Que lo denominen pulpo

Sam Smith se acaba de declarar No Binario

Cuando era chico habían solo dos géneros: Masculino y Femenino.

Habían también (como a lo largo de la historia de la humanidad) Homosexuales. Los homosexuales no eran muy bien aceptados en el lugar en el que nací. Hace solo 30 años, vivíamos en el Perú en la edad media en lo que a “gays” se refiere. A los hombres homosexuales se les denominaba maricones, mariquitas, rosquetes, mostaceros, cabros…etc. Se les discriminaba sin recatos y nos burlábamos de ellos. A veces les pegábamos o los insultábamos en las calles por que sí. A las mujeres homosexuales se les denominaba lesbianas, tortilleras, machonas….También se les discriminaba aunque quizás un poco menos que a los hombres. Siempre se esperaba que un hombre “sea” un hombre y si un hombre es un “marica”…. Pues algo malo hiciste como padre. Quizás no le rezaste a dios lo suficiente. Quizás te han maldecido de alguna u otra forma….Siempre se escuchaba esa frasesita: “Prefiero un hijo muerto que un hijo maricón…”

Muchos hombres y mujeres realmente sufrieron violencia y muchos otros murieron por ello también.

En aquellas épocas, la mayoría de gente (y yo entre ellos) “no podíamos aceptar ni entender” que a alguien le pudiese gustar tener sexo con otra persona del mismo sexo.

Pero paso el tiempo y las épocas cambian. En los últimos veinte años hemos evolucionado, social y tecnológicamente, más de lo que lo hemos hecho en toda la historia de la humanidad. Yo, por mi parte, después de madurar durante estos veinte años y de aceptar que a cada quién le puede gustar cualquier cosa (sin incluir animales ni a niños) y que cada quien puede hacer con sus genitales lo que le de la reverenda gana y meterlos donde quiera, he llegado a la conclusión de que en mi adolescencia fui un idiota intransigente y primitivo.

¿Quién soy yo para decidir qué se mete quién por el culo o por la boca?

Nadie. No soy nadie. Soy solo polvo de estrellas.

Hace unos años, llegué a la conclusión de que cuestiones de culo y genitales, son cuestiones privadas, que a nadie, que no sea a los involucrados, le deberían importar un rábano.

Ok, ¿entonces?

¿Soy un ciudadano cosmopolita y de mente abierta del siglo XXI entonces?

No. Al parecer no lo soy.

Porque cada vez que abro “Google”, además de los clásicos Masculino y Femenino, me encuentro con un “Género” nuevo. Géneros que ya ni siquiera sé que significan.

Hoy leí que el cantante Sam Smith se convirtió en NO BINARIO. Ya no es ni hombre ni mujer. Sino, NO BINARIO.

¿Que qué coño es eso?

Un ejemplo de Wikipedia:

“Género fluido”
Artículo principal: Género fluido
Género fluido es una identidad en la que se pueden ubicar otras identidades como la identidad binarias, bigénero y la identidad trigénero, concentrándose en la identidad tanto binaria como nula. El género fluido establece periodos de transición imprecisos y variables en los que se identifica como un género y otros periodos en los que se identifica como otro. El género fluido no es determinado por la presencia de determinadas características sexuales o por la orientación sexual, sino por una búsqueda constante de conformidad en la identidad de género. Se le llama género fluido como una analogía a las características de los fluidos de permanecer en constante movimiento….”

¿Qué mierda significa eso?

Me tomaron más de 10 años de mi vida dejar de ser el chuncho mente cerrada que era y aceptar que la gente es libre de hacer con su ano lo que quiera, ¿Para encontrarme con qué?. ¿Con esta mierda de género Neutral, Fluido, no Binario, Pangénero o Agénero?

No me jodan.

Me faltarían diez vidas para asimilar toda esa información sobre los nuevos multigéneros y que cada individuo inconforme, quiere que lo denominen como él o ella quiere. Y no siguiendo el determinante biológico que si tienes una verga y un par de huevos eres hombre. Y si tienes vagina y un par de ovarios, eres mujer.

Cada vez que leo cosas como la de “Sam Smith no siendo Binario” me siento viejo. Siento que le estoy perdiendo el ritmo al avance. Que las cosas corren más rápido de lo que deberían.

Quizás cuando mi hijo sea grande vaya a querer ser un pulpo. O quizás solo quiera que lo denominen pulpo. Y dime querido lector, ¿Qué voy a poder hacer yo al respecto?

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La mejor arma

Soy un ocioso y siempre lo he sido. Desde que me acuerdo siempre he preferido lo fácil. Lo cómodo. Lo suavecito. Siempre me ha gustado esa delicada sensación de adormecimiento que hay en una cama king size con unas buenas sábanas. Me encanta ver Netflix y comer porquerías. Odio hacer ejercicio. Odio sudar y agotarme. Odio levantarme temprano y comer sano. Las cosas más ricas son las más malas y odio esa contradicción. Soy un adicto al chocolate. Me gusta una buena siesta española. Me gusta una Coca Cola bien helada. Me gustan los bollos rellenos de crema. Me encantan las papas fritas. Me encanta llenarme de comida y tomar un buen vino y luego dormir 12 horas seguidas.

La vida sería espléndida si es que hiciera todo lo que me gusta y si me dejara llevar por mi ociosidad nata. Pero… Como decían en el Apolo XIII: Houston Tenemos un problema. Y ese problema es que:

Odio ser así.

Odio ser débil y ocioso. Odio ser blandito y ceboso. Odio ser gordito y lento. Odio perder el tiempo. Odio no ser productivo. Me odio a mí mismo por no dar de mí lo que sé que puedo dar. Odio verme mal frente al espejo. Odio sentir que la vida se me escapa entre los dedos. Odio no hacer cosas grandiosas y difíciles. Odio no ponerme a prueba. Odio no enfrentarme a mis miedos más grandes. Odio ser como soy: Un ocioso nato.

Por eso peleo.

Y para ello, uso mi arma preferida: La disciplina.

Porque a la disciplina no le importa que yo este motivado o no para hacer algo. Lo tengo que hacer porque sí. Porque debe ser hecho y no hay vueltas que darle al asunto. La disciplina me libera de mis ataduras. De mis ganas de no hacer . De mis ganas de comer mierda y de dormir hasta tarde. De mis ganas de no hacer ejercicio y de quedarme tirado en el sofá.

La disciplina es esa buena amiga que te dice las cosas a la cara. La que te dice: Párate del sofá cerdo inmundo y haz cien planchas y cien barras ahora. O las haces o pronto serás un viejo escuálido. Una sombra de lo que fuiste en tus mejores años. ¿No quieres ser así? ¡Pues Levántate ya!. Siguiendo lo que te pido, vas a luchar contra la decadencia. Contra el status quo. Contra la gravedad. Contra ti mismo y siempre pero siempre vas a salir ganando...

Siempre que escucho la voz compungida y gritona de la disciplina, sufro. Pero siempre le hago caso: Todos los días.

Todos los días me despierto temprano.

Todos los días entreno.

Todos los días observo que como. Si un día como de más. El día siguiente como de menos o ayuno.

Todos los días leo un libro.

Todos los días escribo algo.

Sin excepciones. Sin excusas. Sin negociaciones.

Antes leía, entrenaba, escribía, etc… cuando me sentía motivado. Y cuando me sentía desmotivado, pues, no lo hacía. La disciplina me ha quitado ese voto de confianza en mí mismo. Ya no confío en mí mismo porque se que soy débil. Soy ese gordito fofo que se hace pajas viendo Netflix mientras come doritos. La disciplina no me deja ser así. La disciplina me empuja a correr cada vez más rápido. Ser cada vez más fuerte. Ser mejor (o al menos, no ser peor) cada día.

El tiempo hace lo suyo. A nosotros no nos queda otra que meterle un bazucaso de disciplina. La disciplina es el arma última para enfrentar la vida y salir parado lo mejor posible de ella.

Ahora, me voy a hacer planchas…

Presionas un poco más

El sudor. Las lágrimas que se desbordan y rozan tu nariz golpeada. La boca saboreando el gusto metálico de la sangre. El pulso alto. Los oídos tapados. El ruido de tu respiración cabalgante. El ardor de tus pulmones que parecen encendidos. Ahí, frente a ti, tu contrincante buscando la manera de golpearte. De hacerte un take down. De buscar el clinch y darte un Uppercut que te destroce la mandíbula. Ahí está esperando tu próximo movimiento. Rezando por tu próxima equivocación. Ahí donde los deseos de los dos se entrelazan con la sal del sudor y de la sangre. Ahí donde lo hombres se conocen a sí mismos y se dan cuenta de la materia con la qué están hechos.

Ahí en el ring o en la jaula te has conocido a ti mismo como en las épocas de la guerra. Porque pegarte con otro hombre que sabe pelear, es una especie de guerra. Una micro guerra mundial y atómica. Sales a matar (esta vez sin querer realmente hacerlo) y das todo de ti. O matas o mueres.

Y sabes que pensar a través del cansancio es algo prácticamente parecido a una alucinación. La cara te arde. Las orejas te duelen. Y el tiempo se congela. La adrenalina te invade. Te cagas de miedo pero vas para adelante. Y el dolor del golpe en tu rostro activa tú pensamiento estratégico de ir por la single leg. Y das el paso y asaltas la pierna izquierda. Tu enemigo se desestabiliza. Mueves el cuerpo y lo haces caer. Cae como un costal de papas. No le sueltas la pierna porque sabes que si lo haces se parará rápido y perderás el terreno ganado. No sueltas la pierna y te subes encima metiendo presión y terminas sentado en su barriga en mount position y golpeas. Golpeas a su cara la mayor cantidad de veces posibles, mientas él violentamente, intenta sacarte de encima. A nadie le gusta que le peguen en la cara y entonces instintivamente él se empieza a voltear y eso es lo que tú quieres. Su hermosa y musculosa espalda blanca. Ves su nuca. Metes el brazo con fuerza entre el mentón y el cuello. Tu brazo empieza a presionar las carótidas con todas tus fuerzas. Él lucha por su vida y por lo poco de aire que puede absorber aún. No le das chance. Sigues presionando mientras escuchas ruidos de muerte saliendo de su garganta y sientes la tensión de su cuerpo mientras todo acaba para él y para ti. Sabes que lo tienes y que solo es cuestión de tiempo para que el referee detenga la pelea o para que él se rinda dando palmaditas.

Es el tercer round y presionas un poco más…

El sentido

Sería interesante saber cuanto tiempo me queda de vida.

Mucha gente preferiría no saberlo. A mí me gustaría saber con exactitud cuándo, cómo y dónde todo terminará todo para mí. ¿Será en un par de años, en un par de meses, en un par de días, en un par de horas, en un par de décadas o en sesenta años más? ¿ Será en mi cama, en mi auto, en combate, en el hospital, en la calle o en la casa? ¿Será solo o acompañado? ¿Será con alguien que me quiere o sin nadie? ¿Será rodeado de amor o en el más duro de los olvidos?

Quizás el hecho mismo de saber puede aumentar el ímpetu que le pongamos a ciertas acciones, que de otro modo, quedarían sumergidas en la rutina o en el olvido. Si sabemos que el tiempo se acaba, nos volvemos menos ociosos y más egoístas. Yo vivo con el cronómetro (literalmente) en la mano, por eso soy un egoísta de mierda con mi tiempo, a veces.

Obviamente no conozco ni el día ni la hora en la que voy a dejar de existir. Pero tengo un Memento Mori tatuado en mi muñeca (que escondo con el reloj) que me recuerda que cada día que pasa, es un día menos. Que cada respiro que doy, es un suspiro que ya se fue para siempre. Que cada vez que acaricio a una persona o animal es una interacción menos con un ser vivo.

Al final la vida no tiene sentido (así creas lo contrario). O tiene, mejor dicho, el sentido que nos inventemos y que queramos darle. Algunos somos patriotas, otros religiosos, otros enamorados, otros padres y algunos somos una mezcla de todo eso. Algunos somos hinchas del fútbol, escritores, adictos al trabajo, adictos al sexo, o vemos en Trump y en su política ese sentido que tanto buscamos. Nosotros inventamos nuestro sentido o la pasamos buscándolo a lo largo de nuestra vida como Viktor Frankl en su obra El hombre en busca de sentido.

Muchas cosas han fluctuado en mi vida y muchas cosas diferentes le han dado sentido a mi existencia en una época u otra. A medida que crecí y me di cuenta que la vida es caos puro, deje de plantearme en buscarle el sentido a la vida y en su lugar, pase a darme sentido a mí mismo en el mundo.

Me di sentido haciendo lo que quiero y lo que me hace bien. Fotografiar y escribir me hacían bien desde que era un niño.

La fotografía la llevo muy cerca a mí todos los días. Todos los días tomo fotos. Todos los días edito fotos. Todos los días leo sobre fotografía. Además de mi trabajo de 9:00 a 17:00, la fotografía se vuelto para mí una herramienta que me permite mostrar como veo el mundo desde mi punto de vista.

Escribir me hacía bien hasta hace un tiempo. Lo dejé de hacer porque me di cuenta que no tenía mucho que decir. Toda la retórica de todas las ideas del mundo, está ya escrita. Este artículo, por ejemplo, no es más que un eco lejano de algunas de las miles de publicaciones parecidas, pertenecientes a miles de escritores que se vieron influenciados por miles de otros artículos leídos escritos por otros miles de escritores influenciados por otros… hasta la eternidad. O hasta que se inventó la escritura.

Pero, siguiendo la linea lógica de que nada tiene sentido en la vida y que debo de hacer lo que me gusta hacer siempre que pueda seguir haciéndolo, he decidido volver a escribir. No porque tenga mucho nuevo que decir. Sino, porque me es terapéutico y me ayuda a hacer catarsis. Míralo de esta manera: Si estás leyendo estas lineas, estás leyendo el jugo que sale de mi cerebro después de exprimirlo. Estás leyendo ideas que no puedo compartir con nadie porque nadie tiene la paciencia ni las ganas de escuchar peroratas pseudofilosóficas. Quizás no saques nada de ellas. Quizás aprendas algo. Quizás puedas ver que hay gente que piensa en el final de su vida a cada instante y aún así conservar el buen ánimo y la esperanza. Quizás llegues a pensar que soy un idiota más escribiendo tonterías. Puedes pensar lo que quieras. A mí no me importa.

A partir de ahora escribiré un artículo por semana por lo menos, sobre cualquier tema que me venga en gana. Supongo que podrás leer cada artículo por separado y en el orden que quieras.

Supongo también que puede que no leas nada y te importe un rábano gastar tu tiempo en estos artículos mediocres. Eso te lo dejo a ti. Yo me voy a poner a hacer lo mío.

La búsqueda de la felicidad.

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Nos han enseñado que merecemos ser felices. Que debemos ser felices. Que por alguna razón, nuestras vidas merecen llenarse de felicidad en algún momento. Y mientras más rápido mejor.

***

Supuestamente la felicidad es un destino al que todos debemos aspirar. La felicidad está ahí, a la vuelta de la esquina. Después de que compres el último modelo de auto. Después de consigas a la pareja ideal. Después de que tengas los abdominales que buscas. Después de que termines tu carrera. Después de que salgas de esa depresión usando esos antidepresivos. Después de que tengas hijos. Después que tus hijos se vayan y te quedes solo. Después de que te divorcies. Y un largo y eterno etcétera que varía de ser humano a ser humano.

No tengo porque mentirte amigo lector: Pero según mi experiencia la felicidad per se no existe como tal. La felicidad no es un lugar al que se llega. No siquiera un momento. La felicidad puede ser un poco de brisa en la cara. Puede ser un orgasmo intenso o puede ser tu hijo mirándote a los ojos y sonriendo. Puede ser cualquier cosa. Pero el común denominador es que es muy efímera.

Al universo le importa un rábano si somos felices o no.

El universo no nos debe nada. Ni nosotros le debemos nada a él. Nuestra existencia es un misterioso azar. Nosotros hemos sido inculcados con el concepto de la felicidad. Pero en macro. A nivel de la biológico, químico o físico, la felicidad suena a concepto de risa. Algo así como el concepto de Dios.

Vivimos en un planeta solitario girando alrededor de una estrella que forma parte del billón de estrellas que forman nuestra galaxia que es parte del billón de galaxias que nosotros conocemos. No somos más que unos primates inteligentes. Aunque por momento nos ahogamos en conceptos tan retorcidos e inútiles como el concepto de la felicidad. Nuestros antepasados no fueron felices. No tenían tiempo para eso. Tenían que sobrevivir. Tenían que matar. Tenían que cazar. Tenían que violar. Reproducirse. Defenderse. No tenían la suerte (buena o mala) de tener tanto tiempo libre como nosotros. No tenían el tiempo de inventar conceptos inútiles.

La felicidad es un concepto renacentista.

Cuando nuestras sociedades se comenzaron a industrializar, el concepto del bienestar común se impuso en las sociedades modernas. En el siglo XX el concepto de que el todo ser humano “merece” ser feliz se extendió como un hongo en los pies de un atleta. Y lo que nosotros tomamos como cierto hoy en día y lo solemos repetir con amigos. Cuando estamos borrachos. Con nuestras parejas. O donde demonios sea sobre que merecemos ser felices, no es más que un triste concepto moderno que no hace más que hacernos infelices. Más de lo que deberíamos ser.

El concepto de que debemos ser felices nos hace más infelices que nunca.

Es verdad. Si no creyeras en que debes ser feliz todo el tiempo, estarías más tranquilo. Menos estresado. Más concentrado en lo que tienes y debes de hacer.

Y por ende, y aunque parezca incongruente, serías más feliz.

Yo personalmente no creo en la felicidad. A veces digo: “Quisiera ser feliz…” Pero automáticamente me doy cuenta que no es más que una programación que tengo. Un concepto aprendido y  bastante dañino. Esa busqueda eterna de la felicidad y el no encontrarla a cada instante, es una de las fuentes más grandes de dolor a la que nos enferentamos como individuales y como sociedad.

Veo mi vida hasta el día de hoy y he tenido una vida rica en experiencias buenas y malas. He sido feliz en muchos instantes. He estado triste en muchos otros. Pero ponderando y resumiendo todo lo que he vivido puedo llegar a la conclusión de que no he sido feliz. Tampoco he sido infeliz. He tenido una excelente vida y punto.

Resumiendo:

No aspires a la felicidad. Aspira al momento feliz. A apreciar el instante en el que te encuentras. A lamer con más ganas ese helado de yogurt. A tener sexo con más ímpetu. A bailar esa pieza con más sentimiento. A vivir dándote cuenta que no “mereces” ser feliz. Y dandote cuenta que  si te sientes feliz todo el tiempo… Quizás seas ezquisofrénico.

Héroes y Villanos

De pronto me he encontrado en una situación en la que tomar fotografías de Brit Milah se ha convertido en una rutina para mí.

En este momento no tengo otra opción. No soy tan buen fotógrafo como para dedicarme a otra cosa. Solo me quedan las bodas, los Bar Mitzvah y los Brit Milah para hacerme conocido.

Tengo demasiadas ganas de aprender y para eso necesito practicar y practicar. Necesito eventos. Así en estos se les corte el prepucio a algunos niños por las puras.

Dolor. Ruido. Llanto. Lágrimas.

Eso es lo que veo y eso es lo que fotografío. Ese es mi día a día como fotógrafo.

Mi trabajo es prácticamente el un fotógrafo de guerra. Es casi casi el de un fotoperiodista al estilo Robert Capa. Aunque pensándolo mejor, es más bien, más sanguinario que eso.

Ver niños sangrando por el pene a los 8 días de nacidos no es muy simpático para nadie. Puede ser hasta igual de traumático que ver a alguien pisar una mina.

Aborrezco ver niños sangrando por culpa de la religión.

Odio la religión y odio que le corten cosas a los bebés. Pero tomo fotos. Las tomo con cariño. Pero lo hago más por documentar la crueldad. Como lo haría Lindsey Adario en Afganistán.

No tiene que gustarte lo que ves. Solo tienes que sentir que ese fragmento de segundo lo vas a dejar congelado para la posteridad. Para que nuestros futuros descendientes conozcan nuestras costumbres primitivas.


He estado en la guerra.

He servido en el ejército de Israel con gente a la cual le han cortado el prepucio. No fotografié en la guerra porque no sabía tomar fotos. No sabía siquiera sostener una cámara. Los teléfonos tenían cámaras de dos pixeles en aquellos años. Las guerras eran casi secretas.

Después de las Gopro ya no lo son.

Después de ISIS y los drones lo son aún menos.

Las guerras se han vuelto fotogénicas. Como un Brit Milah.

Las guerras y los Brit Milah son dos cosas que seguimos haciendo meméticamente y estúpidamente.

Hay gente que dirá que las guerras se hacen por intereses. Y que en las guerras siempre alguien hace dinero. Puede ser, pero hay mejores maneras de hacer dinero hoy en día.

Miren a Bill Gates o a Mark Zuckerberg.

No tienes que matar cientos de miles de personas para ganar unos chavos.

No tienes que usar gas sarín en poblaciones civiles para comprarte el piso que quieres frente al Central Park.

Solo tienes que generar ideas. Solo tienes que practicar hasta hacerte muy bueno en algo.

Como yo documentando Brit Milah’s. Odiando cómo amputan a un recién nacido pero haciéndolo parecer bonito.

Como en una película de guerra.

En la que hay héroes muy pero muy buenos y villanos muy pero muy malos.

Y a todos les gusta eso.

Tengo 36 años

Auto retrato con risa falsa. Blanco y negro de alto contraste. Y barba de fidel Castro

No he escrito nada por mi cumpleaños.

Suelo hacerlo casi todos los años. Este 2017 me atrasé mucho.

Nací un nueve de Febrero de 1981. Estamos a 03 de Marzo del 2017. Tengo 36 años y 23 días. 

¿Qué he aprendido hasta ahora? 

Pues que la vida es más corta de lo que creemos.

He aprendido a valorar las cosas desde que era un niño,y a los 36, además de las cosas, he aprendido a valorar el tiempo.

El tiempo pasa rápido.

He aprendido que soy un arcoiris. Sé que es una frase gay. Pero lo soy. Aparecí un día y en un instante ya no estaré presente. Soy efímero.

He pasado unas cuantas guerras. Vivo en un lugar en el que la vida gana nuevas formas de perspectiva. El tiempo se me va. El café se me enfría.

A mis 36 amo el café. Cómo siempre.

A mis 36 he entendido que nadie es perfecto. Que todos somos humanos. Y que todos nos equivocamos sin excepción.

A mis 36 he aprendido que la realidad no es una. Sino que cada uno de nosotros percibe las cosas de manera distinta. Lo que es bueno para mí no lo es para mi vecino. Hay algunas personas que sienten placer viendo a Trump de presidente. Hay otros que sienten una abominación semejante a la que sentirían si vieran a Hitler entrar en la casa blanca.

A mi ya no me importa esas cosas.

A mis 36 he aprendido que nada en la política importa. La política es un circo mediático y nada más . Vemos solo lo que quieren que veamos. Me importaría un rábano si Stalin vuelve de los muertos y derroca a Putin. Me importa un pepino que Trump sea presidente.

Los presidentes nunca han servido para mucho. En ningún lugar. Hay fuerzas mucho más fuertes que ellos que controlan y balancean las cosas. La mano negra existe y se llama dinero.

A mis 36 me gusta el chocolate mucho más que antes. Me comí mil Sublimes cuando visité Lima en el 2016. Soy un adicto y lo acepto.

A mis 36 conozco mi cuerpo mucho más. Sé hasta donde exigirme. Pero lo más importante es que sé cuando debo parar y así evitar las lesiones que me torturaban una vez al mes.

A mis 36 he descubierto que el amor cambia. No se destruye. Solo se transforma. Algo así como la materia.

A mis 36 me he dado cuenta que puedo escribir mejor porque mis ideas se asientan con mayor facilidad. Todo en mí se asienta con mayor claridad. La relación vejez/sabiduría parece ser bastante cierta.

A mis 36 fotografío mucho mejor. Lo hago más enserio que nunca. Capturo sin vergüenza todos los días algo o alguien que me llama la atención. Las fórmulas de distancia focal me excitan más que nunca.

A mis 36 lo que más he aprendido es que me falta mucho por aprender. He conocido gente maravillosa pero me faltan muchas más  por conocer. He visto también cosas feas. Y he olido la felicidad en el aire. Le he mentido a unos roboticos policías polacos. Le he pagado coimas a unos gordos policías peruanos. Y recibido una advertencia a gritos de unos viejos policías israelíes.

A mis 36 sé que no sé nada. Y estoy seguro de que lo mejor aún está por llegar.