Solo escribe

Solo escribe. Hasta que te canses. No importa si tu perro te esta lamiendo el pie. No importa si ella esta tirada en el sofá insolada. No importa si están pasando el último capitulo de Game Of Thrones. No importa si no se te ocurre nada. Solo escribe.

Solo escribe y acuérdate de los buenos tiempos. Hay tanto porque escribir. Quizás hay tan poco también. Quizás los temas se repiten demasiado y hasta se vuelven banales de tanto repetirlos. Puedes escribir de lo que recuerdas. Y lo mejor de todo es que puedes escribir “de la manera en que lo recuerdas”. La memoria engaña y engaña más con el paso del tiempo. Los rostros se hacen borrosos. Los gestos se pierden en la bruma. Los olores de antaño se engullen en el aire del presente. Pero recuerdas. Y eso al fin y al cabo es lo que importa. Tu primer recuerdo: El spagetti que  comiste en la sala de partos del hospital un día después de que tu hermano nació. Un recuerdo brumoso del año mil novecientos ochenta y cuatro. Puedes acordarte de más cosas. Niñez feliz. El colegio como centro de reclusión para la gente pensante. Las peleas en las que siempre perdías. La presión por mejorar. Una canción de Kiss. Juguetes. Julio Verne. La familia en la mesa del comedor. El bastón de mi abuelo. El olor del aderezo. La vida pasando con una velocidad asombrosa hasta que tu voz empezó a cambiar. Y a partir de ahí paso más rápido aún. Tu primer beso. Los viajes a sitios lejanos. La luminosidad del futuro en el que todo son esperanzas. Los partidos de futbol. La primera vez que tocaste el sexo de una mujer. El dolor del amor. La luminosidad de la juventud.

Solo escribe. Escribe de la guerra. La guerra te enseña muchas cosas. Muchas cosas acerca de ti mismo. Muchas cosas acerca de la vida misma. Muchas cosas acerca de la muerte. Solo escribe. De lo que somos. De lo que tú eres. De lo que fuiste antes de convertirte en lo que te estás convirtiendo cada segundo que pasa. Escribe de tu madre. Escribe de lo que es ser un ser humano en esta época. En este planeta. En esta vida. Escribe de tu padre y de tu relación tortuosa con él. Escribe de lo que es ser parte de la “Nueva generación” de autómatas que no piensan. Y no poder hacer nada por ello. Escribe de la estupidez y del consumismo. Escribe de las mil y un maneras en que la gente desperdicia su vida. Solo escribe.

Solo escribe. De los amigos perdidos. De los amigos ganados. De los idiomas adquiridos. De los amores terminados. Escribe y hazlo rápido porque el tiempo se agota y lo sabes. Escribe de ella. De tu amor intenso. De alguna que otra noche loca de pasión intensa. La piel de gallina. El mar que asoma por la ventana. El cuarto menguante que apunta al sur. El aire empolvado del medio oriente. El color inspiracional del amanecer. Una mezcla de cosas. Toda tu vida es una mezcla de vidas. De lugares. De sabores. De sexo. De dolor. De muerte. De colores. De situaciones. Una mezcla imposible según las estadísticas. Así que escribe de eso también.

Solo escribe. De una vez y para siempre y déjate ya de huevadas.

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Cartas de Recreo

Escribí mi primera carta de amor a los doce años. La escribí anónimamente y  la entregué a la receptora afirmándole que la carta la había escrito un admirador secreto y que yo solo era el intermediario. A partir de ese día escribí una carta por día. Día a día me acercaba en la hora del recreo y le entregaba la “carta del día”. Ella las esperaba con ansias aunque daba a entender que no le importaba mucho el asunto.

El amor platónico duele. No sabía como demostrarle que yo era el interesado. No sabía como decirle que aquellas cartas tan interesantes y simpáticas las escribía yo de mi puño y letra cambiando un poco la caligrafía. Me estremecía con el solo hecho de estar cerca de ella y con su pequeña palma abierta mientras esperaba que yo le de “su correo”. Después del colegio regresábamos juntos a casa. Ella era mi vecina. La chica de al lado. La que baila en las noches dentro de la casa mientras tú la contemplas desde afuera colgado de un árbol. Y como buenos vecinos de la misma edad, jugábamos mucho juntos y eramos parte de un grupo de críos que corrían de un sitio para otro.

“Desinteresadamente” me acercaba en medio de los juegos para preguntarle que pensaba del “escritor anónimo”. Ella me evadía un poco diciéndome que lo que “él” escribía eran cosas privadas. A veces me suplicaba para que le devele la identidad del susodicho y yo le pedía que no me hiciera eso que yo jamás podría “traicionarlo”. Pasaron los meses y las cartas continuaron llegando a sus manos siempre puntuales a la hora del recreo. Un día ella no se presentó a recibir su carta. La busqué por todas partes y la encontré coqueteando con un muchacho mayor. Aquel día tomé la penosa decisión de desenmascarar mi identidad en una última carta. En la más apoteósica de todas. Una que le disolvería el corazón en el instante en que la leyera. Informándole en el último renglón que “ese hombre…ese hombre…soy…yo…”. Además de la prosa decidí ponerle unos cuantos dibujos de árboles y mariposas (no recuerdo porque lo hice si sabía bastante bien que dibujaba bastante mal). Le entregué la carta como si se tratase de cualquier otra y me fui. Al cabo de de diez segundos me entró un ataque de pánico aunque sabía bien que la suerte ya estaba echada. Aquel día no pude volver a casa con ella porque me moría de vergüenza. Esperé que se fuera y salí del colegio. Llegué a casa. Me eché en la cama a pensar en ella y me quedé dormido.

No paso nada. No se acercó al día siguiente, ni a los dos días. No se acercó a los tres ni a los cuatro muerta de amor por mí. Me desesperé y un día me planté frente a ella en el recreo. Ella se acercó despacio, sobreparó  a mi lado y luego siguió caminando fingiendo no conocerme. Aquella noche yo no pararía de lagrimear ni de moquear. Ella no me habló en lo que quedo del año lectivo y no me habló el año que vino después. En una incursión clandestina al campo de fútbol a las cinco de la tarde en un día soleado del año noventa y cuatro, vi como le daban su primer beso. Sufrí como solo se sufre de amor a los trece años. La vida había terminado para mí.

A partir de ahí me volví yo.