Archivo de la etiqueta: acrofobia

Anda a saltar en paracaídas

 

Ejercicio conjunto de fuerzas combinadas en la península de Sinai en Egipto. Paracaidístas de 20 países se dedicaron a hacer sucesivos saltos militares…

Todos tenemos miedo. Miedo a los años. Miedo a la vejez. Miedo a la enfermedad. Miedo al que diran. Miedo al mañana. Miedo a lo desconocido. Miedo a la complejidad de la vida. Pero todos y cada uno de esos miedos se pueden y se deben vencer. Cada vez que se me cruza un nuevo miedo por el camino, lo primero que hago es detectarlo y luego lo agarro de los cojones. No le doy demasiado tiempo de vida (no lo dejo crecer) y trato de dominarlo. Al fin y al cabo he saltado de un avión en movimiento más de una vez.

Hay momentos de inmenso aprendizaje.

Si tenemos bien abiertos los oídos y los ojos, solemos aprender mucho en cada instante de la vida. Pero cuando me refiero que hay momentos de inmenso aprendizaje, quiero decir que hay situaciones, tiempos, actividades que nos instruyen mucho más en mucho menos tiempo. Una de esas épocas para mí, fue cuando estuve en el entrenamiento avanzado de infantería en el ejército de Israel.

Está demás contarte todo lo que aprendí ahí. Salvo decirte la más valiosa de las lecciones que saque:

Puedo hacer todo lo que me proponga.

Creo que hasta que me vi parado frente a la puerta de un avión del cual debía saltar al vacío, se podría decir que no era de las personas que confiaran demasiado en sí mismos. Era más bien bastante desconfiado de mí. Sentía y sabía que cada vez que me habia propuesto algo no lo había llevado a buen puerto. No lo había concluido. No lo había materializado como debía.

Pero ahí estaba el vacío. Ahí estaba el avión y ahí estaba yo. Y en un instante me encontré enfrentándome a la madre de todas mis fobias (mi miedo a la altura) y mientras el viento me removía los párpados y los motores del Hércules me ensordecian hasta atontarme, dí el paso… Un mil, dos mil, tres mil, cuatro mil: Paracaídas en mi cabeza. El silencio. El avión volando, ya, a lo lejos. Más paracaidístas saliendo de sus entrañas. El sol en el desierto. El mar reflejando el cielo. La tierra que se acerca despacio, muy despacio. La adrenalina que me empuja a gritar de emoción, después de hacer lo que nunca pensé hacer. Mis botas marrones colgando al vacío. Mi vida se transformó en aquel instante…

Si podía salir eyectado de un avión a las seis y media de la mañana a cuatrocientos kilómetros por hora, podría hacer cualquier cosa. Lo supe inmediatamente. Fui consciente de eso por primera vez en mi vida y lo sigo siendo hoy.

Sé que quizás no le tengas miedo a la altura y que para ti saltar desde un avión en movimiento sea cosa de niños. Pero, para mí, hacerlo fue uno de los hitos en mi existencia. Significó enfrentarme al más grande de mis temores y vencerlo. Todos le tenemos miedo a algo. Yo tuve la oportunidad de derrotar al mayor de mis miedos, después de haberlo visto a los ojos, después de haberlo saboreado, después de haber casi no dormido la noche anterior pensando en lo que me deparaba la mañana siguiente. Y después de haber sufrido gracias a él, toda mi vida.

Después de muchos saltos más, puedo decirte que le sigo teniendo un miedo terrorífico a la altura. Eso no ha cambiado en absoluto. Pero lo que sí ha cambiado es que ahora confío mucho más en mí. En que sé como voy a reaccionar en determinada circunstancia. En que además de los factores externos a los que me vea expuestos, gran parte de mi éxito o mi fracaso en una u otra empresa, lo debo netamente a lo que yo haga. A lo que yo ponga y a la cantidad de recursos propios que dedique.

En aquella época aprendí a confiar en mí. A confiar en la persona que soy. Aprendí que, al igual que muchas otras personas, soy capaz de hacer cosas increíbles.

Para vencer a tus miedos, lo primero que puedes hacer (es lo que sirvió para mí) es coger al miedo más grande que tengas y comértelo. Una vez que lo hayas hecho, el resto es pan comido. Sé que suena simplista. Pero es así de simple. El peor de los miedos siempre es el más difícil de vencer pero una vez que lo hayas vencido vas a sentir que nada puede contigo. El resto de miedos son cachorros de lobo una vez que hayas matado al mismo.

Recapitulando:

  • Reconoce al más grande de tus miedos.
  • Sal a enfrentarlo.

Ejemplos:

  • Tienes miedo a la altura? Regalate  un salto en paracaídas o en parapente.
  • Tienes miedo a hablar en público? Levántate y habla delante de todos así se te seque la garganta.
  • Tienes miedo de hablarle a las chicas? Hablales y ya.

Créeme que en todos estos casos es muy poco probable que te pase algo malo. Y eso es lo que tenemos que entender. Nuestro miedo existe porque estamos predispuestos de manera negativa a lo que nos vaya a suceder después de hacer la actividad a la cual le tenemos miedo. En otras palabras, nuestro miedo es una idea bastante ilusoria de lo que podría sucedernos en caso hagamos tal o cual actividad.

En el caso del salto en paracaídas. Piensas que este no se va a abrir cuando las pruebas y las estadísticas dicen que es más seguro saltar en paracaídas que caminar por la ciudad de Lima.

En el caso de hablar en público. Lo máximo que puede pasar ese que alguien bostece en tu discurso.

En el caso de las chicas. Créeme que van a tomar mucho mejor que les hables a que no lo hagas.

Utilice estos tres ejemplos porque precisamente el no poder hablar en público o no ser muy social con el sexo opuesto eran unos de mis miedos más arraigados. Pero como ya te conté antes. Una vez que me comí al mayor de todos, el restos se fueron cayendo por su propio peso.

Mi consejo es:

Sáltale a los miedos a la yugular. 

No lo hagas de a poquitos, como en otras cosas o hábitos que hemos aprendido. A los miedos hay que atacarlos rápido y sin pensar demasiado. Estrategia de la guerra relámpago. No por etapas, no despacito. Una bomba nuclear directo al corazón y punto.

Así que si eres como yo que no podía subir a un tercer piso sin sentir vértigo, te recomiendo encarecidamente que te vayas a saltar en paracaídas.

Ni te imaginas como te va a cambiar la vida.

Anuncios

Fobias de antaño II: Miedo a la altura (2)

Primer salto

Era noviembre y el clima empezó a cambiar. Los vientos aumentaron. Las nubes comenzaron a poblar un poco más los cielos. Un Viernes se  nos avisó que preparemos todo nuestro equipo y que saldríamos el Domingo temprano para la escuela de paracaidismo. Esas últimas cuarenta y ocho horas en la base de entrenamiento las pasé muy nervioso. Habían pasado cuatro meses desde que estaba en la unidad de paracaidismo y lo que había visto hasta entonces era montes, más montes, caminatas, mucho peso, explosiones, granadas, lanzagranadas, más montes, pista de combate, más pista de combate, disparos, muchos disparos, curso de Krav Maga, más montes, más kilómetros de caminata, poco sueño, un poco más de caminatas, un poco más de peso y para variar: montes.

Sabía que el curso de paracaidismo llegaría en algún momento. Y ahora, que quedaban solo cuarenta y ocho horas para que comenzase  me sentía, sencilla y llanamente, aterrado. La noche del sábado  me acerqué a mi Sargento mientras pensaba como decirle  que no podría presentarme a la escuela de salto al día siguiente porque tenía un grado altísimo de acrofobia que no permitiría que me desenvuelva de manera normal, ni siquiera, en los simuladores de salto y menos en un avión con las puertas abiertas volando a mil doscientos metros sobre el suelo. Me acerqué temeroso y le conté como me sentía. Y me respondió con un tajante: “Todos tienen miedo…” se dio la vuelta y se fue. Me dejó parado en medio de una emplanada bajo un cielo desértico, estrellado y frió pensando en que iría al curso y haría el ridículo.

En la escuela de paracaidismo, no solo se les enseñaba a los soldados de élite el arte del salto libre y el salto asistido. Habían unidades de ingenieros que hacían cursos en como soltar en paracaídas tanques y repuestos de los mismos, habían unidades de comandos marinos que aprendían como saltar con el zodiac desde un avión a mil quinientos metros y caer en el mar con el motor encendido listos para hacer lo que tuvieran que hacer. Había un gran movimiento en aquella base. Había una zona central donde se encontraban los simuladores de salto. Cada uno tenía un nombre y siguiendo el clásico humor negro israelí estaban bautizados como: Himmler, Eichmann, Mengele y por supuesto: Adolf…

El curso duraría tres semanas, en las cuales haríamos seis saltos. Dos serían en el día y cuatro en la noche. Los simuladores estaban diseñados de tal manera que si terminábamos  por ejemplo con Himmler, que era el más pequeño (una torre que tenia tres metros de alto) podíamos pasar al Eichmann que era mas grande y rozaba los 10 metros de alto. Suena poco al hablar de tres o diez metros, pero la verdad es que saltar desde diez metros de altura fue un poco difícil hasta para el más avezado del grupo. Mengele fue fácil, era un simulador de caída. Te agarrabas fuerte de un haza y te deslizabas por un cable como Indiana Jones y al final del mismo debías de soltarte y rodar por el piso de la manera en la que te habían enseñado a aterrizar. Por supuesto que Adolf fue el peor de todos. Adolf era una torre de veinte metros de altura, en la cúspide de la misma no había más espacio que para un solo soldado en pie. Lo que debías hacer era dar un paso al vacío y punto. Un juego de poleas se encargaban de aguantar la caída y prácticamente te frenabas a los cinco metros antes de pegar en el piso. Mientras veía como mis compañeros subían uno tras otro al Adolf tomé la inmoral decisión de evadirme de él. Gracias a que soy Acuario  y que el preciso día que me tocaba saltar del Adolf todos los astros estaban conjugados a mi favor no llamaron a los soldados en orden alfabético. Formamos una larga fila e íbamos subiendo uno a uno por orden de llegada. Obviamente me acomodé entre los últimos mientras maquinaba como salirme de ahí sin que nadie se diera cuenta.  Le dije a uno de los instructores que tenía que ir al baño y puse mucha cara de dolor.  El instructor me dijo que me apurase que pronto seria mi turno. Corrí a los baños y me lavé la cara, me senté en uno de los toilets, cerré la puerta y esperé. Quince minutos después regresé a la fila y busque a otro instructor. A uno que apuntaba los nombres de los que ya habían saltado. Me acerqué y le di mi nombre. Me miró y me preguntó si había saltado. Le señale al Adolf (haciéndome el que no entendía mucho el hebreo, en otras palabras haciéndome el huevón) y asentí con la cabeza como un cavernícola.   El plan no podía ser mejor. Si se acercaban para decirme que porque me estaba poniendo en la lista de los que ya habían saltado. Solo diría en un hebreo masticadísimo que pensaba que era la lista de los que debían de saltar. Que eso era lo que yo había entendido. Al final nadie se dio cuenta de la trampa, salvo un amigo mío  que al día siguiente me dijo: “¿Casaretto como vas a hacer en el avión…?” Tenia razón, me había librado del Adolf que tenía veinte metros de altura. En dos días más saltaría desde un Hércules viajando a 600km por hora a 1200 metros sobre las cálidas dunas de Israel…

La mañana del primer salto estaba tan aterrado que no recuerdo haber hablado con nadie. Nos llevaron en fila al almacén de paracaídas donde cada uno de nosotros recibió uno principal y uno de reserva. Los dos estaban guardados en una bolsa verde que tenía un número. El mío era el 4656, jamás me olvidaré de él. Después de recolectar el equipo nos llevaron a la pista de aterrizaje donde estaba ya el Hércules con los motores encendidos y las aspas girando. La rampa trasera estaba abierta como la boca de una ballena en la cual me metería en unos minutos. En la pista los instructores nos pusieron los paracaídas y nos ajustaron los arneses de la manera más profesional posible. El paracaídas de reserva me oprimía el pecho y por lo tanto sentía bastante bien como me latía el corazón. Subimos la rampa del avión en dos filas. Una a la izquierda y la otra a la derecha. Yo iba en la derecha y saltaríamos según el orden de subida. El que subió primero en el lado derecho sería el primero en saltar por la puerta derecha del avión. Yo era el cuarto del lado derecho.

La rampa se cerró y el avión empezó a moverse. Le tomaría quince minutos llegar a la zona de salto. Estábamos sentados, los de la puerta derecha mirando a los de la izquierda y viceversa. No habían palabras, nadie decía ni ah. Los instructores hacían bromas de las que nadie se reía y hasta cantaban canciones de guerra que nadie seguía. Al lado de las puertas (que aún estaban cerradas) habían dos luces una roja y una verde. Al encenderse la roja las puertas se abrirían, a partir de ahí toda la comunicación sería por medio de señas, todos los soldados se pondrían de pie y se dirigirían en fila india hasta sus puertas. Al encenderse la luz verde se daría comienzo al salto del primer soldado, que para ese entonces, se debería encontrar prácticamente al borde de la puerta mirando al infinito.

Mientras estaba comprimido ahí con mis pensamientos llegué a pensar en “como demonios llegué aquí..” Pensé también que en la puerta me trabaría y que no saltaría de ningún modo. La luz roja se encendió y todos nos pusimos de pie. Por primera y última vez en mi vida sentí mi piernas flaquear de tal manera que casi caigo al piso, luego las sentí temblar mucho. Las puertas de ambos lados del avión se abrieron y entró un ventarron que impedía emitir cualquier sonido. Se escuchaban los motores del Hércules retumbar mientras surcaba el cielo diáfano de las seis de la mañana. Mirando a la puerta de la izquierda pude observar la linea que separaba el mar del cielo. Estaba amaneciendo, era precioso y por una milésima de segundo me sentí feliz. Escuchamos un pitido fuerte. La luz roja se apagó y la verde se prendió. Vi como el primer soldado de mi fila salía despedido a una velocidad inhumana e increíble, vi como el segundo se acerco hasta la puerta y un segundo después ya estaba afuera también, la fuerza de los que estaban atrás mío me empujaba hacia adelante y me acerqué unos centímetros más a la puerta mientras el tercer soldado salía eyectado del avión. A esas instancias la adrenalina había anulado mi sentido auditivo por completo, di el último paso para llegar a la puerta, sentí que el instructor me jalaba poniéndome en la posición correcta y sentí su palmazo en mi espalda, dí un paso hacia adelante y vi el desierto y el mar y sentí el viento en mi cara y escuché el silencio y el sonido delicioso de cuando se abre un paracaídas y vi mis piernas balancearse hacia adelante y hacia atrás y vi los tres paracaídas abiertos de los tres muchachos que habían saltado antes que yo y alcé la mirada y vi a lo lejos al Hércules arrojando su carga humana a lo largo de la costa y me sentí feliz de que estaba vivo y que había vencido algo que toda mi vida me había parecido invencible. Grité de emoción en el aire y al estrellarme contra la arena unos minutos después lloré  y me sentí más vivo que nunca.

Faltarían cinco saltos más para terminar el curso. Cuatro de ellos serían en la noche, en condiciones climatológicas adversas. Varios se romperían algo aterrizando y otros renunciarían a la unidad porque no pudieron saltar. A varios de ellos les intenté convencer de que si yo podía saltar cualquier demonio podría hacerlo. Algunos me escucharon, otros no.

Después del curso he saltado trece veces más tanto en actividad como en la reserva. Cada vez que lo hago tengo terror, pero se que puedo dominar al terror porque ya lo hice antes y se que soy más fuerte que él.

Como dice una persona inteligente por ahí: “El fin justifica los miedos

En mi próxima entrada hablaré de como deje de sentir terror por el ejercicio…

*Las fotos de los enlaces son de san google, la foto principal es mía.

Fobias de antaño II: Miedo a la altura (1)

Curso de Paracaidismo de las IDF en el 2005. No se porque estoy sonriendo tanto…

Cualquier actividad que me alejara más de medio metro del suelo me daba miedo. Subir al tronco de un árbol, subir a una escalera plegable, subir a un techo a buscar una pelota perdida, mirar hacia abajo luego de haber subido un par de minutos por una pequeña montaña, cruzar por un puente colgante en el zoológico y un largo etcétera. Creo que ya entendieron el punto.

No solo me daba miedo. Me daba un terror físico que me paralizaba por completo. Las piernas me temblaban, el bajo vientre me dolía; apenas veía el vacío, los huevos se me subían de prisa hacia el abdomen, sudaba frío y en resumen: Me enfermaba. A ese terror sin motivo a las alturas se le denomina Acrofobia y según Wikipedia: ” Se denomina acrofobia (del griego ἄκρος alto, elevado y φόβος miedo) al miedo irracional e irreprimible a las alturas. Por ejemplo no atreverse a practicar juegos extremos o de alturas, como lo serían la tirolesa, el paracaídas o el parapente.1 Al igual que otras fobias, la acrofobia genera fuertes niveles de ansiedad en los individuos que la presentan, lo que induce una conducta de evitación de la situación temida.2 En este caso, las situaciones con una altura notable, como asomarse a un balcón, encontrarse al borde de un precipicio o estar en un mirador elevado, son típicas de este tipo de fobia.” 

En muchos momentos, mientras era un niño, me sentí un cobarde. Veía como los otros mocosos se trepaban en los postes de teléfono, en los árboles, en los pasamanos y disfrutaban mucho haciéndolo. Yo los veía desde abajo, siempre temeroso, aunque no lo daba a entender e inventaba todo tipo de escusas para no treparme a ningún lado. Cuando  entré a la marina en Perú, en las primeras semanas, todos los miércoles   me hacían saltar de un pequeño muelle que estaba aproximadamente dos metros sobre la superficie del mar. El sencillo hecho que sabía saltaría del muelle me jodía el día. Desde las 5:30 am en que nos levantaban, me ponía nervioso por los malditos 200 cm que tendría que superar para poder respirar tranquilo dentro de las heladas aguas del pacífico sur. Nunca supere el miedo. Nunca deje de ponerme menos nervioso y nunca pero nunca traté de vencerlo. Siempre me decía a mi mismo: “Eres bueno con los pies en el piso. Quédate en él.”  (La verdad es que no era muy bueno con los pies en el piso tampoco, pero eso ya es otra historia…)

Como muchos otros miedos, fobias y demás cosas que me impedían hacer cosas. Mi acrofobia falleció el día que entré en el ejercito de Israel. La historia es algo complicada, pero la voy  a resumir por el bien del relato y porque no quiero aburrirlos estimados lectores y lectoras: Estaba yo en el ejercito unos meses ya. Habíamos pasado por un pequeño entrenamiento y se abrieron los cupos para hacer las pruebas para la unidad de paracaidistas del ejercito (unidad de operaciones especiales). Los solados que hacían ese examen se venían preparando con uno o dos años de anticipación. Yo con tres meses en el ejercito me dije a mi mismo que no tenía ninguna posibilidad de pasar la prueba y me presente al examen con la intención de terminarlo (contaban leyendas urbanas acerca de lo difícil e inhumano  de la prueba en el aspecto mental y físico). Empecé el examen un martes de verano y lo termine un viernes, tres días y medio después. Extenuado como nunca lo había estado en mi vida. Muchos de los postulantes habían renunciado a lo largo de los días y de los que habíamos terminado harían aún una selección basada en el IQ y en un examen psicológico. Menos de la mitad de los que habíamos finalizado la prueba entraríamos a la “Unidad”.

Dos semanas después me comunicaron que me habían aceptado en la unidad de paracaidismo del ejercito de Israel. Un segundo después pensé: “Y ahora que mierda hago…” De solo pensar que subiría a un avión y saltaría de él me mareé. Muchos otros soldados que estaban conmigo en el momento en el que me notificaron se alegraron por mi y me abrazaron y me hicieron hurras  y hasta me levantaron y me aventaron por los aires: Ellos no sabían que me cagaba de miedo de solo pensar en como carajo iba a hacer dentro de una unidad de operaciones especiales que se dedica a saltar de aviones para caer en territorio enemigo…

Un Domingo llegaron los autobues a buscar a los seleccionados. Hacía mucho calor en Israel en aquel verano. Nos llevaron en dirección al sur, rumbo al desierto. Viajamos callados y semidormidos. De pronto llegamos a una base espectacular. Inmensa, con una torre altísima pintada con los colores de la unidad. Rojo y blanco. Vi la torre y me dieron nauseas. Cuando baje del bus me gritaron que me dirija hacia algún lado. Hice caso y dejé de lado el recuerdo de la torre. Pasarían aún cuatro meses antes de que mi cuerpo salga eyectado de un avión por primera vez.

En la próxima entrada voy a contar acerca del curso y en como un pobre tipo que se meaba de miedo cada vez que subía sobre una mesa saltó diecinueve veces de un avión con el mar mediterráneo de fondo y con las arenas del desierto esperándolo con los brazos abiertos abajo…