Leonard Cohen en la trinchera

dsc03767
Entrenamiento de Francotiradores Israel. Noviembre del 2016.

 

Leonard Cohen ha muerto ayer.

Mientras él moría, yo le disparaba a blancos a seicientos metros de distancia. Él se deslizaba entre el misterioso límite de la existencia y la no existencia. Y yo me preocupaba en que mis disparos peguen bien en un blanco de papel.

La vida es rara porque se ramifica de infinitas maneras al mismo tiempo.

Te sientes estúpido disparándole a un papel mientras Leonard Cohen muere. Te sientes estúpido incluso siguiendo las noticias de las elecciones de los Estados Unidos. Trump. Clinton. No valen ni una de las partículas del polvo de estrellas en el que se convertirá el cuerpo de Leonard Cohen.

¿Dónde está el sentido de todo este desorden cósmico al que llamamos existencia?

Si mientras hablamos o tecleamos o disparamos, una de nuestras mejores mentes deja de existir. Una de las mejores muestras de nuestra humanidad se desplaza al infinito campo del “no ser”.

Mientras mi compañero corregía mis disparos con un telescopio y me decía que dispare más a la derecha porque había un viento fuerte que venía desde la izquierda del blanco (y lo hacía tan profesionalmente) me dijo: “Ya no me gusta hacer esto. Ya no le encuentro sentido. Ya no quiero matar a nadie. Ya no quiero morir por nada…” Filosofía de trinchera, me dije. Y mientras tenía el ojo en mi telescopio y mi dedo en el gatillo, le respondí que pienso igual. Le dije  que ninguna ideología vale lo que valen nuestras vidas. Trump ha ganado en Estados Unidos y no voy a morir por él. Ni por Hillary. Ni por Obama. Ni por el inutil de Netanyahu. No voy a morir ni a matar por un político de turno.

Los políticos son mierda. Leonard Cohen es oro.

No voy a morir por nadie porque a nadie le va a importar mi muerte. Y mi muerte no va a cambiar nada. No soy Leonard Cohen. El arte se va con él. La poesía se va con él. El susurro de su voz increíble se va con él. Y lo extrañaremos.

Todos…

 

 

He tenido suerte

dsc_0565
Villa de Manang, Nepal, Septiembre del 2013.

 

En algunos lugares tribales de África te hacen saltar a los 15 años de un árbol bien alto. Algo parecido a un salto bungie. Te subes y saltas de cabeza amarrado de los pies con una Liana. Si no calculaste bien la medida de la misma y te quedas corto de liana  y tus brazos no tocan el suelo es un símbolo de cobardía, o si la mediste más larga de lo que debería ser y  tu cráneo pega contra el suelo, se abre como un coco y mueres  es un símbolo de valentía pero de estupidez; o, por el contrario, la mides exacta y las puntas de tus dedos rozan el suelo y tu cráneo queda intacto. Entonces sí hijo mío: Eres un hombre Valiente e inteligente y puedes reproducirte. Y ya tienes todo el derecho de casarte y perder tu virginidad.

A mí me tomó ser adulto 30 años por lo menos (aunque la virginidad la deje atrás un poco antes…). Nadie me hizo saltar de un árbol. Nadie me leyó la Torá. Yo mismo auto-determiné mi adultez cuando yo mismo me sentí listo. Hoy no tengo ningún reparo en decir que soy un adulto hecho y derecho. Me conozco. Sé lo que valgo y sé de qué pie cojeo.

Conozco lo bueno, lo malo y lo feo de mí mismo. Me ha tomado tres décadas decidir por mi mismo que “ya estoy grande” y además de decidirlo, sentirlo.

Quizás me demoré porque la mayoría de la gente de mi generación, nacida en el mundo occidental, se demoró también. Somos ese grupo de gente que no compra departamentos ni casas y que vive con sus papás hasta bien entrada la treintena. Somos esa generación de barbudos y tatuados que vive de manera hedonista y egocentrista. Somos esos a los que se les hace tan difícil tener hijos. Esos que piensan en viajar todo el tiempo  y que te pueden animar una tertulia hablándote sobre  la calidad del Latte Machiatto que toman.  No tengo nada contra eso: Yo también soy así.

Aunque yo haya crecido lejos de casa desde los 21 años. Me haya casado a los 23, nunca me he considerado realmente un hombre adulto. Quizás, en retrospectiva, puedo decir que los treinta fueron mi punto de quiebre y que fue la edad en la que dejé de ser un muchacho para volverme un hombre.

Tomó mucho. Y tomó mucho porque me he desarrollado en una sociedad facilista. No crecí peleando contra la sequía en Africa o en una sociedad cazadora recolectora de antaño. Vi Dragon Ball Z y en mis veranos he tenido siempre un refrescante aire acondicionado. El hambre no me ha perseguido. Las comodidades del mundo moderno sí.

He tenido suerte. Todos los días pienso en eso. Todos los días agradezco a la teoría del caos y las probabilidades que, justo yo, haya podido madurar recién a los treinta y que haya crecido en un mundo calientito y bonito y que nada realmente haya sido tan difícil como para haber madurado antes.

He tenido la suerte de viajar y ver niños trabajando desde muy niños. Hombres de cuarenta años ancianos. He tenido la suerte buena o mala de ver la guerra y ver lo que perder la guerra le hace  a la gente: La hace crecer rápido. La hace envejecer. Le acorta la vida. Me ha pasado que he encontrado muchachos de 18 en los territorios palestinos que parecen de 40 y hombres de 40 que parecen ancianos. Lo he visto con mis propios ojos. Nadie me lo ha contado.

He tenido suerte como supongo la has tenido tú que estás leyendo estas líneas.

 

dsc_0702
Mi porter en Nepal. Cargando 30 kilos en la espalda por 4 dólares al día.

 

 

Un despatriado

machupicchu-4
Última foto que le tomé a Machu Picchu en el 2004. Los archivos digitales son más grandes ahora. Tanto que da vergüenza mostrar una foto de 2 megapixeles…. 🙂

 

No soy muy aficionado al calor. Prefiero el frío. Aún así, este verano para mí ha sido el más insoportable de todos. No sé si es el calentamiento global o soy yo el que se está haciendo viejo. Pero siento que me ahogo. Como un goldfish fuera de la pecera.

El año pasado en estás épocas estaba con mi esposa en los Pirineos.Disfrutando del aire límpio de la montaña. Este año estoy aquí (en Tel Aviv) con calor.

Viajamos el próximo mes a Perú. No sé si a las montañas, pero estoy seguro que la temperatura va a estar mucho más agradable que aquí.

Tengo 35 años. Me gusta tomar fotos que nadie ve. Me gusta escribir cosas que nadie lee. En unas semanas me voy de viaje al otro lado del mundo. Por casi un mes al país que me vio nacer y por el cual no siento ningún afecto.

Tampoco le tengo mucho afecto  a Israel. Lo siento como el lugar en el que vivo. He conocido gente maravillosa. Pero hay tantos problemas. Tanta tensión. Tanto odio. Tanta incertidumbre que te es imposible sentirte tranquilo o como en casa.

Creo que me siento un ciudadano del mundo. Me jode cuando ISIS explota  Paris o cuando vuelan medio Alepo. Odio cuando los palestinos le disparan cohetes a civiles israelíes y el mundo no dice nada. Aunque aborrezco la muerte de niños palestinos dentro de lo que se conoce como daños colaterales y nadie tampoco hace nada.

Me molestan muchas cosas que pasan alrededor del mundo. Y me siento conectado con la mayoría del planeta. Pero no tengo una identidad nacional. No soy un patriota. Ni beso una bandera. No en el medio oriente. No en sudamerica. No en Europa. No en Norteamerica. Sencilla y llanamente no me siento parte de.

Quizás me siento así porque tengo mucho calor. Y cuando tengo mucho calor me quiero ir de Israel y vivir en Islandia. Todos los años me pasa. En el verano es cuando peor me siento en Israel. Mucho calor y mucha guerra. Me ha tocado ir a tres guerras. Dos de ellas en el verano. Quizás por ello estoy traumado.

Puede ser…

Al Perú no lo quiero porque me robaban. O me querían robar todo el tiempo. No lo quiero por la corrupción. Por la falta de educación de la gente. No es que yo sea educado, pero me doy cuenta que no lo soy y hago lo posible para mejorarlo. No quiero al Perú porque tienen la mentalidad en el siglo XIX. Que si violan a una chica es la culpa de ella (de la chica) por vestirse con minifalda. Por provocar. Nop, eso no lo puedo aguantar. Por eso, apenas pude puse las patitas en un avión y me fuí de ahí para siempre. Y no deseo  volver jamás… a vivir.

Pero ahora vuelvo. No a vivir, sino a visitar. A los que quedan. A la gente que al cabo de los años se ha vuelto irreconocible porque toda una vida nos ha pasado a todos por encima. Los muchachos que deje están más gordos y calvos. Las chicas que bese son madres de familia de muchos retoños.  Las discotecas en las que baile están “pasadas de moda” o ya no existen. Los precios que disfrute se fueron a la mierda y ahora todo es mucho más caro. La vida que viví ahí ha desaparecido por completo.

No soy muy nostálgico. Pero sé que recorriendo algunas calles de Lima voy a sentir ganas de llorar por lo mucho que han cambiado. Salí del perú hace 14 años. He vivido en dos países desde entonces. He perdido mi identidad nacional y me he convertido en la cosa que soy: Un despatriado. Un fotógrafo mediocre. Un veterano. Un escritor que aburre. Un esposo en el sofá viendo Netflix.Un barbudo con tatuajes que camina en medio de Tel Aviv sin sentirse en casa. Un huevón que toma vino blanco chileno, pese a ser peruano,  en el medio del medio oriente.

 

LG-H815
 Última foto en Tel Aviv (ayer en la tarde). Desde mi teléfono LG4… Cómo avanzó la tecnología en estos últimos años!!!

 

 

Pandas Futuristas

122584425

En cincuenta millones de años nadie se va a acordar de mí. La verdad es que no va a existir realmente “alguién o algo “ sobre el planeta que sea capaz de acordarse de alguno de nosotros.

Quizás ni siquiera exista el planeta. Yo espero que siga existiendo pero sin nosotros. Quizás siga existiendo lleno de nuevos animalitos evolucionados de los pocos que nos quedan hoy día. Quizás los pandas dominen el mundo. Quizás a ellos les vaya mejor que a nosotros. Quizás siembren largos campos de cultivo de bambú. Quizás ellos coman y consuman sin necesidad de hacer mierda a otras especies. Quizás en todos sus restaurantes solo sirvan bambú con chimichurri o con   salsa vinagreta. Pensándolo bien los pandas serían mejores que nosotros dominando al mundo. Por lo menos se verían mejor en las fotos.

En cincuenta millones de años los átomos que conforman mi cuerpo quizás se encuentren en el centro de una supernova. Quizás unos cuantos estén deambulando por Plutón y otros estén cerca del sol. Yo voy a ser inexistente. O al menos va a ser como si nunca hubiese existido. Nada en este universo ni en los miles de universos paralélos va a  dar fé de mi remota existencia. Tampoco de la tuya. Va a ser como si nunca jamás hubiésemos existido. Como en el día en que el tiempo-espacio comenzó. Como en el Big-Ban. O como cuando los Pterodáctilos volaban por los aires. Cuando nada hacía presagiar  que por un accidente evolutivo íbamos a terminar escribiendo posts en Facebook. Comiendo Wendys. Invirtiendo en la bolsa de valores o  viendo gente tener sexo en la Internet.

Pero a pesar de ver la vida desde una perspectiva tan “macro”. A veces no logro desarraigarme de problemas tan terrenales como el deseo que tengo de comprar la última chaqueta de North Face. El problema no es el deseo mismo. Es la lucha interna que siento cuando una  voz me dice “Comprala”. “Esta linda”. “Esta barata” y otra me dice ” No la compres”. “Para qué”. “Ya tienes varias”.  La misma disyuntiva me pasa con mil y un cosas más. Con ese viaje que siempre he querido hacer. Con esa chica a la que le he querido hablar. Con esa carrera que he querido estudiar. Con ese trabajo que siempre he odiado o querido.  Y un sin fin de ejemplos por el estilo.

Nuestros problemas son polvo de estrellas. No son nada. Son algo porque nosotros los creamos y engendramos en nuestros cerebros que no van a ser nada fuera de átomos dispersos en los próximos cincuenta millones de años. No van a ser nada porque durante muy poco tiempo somos “algo”. Una nanonésima parte de la existencia del tiempo mismo.

Pandas futuristas. Problemas imaginarios. Átomos intergalácticos. La vida en su verdadera proporción.

 

Me motivo

IMG_20150910_161138
Me motivo levantando peso. Me motivo leyendo. Viendo y escuchando

No me siento atascado en la vida pero a veces pienso que debería estar haciendo más cosas. Eso me desmotiva.

Quizás eso me pasa porque veo a mis amigos saltar en paracaídas en Facebook. Quizás eso me pasa porque tengo algunas tardes invernales y aburridas. Quizás eso me pasa porque a veces no aderezo el día con un ápice de imaginación. A veces dejo que la rutina me conquiste. A veces me siento Napoleón en Waterloo. Me suele pasar eso con frecuencia. Me siento frustrado. Acongojado. Abrumado de aburrimiento. Abrumado de horas muertas ¿Qué hago cuando me siento así? Fácil. Me auto-motivo.

Me motivo cerrando mi Facebook y tratando de entender que lo que veo en Facebook no es la realidad. Es la dimensión desconocida. Es lo que la agencia publicitaria en la vida de una persona quiere que veas. Lo que veo en Facebook es ver una chica con faja spandex para la barriga. Push ups en los pechos y harto maquillaje en la cara. Es la realidad manoseada y manejada. Maquillada. Vendedora.

Me motivo cerrando mi Instagram y mi Twitter. Me motivo cerrando todo eso que me desmotiva y me pongo a leer. Leo un buen blog o leo un buen libro. Leo algo que haya escrito alguien inteligente. Alguien que tenga algo que decir. No algo de Paulo Coelho. Eso nunca. Eso me desmotivaría más porque pensaría en lo mucho que ha vendido escribiendo siempre las mismas idioteces. Leería algo de Saramago quizás. O de Gabo. O de Camus. O de Kundera. O de Vargas Llosa. O de algún ganador de un Pulitzer como Krakauer o Jared Diamond. Me motivaría dejando que la inteligencia de gente tan inteligente me invada el consciente y el subconsciente.

Después de leer me motivo haciendo deporte. Squats. Dolor. Más squats. Más dolor. Push press. Dolor. Más push press. Más dolor. Cien kilos. Ciento veinte. Deadlift. Ciento diez kilos. Ciento cincuenta cinco kilos. Dolor. Más dolor. Una sonrisa. Sudor. Ahora soy más fuerte.

IMG_20150910_150918
Squats. Squats hasta lagrimear.

Después del ejercicio como. Como sano. Mientras como más. Más me motivo. Como todo lo que puedo. Me hidrato. Como más. Tomo proteína. Me estiro. Me relajo.

Me baño.  Trato de no ver tonterías en la tele. Pese a que no tengo cable a veces saltan idioteces en Youtube. Hago un esfuerzo pero no siempre lo logro. Trato de escuchar un podcast motivador. Algo que me enseñe algo. Una charla de TED. Un testimonio interesante. Después de una hora vuelvo al Kindle y leo. Leo libros físicos también y los amo. Pero amo el Kindle también porque me deja tener una biblioteca conmigo todo el día. Leo. Aprendo. Me motivo.

Al final mi día sin motivación y preso de la rutina se ha convertido en algo productivo. Soy más fuerte. Soy más inteligente. No he perdido mi tiempo. No tengo nada que envidiar a la gente que salta en paracaídas todo el tiempo. Tengo mi tiempo y puedo hacer en él lo que yo quiero. Hago en él lo que yo decido y hago lo que me hace bien. Me motivo.

 

Me acabo de tomar un arcoiris

DSC_0037
Sin café no ganaríamos nada creo yo…

No puedo empezar un día sin café. Voy a ponerlo de esta manera: No puedo empezar un buen día sin café.

Puedo empezar un mal día sin café. Puedo hacer un holocausto si es que no tengo suficiente cafeína en el cuerpo. En mi situación podría generar la tercera guerra mundial por falta de cafeína. Estoy en el medio oriente. En Israel. No es difícil volar algo que haga que el resto del mundo te odie por eso. No es difícil lograr que el planeta entero nos declare la guerra. Llevaría al mundo al auto aniquilamiento y todo por un poco de cafeína. Solo porque no tome mi dosis necesaria. Porque no soy la persona que podría ser con un Espresso Machiatto encima al empezar el día.

En el ejercito de Israel he hecho cosas malas. Algunas muy malas. Una vez atropellé una cabra y otra vez pisé a una tortuga. Todo porque me moría de sueño. Porque el café se había acabado aquella semana y todo lo que hacía me parecía un sueño. No sé hasta hoy si el episodio de la cabra lo viví o lo he soñado o si la vida es sueño y los sueños, sueños son. O solo se debe a que la bruma del recuerdo descafeínado se ha vuelto solo eso: Bruma.

Te estarás preguntando porque estoy escribiendo tantas incoherencias. No te preocupes. Solo tengo mucha cafeína en la sangre. Creo que tres espressos juntos. Y me dio nostalgia que hayan existido días sin cafeína. Días en los que pude haber sido mejor. Inclusive más guapo. Más inteligente. Más asertivo. Mejor combatiente. Un Rommell. Un Patton. Mejor escritor. Un Hemingway. Un Saramago.

Pero han existido días sin. Días plomizos como Lima. La ciudad en la que nací. Crecí. Perdí mi virginidad y conocí el café de la abuela. Han habido también días con. Días en los cuales he estado reluciente. Una excelsitud de la vida. Un comandante de las tropas de Alexandro Magno en los confines del mundo civilizado. Tanto amo al café que me hace decir tontera y media y me dejo llevar literalmente. Dejo que me arrastre por estás palabras sin editar y sin pensar demasiado que es lo que debo escribir y solo escribo para escribir. Para dejar toda esa cafeína fluir desde mis neuronas hasta las yemas de mis dedos. Desde todo lo que he leído alguna vez en la vida hasta todo lo que vengo diciendo.

Creo que después de estás palabras te darás cuenta que soy un amante del café. Y te imaginarás que tengo un café al lado mientras escribo todo esto. Eso es cierto. Tengo un café al lado de mi computadora y de cuando en cuando le meto un sorbo y escribo un poquito más rápido que antes. Son las once de la mañana aquí en Israel. Es invierno. Afuera hay silencio porque es Viernes. Que es como un sábado en cualquier sitio del mundo. Por mi ventana se escurre un rayo de sol. Me da en la cara. Hace que mi café se llene de colores. Una especie de arcoiris se forma en la tasa. Me siento bendecido por todo lo que está pasando en este momento. Me estoy tomando un arcoiris y estoy escribiendo lo que me da la gana.

DSC_0744
 Hay algo en la vida de un soldado que puede levantarle la moral y el ánimo: La visita de una estrella de la televisión en bikini. Además de eso: Un vasito de café en el campo…

 

Mario Vargas Llosa, el escritor, la sociedad, la educación y porque odio mi colegio

Muestra de la cucufatería de una congresista peruana. Insinuando que el apoyo de Vargas Llosa al aborto, está directamente relacionado con el hecho de que le fue infiel a su mujer. En este caso a su primera mujer: Su tía política Julia Urresti.

Mi mamá me dijo que cuando termine el colegio lo iba a extrañar el resto de mi vida.

Yo tenía ocho o nueve años en aquel momento. El colegio no me gustaba. Pero como mi mamá decía que lo extrañaría, pensé que en algún momento de los años venideros, me enamoraría de él.

Eso nunca paso.

Mi época escolar es el tiempo más abominable que he vivido hasta hoy. Yo empecé a ser yo, solo cuando dejé el colegio atrás.

Muchos de mis amigos recuerdan la época escolar como Sus Años Maravillosos. Cuando recuerdan su primer beso o la primera tomada de mano con alguna chiquilla entre aula y aula. Entre clase y clase. Cual Kevin Arnold mientras una voz en off cuenta lo increíble de la experiencia. Muchos recuerdan el colegio como un lugar casi celestial y recuerdan a los profesores como unos segundos padres. Unos pedagogos que malearon su carácter y su manera de ser. Cual Platón en su Academia influenciando en las mentes de los mozos atenienses de la época.

Para mí. Los Años Maravillosos fueron una serie televisiva que en nada se parecía a mi vida en el colegio. Era el menor de la clase. Era un debilucho, enclenque y enano. Era pacífico. Era infantil. Las niñas me rechazaban todas. Las que tenían buenos modales, me decían que quizás en algunos años, cuando crezca un poco. Porque yo les llegaba a los pezones y de ahí no pasaba. Y ellas se reían a escondidillas cuando les mandaba alguna carta desconsolada haciendo mis primeros pininos  como escritor. Para mí, los profesores fueron unos monstruos abusivos. Unos burócratas que repetían lo que decía la enciclopedia Escuela Nueva que era la que daba el estado peruano a todos los colegios. Y por ende año tras año leías y releías el mismo libro con la única diferencia que cambiaba de color y aumentaban uno que otro tema en matemáticas, en física y en química. Historia siempre quedaba igual.

Siempre me interesé en el porque de las cosas. Y precisamente por eso, los profesores me odiaban. No soportaban que dudara de la veracidad de hechos que con tan ardua exactitud te brindaba la enciclopedia Escuela Nueva. Les jodía que alguien se aburra en su clase pero la hacían aburrida hasta morir. En la secundaria escribí un ensayo sobre el terrorismo en el Perú. Mi profesora de literatura lloró frente a la clase leyéndolo. Lloró porque estaba embarazada y al parecer tenía las hormonas revueltas. Me dijo que tenía que escribir. Que eso era lo mío. Pese a que es la única profesora de la que tengo un buen recuerdo, no le hice caso, como no le hice caso a ninguno de mis profesores. Todos decían que yo era un pobre diablo inmaduro. Pero muy dentro de mí, sabía que los pobres diablos eran ellos. Enseñando cosas sin ganas. Repitiendo de memoria lo que estaba escrito en syllabus del año.

Pobres inútiles.

La cultura en mi país de nacimiento está como está porque nunca se ha invertido en la educación. Y si te quieres educar lo tienes que hacer por tu cuenta. En tus horas libres. Aprender un idioma nuevo por tu cuenta. Ampliar la cantidad de libros que lees por tu cuenta. Desarrollar tu sentido crítico por tu cuenta. Todo es por tu cuenta y con tu plata (o la de tus viejos). El sistema educativo estatal y el particular solo hacen de guarderías para los niños. Para que los padres trabajen y no tenga que preocuparse donde diantres dejarlos. No aprendí nada en el colegio. Salvo a pelear con chicos mucho más grandes que yo. Y a ser rechazado por chicas mucho más grandes que yo. Aprendí que la mayoría es una especie rebaño siguiendo todo lo que le dan a seguir. Sin preguntar ¿por qué? ¿Para qué?

Todas estás sensaciones y recuerdos brotaron de lo más profundo de mí cuando vi el lío en el que se había metido  Mario Vargas Llosa. La revista Hola lo jodió con unas fotos fuera de lugar. El Perú se olvidó de la economía. De los friajes. Del presidente corrupto. De la primera dama a la que le encanta vestirse con Oscar de la Renta. De la inflación. De la subida del dolar. Para hacer mierda (todos juntos como una buena nación) al escribidor infiel.

Como respuesta a tal insufrible cargamontón Mario (lindo nombre) Vargas Llosa le escribió una carta a todos los peruanos diciendo que son unos cacasenos por inmiscuirse en su vida privada.

Lo cito textualmente:

“Con todo respeto a los peruanos que me critican, les respondo que son unos metiches graduados, unas Ña Catitas con ventana, antiapóstatas beligerantes y una horda vorágine de cacasenos sin vida propia”

Eso le escribió a su propio pueblo. A la gente que nació en el terruño que lo vio nacer  a él también.

Para muestra otro botón:

“Mequetrefes, insanos, ah, mercenarios de la moral. Todos ellos trafican con la vida privada y los peores son los consumidores de esa sociedad del espectáculo. Ahora yo soy la caca de elefante, exhibida en un diario de cincuenta centavos. Ojalá que por lo menos algún joven o niño se interese por mis obras y finalmente me juzguen por ellas y no por lo que hago o dejo de hacer en el catre”

¿Y saben qué?

El tipo tiene razón. La cultura está tan deformada en el Perú y la educación de la gente tan retorcida que la nación entera se rasga las vestiduras porque un escritor de 80 años se ha separado de su mujer que también es su prima hermana para estar con Isabel Preysler, madre de Enrique Iglesias. Ex de Julio.

Cuando escuché la noticia de que Vargas Llosa salía con alguien diferente a su mujer de tanto tiempo, sonreí. Sonreí porque el tío hace lo que le da la gana y parece haberse dado cuenta que vivimos una sola vez y hay que hacer lo que hay que hacer.

Por otro lado sentí asco al ver como toda la prensa amarillista del Perú. De Lima y balnearios  y de cualquier otro huarique nacional, hicieron mierda al único premio Nobel peruano por el hecho de tener una relación con una mujer que no era su esposa.

Y esa capacidad cacasena de pensar se la debemos a los colegios de Lima que nunca jamás nos enseñaron a pensar. Nos enseñaron a seguir y a obedecer ordenes y a vivir en la doble moral de que si no te encuentran, pues todo bien. Dios perdona el pecado pero no el escándalo. Pero si te encuentran haciendo algo fuera de lo permitido te crucifican en una clase de primaria o de secundaria o de Universidad y no importa si ganaste el Nobel o no y se lo dedicaste a tu país. Igual te van a hacer mierda porque te lo mereces. Porque no eres lo que ellos esperaban de ti. No seguiste al rebaño como te enseñaron que deberías hacerlo.

Si lees esto mamá: Te quiero mucho pero NO. No extraño el colegio. Aborrezco los recuerdos que tengo de él. Aborrezco cada cosa idiota que me enseñaron. Aborrezco la estupidización a la que quisieron someterme y de la cual Lord Byron, Dickens y Kundera me libraron en su debido momento. Si no fuera por ellos, sabe dios. Ahorita estaría loquito en la casa, enojado con Vargas Llosa por hacer lo que le da la gana.

Fe de erratas 1: Al parecer, la carta de Mario Vargas Llosa al pueblo peruano es apócrifa. Una rumiante ironía de nuestros amigos de La Mula.com. El hecho  de que la carta no sea verdadera no disminuye ni un poquito la tendencia al raje y al maleteo de la sociedad limeña. Y al preciso hecho que se rasgan las vestiduras por lo que hace un hombre de 80 años. Hoy he vuelto a ver como el decano de la prensa nacional sigue publicando más fotos de la revista ¡Hola!. Gracias El Comercio por entregarnos siempre, contenido de alta calidad.

Fe de erratas 2: Use la palabra escribidor como sinónimo de escritor. Cuando es un antónimo. Gracias a un compañero de caminatas de antaño caí en cuenta de aquel error garrafal. Estando en la épocas en que puedes escribir y publicar lo que te da la gana sin que nadie te lo edite, tener un amigo así hace que las cosas sean más fáciles para mí. Gracias nuevamente.

Uno de esos imaginativos habitantes

DSC_0934

Hace unos días he cumplido 34 años. Viendo todo lo que me han dado los 33, estoy bastante satisfecho.

Me ha tocado irme a una guerra.

Me ha tocado conocer el norte de Italia.

Me ha tocado ir a los EEUU a ver mi familia (a la cual no veía hace mucho).

Me ha tocado hacer las paces con unos.

Me ha tocado entender mejor y querer más a otros.

Puedo decir y sin mucho miedo a equivocarme que he crecido mucho este año que estoy dejando atrás. He visto algunas cosas muy feas y por otro lado algunas cosas muy hermosas. Y eso, en gran parte, me ha brindado la posibilidad de tomar una muy buena perspectiva de lo que es más importante para mí.

Hay momentos en los que me he sentido atascado en una rutina bastante parsimoniosa, pero viendo la lista completa de las cosas más increíbles que me tocó hacer este año (que no son, en absoluto, Todas las cosas que he hecho) puedo dar fé  que de parsimoniosa mi vida no tiene nada.

Viendo las cosas con una perspectiva prudente puedo decir que estoy felíz con el ser humano que soy. Con el primate algo inteligente que puede teclear unos carácteres en un teclado y expresar con un poco de claridad sus pequeñas e insignificantes ideas. Con el humanoide perteneciente a un grupo de casi siete billones  tan iguales a él y al mismo tiempo tan diferentes… Uno de esos imaginativos habitantes de aquel planeta azul  olvidado en el borde de unas las cientos de miles de millones de galaxias.

No me queda nada más que agradecer a todas las conjunciones físicas y químicas que se dieron para que yo esté aquí escribiendo estas palabras con treinta y cuatro años encima y las mismas que se dieron para que tú estés al otro lado de la pantalla, con la edad y ánimo que tengas en este preciso momento.

Gracias por estar ahí. Y por acompañarme un año más en esta simpática travesía a la que tú y yo conocemos como vida.

Mi rutina el fin de semana

Leí por ahí un post de Leo Babauta en la cual contaba su rutina diaria. El vive de su blog y de sus negocios pasivos y por ende se puede permitir una rutina bastante “relajada” e independiente. Supongo que no como la mayoría de nosotros, que solemos trabajar por lo menos 40 horas a la semana en la oficina o en donde sea. Así que decidí escribir un post acerca de lo que yo suelo hacer los fines de semana que es cuando puedo sentir el manejo del tiempo que leo Babauta siente en sus días más rutinarios.

En mis fines de semana trato de ser lo más productivo posible.

En el medio de la semana no necesariamente puedo ser lo que yo quiero ser, por el sencillo hecho de que paso 8  horas en la oficina. Gracias a esas 8 horas tengo que levantarme a una hora específica y regresar a casa a otra bastante exacta también. Mi día se ve bastante supeditado a lo que hago o no hago en el trabajo. Si es que me ha ido bien, pues me quedo de buen humor y feliz como una lombriz. Si me ha ido mal y me he estresado demasiado, esa sensación suele repercutir bastante (al menos en el primer par de horas) después de que regreso a casa.

Eso no me pasa el fin de semana. Los dos días que tengo libres en la semana los manejo como yo quiero. Desde la hora en la cual me levanto hasta la hora en la cual  me acuesto. En esas 48 horas puedo ser realmente yo o mejor dicho usar mi tiempo como realmente lo quiero hacer. Te quiero contar que es lo que hago cuando puedo hacer con mi tiempo lo que realmente me gusta hacer:

Me levanto muy temprano:

No pongo la alarma, pero estoy acostumbrado a levantarme todos los días a las cinco y cuarenta de la mañana. Los fines de semana suelo dormir un poco más, pero aún así suelo levantarme apenas sale el sol. Esa sensación de paz y de tranquilidad que hay en la ciudad a las seis de la mañana no tiene precio.

Tomo un vaso con agua:

Después de lavarme los dientes, lo primero que hago es tomarme un vaso con agua. Muchos no saben que durante el sueño solemos deshidratarnos. Así que tomándonos un buen vaso con agua no hacemos más que ayudar a nuestro cuerpo a reponer algo de los líquidos perdidos durante la noche.

Medito:

Mientras mi esposa y mi perro duermen. Mientras la ciudad duerme. Mientras los pájaros comienzan su despertar. Medito. Suelo hacerlo por 20 minutos. Disfruto mucho del silencio. De la letanía del amanecer. Del olor de la tierra mojada por rocío nocturno.

Hago mi mejor café:

Después de meditar, hago café. Lo hago manualmente en la Machinetta italiana.  Disfruto mientras lo preparo. Disfruto mientras lo huelo. Disfruto mientras lo tomo.

Me pongo a leer:

Este año me he propuesto leer un libro cada diez días. Y eso es lo que estoy haciendo. Los fines de semana después de mi café es lo que suelo hacer. Leer unos cuantos capítulos del libro de turno. Esta semana estoy leyendo Where Men Win Glory de Jon Krakauer.

Escribo algo:

Escribo para el blog o sino intento hacer un ejercicio literario en facebook. Suelo publicar una foto e intentar escribir una pequeña narrativa interesante para la misma.

Preparo el desayuno:

Cuando mi esposa se despierta, ya tengo el desayuno hecho. Ya me encargue del café y de la tortilla.  Ya calenté el pan y ya puse la mesa. Así que: A comer….

Navego por internet:

Los fines de semana intento (casi siempre con éxito) no tocar temas de trabajo. No checkeo mi mail. Solo leo artículos, un poco de noticias y cosas interesantes que me encuentro en el día a día.

Entreno:

Los fines de semana los suelo usar para hacer entrenamientos rigurosos. Si tengo que hacer cargas importantes pues las guardo para el fin de semana. Mis ejercicios están compuestos de levantamientos olímpicos, pesos muertos. Ejercicios con peso corporal (barras, lagartijas, air squats) y Kettelbells. Todo lo tengo en casa así que de la computadora salto al gym en un segundo. Suelo entrenar a muy alta intensidad más de una hora cada día del fin de semana.

Limpio:

Vivir con un pastor alemán en un departamento de 60 metros cuadrados puede ser considerado como una experiencia religiosa. Pero al mismo tiempo. La suciedad, los pelos, la tierra se acumulan bastante rápido. El fin de semana nos dedicamos a limpiar profundamente el departamento, a dejarlo oliendo rico, a ventilarlo y a cuidar y regar las plantas.

Almuerzo:

Bien en casa o en la calle, suelo comer algo sano. Que tenga mucha proteína y que sea rico. Sobre el sabor, prima la calidad de la comida. Trato de comer muchos vegetales, aunque a veces como comida chatarra también. Cuando lo hago entreno mucho más que de costumbre. Es una forma de auto disciplinarme.

Duermo:

Trato de dormir una buena siesta de una hora u hora y media. Siempre me levanto fresco después de la misma. Puedo escribir algo o leer más casi siempre después de dormir.

Entreno número dos:

Suelo entrenar dos veces al día los fines de semana. El segundo entrenamiento es siempre mucho más suave que el primero y está basado en ejercicios de peso corporal a veces a muy alta intensidad. Ejemplo: 100 burpees en menos de 8:30 minutos.

Como un buen snack:

Suelo comer bien después de entrenar. O consumo un shake de proteína y frutas o hago una tortilla de huevos (es verdad, como muchos huevos). Eso me deja bastante tranquilo hasta la cena.

Vuelvo a tomar el libro:

Sigo leyendo y disfrutando.

Ceno:

Siempre guardando las prerrogativas de una comida sana. Aunque a veces los fines de semana solemos salir a cenar a algún restaurante y ahí suelo comer sin muchas reservas que digamos. Disfruto de la comida y del lugar.

Cine o película en casa:

Soy bastante aficionado al cine. Solemos ir mucho y casi siempre lo hacemos los fines de semana. Si no vamos al cine siempre vemos una película o serie en casa.

Duermo 8 o 9 horas:

Los fines de semana trato de dormir mucho. Primero: Porque me gusta dormir. Segundo: Porque es muy sano. Tercero: Porque es parte bastante importante del entrenamiento físico. Te recomiendo encarecidamente, un buen sueño.

Esta es más o menos mi rutina de uno de los días de mi fin de semana. Aunque suele cambiar completamente si salimos de treking o a acampar en algún lugar de Israel. Suele cambiar mucho más si es que me toca irme al ejercito o algo parecido.

Este artículo lo estoy escribiendo justo ahora, en mi fin de semana (en Israel los días libres son el viernes y el sábado o Shabat). Así que hoy es el primer día de mi fin de semana y lo estoy disfrutando mucho.

Gracias por leer.

Deja de compararte

Deja de compararte.

Deja de compararte con el vecino de al lado.

Deja de compararte con el amigo de Facebook.

Deja de compararte con tu mejor amigo.

Deja de compararte con tu hermano.

Si a ellos les va excelente, eso no implica que a ti te este yendo mal. Sé feliz por ellos y para ellos.

Si a ellos les va mal, eso no implica que a ti te este yendo excelente. Sé compasivo y ayuda.

Trato cada día de no compararme con el resto. Digo que “trato” porque no lo puedo lograr al cien por ciento. Mucha veces suelo compararme con un amigo en Facebook, con algún otro compañero en el trabajo o con el escritor de algún otro blog.

Pero apenas soy consciente de lo que estoy haciendo. Lo dejo ahí. Sé por experiencia propia que el acto de auto-comparación, no es nada más, que dañino y una perdida de tiempo y de energías. Por experiencia soy consciente de que nunca nos comparamos con la persona en sí misma, sino con el ideal que tenemos de ella.

Por ejemplo:

Compararte con tus amigos en las redes sociales es tonto. Ellos muestran lo mejor de sus vidas. Las mejores fotos de sus vacaciones. Lugares increíbles. Situaciones espectaculares. Pero hay que ser conscientes de que esos perfiles de nuestros amigos de facebook no son realmente nuestros amigos. Son una parte realmente ínfima de lo que son. Y esa parte ínfima mostrada, la mayoría de las veces, es la mejor parte.

Mucha gente que es mi amiga en Facebook, cuando habla conmigo, lo primero que me dice es lo espectacular que es mi vida. Tienen razón, mi vida es espectacular pero no precisamente por mi perfil de facebook. Lo que pongo en facebook es publicidad. Son los mejores instantes de mi vida. Los lugares más bonitos que he visto. Los mejores textos que he escrito. Las mejores fotos que he tomado. No pongo los momentos “reales” y “rutinarios” de mi día. Mis achaques. Mi cansancio. Mi aburrimiento. Mi hastío. Mis problemas en el trabajo. Mis problemas maritales. Mis deudas. Mis dudas. Mis hongos en los pies y un largo etcétera. Todo lo que esta en mi perfil de facebook soy yo. Pero TODO lo que NO esta en mi perfil de facebook también soy yo. Y si sé que casi todo mi YO se encuentra fuera de facebook, entonces entiendo que el resto de perfiles espectaculares de mis amigos, son exactamente iguales al mio: Pura publicidad. No son realmente ellos. El perfil es un espejismo y punto.

Lo mismo sucede cuando te comparas con el vecino. Con tu hermano. Con tu mejor amigo. Tú eres maravilloso como eres. Ellos son maravillosos como son. Pero todos tenemos nuestros lados malos y nuestros lados oscuros. El hecho de compararnos es destructivo por la sencilla razón de que comparamos lo peor de nosotros con lo mejor de ellos. Y eso querido amigo: Es una burda falacia.

Así que hazte un favor y deja de compararte.