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Light…

Me gusta escribir. Disfruto haciéndolo.

Hace un tiempo este blog hablaba de minimalismo.

Hace un tiempo era yo un minimalista convencido.

Lo sigo siendo, pero más light.

Más adecuado a la democracia que se debería llevar en un hogar saludable. Ya no tiro los libros. Ya no boto las tasas que sobran.

Aún así abrazo la idea de que menos es más o menos es mejor. Amo la sensación de simpleza que te da un ambiente vacío. O la tranquilidad que te da una mente sin pensamientos extra.

Disfruto de una vida simple. Simple como La Vie en Rose.

Te recomiendo que  intentes minimalizar un día.

Tratar de deshacerte de todo lo que no necesitas. De las personas que te traen abajo. De las malas canciones. De los libros que nunca volverás a leer…

Yo lo intenté y me fue bien.

 

 

 

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Gente del este

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Atardecer en Tel Aviv-Yaffo

La gente del este es alegre. Canta canciones con tambor.

Canciones con letras dulces y no profundas.

Canciones en las que la voz gutural del cantante pasea por los altos. Recitando acerca del amor por alguna “muñeca”.

No me cae bien la gente del este.

Tienen una filosofía que no concuerda con la mía. Son demasiado cálidos. Son demasiado dulces. Son demasiado gritones. Les gusta exhibir lo que tienen. Les gusta ponerse marcas como Armani o Versace. Manejar BMWs o Mercedes Benz.

Yo soy un minimalista. Me gustan las camisetas sin logotipos. No soy escandaloso. Escribo. Fotografío. Hago ejercicio porque me gusta un poquito el dolor. Duermo siesta. A veces escucho Chopin.

Vivo en un país del medio oriente. La mayoría de gente aquí es gente del este. Muchos bailan con las manos en alto.

A mí no me gusta alzar las manos. Tampoco me gusta bailar.

Pero la vida es así. A veces vivimos con los que no nos gustan. Algunos le llaman a eso sociedad moderna. Antes si eras persa matabas a los griegos o los hacías tus esclavos. Ahora tenemos que vivir juntos persas. Neozelandeces. Sudamericanos. Espartanos y celtas. A eso le llaman globalización.

Pues nací en el momento idóneo para ver al tipo del auto de al lado gritar una canción de Omer Adam (si no lo conoces, no hagas el esfuerzo por hacerlo) mientras viste una camiseta Versace y usa unos Ray Ban azules. En mi pequeño Hyundai escucho los Red Hot Chili Peppers. Y juntos los dos, nos entremezclados en el ruidoso y caluroso tráfico de Tel Aviv. Cada uno hacia su vida. Hacia su propia música .

#cuentos

Pequeñas victorias

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Mi mejor amigo en el Hospital…

El síndrome de Guillain Barre es una pasada. Hay gente que muere por su culpa. Hay gente que queda mal. Hay gente a la que no le pega tan fuerte (como a mí). Hay gente a la que le destruye la vida. Hay gente a la que la desmorona psicológicamente. Hay gente a la que la hace renacer como el Ave Fénix.

El común denominador es que te dé como te dé, no te deja indiferente.

Siempre he sido de las personas que se fijan en las cosas pequeñas. Siempre me he sentido agradecido por tener poco. Por tener agua limpia. Una casa. Una esposa. Vivir en una sociedad industrializada. Siempre me he fijado y me he percatado de la suerte que he tenido. Trato de fijarme en las cosas chicas que solemos pasar por alto. El diablo está en los detalles dicen. La felicidad también.

Pero nunca me había fijado en mis dedos mientras me cierro los botones de la camisa. Ni en ellos mientras tecleo. Nunca me había percatado de esos miles de movimientos que hacemos a diario de manera inconsciente. ¿Amarrarme un zapato? ¿Escribir con un lapicero? ¿Caminar?

No me fijé en ellos hasta que no los pude hacer más. Y de pronto me di cuenta que no hay riqueza más grande en este mundo que el estar sano. En el estar “normal”. En el ser una persona sin ninguna tara. Ser la persona que era antes del primero de Febrero. Ser eso que ya no soy. Porque me dio Guillain Barre y el Guillain Barre es una pasada.

Un día mi cuerpo decidió atacarse a sí mismo. Algo así como una masturbación sádica. Una especie de daño autoinfligido. Ok Vale. Mi cuerpo no se quiere. Pero yo quiero a mi cuerpo. Yo lo quiero porque es el único que tengo. Si pudiera pasarme a un nuevo modelo quizás no me haría tantos rollos. Pero solo tengo este modelo año 81. Y este que tengo decidió comerse sus propios nervios.

Si tu cuerpo se ataca a sí mismo y se come sus nervios entras en pánico. Al menos un par de minutos maldije mi suerte. Luego respiré. Pensé en los avances de la medicina moderna y me dije a mí mismo: Me van a sacar de esto.

Me pudo haber dado en Somalia. Pero me dio en Israel (uno de los lugares con la medicina más avanzada del mundo). Dentro de la muy mala suerte de ser el uno del uno en cien mil a los que les da Guillain Barre. Tuve  buena suerte. Muy buena suerte. Tuve un equipo médico de primera. Un MRI en menos de lo que canta un gallo.  Pruebas y más pruebas. Fisioterapia. Y todo casi de gratis.

Han pasado casi 40 días desde que se me presentó el primer síntoma. Hoy he vuelto al trabajo. Hay cosas que se me hacen raras aún como echar azúcar en una tasa o escribir este artículo sin que me cansen los dedos. Me levanto en las noches sin sentir las manos a veces. Asusta: Sí. Creo en la ciencia: También. Cuando me atasco con alguna sensación  desagradable respiro un par de veces y pienso en que pusimos un hombre en la luna. Pienso en que descubrimos los misterios de la materia. La edad de las galaxias y lo que es el síndrome de Guillain Barre y cómo tratarlo. Cuando lo veo así, todo miedo desaparece.

Después de todo lo que ha pasado puedo decir que he aprendido a disfrutar mucho más de las pequeñas victorias. Cerrarme el cierre del pantalón o escribir este artículo de 600 palabras.

 

 

 

 

 

Los momentos en los que amo ser minimalista

No tengo porque poner esta foto en un artículo como este. Pero me gusta a cualquier hora del día y en cualquier contexto, ver a mi perro sumergirse en el Mediterráneo…

Me acaban de botar de mi casa.

Aún no estoy pidiendo limosna en la calle. Sigo viviendo aquí. El punto es que me han dicho que a fin de año no me van a renovar el contrato. La razón: La hija de la dueña de la casa se va a casar y le van a dar “mi” casa a ella sin que pague la renta como yo lo hago. Vida fácil para algunos. Vida menos fácil para otros.

Son estos los momentos en los que amo ser minimalista.

No tengo nada que llevarme al nuevo departamento al que me mude. Salvo mis libros y un poco de ropa. Mi mujer tiene algo más de ropa. Para ser chica, tiene poca ropa también. Además de eso, juntos, tenemos al perro y a sus platos. Ahí termina nuestro “equipaje”.

Si me pongo a pensar detenidamente me doy cuenta que tengo unas cuantas cosas más: La mesa de Ikea en la que estoy escribiendo en este momento más cuatro sillas de madera. Tengo un Bonsai también. Tengo un par de pesas y mi querida Kettelbell. Ahora sí. Creo que aquí sí termina mi “riqueza” material.

Gracias al minimalismo, estoy casi siempre listo para que me boten de cualquier lado.

No me han botado del trabajo nunca. Aunque quiero que me despidan del mío. Lo malo o bueno, según lo veas, es que soy demasiado responsable y no me pueden echar del trabajo por eso. Creo que al final tendré que renunciar por mis propios medios. Hummm. Puede que lo haga pronto. No tengo miedo a quedarme en la calle porque no le debo nada a nadie. Ni al banco. Ni al mercado negro. Ni a mis papás. Ni a mis suegros.

El minimalismo te hace la vida más simple. Hasta ser eyectado de algún lado se te hace fácil cuando no tienes casi nada o tienes muy poco.

Estos son los momentos en los cuales me siento tan bien yendo ligero. Sin premura y sin apuro.

A cuatro mil metros de altura

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A más de cuatro mil metros de altura y con los Himalayas rodeándome con toda su magnitud, entro despacio a un templo budista. El aire es diáfano. Esta enrarecido por la falta de oxígeno. El hielo de las montañas más altas del mundo tiene un color azul oscuro. Pronto se tornará en naranja. No falta mucho para que salga el sol. El viento me hiela las partes descubiertas del cuerpo (manos y cara) y hace que me doble un poco. Me apoyo en el bastón de trekking y continuo la subida. Me siento pequeño, muy pequeño, rodeado de tanta inmensidad. Llego al templo budista resoplando. Llego buscando algún monje que tenga algo interesante que contarme. Que me tire, como quien no quiere la cosa, una frase de sabiduría que cambie mi vida. Me saco los zapatos y entro en el templo y veo un buda dorado sentado en posición de loto. Veo los murales pintados de colores muy vivos. Huele a incienso y a flores. Me gusta lo que veo, pero no veo un solo monje. Está todo vació de gente. Me pregunto que estarán haciendo los monjes a las cinco y media de la mañana. Quizás sigan durmiendo. Quizás estén practicando algo parados sobre una estaca. Quizás estén en una sesión de meditación profunda. O quizás estén desayunando y nada más.

Me ha tomado un buen tiempo de caminata llegar hasta ahí. Me levanté temprano aquella mañana. Salí del albergue y caminé montaña arriba. Deseoso de ver un templo budista en el medio de los Himalayas. Me encontré con muchos templos budistas en Katmandú pero esos no me parecían muy místicos. No me parecía que se podía encontrar “algo verdadero” en una ciudad tan cochina y desordenada. No, no, no. Tenía que ser en el corazón de las montañas. Así como pasaba en las películas de Kung fu antiguas. Así que una vez sentado en la puerta del templo a más de cuatro mil metros de altura, me pregunté con ahínco donde demonios estaba el monje que me “enseñaría algo esencial”. Miré los banderines de colores flameando al viento. Atrás de ellos vi la cima del Annapurna tornarse roja y luego naranja. Parecía un dedo de ET gigante. Estaba amaneciendo y los monjes no aparecían. Salí del templo y me senté en las escaleras de la entrada. Me puse los zapatos de montaña y continué mirando la cadena de montañas encenderse en colores indescriptibles. Hacia mucho frío pero no me importó. Amaba estar ahí aunque los monjes me habían jugado una mala pasada con su inexistencia.

Esperé media hora y bajé hacia el albergue sin encontrarme con ninguna frase sabia que cambiase mi vida. No encontré “La verdad de las cosas” en las montañas. Como que no la encontré ni en Katmandú, ni en Tel Aviv, ni en Lima, ni en New York. Aunque pensándolo un poco mejor me di cuenta que “la verdad de las cosas”, “mí verdad” la he encontrado en todos y en cada uno de los lugares en los que he estado y en todos y en cada uno de los días que he vivido.

He descubierto con casi 34 años encima que no tienes que subir a la cima del mundo para iluminarte o para recibir “una enseñanza que cambie tu vida”. Aprendí mucho subiendo a los Himalayas y paseando por Nepal pero aprendí mucho y me descubrí mucho más en el colegio de mi barrio cuando era un muchacho de doce o trece años. Aprendí en las guerras que me tocó vivir. Aprendí con las caricias de mamá y las palabras de papá. He aprendido cada día de mi vida cosas impresionantes. He aprendido sin pausa y sin demora. A cada instante y en cada momento. Así como ha pasado conmigo, ha pasado contigo y con cada uno de nosotros. A veces solo tenemos que darnos cuenta de que esperamos encontrar “ese algo” en “ese determinado lugar” y en “esa determinada situación” cuando todo lo que somos y sabemos es todo lo que “hemos vivido hasta este preciso y exacto momento”.

No espero nada

Estamos a quincena de Enero. Estoy un poco atrasado para hablar de lo que espero de este nuevo año, pero como es corto, lo voy a tratar de resumir en una sola frase:

No espero absolutamente nada…

La verdad es que he aprendido a dejar mis expectativas al mínimo. Antes me imaginaba que me la iba a pasar haciendo solo cosas maravillosas a lo largo del año. Y cuando llegaba a Diciembre y miraba hacía atrás, descubría con algo de decepción que la mayoría de mi año no había sido tan excitante como lo había sido en mi imaginación.

Ahora mis expectativas se cocinan a fuego muy lento. No espero nada de esos próximos doce meses. Si espero algo de alguien, es de mí. Yo soy el que tengo el poder de hacer o de no hacer de mi año, algo que valga la pena.

Planes tengo (como todo el mundo), pero sé también, que los planes pueden cambiar de un momento a otro y que la vida te puede jalonear en las direcciones más inesperadas. Llevándote para el norte cuando te imaginaste estar en el sur. Metiéndote en la selva cuando supusiste que te la ibas  a pasar tomando té caliente en el desierto.

Hace un par de años que dejo de expectar algo con ímpetu. Me imagino lo que me gustaría que pase en un futuro bastante próximo pero mis deseos a largo plazo se han extinguido casi por completo. Este año tengo un par de planes, que espero  se concreten y si no se concretan, pues seguramente se concretarán el próximo. Uno de ellos es la escalada del Monte Kazbek en Georgia y el otro es leer por lo menos 36 libros. He elegido el número de 36, pensando en que puedo leer en término medio, un libro cada diez días. Hoy, quince de Enero, puedo dar cuenta que he leído libro y médio. El primero fue Travesuras de la Niña Mala de Mario Vargas Llosa. El segundo (que aún estoy leyendo en estos instantes) es Kafka en la Orilla de Haruki Murakami. Espero cumplir ambas metas.

Si se dan cuenta, ambas son bastante realistas.

Pienso que a principios de año la mayoría de gente hace lo que yo hacía hace un tiempo: Proponerse demasiados cambios. Y más aún, cambios totalmente radicales, como bajar 50 kilos  y comer super saludable y correr cuatro maratones y tener una figura esbelta y hacerte vegetariano y escribir un libro y leer 100 y salir a más citas y sonreír más y hacer cien amigos y etc etc etc… Gente que se entusiasma así  y se propone tal cantidad de cambios de un momento a otro, a lo único a lo que está condenada, es a una cruda y triste decepción. No podemos reinventarnos de un día para otro. Podemos cambiar sí, pero siendo realistas y conscientes de lo que somos, conociendo nuestros demonios, y haciéndolo de una manera madura y escalonada. De a poquitos y ha pasitos de bebe.

En fin, yo he llegado al punto en que no necesito proponerme cambios radicales, he aprendido que estos no realmente llegan a suceder. Entiendo que se deben de tener planes a corto plazo, lo más realistas posibles y que estén de acuerdo a nuestras posibilidades.

Así que recapitulando:

  • Las metas que puedas tener o cambios que quieras hacer, deben ser pocos, deben ser realistas.
  • Lo mejor es empezar con ellos de a poquitos. De manera gradual, evitando la frustración.
  • No esperes nada del año nuevo, lo que vaya a suceder, depende exclusivamente de ti.

Espero que tengas un excelente año y que lo que te hayas propuesto se cumpla sin premura. Gracias por leer.

La simpleza de estar en familia

Al fin escribiendo de nuevo.

Ha sucedido, como siempre, que las cosas suelen ir por su propio rumbo y no nos dejan opción a decidir nada. Y así por así, y de un momento a otro, me encontré en los Estados Unidos visitando a mi familia.

A mi familia no la veía hace mucho tiempo. A mi padre y a mi hermano hermano nos lo veía tres años. Y a mi madre, dos. Desde la última vez que los vi, el tiempo se pasó volando y sin darnos cuenta los días se hicieron semanas y las semanas meses y los meses años. Y esas cosas que se llaman vida, rutina, trabajo, problemas, nos sumergieron en un letargo familiar. Cada uno por su lado, cada uno en su esquina.

Somos animales sociales. No estamos programados para vivir en soledad. A mi me gusta la soledad. Me gusta tener tiempo para mí, para pensar, para escribir, para leer, para entrenar, para estar conmigo mismo. Pero me gusta sentirme solo porque sé que esa soledad va a terminar en algún momento. Cada vez que estoy solo me encuentro a mí mismo, pero cada vez que estoy con los que quiero me encuentro mucho mejor.

Así, estando con mis viejos y mi hermano, pasé un par de semanas recordando los días de la inocencia. Las buenas y malas épocas. Los buenos y malos tiempos. Al mismo tiempo de darme cuenta cuánto hemos evolucionado todos y cada uno de nosotros como seres humanos. Dándome cuenta también que la vida, pese a que te despega y te revuelca por tu lado, termina haciéndote sentir “el mismo de siempre” una vez que te juntas con esos mismos que te crearon/criaron.

Esto que siento es la simpleza de tener una familia. Una simpleza que empezó cuando comencé a balbucear y a entender lo que sucedía a mi alrededor  y que no terminará nunca.  La relación que hay con la familia es simpleza pura: Sea buena o mala existe y ya.

Hace muchos años que no me encontraba en una realidad tan extraña. Algo casi surrealista: Mis padres sentados en la mesa junto conmigo y con mi hermano… Mis padres son divorciados. Mi hermano vive en Estados Unidos y  yo al otro lado del mundo. Pero aún así lo que para una familia normal sería rutinario, para mí ese solo hecho de tomar un jugo de naranja los cuatro juntos en una mesa de cedro fue espectacular por lo simple que fue. Porque el sencillo acto de estar presentes mirándonos e intercambiando palabras inocuas y sencillas fue una oda a cuanto se puede extrañar la simpleza misma de vivir en familia.

Estaría de más escribir acerca de lo mucho que quiero a mi familia y que pese a la distancia los recuerdo con cariño y siempre están presentes en mis pensamientos. Estaría demás escribir también, acerca de que un buen café en compañía de mi madre no tiene precio, un buen rato con mi hermano no tiene comparación y una buena charla política con mi padre no tiene parangón. Extraño ya, de cada uno lo suyo y a todos en conjunto los extraño como la unidad misma que representan: Ser una familia y ser, de paso, la mía.