La búsqueda de la felicidad.

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Nos han enseñado que merecemos ser felices. Que debemos ser felices. Que por alguna razón, nuestras vidas merecen llenarse de felicidad en algún momento. Y mientras más rápido mejor.

***

Supuestamente la felicidad es un destino al que todos debemos aspirar. La felicidad está ahí, a la vuelta de la esquina. Después de que compres el último modelo de auto. Después de consigas a la pareja ideal. Después de que tengas los abdominales que buscas. Después de que termines tu carrera. Después de que salgas de esa depresión usando esos antidepresivos. Después de que tengas hijos. Después que tus hijos se vayan y te quedes solo. Después de que te divorcies. Y un largo y eterno etcétera que varía de ser humano a ser humano.

No tengo porque mentirte amigo lector: Pero según mi experiencia la felicidad per se no existe como tal. La felicidad no es un lugar al que se llega. No siquiera un momento. La felicidad puede ser un poco de brisa en la cara. Puede ser un orgasmo intenso o puede ser tu hijo mirándote a los ojos y sonriendo. Puede ser cualquier cosa. Pero el común denominador es que es muy efímera.

Al universo le importa un rábano si somos felices o no.

El universo no nos debe nada. Ni nosotros le debemos nada a él. Nuestra existencia es un misterioso azar. Nosotros hemos sido inculcados con el concepto de la felicidad. Pero en macro. A nivel de la biológico, químico o físico, la felicidad suena a concepto de risa. Algo así como el concepto de Dios.

Vivimos en un planeta solitario girando alrededor de una estrella que forma parte del billón de estrellas que forman nuestra galaxia que es parte del billón de galaxias que nosotros conocemos. No somos más que unos primates inteligentes. Aunque por momento nos ahogamos en conceptos tan retorcidos e inútiles como el concepto de la felicidad. Nuestros antepasados no fueron felices. No tenían tiempo para eso. Tenían que sobrevivir. Tenían que matar. Tenían que cazar. Tenían que violar. Reproducirse. Defenderse. No tenían la suerte (buena o mala) de tener tanto tiempo libre como nosotros. No tenían el tiempo de inventar conceptos inútiles.

La felicidad es un concepto renacentista.

Cuando nuestras sociedades se comenzaron a industrializar, el concepto del bienestar común se impuso en las sociedades modernas. En el siglo XX el concepto de que el todo ser humano “merece” ser feliz se extendió como un hongo en los pies de un atleta. Y lo que nosotros tomamos como cierto hoy en día y lo solemos repetir con amigos. Cuando estamos borrachos. Con nuestras parejas. O donde demonios sea sobre que merecemos ser felices, no es más que un triste concepto moderno que no hace más que hacernos infelices. Más de lo que deberíamos ser.

El concepto de que debemos ser felices nos hace más infelices que nunca.

Es verdad. Si no creyeras en que debes ser feliz todo el tiempo, estarías más tranquilo. Menos estresado. Más concentrado en lo que tienes y debes de hacer.

Y por ende, y aunque parezca incongruente, serías más feliz.

Yo personalmente no creo en la felicidad. A veces digo: “Quisiera ser feliz…” Pero automáticamente me doy cuenta que no es más que una programación que tengo. Un concepto aprendido y  bastante dañino. Esa busqueda eterna de la felicidad y el no encontrarla a cada instante, es una de las fuentes más grandes de dolor a la que nos enferentamos como individuales y como sociedad.

Veo mi vida hasta el día de hoy y he tenido una vida rica en experiencias buenas y malas. He sido feliz en muchos instantes. He estado triste en muchos otros. Pero ponderando y resumiendo todo lo que he vivido puedo llegar a la conclusión de que no he sido feliz. Tampoco he sido infeliz. He tenido una excelente vida y punto.

Resumiendo:

No aspires a la felicidad. Aspira al momento feliz. A apreciar el instante en el que te encuentras. A lamer con más ganas ese helado de yogurt. A tener sexo con más ímpetu. A bailar esa pieza con más sentimiento. A vivir dándote cuenta que no “mereces” ser feliz. Y dandote cuenta que  si te sientes feliz todo el tiempo… Quizás seas ezquisofrénico.

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Héroes y Villanos

De pronto me he encontrado en una situación en la que tomar fotografías de Brit Milah se ha convertido en una rutina para mí.

En este momento no tengo otra opción. No soy tan buen fotógrafo como para dedicarme a otra cosa. Solo me quedan las bodas, los Bar Mitzvah y los Brit Milah para hacerme conocido.

Tengo demasiadas ganas de aprender y para eso necesito practicar y practicar. Necesito eventos. Así en estos se les corte el prepucio a algunos niños por las puras.

Dolor. Ruido. Llanto. Lágrimas.

Eso es lo que veo y eso es lo que fotografío. Ese es mi día a día como fotógrafo.

Mi trabajo es prácticamente el un fotógrafo de guerra. Es casi casi el de un fotoperiodista al estilo Robert Capa. Aunque pensándolo mejor, es más bien, más sanguinario que eso.

Ver niños sangrando por el pene a los 8 días de nacidos no es muy simpático para nadie. Puede ser hasta igual de traumático que ver a alguien pisar una mina.

Aborrezco ver niños sangrando por culpa de la religión.

Odio la religión y odio que le corten cosas a los bebés. Pero tomo fotos. Las tomo con cariño. Pero lo hago más por documentar la crueldad. Como lo haría Lindsey Adario en Afganistán.

No tiene que gustarte lo que ves. Solo tienes que sentir que ese fragmento de segundo lo vas a dejar congelado para la posteridad. Para que nuestros futuros descendientes conozcan nuestras costumbres primitivas.


He estado en la guerra.

He servido en el ejército de Israel con gente a la cual le han cortado el prepucio. No fotografié en la guerra porque no sabía tomar fotos. No sabía siquiera sostener una cámara. Los teléfonos tenían cámaras de dos pixeles en aquellos años. Las guerras eran casi secretas.

Después de las Gopro ya no lo son.

Después de ISIS y los drones lo son aún menos.

Las guerras se han vuelto fotogénicas. Como un Brit Milah.

Las guerras y los Brit Milah son dos cosas que seguimos haciendo meméticamente y estúpidamente.

Hay gente que dirá que las guerras se hacen por intereses. Y que en las guerras siempre alguien hace dinero. Puede ser, pero hay mejores maneras de hacer dinero hoy en día.

Miren a Bill Gates o a Mark Zuckerberg.

No tienes que matar cientos de miles de personas para ganar unos chavos.

No tienes que usar gas sarín en poblaciones civiles para comprarte el piso que quieres frente al Central Park.

Solo tienes que generar ideas. Solo tienes que practicar hasta hacerte muy bueno en algo.

Como yo documentando Brit Milah’s. Odiando cómo amputan a un recién nacido pero haciéndolo parecer bonito.

Como en una película de guerra.

En la que hay héroes muy pero muy buenos y villanos muy pero muy malos.

Y a todos les gusta eso.

Tengo 36 años

Auto retrato con risa falsa. Blanco y negro de alto contraste. Y barba de fidel Castro

No he escrito nada por mi cumpleaños.

Suelo hacerlo casi todos los años. Este 2017 me atrasé mucho.

Nací un nueve de Febrero de 1981. Estamos a 03 de Marzo del 2017. Tengo 36 años y 23 días. 

¿Qué he aprendido hasta ahora? 

Pues que la vida es más corta de lo que creemos.

He aprendido a valorar las cosas desde que era un niño,y a los 36, además de las cosas, he aprendido a valorar el tiempo.

El tiempo pasa rápido.

He aprendido que soy un arcoiris. Sé que es una frase gay. Pero lo soy. Aparecí un día y en un instante ya no estaré presente. Soy efímero.

He pasado unas cuantas guerras. Vivo en un lugar en el que la vida gana nuevas formas de perspectiva. El tiempo se me va. El café se me enfría.

A mis 36 amo el café. Cómo siempre.

A mis 36 he entendido que nadie es perfecto. Que todos somos humanos. Y que todos nos equivocamos sin excepción.

A mis 36 he aprendido que la realidad no es una. Sino que cada uno de nosotros percibe las cosas de manera distinta. Lo que es bueno para mí no lo es para mi vecino. Hay algunas personas que sienten placer viendo a Trump de presidente. Hay otros que sienten una abominación semejante a la que sentirían si vieran a Hitler entrar en la casa blanca.

A mi ya no me importa esas cosas.

A mis 36 he aprendido que nada en la política importa. La política es un circo mediático y nada más . Vemos solo lo que quieren que veamos. Me importaría un rábano si Stalin vuelve de los muertos y derroca a Putin. Me importa un pepino que Trump sea presidente.

Los presidentes nunca han servido para mucho. En ningún lugar. Hay fuerzas mucho más fuertes que ellos que controlan y balancean las cosas. La mano negra existe y se llama dinero.

A mis 36 me gusta el chocolate mucho más que antes. Me comí mil Sublimes cuando visité Lima en el 2016. Soy un adicto y lo acepto.

A mis 36 conozco mi cuerpo mucho más. Sé hasta donde exigirme. Pero lo más importante es que sé cuando debo parar y así evitar las lesiones que me torturaban una vez al mes.

A mis 36 he descubierto que el amor cambia. No se destruye. Solo se transforma. Algo así como la materia.

A mis 36 me he dado cuenta que puedo escribir mejor porque mis ideas se asientan con mayor facilidad. Todo en mí se asienta con mayor claridad. La relación vejez/sabiduría parece ser bastante cierta.

A mis 36 fotografío mucho mejor. Lo hago más enserio que nunca. Capturo sin vergüenza todos los días algo o alguien que me llama la atención. Las fórmulas de distancia focal me excitan más que nunca.

A mis 36 lo que más he aprendido es que me falta mucho por aprender. He conocido gente maravillosa pero me faltan muchas más  por conocer. He visto también cosas feas. Y he olido la felicidad en el aire. Le he mentido a unos roboticos policías polacos. Le he pagado coimas a unos gordos policías peruanos. Y recibido una advertencia a gritos de unos viejos policías israelíes.

A mis 36 sé que no sé nada. Y estoy seguro de que lo mejor aún está por llegar.

La vida en este año. 


Hace un año exactamente me resbalé en la ducha.

Era el 19 de Febrero del 2016.

Eran la 12:45 del medio día.

Después de varios días sintiendo que algo no andaba bien en mi cuerpo, entendí y acepté que yo no estaba bien.

Mi sistema nervioso estaba enfermo. Mis brazos y mis piernas de pronto perdieron su capacidad de respuesta.

Más tarde me enteraría que estaba enfermo de Guillain Barre-Miller Fisher. Pero en ese momento aún no lo sabia. No sabía nada salvo que los cubiertos se me caían de las manos y que me era extremadamente difícil cambiar la emisoras de la radio en el auto.

La caída en la ducha hizo que entienda que ya ni si quiera podía mantenerme en pie sin agarrarme. Y que mentirme a mi mismo y repetirme que esto no me está pasando a mí, no iba a solucionar ningún problema.

Cuando de pronto no puedes agarrar cosas o cuando de pronto ya no puedes caminar. Lo único que te importa en esta vida es volver a hacerlo.

No te importa más el dinero.

No te importa más el verte bien.

No te importa hacer un deadlift de 190 kg.

Solo quieres caminar.

Solo quieres amarrarte los pasadores. Sin que los dedos se te enreden. Sin que tengas que esforzarte un mundo en pegar el índice al pulgar.

Solo quieres ir al baño solo y sin ayuda. Sin tener que pasar vergüenza. Sin sentirte un impedido.

Yo solo quería estar como antes. Hasta hubiese aceptado estar peor que antes pero al menos hubiese querido caminar bien. Sin miedo a caerme. Sin sentir la ataxia en mis piernas y brazos.

Sin sentir tanto puto miedo.

Han pasado un año y siete días desde que me internaron en el ala de neurología del hospital de Tel Aviv.

Y ayer conocí a un bebe. El hijo de unos entrañables amigos . Nació hace unos días en el mismo hospital en el que yo estuve internado y en el que un enfermero árabe me ayudaba a ir al baño y luego me limpiaba el culo.

La vida es así. No se detiene. Unos nos enfermamos y salimos de eso. Otros nos enfermamos y ya no salimos a ningún lado. Otros nacen abriéndose campo en este mundo con un gran grito. Otros sencilla y llanamente no llegan a nacer.

Ahora al bebe le van a limpiar el culo. Al menos por unos cuantos años.

Yo ya me lo sé limpiar de nuevo. Gracias al cielo.

Un circo.

La vida es una tragicomedia multicolor y una mezcla de vivencias hermosas y de desastres.

La vida es un borrador de sí misma como decía Milán Kundera.

La vida es un bebe recién  nacido.  La vida es esperanza. Pero para mí, también es desapego. 

La vida es eso. Vida. Y continuará fluyendo  hasta que termine. 

¿Rezar? 

Norte de Israel. Enero del 2017

¿La inmensidad del secreto que nos rodea?

¿El big bang?

¿La idea de que la realidad de nuestro universo es tan inmensa y tan compleja que nuestro cerebro no la puede procesar?

Todo eso se me paso por la cabeza cuando un grupo de personas que no conozco me invitaron a rezar con ellos.

Tengo una sinagoga frente a casa.

En el judaísmo se necesitan 10 hombres juntos rezando al mismo tiempo para que Dios escuche.

Las mujeres no cuentan. Son mantequilla. 

Ellos eran nueve. Y con nueve no vale.

Necesitaban uno más. Me necesitaban a mí.

Les dije que no sin asco. Les dije que no, a pesar que me lo pidieron con una buena sonrisa en los labios.

Les dije que no y me volteé y me fui sin remordimiento. Porque no le puedo rezar a la nada. No entiendo siquiera el verdadero significado del verbo rezar.

Rezar es:

¿Comunicarme con el big bang?

¿Ser como Mathew McConaughey  en Interstellar?

¿Unir mis energías a las del infinito del cual soy parte?

No creo que nadie me esté escuchando del otro lado de la línea. No puedo rezarle a las estrellas y a los agujeros negros. Dios a muerto, lo dijo Nietzche. Si aún estaba vivo el 2016, ha muerto de un infarto después de que Trump ganó las elecciones. Yo no he muerto. Yo estoy vivo y no creo en los cuentos. Ni en los muertos.

No puedo rezar. De la misma manera que no creo que los renos de Santa Claus caminen sobre polvo de estrellas los 24 de Diciembre en la noche.

No podrían depositar tantos regalos tan rápido. No es que tengan turbo.

No puedo rezar porque me da risa, vergüenza y pena al mismo tiempo.

Hace unos años quemaban a gente como yo.

Hace unos años el ser hereje te mandaba directo a la hoguera. A este punto de mi vida y después de todo lo que he dicho sobre la religión, ya tendría un buen bronceado.

Hoy me volteé rápidamente después de que los hombres sonrientes me llamaron. Sin remordimientos. Sin pena. Sin gloria. Sintiéndome bien conmigo mismo.

Siendo casi feliz sabiendo que después de mi último día en este mundo no habrá nada más  que la eternidad sin mí.

En la repetición está el gusto. 

Hace unos años me encontré con el ex presidente Toledo y le meé encima.
Escribí una crónica sobre eso en su momento. Una crónica que nadie leyó pero que al menos documentaba un día surrealista a orillas del mediterráneo.

Aquel día Toledo me pareció más enano y más feo de lo que se veía en la televisión. Aunque Elaine se veía bastante bien. Los dos hacían una pareja dispareja. Lo dos estaban en el mar. Ella con bikini y él enseñando sus rollitos y sus piernas flacas.

Unos minutos antes de encontrarme con Toledo,  habíamos estado en un concierto en la playa. Un concierto a cargo del grupo israelí de moda. Dafna estaba muy borracha. Yo también. Había mucha gente joven. Habían muchas drogas corriendo de mano en mano. La brisa marina se mezclaba con el olor de la marihuana y nosotros eramos felices.

Terminó el concierto y Dafna se fue a mear al mar. Al mejor estilo peruano. Yo me quedé mirando a una bartender que tenía un tatuaje en el hombro y tenía unos implantes impresionantes y morbosos en los senos.

Yo sonreía como un estúpido mientras la fotografiaba. Ella se hacia la cool. 

Unos minutos después Dafna regresó emocionadísima.¡He visto a Toledo! , me dijo. Y está con Eliane. Se están bañando en el mar. 

No pude perderme aquel espectáculo. 

Dejé a Dafna ahí tambaleándose y corrí hacia el mar turquesa.

Entre los bañistas busqué al más bajo y al más feo de todos. Y ahí lo vi. El ex presidente. El del Jhony Walker etiqueta azul. El de la las chicas en las Suites de Barranco. El de Lady Bardales. El papá de Zarai. Ahí. En el vaivén de las olas.

Señor presidente  le dije.

Volteó medio dudando y me clavó la mirada como diciendo ¿ Y tú quien chucha eres? 

Pero atinó a decir:  ¿ Con quién tengo el gusto? .

Le dije que era el capitán del ejercito Mario Jimenez. Y que trabajaba como ayudante del agregado militar de Perú en Israel.

Me sonrió y me dijó que estaba en Israel porque a él y a Eliane los habían invitado al cumpleaños del eternísimo ex presidente de Israel,  Simon Peres.

Se notaba que Alejandro estaba tan o más sazonado que yo. 

Sonrió con esa sonrisa de cuan importante soy.  Y me tendió la mano para despedirse. 

No tuve más que decirle. Salvo desearle buena suerte. Mientras lo daba la mano no pude aguantar la oportunidad de mearme en el mar junto a él y a su mujer. Siempre he sido un subversivo a mi manera. Así que relaje la vejiga y los ojos se me pusieron vidriosos mientras le daba la mano al ex presidente del Perú.

Hoy me sacaron dos muelas. Soy un puerco. Una vida de cuidarme los dientes mal,  me pasó factura. 

Pensaba,  hasta hace un rato,  que tuve un mal día. Puedo comer solo yogur y helados. La dieta que me espera a mis 90 años de edad. En fin, decía que pensaba que estaba teniendo un mal día. Lo pensaba hasta que vi que Alejandro Toledo, el ex presidente, está en un avión rumbo a Israel. Pobre diablo, pensé. Luego leí en los periódicos israelíes que el gobierno no lo dejaría entrar al país hasta que no salde sus cuentas con la justicia peruana.

No más whiskies a orillas del mediterráneo al parecer.

Me sentí bastante mejor con respecto a mi boca adolorida…

Pero el destino es misterioso y si llega a entrar y por alguna razón se queda asilado en este país, no se preocupen consternados compatriotas. Le mearé encima de nuevo.

Ya lo hice una vez. Aunque sé que ahora lo disfrutaría mucho más,  porque como dicen por ahí: En la repetición está el gusto… 

Todos somos iguales

Tel Aviv, Febrero del 2016

Le pedí tomarle una foto. Me dijo que no. Le pedí a su amigo lo mismo. Él me dijo que sí. Levanté la cámara y apunté. El africano se enojó y me dijo que no le apunte la cámara. En ese momento tiré la foto.

Luego le dije que no le tomaría la foto a él. Que solo le tomaría la foto a su amigo. Un segundo después le tomé la foto al polaco solo.

Tel Aviv, Febrero del 2016

El africano me preguntó por qué quería fotografiarlo. Le dije que me parecía guapo y que junto con el polaco hacían un buen contraste. El africano me sonrió y me mostró sus encías sin dientes. Me dijo que seguramente quería fotografiarlo porque soy policía. Le dije que no soy policía.

¿ Y por qué me quieres fotografiar entonces. Yo que soy un africano feo?

Porque eres bonito a tu manera. Le dije.

Soy bonito porque estoy con mi amigo polaco. Soy africano y el es polaco y bebemos juntos y somos amigos y yo lo quiero mucho…

El polaco hizo un gesto con los ojos como asintiendo.

Yo le dije al africano que yo soy sudamericano. Que soy de Perú. Y que es raro para mí tomarle fotos a un africano y aún polaco juntos en Israel.

Todos somos iguales, me dijo.

¿Perú es en Brasil?

No, Perú es al lado. Le dije. 

Estamos un africano, un peruano y un polaco en un mercado de Israel. Dos de ellos están borrachos. Uno es fotógrafo callejero.

Todos sonreímos  al final…