él aceptó la responsabilidad del asunto pero nos dijo que volver por donde habíamos venido sería igual o peor de lo que ya habíamos pasado. Y que solo nos quedaban un par de Kilómetros para salir de la zona de caída libre al río. Continuamos caminando por un terreno de medio metro de grosor pegándonos lo más que podíamos a la montaña. A mis espaldas sentía el vacío de la caída y me dediqué a clavar con ímpetu las uñas en la tierra y rocas que me permitían sujetarme y no caer. Progresamos poco a poco. Con todo el equipo de combate sobre nosotros no eramos la mejor muestra de agilidad alpina. La m-4 se me atascaba contra la pared rocosa así que la tiré a mi espalda y con su peso atrás mío sentí que perdería el equilibrio. Miedo. Mucho miedo. Me aferré como un gato a la roca. Seguimos el camino. El terreno poco a poco se fue anchando y el desnivel con respecto al río fue disminuyendo y ya. Una hora después estábamos en el lecho del mismo. Riéndonos de nuestras caras de terror de unos minutos antes.

El siguiente navegante tomó el mando y nos llevo al lado del río por cinco kilómetros dentro del valle sin ningún sobresalto en especial salvo una verja de alambre que tuvimos que cortar con mi Letherman. Hace años que no había visto una noche tan oscura. A  dos  metros  de mí perdía de vista al hombre que estaba delante mío. Solo escuchaba sus pasos en la oscuridad. Los perros de las aldeas nos escuchaban también y ladraban. A veces parecía un coro canino reciviéndonos con villancicos. Nos mantuvimos en el valle por unos quince kilómetros (y tres navegadores) más. Luego el penúltimo navegador nos llevo en dirección sureste por un par de colinas camino a la aldea donde deberíamos terminar el ejercicio. No sobresaltos. Todo perfecto. Todo oscuro. Yo era el último navegante de la noche y mi tramo era un poco más largo. Según el mapa no debería haber tenido ningún problema en encontrar la ruta hasta la aldea. Así que me puse al frente y caminé con decisión en medio de las colinas negras que me rodeaban. Eran las tres de la mañana. Mi hora límite eran las cuatro treinta. Aceleré el paso.

Una hora después estaba perdido. Sabía en que dirección estaba la aldea y sabía como llegar a ella. Pero no podía encontrar la ruta que yo había diseñado para hacerlo. Podía cortar por campo abierto y subir unas colinas y bajar y encontrar las luces de la aldea. No tendría problema con eso. Salvo que el terreno era escabroso y con la visibilidad prácticamente inexistente era peligroso llevar un grupo de soldados con veinte kilos de peso en su cuerpo de paseo por esos lares. Alguien se podría fracturar algo o caer en alguna quebrada. No era seguro en absoluto. Y yo lo sabía.

En el ejercito usamos aviones no tripulados llamados Drones. El coronel a cargo del ejercicio me llamó por radio  y me dijo que si no sabía como llegar a la aldea que usara al Drone para que me guiara. Usar al Drone para mí era como aceptar que había fracasado y aceptar que no sabía llegar a la aldea (lo que sí sabía) Todos mis compañeros habían hecho sus partes de la navegación sin sobresaltos (salvo el primero) y me dio cólera aceptar de que YO NO SABIA como llevar a esos hombres a la aldea por un camino seguro.

-No necesito al Drone señor- fue lo único que dije.

Doblé el mapa. Lo guardé en la cartuchera sujeta a mi pierna y caminé hacia las colinas por un terreno que sabía que podía dañar a alguien. Los hombres me siguieron.

Dos horas después con un retraso de media hora estábamos en la aldea. Los hombres estaban reventados por el terreno inhumano que les había hecho cruzar. Tres de ellos tenían los tobillos inflamados por torceduras y esguinces. Yo tenía los codos explotados por una caída. Me sentí un imbécil viendo a todos aquellos hombres hechos mierda por mi culpa. Por pensar de que tengo la razón inclusive cuando sé que no la tengo. Por no poder aceptar de que soy un ser humano simple que sabe muy pocas cosas. Y que la vida y salud de la gente están muy por encima de mi tonto orgullo.

Unos cuantos de mis compañeros me felicitaron por la navegación. Aunque yo sabía que lo hacían para que no me sintiera mal con la embarrada que me había metido por no aceptar ayuda. Otros me miraban con cólera porque pensaban que era un boludo egocéntrico que no aceptó ayuda cuando debió.

Eran las cinco de la mañana. Hacía mucho frío. Era la noche más oscura que había visto jamás y mi orgullo estaba hecho un desastre.

Espero haber aprendido a NO tener la razón.

 

 

 

Empacando

Y aquí estamos. A puertas de un nuevo bombardeo. Más gentes muertas. Más intereses satisfechos. Ya lo expliqué antes. La guerra no tiene nada de gracioso. Nada de educador. Nada de humano. Es nuestra peor cara. La que no deberíamos  mostrar nunca.

Espero que las cosas no se deterioren a un nivel insostenible y que no caigamos en una espiral conflictiva al nivel de Irak y Afganistán. Espero de todo corazón que no se dispare un solo cohete ni una sola bala. Sé que eso no va a pasar y que se van a masacrar hasta el hartazgo. Que si el occidente. Que si los árabes fanáticos. Que si los Israelíes. Que si los rusos. Que si el petroleo. Que si los intereses económicos son los que realmente valen más que unos miles de vidas…

Voy a empacar mi uniforme.

Francotirador Recon 3

Con esta entrada voy a terminar esta trilogía de lo que es ser un Francotirador de reconocimiento en el ejercito de Israel.

En las películas sueles ver a los francotiradores como “tipos duros”que tiran del gatillo y no les tiembla la mano nunca jamás. Bueno a mi me ha temblado y me tiembla la mano cada vez que he tenido a alguien en la mira y siempre me he preguntado si en vez de disparárle un 7.62 o un 0.5 en la cabeza hay alguna otra forma de “arreglar” las cosas. Me lo he preguntado más de mil veces en el campo con la mira en el ojo derecho y embadurnado de camuflaje. Me lo he preguntado y me lo sigo preguntando en la tranquilidad de mi casa. En el regazo de mi esposa. Rozando el hocico de mi perro. No soy un tipo duro. No soy más que un tipo entrenado en el manejo de determinado aparato. Soy un maquinista. No hay nada especial en ser un buen soldado. Los buenos soldados siempre mueren. Los que no somos tan buenos vivimos para contar lo que vimos. Unos nos excitamos contando lo que “vimos”. Otros nos avergonzamos de lo que hemos visto. Yo personalmente vivo uno mezcla de ambas corrientes surcándome el pecho.  Estoy aquí vivo y “entero” después de 8 años en el IDF (entre activo y reserva) y lo único que me queda decir después de todo lo “visto” y “vivido” es que no hay nada “bueno” en la guerra. La guerra es algo que no debería suceder. En la guerra no hay “buenos” ni “malos”. Es la puta crueldad humana en su máxima expresión. Si puedes sacar alguna enseñanza de tanta mierda. Es que al menos te “conoces”. Realmente te “conoces” a fondo para bien o para mal. Descubres los límites de tu humanidad. Te das cuenta a ciencia cierta si eres “de noble corazón” o no.

No le deseo la guerra a nadie. La gente que endiosa la guerra es siempre la gente que no ha estado en una. La guerra no es “Call of Duty”. La guerra no debería “estar” pero está. Gran parte de nuestra naturaleza humana se basa en el sencillo instinto de querer lo que el resto tiene. Por ende si lo pedimos de buena manera y no nos lo dan vamos a pelear por ello. Las guerras van a continuar por siempre. Los hombres que las peleamos vamos a seguir haciéndolo hasta que la humanidad desaparezca. No soy tan “inocente” para pensar lo contrario. Aunque me gustaría que más gente tuviera un apreciación más fidedigna de lo que es “la guerra”.

Un mortero te vuela en pedazos o se lleva un par de miembros tuyos. Eso es la guerra.

El olor inconfundible a “carne quemada” que te encuentras después de un bombardeo. Eso es la guerra.

Las vidas que quitaste. Eso es la guerra.

Los amigos que no van a volver o los que volvieron destrozados. Eso es la guerra.

El simple hecho de que nunca vas a volver a ver la vida de la misma manera. Eso es la guerra.

El cagarte de miedo y de no saber si todo va a terminar para ti. Eso es la guerra.

Jugar a ser dios con los que se cruzan en tu mira. Eso es la guerra.

Darte de cuenta de que eres más malo y cruel de lo que pensabas. Eso es la guerra.

Ser empujado a matar o hacer cosas que nunca hubieses hecho en ninguna otra situación. Eso es la guerra.

Un humvee explotado con cuerpos agonizantes desperdigados por el piso rogando por agua. Eso es la guerra.

El enemigo suplicando por su vida. Eso es la guerra.

El caos en el que se sumerge toda la maquinaria inmensa a la que llamamos ejercito. Eso es la guerra.

Dormir una hora por día y alucinar que todo lo que ves en un determinado instante no es más que una pesadilla. Eso es la guerra.

Oler los eucaliptos quemados. El olor de la pólvora. Y el diáfano aire nocturno. Todo en el mismo instante. Eso es la guerra.

La guerra es una putada y no sirve para nada. Eso es para mi ser un francotirador de reconocimiento en el ejercito de Israel. Después de cientos de operaciones. Puedo decir con certeza de que voy a seguir haciendo lo que suelo hacer. Pero lo voy a hacer pensando que podría haberse hecho de otra manera.

Espero no tocar el tema del ejercito un buen rato.

 

Francotirador Recon 2

 

Dima y yo en la “Sniper School” del ejercito de Israel

A veces la vida es así. A veces se olvidan de ti. Los olvidos duelen. Hay unos que duelen un poco más. Hay unos que duelen un poco menos. A veces la chica que te gusta te manda para el demonio y al no llamarte un par de meses te das cuenta que se ha olvidado de ti. A veces te de despiertas en una duna junto a tu compañero bajo la brisa de Octubre con el silencio del amanecer y el azulado del cielo que muta a celeste. Y te das cuenta que el ejercito en el cual sirves se ha olvidado de ti. Como dije antes los olvidos duelen y más si son en la Franja de Gaza.

Has ido al entrenamiento básico en la mejor unidad del ejercito. Has ido a la escuela de ejercicios  avanzados de las unidades de infantería. Has ido a la escuela de paracaidismo de combate. Has superado el curso LOTAR (guerra antiterrorista). Has ido a la escuela de francotiro y has terminado primero de tu clase. Has combatido en la guerra del Libano del dos mil seis. El ejercito ha invertido en ti y en tu instrucción casi un millón de shekels (trescientos mil dólares). Eres un “Ferrari” rojo y brillante con su escudito amarillo y su caballito negro. Y estás abandonado en una duna dentro de la franja de Gaza junto a un “Lamborgini Diablo”. La vida es así a veces.

Gajes del oficio del francotirador. 

Una noche antes nos informaron que debíamos abrir un punto de observación dentro de la Franja. Nos adentraríamos tres kilómetros después de la frontera. Nuestro equipo estaba compuesto de siete soldados. Uno de ellos un oficial. Yo iba como Segundo al mando y Primer francotirador. Venía conmigo Dima el segundo francotirador (mi pareja). Los otros cuatro soldados eran los encargados de portar. Ensamblar y activar la máquina de visión térmica con la que se harían las observaciones. A las dos de la mañana estábamos en posición. Siete soldados israelíes “observando” al enemigo dentro de su territorio. Hacía algo de frío pero estaba bien. Dentro de nuestras miras de visión nocturna se veía el mundo y la ciudad de Khan Yunis de un color verde radioactivo. Le informe al oficial que mi compañero y yo nos deslizaríamos a otra duna donde podríamos tener más rango de acción. El oficial aceptó. Nos alejamos de nuestro grupo unos cincuenta metros con dirección al sur. Abrimos nuestro puesto de francotiro y comenzamos con las mediciones. A la primera mezquita que veíamos teníamos 410 metros. Al “arco del triunfo” 500 metros. Trazamos las medidas a diversos puntos y esperamos. Cuando quise comunicarme con el oficial me dí cuenta que algo no andaba bien con mi radio. Así que regresé a la primera duna y le informé de mi problema radial. Me dijo de que en caso tuviera algo importante que decirme mandaría a algún soldado o él mismo iría a informarme. Regresé a la segunda duna con Dima. Puse mi ojo en la mira de mi M-24 y no me moví. Después de no se cuanto tiempo abrí los ojos. Me dí cuenta que estaba aclarando. Dima estaba con el ojo (cerrado) en su propia M-24. Lo desperté. Se le chorreó algo de baba de entre los labios. Le dije que nos habíamos quedado dormidos y que ya eran casi las cinco de la mañana. Dima me pidió que vaya a buscar al oficial para que nos informe de las ordenes. Conocíamos que nuestra frontera temporal para salir de Gaza era a las cinco de la mañana. Mi reloj me informaba que eran las cuatro y cincuenta y siete. Me arrastré hacia la duna donde deberían estar mis compañeros. Lo que vi me horrorizo e hizo que casi me cague encima. El oficial y los otros cuatro soldados no estaban.

Lo primero que pensé fue en que los habían secuestrado. Pensé en que una patrulla de Hamas nos había visto acercándonos y nos habían hecho una emboscada. Pero luego se me ocurrió  que si eso se hubiese dado al menos alguno de los cinco soldados o alguno de los terroristas debía por lo menos haber disparado un par de tiros. No podía ser posible de que me haya quedado tan dormido hasta límite de no haber escuchado un puto combate a cincuenta metros de mí. Regresé donde Dima. Le conté la situación. Le informe que no quedaba nada de la Kita (pequeña unidad de combate del ejercito de Israel) Dima me pregunto que demonios haríamos. Yo no supe que responder.

Lo único que sabía era que con cada minuto que pasaba el cielo se tornaba más celeste. Había más luz y nos estábamos convirtiendo en blancos demasiado fáciles de ver. No importaba que estuviésemos envueltos en Ghillie Suits. Los de Hamas no son tan estúpidos como para no reconocer dos bultos que se mueven de cuando en cuando e interpretar que se trata de dos soldados israelíes. Probé la radio de nuevo. No conseguí hacer contacto con nadie. Le pedí a Dima que guardemos las M-24 en sus respectivos envoltorios y que nos movamos solo con las M-4 rumbo hacia la verja electrónica que separa Israel de Gaza. La entrada por la que habíamos entrado ayer estaba a tres kilómetros de nosotros. Nos quedaba correr entre las dunas lo más rápido que pudiéramos. Le pedí a Dima que no se separé más de diez metros de mí. Y empezamos a correr rumbo este. Rumbo a Israel. Correr en la arena cansa y correr con un ghillie suit te sobre calienta de manera inusual. Suma a eso los veinticinco kilos de equipo que tienes sobre tu cuerpo. Al cabo de un “K” estábamos más que fatigados. Pero la luz del alba nos aterrorizaba y nos subía de manera inconsciente la adrenalina hasta los limites. Seguimos corriendo. De pronto a lo lejos divisamos la verja. Otra cosa que se me cruzo por la mente fue que quizás el ejercito pensaría que eramos dos terroristas suicidas que nos estábamos acercando a la frontera con tal de hacer un atentado y que algún retardado de la orden a algún tanque de volarnos en pedazos. No podía usar la radio para informar que eramos nosotros. El Ferrari y el Lamborgini que tanto le habían costado al ejercito. A quinientos metros de la compuerta de entrada o de salida divisé un movimiento inusual de soldados israelíes a lo lejos. Observé cinco que ingresaban en territorio de la franja y corrían desesperádamente en nuestra dirección. Doscientos metros después comprobé que se trataba de nuestra Kita. La misma que con la que habíamos entrado en Gaza en la noche.  ¡¡¡¡No los habían secuestrado!!!!. Se les veía bien  corriendo en nuestra dirección. Entonces ¿Qué demonios había pasado?

Lo primero que hizo el oficial fue preguntarnos si estábamos bien. Le respondimos que sí. Juntos salimos hacia la compuerta y entramos en territorio israelí. Le dije que pensé que los habían secuestrado. El me dijo que pensó lo mismo de nosotros. Me dijo que se habían quedado dormidos y se despertaron a las cuatro y treinta. Él mismo fue a buscarnos a nuestra duna y no nos encontró. Le dije que las cuatro y treinta yo estaba en mi puta duna durmiendo. Él me dijo que se desespero al no encontrarnos. Estaba muy oscuro y nosotros con los Ghillie suits habíamos perdido cualquier vestigio de forma humana. Llamó por radio al comando. Le dijeron que regrese a Israel. Que si en caso nos movíamos. Las cámaras térmicas nos verían. Cuando él cruzo la frontera le informaron que habían dos seres humanos que se acercaban a la frontera. Venían del cuadrante donde se había establecido el punto de observación. Era casi cien por ciento seguro que eran los dos francotiradores perdidos. 

Dima y yo habíamos pasado treinta minutos completamente solos en la franja de Gaza. Uno de los sitios más peligrosos del mundo para cualquier soldado occidental y en particular para un soldado israelí. En caso de haber sido capturados se hubiesen dado un buen festín con nosotros. Sentimos alivio a le vernos entre amigos de nuevo. Pero sentimos algo de desazón también. Porque a veces se cometen errores infantiles que pueden costarte la vida. El problema reside en que en un ejercito con tantas misiones por día ese tipo de errores suele cometerse muy a menudo. 

Continuara…

 

 

Francotirador de Recon

 

A la mayoría de gente la frase “francotirador de reconocimiento” les suena sexy. Al menos interesante. Cuando le cuento a alguien a lo que me dediqué en el ejercito me pide que le cuente detalles. Pormenores. Truquitos e historias interesantes de lo que es ser un “francotirador de reconocimiento” en un país embadurnado de guerra como lo es Israel.

Hay dos tipos de personas en el mundo. A los que le gustan las películas de guerra por ende les encantan mis historias. Y hay los que suelen ser pacifistas y que repudian y hacen puchero cada vez que sale un veterano contando alguna cosa que vio o hizo en la guerra. Si eres un pacifista y haces pucheros cuando escuchas a hablar a alguien de bombas y sangre. Para aquí. Y léeme en otro post o no me leas nunca más. En verdad preferiría que no me leas más. No soy muy participe del pacifismo ya que sé que nunca vamos a vivir en paz así lo intentemos. Siempre “alguien” va a intentar meterle el dedo al resto. Así que si sigues leyendo esta historia estás corriendo tus propios riesgos.

Después de la pequeña advertencia de arriba voy a ir al grano de este post. Una historia de guerra. En Israel a las historias de guerra se les llama Morak. Este es un Morak acerca de ser un francotirador de reconocimiento.

Ser un francotirador de reconocimiento no es sexy. Es más bien. En el mejor de los casos: Bastante tedioso. Sueles ir con la compañía de reconocimiento cargado de equipo. Llevas dos sistemas de armas. El sniper system M-24 o M-40 dentro de una mochila larga como un ataúd. Más tu fusil automático M4 (Obviamente súmenle a eso la munición idónea para cada tipo de arma. Más la comida. Más el agua) Ellos se encargan de “sembrarte” en cierto punto. A partir de ahí tú y tu pareja pasan al estado de autonomía. El estado de autonomía significa que tienes que caminar por lo menos unos diez kilómetros en territorio enemigo sin ser visto (Se hace usualmente de noche. Despacio. Dando prioridad al silencio que a la velocidad de llegada) hasta un punto marcado en el mapa (preferiblemente una cima si es en campo abierto o un edificio si es en terreno urbano) En ese punto debes esperar por ordenes. Las ordenes pueden llegar dos minutos después de nuestro arribo hasta setenta y dos horas después del mismo. Nuestra autonomía no puede durar más de setenta y dos horas. Por la cantidad de comida y agua que traemos con nosotros. Luego de asegurar el perímetro (En campo abierto es mucho más fácil porque prácticamente no te sueles encontrar a civiles subiendo a las laderas de las montañas. Salvo pastores de ovejas y cabras. En cambio en terreno urbano. Si llegas a un edificio y eliges uno de los departamentos. Tienes que neutralizar a los que viven o trabajan ahí. Neutralizar se presta a muchas interpretaciones. Pero lo que solemos hacer es poner a toda la gente en un cuarto. Amarrarles las manos y los pies. Cerrarles  la puerta y comenzamos a hacer nuestro trabajo. Una vez terminado. Los soltamos y les damos las gracias por su cooperación). El trabajo comienza cuando empezamos con las mediciones de diversos puntos hacia los cuales podríamos disparar si se diera el caso. Inventamos un lenguaje común para nosotros. Al edificio de color rosado lo llamamos “rosa”. Al árbol en medio de la plaza los llamamos “solitario”. Al mercado de fruta lo llamamos “plátano”. Y así sucesivamente. Así tenemos que después de unos minutos sabemos que desde nuestra posición a la “rosa” hay cuatrocientos setenta metros. Al “solitario” trescientos cincuenta. Al “plátano” ciento veinte. Sabemos también la velocidad y la dirección del viento en ese determinado instante. Así que si recibimos la orden. Equilibramos un poquito las miras en lo que a nuestro objetivo se refiere. Poso la mira telescópica en su cabeza o en su pecho (depende de  la distancia a la que se encuentre el objetivo. Después de cuatrocientos metros es difícil pegarle a alguien en la cabeza si es que se está moviendo. Si quieres “asegurar el disparo debes apuntarle al pecho que es el lugar donde más “blanco” te ofrece) y esperamos la orden. Una vez recibida la orden. Mi compañero comprueba por última vez las medidas. Me dice que esta “encima”. Yo le respondo que estoy “encima” también. El comienza la cuenta regresiva: 3, 2, 1, fuego. Yo presiono el gatillo. La física se encarga del resto si nuestros cálculos son correctos y no me he movido nada en el momento del disparo. Setenta y dos por ciento de probabilidad que mi bala pegue en la cabeza del objetivo a los cuatrocientos cincuenta metros. Un segundo después observo la pequeña figura caer. Luego moverse un poco en el piso. Luego dejar de hacerlo. Luego silencio. La gente suele salir disparada después de escuchar un disparo y ver morir a alguien cerca suyo. Éxito. El trabajo hecho. La compañía de reconocimiento “aparece” de pronto en la aldea o en el campo para recogernos. Entramos a uno de los Humvee. Salimos volando del lugar antes de que empiece la fiesta y los malos se despierten. Hasta este punto es como se ve en las películas o más o menos lo que la gente suele imaginar.

El problema está en las cosas que no sueles imaginarte (osea las que no salen en las pelis).  Por ejemplo: Las tediosas horas de espera en las que hablas con susurros o algo tan simple como el evacuar: Has estado setenta horas esperando una orden. No puedes dejar solo a tu compañero ni un minuto ni él te puede dejar a ti. ¿Entonces se imaginan lo que es cagar y mear en una situación así? En terreno abierto. Como en todo. Las cosas son más fáciles. Te arrimas hacia un lado  con tu traje camuflado y echado en el piso meas. La tierra sedienta absorbe los meados rápidamente. Cagar es otro cuento. Debes esperar a la noche o cagarte en los pantalones. Sueles esperar a la noche. Sacas una bolsa de nylon. Con ella forras la parte interior de tu casco. Te sientas sobre el y renuncias a todas tus miserias. Luego cierras la bolsa con un buen nudo y la dejas a tu lado expectante. Al fin de la misión te la llevaras contigo en tu mochila. En terreno urbano la cosa se complica. Debes mear en el cuarto en el que has abierto el puesto de francotiro. Este no suele ser un baño. Ya que en los baños no hay muy buenas ventanas. Así que meas en una botella de Nestea sabor durazno. Gran parte de tu pipi se chorrea al piso y más tarde va a oler a Satanás. A veces se acaban las botellas vacías y debes mear en el piso. Después de casi tres días ese sitio huele al demonio. Cagar es lo mismo que en terreno abierto. Tienes unas bolsas de nylon y cagas dentro del casco con ellas puestas. Tu compañero suele taparse la nariz y mirar hacia otro lado en los momento en que pujas y orquestas tu pequeña sinfonía de pedos. Nop. Eso no nos enseñan en las películas. Como tampoco que hacer cuando el ejercito en su inmensa e infalible sabiduría se olvida de ti en territorio enemigo. Digamos en la Franja de Gaza.

Continuará…