Mi última semana…

Mi querida Negev y yo…Ah! y un amigo sobre mí…

No he escrito está última semana porque me fuí a entrenar al ejército.

Estuve en el campo con un calor de más de 40 grados centígrados. Me encontré de nuevo con mi querida Negev. Me encontré también con los amigos de siempre. Me encontré con una semana entera “durmiendo” bajo las estrellas y caminando infinidad de kilómetros con peso sobre mí. Me encontré hablando con mi compañero de navegación acerca de la bancarrota de la economía griega. De teología. De tomates hidrofólicos. De pornografía. De ética empresarial y de un sin número de temas que puedes hablar con alguien solo cuando llevas horas de horas caminando con él bajo la luz de luna buscando coordenadas concretas y contando pasos para no desviarte de una ruta planeada con horas  de antelación.

Estoy bastante cansado y las ideas no me fluyen realmente bien en este momento. Me es dificil concentrarme y plantear las palabras como debe ser. Después de innumerables horas sin dormir, gran parte de mis neuronas se han ido al tacho. Y hasta que las que quedan no empiecen a reconectarse como se debe voy a estar así como estoy, medio zombie.

Además de no dormir bien, no he comido bien. Joder, que en este ejército te matan de hambre. He comido cosas como estas:

Huevos duros, pan y puré de papas….Hummmm

O estas:

Eso que parece pollo frito es berenjena… Hasta mi Negev está tirada y cansada por falta de algo nutritivo…pobre…

Lo que necesito en este momento es una buena ola de sueño. Poner el aire acondicionado y remojar los pies en agua caliente. Es lo que necesito, pero no es lo que voy a hacer. En cambio me he sentado a escribir estas palabras pese a que con las justas puedo pensar. Además de eso voy a hacerme un excelente café y voy a llevar a mi perro a la playa más tarde. Memento Mori suena por mi mente. Memento Mori que el tiempo se acaba y descansaré ya en la tumba hasta el infinito.

Hoy por hoy: Café, escribir, ejercicio, playa, más café, alguna película, hacer el amor y a dormir como el dios judío  y los dioses griegos mandan.

Después de un par de horas de sueño bajo la estela de la Via Lactea. Despertándonos adoloridos. Machacados y jodidos para un nuevo día. Vale! La vida es bella…

Pero no quiero que pienses que lo he pasado mal. Nop. Pese al dolor y a todo lo difícil y desafiante que pueden llegar a ser las cosas en cierto momento. Precisamente por eso es que me siento más vivo que nunca. Siento que en unos días he vivido unos meses. Eso es lo que me pasa cada vez que estoy vestido de nuevo con el verde olivo del ejército que forma parte de mi vida y cada vez que me reencuentro con las personas que en muchos aspectos son mi familia. Los que morirían por mí como yo por ellos.

Es que no hay como defender la casa todos juntos… Aunque alguna gente del mundo piense lo contrario…Somos los “buenos” del cuento, algún día se darán cuenta…
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Incertidumbre

Me siento algo decepcionado conmigo mismo. No puedo controlar el clima. La filosofía Zen dice que con las justas te puedes controlar a ti mismo. Pero eso de controlar al resto de cosas (aunque sea un poquito) naca la pirinaca. Todo lo que sucede en el universo y en la casa de tu vecino se debe (en mayor o en menor parte) a una pequeña concepción ideológica y científica. Sin introducirnos demasiado en explicaciones estilo Stephen Hawking podemos resumir de que el universo esta supeditado a una ley o principio simple: La incertidumbre. Obviamente tú y yo somos parte de este universo y obviamente tú y yo nos movemos y tomamos decisiones basándonos en la incertidumbre. En resumen y en español gentil: Tú y yo no podemos controlar ni mierda ni siquiera al uno por ciento. Todo es incertidumbre.

Una salsa de antaño decía: “La vida es así…No la he inventado yo…”. Pues sí. Es así. Pensamos que nuestras decisiones o el hecho mismo de “tomar decisiones” nos da cierto poder sobre nosotros mismo, sobre nuestros hijos, sobre los gobernantes, sobre el planeta, sobre tu profesor de física, sobre tu mujer, sobre tu perro. Estamos acostumbrados a la secuencia lineal de Decisión- Acción- Reacción. Si decido tirar la pelota a Ringo y luego alzo la pelota y la arrojo en una dirección, espero (porque casi siempre sucede) de que Ringo va a correr para traerla de vuelta. He concebido de qué,  como hasta el día de hoy siempre ha sido así, la próxima vez que lo haga “va a ser” de esa manera: Ringo va a correr a la velocidad de un rayo entusiasmado y con la lengua afuera hacia la dirección, en la cual, la pelota está dando botes. Luego la va a meter en su boca babosa y va a regresar trotando hacia mí. Es lo que debería pasar pero ¿sabes qué? Puede ser que no pase. Y ¿Sabes por qué? Por el bendito principio de incertidumbre. Hay una infinita gama de posibilidades y de opciones que pueden hacer que Ringo NO me traiga la pelota. Puede distraerse con otra cosa. Puede aparecer otro perro. Puede caer un meteorito en el parque. Puede ocurrirme un infarto. Puedo sencilla y llanamente tirar la pelota en un sitio de donde él no la pueda extraer. Las probabilidades de que esa pelota retorne a mi mano son ínfimas respecto a las que podrían hacer de que esa pelota jamás regrese a mí. La incertidumbre es demasiado poderosa.

Todo este rollo pseudo  filosófico intenta explicar una cosa bien simple. No puedo controlar el sencillo hecho de tirarle la pelota a mi perro. Y si no puedo controlar eso. ¿Cómo  puedo controlar algo un poco más complejo aún? Digamos mi vida. Joder, si nos ponemos a pensar bien, en cada segundo que pasa se nos cierran infinitas posibilidades de hacer tal o cual cosa y se nos abren otras infinitas posibilidades de hacer esto o aquello. La incertidumbre juega a veces a nuestro favor. En fin. Empecé este post diciendo que me sentía decepcionado conmigo mismo porque no puedo controlar el clima. He llegado a la conclusión de que no puedo controlar nada (ni siquiera la trayectoria de la pelota de mi perro). Es algo egoísta decir de que yo he llegado a tal conclusión. Los filósofos budistas de hace miles de años llegaron a ella hace tiempo y se dieron cuenta de que la mejor opción para tratar la “falta de control” es no poner resistencia y dejarte llevar por la incertidumbre: “Si un problema tiene solución ¿para qué preocuparte? y si un problema NO tiene solución ¿para qué demonios preocuparte?” Simple y simpático pensamiento Zen. Una lástima que no soy budista y me sigo preocupando en que no puedo controlar el clima. ¿Y sabes por qué? Porque últimamente estoy leyendo los pronósticos de vuelos desde Katmandu a Lukla (donde empieza la travesía al campo base del Everest) He revisado los últimos siete años y he terminado jalándome los pelos. En resumen: No se puede pronosticar una mierda. Hay semanas enteras que no se puede volar a Luckla tanto en Setiembre (el mes en que viajamos) como en Octubre o Noviembre (los mejores meses para viajar) Hay semanas enteras despejadas en la época de lluvias y hay otra en las que la visibilidad se reduce a un metro a la redonda.

Hemos decidido ir al Everest pero ¿Eso es suficiente para que lleguemos?. Las posibilidades de que NO pongamos los pies en la montaña más alta del mundo son infinitas. Aunque las posibilidades de que un chileno, un inglés y un par de peruanos,  que  hace un par de meses eran meros desconocidos, que ha su vez suelen amar a los perros,  que ha su vez son israelíes, que ha su vez hayan decidido cruzar juntos Jordania, Qatar, India para llegar a Nepal, y que ha su vez hayan abrazado con cariño e inocencia el sueño de llegar al Everest entrenando en el mar muerto… Las posibilidades de que semejante conjunción de casualidades y mezclas de opciones se diese y se esté dando son (creo yo) más ínfimas que las anteriores. Como dije antes: La incertidumbre juega, a veces, a nuestro favor.

Y si es así entonces…