Me acabo de tomar un arcoiris

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Sin café no ganaríamos nada creo yo…

No puedo empezar un día sin café. Voy a ponerlo de esta manera: No puedo empezar un buen día sin café.

Puedo empezar un mal día sin café. Puedo hacer un holocausto si es que no tengo suficiente cafeína en el cuerpo. En mi situación podría generar la tercera guerra mundial por falta de cafeína. Estoy en el medio oriente. En Israel. No es difícil volar algo que haga que el resto del mundo te odie por eso. No es difícil lograr que el planeta entero nos declare la guerra. Llevaría al mundo al auto aniquilamiento y todo por un poco de cafeína. Solo porque no tome mi dosis necesaria. Porque no soy la persona que podría ser con un Espresso Machiatto encima al empezar el día.

En el ejercito de Israel he hecho cosas malas. Algunas muy malas. Una vez atropellé una cabra y otra vez pisé a una tortuga. Todo porque me moría de sueño. Porque el café se había acabado aquella semana y todo lo que hacía me parecía un sueño. No sé hasta hoy si el episodio de la cabra lo viví o lo he soñado o si la vida es sueño y los sueños, sueños son. O solo se debe a que la bruma del recuerdo descafeínado se ha vuelto solo eso: Bruma.

Te estarás preguntando porque estoy escribiendo tantas incoherencias. No te preocupes. Solo tengo mucha cafeína en la sangre. Creo que tres espressos juntos. Y me dio nostalgia que hayan existido días sin cafeína. Días en los que pude haber sido mejor. Inclusive más guapo. Más inteligente. Más asertivo. Mejor combatiente. Un Rommell. Un Patton. Mejor escritor. Un Hemingway. Un Saramago.

Pero han existido días sin. Días plomizos como Lima. La ciudad en la que nací. Crecí. Perdí mi virginidad y conocí el café de la abuela. Han habido también días con. Días en los cuales he estado reluciente. Una excelsitud de la vida. Un comandante de las tropas de Alexandro Magno en los confines del mundo civilizado. Tanto amo al café que me hace decir tontera y media y me dejo llevar literalmente. Dejo que me arrastre por estás palabras sin editar y sin pensar demasiado que es lo que debo escribir y solo escribo para escribir. Para dejar toda esa cafeína fluir desde mis neuronas hasta las yemas de mis dedos. Desde todo lo que he leído alguna vez en la vida hasta todo lo que vengo diciendo.

Creo que después de estás palabras te darás cuenta que soy un amante del café. Y te imaginarás que tengo un café al lado mientras escribo todo esto. Eso es cierto. Tengo un café al lado de mi computadora y de cuando en cuando le meto un sorbo y escribo un poquito más rápido que antes. Son las once de la mañana aquí en Israel. Es invierno. Afuera hay silencio porque es Viernes. Que es como un sábado en cualquier sitio del mundo. Por mi ventana se escurre un rayo de sol. Me da en la cara. Hace que mi café se llene de colores. Una especie de arcoiris se forma en la tasa. Me siento bendecido por todo lo que está pasando en este momento. Me estoy tomando un arcoiris y estoy escribiendo lo que me da la gana.

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 Hay algo en la vida de un soldado que puede levantarle la moral y el ánimo: La visita de una estrella de la televisión en bikini. Además de eso: Un vasito de café en el campo…

 

De café en café

El otro día invitamos a una pareja de amigos a nuestro departamento. Hicimos una pequeña cena. Hablamos de banalidades. Bebimos unos vasos de cerveza cuando de pronto nos deslizamos al tema del blog: El minimalismo.

Ella dijo que el minimalismo le parecía una estupenda idea para gente que prácticamente no tiene vida. En cambio “ella” no podría dejar de salir con una amiga aquí, con un par de amigos por allá, gastando dinero en restaurantes y en cafés unas cuantas veces a la semana, que jamás podría dejar de trabajar en uno de los tres o cuatro trabajos en los que lo hace para mantener el “nivel” de vida que lleva. Que si dejara de hacer las cosas como las está haciendo hasta ahora, sentiría que el resto la pasan mejor que ella. Que ella se está perdiendo de algo. Que la vida se le está escurriendo entre los dedos.

Y ella tiene razón.

Tiene razón en el sentido de que no quiere que la vida se le escurra entre los dedos y que quiere aprovecharla al máximo. Y eso esta bien.

El problema es que al querer absorver el máximo de experiencias en el menor tiempo posible, pues adquirimos muchas que no valieron la pena ni el esfuerzo ni el tiempo que nos gastamos en ellas.

Si nos inclinamos por la cantidad en vez de la calidad, nos vamos a sentir inundados en experiencias que no representan mucho para nosotros. Experiencias de las cuales nos vamos a olvidar a los cinco minutos. Experiencias ligeras y sin peso que no representan nada. Solo un relleno del tiempo para no sentir de que lo estamos perdiendo.

En cambio si elegimos la calidad sobre la cantidad. Cada experiencia se vuelve triunfal. Grandiosa. Remarcable. Perenne en nuestra memoria y pasa a formar parte de nuestra “vida” o de las memorias que conforman lo que llamamos “nuestra existencia”.

Como se lo dije a ella. No tienes que vivir a mil para disfrutar a mil. Puedes no salir esta noche a correr por la ciudad de café en café y quedarte en casa disfrutando de un té, viendo una buena película o leyendo un buen libro. Teniendo una buena plática o haciendo el amor. Depende de lo que más os guste. Es interesante como yo antes pensaba como ella y no podía encontrar en las cosas pequeñas y simples el placer que les encuentro hoy en día.

Me gusta estar en casa en vez de en el café de la esquina. Mi café es mucho mejor y puedo escuchar la música que quiero. Prefiero comer en casa que en el restaurante del chef tal por cual que te vende papas sancochadas a veinte euros. Prefiero estar con la gente que quiero y que me importa en vez de pasar el rato con “amigos” a los que les importas un pepino. Prefiero minimalizar todo ese sobrante vivencial que la gente joven se pone en los hombros por miedo a que “otros” lo pasen mejor que ellos.

Todos podemos pasarlo bien. Todos podemos vivir al máximo. Escogiendo con cuidado la calidad de nuestras experiencias. Las personas con las que las compartimos. Los viajes que hacemos. Los besos que nos damos. Las comidas que nos comemos. Porque vivimos una sola vez y la vida es demasiado corta para vivirla a lo loco corriendo de café en café.