Sequía Mental

Mi vida blanda y deliciosa está supeditada a estos dos personajes…

 

¿Qué pasa cuando tienes una sequía mental? Nada. Piensas en que demonios escribir. Buscas temas. Esperas la inspiración. Recuerdas anécdotas de tu infancia. Nada te pinta bien. Tu abuela es un buen personaje para una novela. Pero quizás es un ser humano demasiado “completo” para meterlo en un post de tu mísero blog. Piensas en tus familiares cercanos. Todos son gentes de bien. Seguidores del orden social. Profesionales con un horario de “gente normal”. No. No hay mucho que escribir al respecto. Piensas en tu papá. Quizás de él puedes escribir algo bueno. Quizás de los malos tiempos. Quizás de los buenos. Quizás del camino de piedras al lado del arroyo de aguas diáfanas en las montañas de Matucana. En el que tu viejo se metió con un Toyota Corona sedán del ochenta y seis. Un camino en el que los burros y caballos corrían  el riesgo de desbarrancarse. Tu viejo ahí cagándose de miedo. Manejando despacito. con el abismo de trescientos metros al lado. Quizás sea una buena historia. Quizás no. A quien demonios le puede importar escuchar o leer de eso. No. No es interesante. Tu viejo es un “personaje” pero a nadie que no sea a ti o a unos cuantos mortales más les gustaría oír o leer algo sobre él. Quizás podrías escribir del ejercito. Aunque ya aburre. Siempre tú y tu cantaleta de guerras que a nadie le importan. Solo a ti y a tus amigos heridos y a los que quedaron sanos y salvos pero que recuerdan la guerra cada día. Quizás ya escribiste algo muy parecido a lo que estás escribiendo en este instante. Puede ser cierto. Puede que no. Quizás debas pensar en nuevas cosas. Aunque tu problema es “precisamente ese” que no tienes nuevas cosas en las que pensar. Siempre retornas a las mismas tonteras y aburres a la gente con tus mismos cuentos. Quizás puedas hablar del Everest que te está esperando ahí entre Nepal y Tibet. Solo y erecto. Erecto hasta acariciar el espacio exterior. No. Parece que  has perdido el touch. Se te secaron las ideas. Se te acabo el momentum. Quizás no. Quizás tengas algo aún que dar. Quizás debas emborracharte como Bukowski o como Hemingway. Salir de putas y buscar alguna pelea. Que alguien te reviente la nariz o que tu le revientes un chopp de cerveza a alguien en la cabeza. ¿Qué escritor que se digne llamarse así (aunque sea el escritor de un misero blog) se dedica como tú a hacer deporte todos los días? ¿A casi no beber? ¿A correr medias maratones? ¿A buscar la montaña más alta del mundo? ¿Qué escritor del infierno nunca se ha fumado un porro? No tienes ideas porque no vives para tenerlas. Te has vuelto blando. Tu vida es de ensueño. El problema más grande que tienes en el día a día es “quién va a lavar los platos” o “quien va a bajar al perro en la noche”. Desde la guerra del año pasado no te ha pasado nada digno de ser escrito. ¿Cómo demonios no vas a tener una sequía mental? Acabas de dar en el clavo. Para escribir bien tienes que vivir mal. Así que divórciate. Mata a tu perro. Vuela tu casa. Quema tus cosas. Menos tu computadora. Búscale una pelea a alguien en la calle. Pega o que te peguen. No importa. Encuéntrate con la ciudad de la noche. Fúmate unos porros. Duerme en la calle y báñate en el mar. Come sobras y cógete a mujeres fáciles y de mal vivir. Sí. Eso es lo que debes hacer. Vas a poder escribir de puta madre después de todo eso. Vas a ser un escritor de antología. Te van a recordar en la clases de literatura del año dos mil setenta y cinco. Sí. El “único” problema es que amas a tu mujer. Te gustan las lamidas entre los dedos de los pies que te da tu pastor alemán. Comes sano separando “Carbos” de Proteínas y grasas. No fumas ni siquiera cigarros. Y si una chica del mal vivir se te acerca te meas en los pantalones. Mejor olvídate de escribir bien y continúa escribiendo las mismas idioteces de siempre.

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Tú y yo

¿Qué piensas que vas a conseguir con todo esto? No lo sé. ¿No lo sabes? No. Puedo aguantar una vida entera pensando. Al fin y al cabo no son tantos años. Puedo escribir lo que pienso. ¿Escribir para qué? ¿Para quién? Para nadie. Para mí mismo. ¿Y por qué demonios no escribes en un cuaderno o en un diario y en vez de eso ventilas tu mierda cerebral en un blog que te cuesta dieciocho dólares al año y además de eso lo haces público? No lo sé. ¿No lo sabes? Sí lo sabes y lo sabes bastante bien. Eres un exhibicionista barato. Te gusta que te vean. Que te lean. Que te observen. Que te admiren. Que te odien. Pero quieres que te conozcan. La verdad que no quiero que me conozcan. No digas eso. ¿No? ¿No estás pendiente todo el tiempo de cuanta gente lee las tonterías que escribes? ¿No te gustaría que te lean mil personas en un día? Si me gustaría. Entonces porque dices o piensas que no eres un exhibicionista. Lo eres y acéptalo. Bueno quizás sí. ¿Quizás? Me da risa tu cobardía. No puedes aceptar lo que realmente eres: Un nudista sentimental. No entiendo porque me criticas tanto si tú eres yo. ¿Somos el mismo no lo sabes? Está bien que yo sea tú. Está bien que sea una voz dentro de tu cabeza. Pero sabes que soy la voz que siempre tiene la razón y por eso critico tus estupideces. Este blog es una estupidez. Esa granada que tiraste cerca a Ramala fue una estupidez. Te grité y te rogué que no lo hicieras pero no me hiciste caso. Y ahí estás cargado de pesadillas y sin poder dormir bien. ¿Sabes por qué? Porque eres un imbécil. No me hables así por favor. Somos el mismo. Somos lo mismo. Pues no lo somos. Yo soy inteligente y tú eres un papanatas. Escribiendo idioteces en un blog. Publicando tus fotos estúpidas en facebook como si a alguien le interesase. Entiende esto: A nadie le importas una mierda. Acéptalo y vas a poder dar un paso más hacia tu propia liberación. Le importo a mi madre. A mi hermano. A mi esposa. A mis amigos. Yo sé que hay gente a la cual le importo. Pues te voy a decir las cosas claras. Tu madre se ha olvidado de ti hace ya bastante tiempo. Tiene una vida a cincuenta mil kilómetros de ti. Tu hermano está mucho más desconectado de ti de lo que piensas. Le importa una mierda lo que escribes y tu manera “irracional” de vivir. Tu esposa. A ella le das lástima. Eres un ser humano que da lástima. Y ella te la tiene. Solo por eso sigue contigo. Solo por eso te mira con algo de pena cada vez que le pides que lea un nuevo post tuyo. Eres un pobre infeliz del que nadie se preocupa. Acéptalo. Supéralo y libérate. Deja de escribir cosas que nadie lee. No pierdas tu tiempo en filosofar. Que si un mundo mejor. Que si un mundo peor. Que el sistema para arriba. Que el sistema para abajo. Vete directamente  a la mierda y actúa. ¿Actuar? ¿A que demonios te refieres? Me refiero a que hay que cambiar el mundo por medio de las acciones y no escribiendo estupideces ni pensando en los huevos del gallo. ¿Qué tipo de acciones? Haces preguntas de un niño de cinco años. ¿Cómo se cambian los sistemas. Los gobiernos. Las políticas…? Volando cosas pues. Lo has visto en la guerra. El volar cosas funciona. Realmente cambia las cosas. ¿Estás chiflado? Dices que eres mi voz racional y ¿me aconsejas volar cosas? Por dios. Estás enfermo. No. ¿No que? Los dos estamos enfermos. No somos dos psicópata del infierno. Soy yo solo. No. ¿No que?. Estás hablando conmigo ahora: Somos dos. No me jodas eres la voz que toda persona escucha dentro de sí misma. Claro que soy una voz: Soy tu propia voz y si soy un psicópata que te manda a volar cosas soy tú mismo mandándote a volar cosas. ¿No te das cuenta? No puede ser. Voy a dejar de hacerte caso. Así que mejor cállate. Eres un débil de mierda. Sabes que ese es el camino. La sangre y la pólvora son el detonante del cambio. ¡Cállate! No me voy a callar. Bueno ¿sabes que?. Voy a escribir de está estupidez en ese blog de dieciocho dólares que tanto odias. No me jodas maricón. En serio la gente va a pensar que de además de exhibicionista, estás completamente chiflado. Yo no estoy chiflado. El chalado eres tú. Tú eres yo cretino del demonio. No no no. Tú eres yo. ¿O yo soy tú? Ya me enredaste el cuento psicópata. Ja Ja Ja. Te enredas solo porque además de un manicomio necesitas un profesor de redacción.

Había una vez un pastor

 

Nos dieron la orden de formar una unidad de voluntarios que saliera cada noche a matar perros. Cuando escuché aquella orden por primera vez me dí cuenta de que todo se había ido al garete. No es que me importen demasiado los animales. Es más. No me gustan nada. El problema para mí fue que tenía que matar a los perros para que ellos no me maten a mí. Me sentí en una película de ciencia ficción. De esas en la que el ser humano prácticamente no existe y los animales han vuelto a tomar el control de todo. Jaurías de perros asesinos. Sí. Eso era el Sarajevo del noventa y cuatro. A finales del siglo veinte combatimos contra peligros del siglo tres.

El nombre Sarajevo no te inspiraba más que terror o aburrimiento. Una capa de niebla invadía la ciudad prácticamente todo el año. Mis compañeros de la legión extranjera y yo estábamos instalados en una pequeña aldea entre Zenica y Sarajevo a veinte kilómetros al norte de esta última. Te voy a decir una cosa Tete. Esos bosnios. Croatas. Serbios y albanos estaban demasiado enredados entre si mismos. Cada uno lleno de ira contra las otra etnias. Que si unos musulmanes. Que si otros cristianos ortodoxos. Que si aquellos católicos. Todos estaban entrelazados por las iras del odio étnico y racista y del fanatismo. Si me preguntas a mi como Yugoslavia los mantuvo unidos los unos a los otros sin que se maten. Te voy a responder que no tengo la más puta idea. Esos tipos si que se odiaban. Y nos odiaban a nosotros los cascos azules. No les importaba mucho que fueras americano. Francés. Filipino o inglés. Debías morir por meterte en su conflicto sin sentido. Una vez que nos cargamos a muchos bosnios y serbios en Sarajevo y gran parte de la población civil había huido hacia el campo. Nos quedo lidiar con los francotiradores de los dos bandos. Ellos se mataban entre ellos y entre ellos se dedicaban a matarnos a nosotros. Quedaron los francotiradores y quedaron los perros. Que al fin y al cabo les importaba una mierda que sus dueños hayan sido Croatas o serbios o bosnios o albaneses o cualquier otra cosa. Ellos solo querían comer. Y te lo cuento a ti tete. No se lo cuento a mucha gente. Pero esos perros del demonio se comían a la gente que salía de sus casas en las noches a buscar comida. O invadían una que otra casa y se comían a los niños pequeños. En el mejor de los casos se comían los cadáveres de bosnios o croatas o serbios muertos. A esos perros se les veía grabado en los ojos su retorno al salvajismo. No eran más domésticos ni lo serían jamás. Los perros daban más miedo que los francotiradores bosnios o serbios. No tenían nacionalidad y no les importaba una mierda la tuya. Así que los tuvimos que matar a todos.

Salimos de redadas mataperro todas las noches. A veces a la una a veces a las tres de la madrugada. Les dejábamos pedazos de carne envenenada para que los más tontos al menos mueran rápido. Al día siguiente encontrábamos casi siempre unos cinco perros muertos. Lo de la carne no funcionó por mucho tiempo. Los perros no son estúpidos. Son más inteligentes que los lobos. Han vivido demasiado tiempo con nosotros y nos conocen bastante bien. A la semana dejaron de comer las carnes envenenadas. Así que: Salimos a cazar. Los cazamos como en los viejos tiempos. Con francotiradores y miras telescópicas. Les disparábamos directamente en la cabeza para que no sufrieran. Ellos no tenían la culpa de que sus dueños bosnios hayan matado a sus dueños serbios y que sus dueños croatas hayan explotado a todos juntos después. Ellos solo tenían hambre y les habíamos enseñado demasiadas cosas de humanos. Así que les volábamos las cabezas lo mejor que podíamos. Casi sin dolor. Al cabo de un mes Habíamos matado unos cientos. Quedaba una pequeña jauría comandada por un pastor alemán de cuarenta kilos. Mucha gente en las aldeas de alrededor decían que era un lobo que comandaba a los perros. Yo no les creía porque sabía la verdad. Su dueño había sido un bosnio  dueño de una cadena de tiendas de repuestos automotrices. Los croatas mataron a toda su familia  pero antes de eso violaron a su mujer y a sus dos hijas delante de su cara. No le quedo más remedio que tomar si pistola Colt de nueve milímetros. Metérsela a la boca y volarse la cabeza. Nunca critiques a los suicidas tete. Uno nunca sabe cuando se puede encontrar una buena razón para pegarse un buen tiro. Este tipo tenía una linda casa con un lindo jardín y unas lindas begonias. En aquel jardín vivía el pastor alemán que meses más tarde los pobladores confundirían con un lobo y del cual contaban historias. Decían que medía un metro sesenta parado en cuatro patas y que en su hocico podía albergar un cráneo humano. Era un pastor alemán común y corriente tete. Te lo digo yo que lo vi con mis propios ojos el día en  que pasó a mejor vida o a peor. Nadie sabe que nos depara la pelona. Así que era un pastor alemán algo flaco y desgarbado. Pero inteligente como un ingeniero de sistemas de Microsoft. Nos tomó dos meses volarle la cabeza. Al final lo hice y sonreí al verlo ahí terminado. La guerra te hace mierda tete. Llegué de veintitrés años a Sarajevo. Regresé a Francia a los veinticuatro. Había matado bosnios. Serbios. Croatas y a un pastor alemán inteligente.

Fiesta en el Mediterráneo

Fiesta de playa. Arena. Sol. Mar turquesa. El mediterráneo. Chicos guapos. Chicas más guapas todavía. Ya estoy viejo para estos trotes y me siento algo estúpido al principio. La música de un DJ invade el aire calenturoso de las doce y treinta de la tarde. Los bikinis floreados abundan. Los pectorales erectos y con bronceador se lucen bajo el sol. La cerveza se chorrea de a cientos de litros por segundo. La gente esta entrando en calor de a pocos. Están esperando que entré la banda “Balkan Beat Box” y que suba al escenario. Es el medio oriente y hay una interesante mezcla de razas y de colores en la arena caliente. Me fijo en todo eso y en las espectaculares tetas de la chica de la barra. Estoy feliz aunque me doy cuenta de que ya estoy algo cochambroso para estos trotes. Ella está a mi lado bebiendo sin compasión una gran cantidad de cerveza israelí Goldstar. Estamos expectantes de que suba el grupo. No sube. No importa. Seguimos bebiendo y conversando banalidades. Encontramos a un amigo haciendo de Bar-tender en una de las cuatro barras incrustadas en la arena. Nos invitó un par de cervezas y seguimos bebiendo. En algún momento después de tanta bebida nuestras vejigas no dieron más y tuvimos que ir a mear en las aguas tibias del mediterráneo. Ella fue primero. Yo me quedé cuidando el sitio. Miré hacia mi izquierda: Tenía demasiadas chicas demasiado guapas. Miré hacia mi derecha: Más chicas, mas guapas aún. Esperé feliz que ella regresara. Unos diez minutos y un litro de cerveza después ella regresó corriendo. Pensé que estaba muy feliz de verme. Venía con una sonrisa de oreja a oreja. Me dijo que le había pasado la cosa más rara del mundo. Le pregunté que había pasado. Me dijo: “No sabes a quien acabo de ver en la playa, dentro del mar...”. “¿A quién?” le pregunté. “Al ex- presidente del Perú Alejandro Toledo”.

No solo lo vio nadando en el mediterráneo. Se le acercó y la conversación que se dio a continuación fue algo así:

-¿Toledo?…. ¿Alejandro Toledo?- Lo dijo con una sonrisa y extendiendo la mano.

El ex presidente la miró con estupor y se quedo boquiabierto ya que alguien en una fiesta de locura, en la playa, en el medio oriente,  a orillas del mediterráneo,  lo había reconocido.

-¿Sí?…- Respondió dubitativo.

Uno de los efectos del alcohol es que la vergüenza se va al retrete. Ella no tuvo ni el más mínimo descaro en acercarse al ex presidente del Perú y llamarlo por su apellido. Algo así como si fuese su compañero de promoción del colegio.

-¿ Con quién tengo el gusto?- le preguntó el político.

Ella dijo su nombre con voz pastosa. Arrastrando un poco la lengua. Estaba borracha y lo sabía. El ex-presidente continuó.

-¿Y que haces aquí en Israel?

-Vivo aquí- contestó ella.

La esposa del ex-presidente escuchaba la conversación a unos metros de distancia. El vaivén de las olas le sacudía el cuerpo con delicadeza.

-¿ Y que hace usted por acá? – repreguntó ella con una sonrisita.

-He llegado para el cumpleaños del presidente Simón Peres…- contestó él.

-Sí!!!! ese Simón Peres es un “tipo” espectacular…- dijo ella refiriéndose al casi centenario político israelí.

-Oh sí… lo es- contestó el ex mandatario peruano. Mostrando su mejor sonrisa Kolynos.

Eliane Karp es la esposa de la Alejandro Toledo. Conociendo bien a su esposo y sus mañosadas de costumbre decidió introducirse en medio de la conversación y decirle a la “señorita” una frase algo cortante pero directa: “Bueno…que tengas buena suerte mamita…” . Ella contestó con un educado “Igualmente para ustedes”. Les dio la mano. Se volteó en dirección a la arena. Sonriendo sin pudor. Dándose cuenta que le había meado encima a un ex presidente y una ex primera dama.

Cartas de Recreo

Escribí mi primera carta de amor a los doce años. La escribí anónimamente y  la entregué a la receptora afirmándole que la carta la había escrito un admirador secreto y que yo solo era el intermediario. A partir de ese día escribí una carta por día. Día a día me acercaba en la hora del recreo y le entregaba la “carta del día”. Ella las esperaba con ansias aunque daba a entender que no le importaba mucho el asunto.

El amor platónico duele. No sabía como demostrarle que yo era el interesado. No sabía como decirle que aquellas cartas tan interesantes y simpáticas las escribía yo de mi puño y letra cambiando un poco la caligrafía. Me estremecía con el solo hecho de estar cerca de ella y con su pequeña palma abierta mientras esperaba que yo le de “su correo”. Después del colegio regresábamos juntos a casa. Ella era mi vecina. La chica de al lado. La que baila en las noches dentro de la casa mientras tú la contemplas desde afuera colgado de un árbol. Y como buenos vecinos de la misma edad, jugábamos mucho juntos y eramos parte de un grupo de críos que corrían de un sitio para otro.

“Desinteresadamente” me acercaba en medio de los juegos para preguntarle que pensaba del “escritor anónimo”. Ella me evadía un poco diciéndome que lo que “él” escribía eran cosas privadas. A veces me suplicaba para que le devele la identidad del susodicho y yo le pedía que no me hiciera eso que yo jamás podría “traicionarlo”. Pasaron los meses y las cartas continuaron llegando a sus manos siempre puntuales a la hora del recreo. Un día ella no se presentó a recibir su carta. La busqué por todas partes y la encontré coqueteando con un muchacho mayor. Aquel día tomé la penosa decisión de desenmascarar mi identidad en una última carta. En la más apoteósica de todas. Una que le disolvería el corazón en el instante en que la leyera. Informándole en el último renglón que “ese hombre…ese hombre…soy…yo…”. Además de la prosa decidí ponerle unos cuantos dibujos de árboles y mariposas (no recuerdo porque lo hice si sabía bastante bien que dibujaba bastante mal). Le entregué la carta como si se tratase de cualquier otra y me fui. Al cabo de de diez segundos me entró un ataque de pánico aunque sabía bien que la suerte ya estaba echada. Aquel día no pude volver a casa con ella porque me moría de vergüenza. Esperé que se fuera y salí del colegio. Llegué a casa. Me eché en la cama a pensar en ella y me quedé dormido.

No paso nada. No se acercó al día siguiente, ni a los dos días. No se acercó a los tres ni a los cuatro muerta de amor por mí. Me desesperé y un día me planté frente a ella en el recreo. Ella se acercó despacio, sobreparó  a mi lado y luego siguió caminando fingiendo no conocerme. Aquella noche yo no pararía de lagrimear ni de moquear. Ella no me habló en lo que quedo del año lectivo y no me habló el año que vino después. En una incursión clandestina al campo de fútbol a las cinco de la tarde en un día soleado del año noventa y cuatro, vi como le daban su primer beso. Sufrí como solo se sufre de amor a los trece años. La vida había terminado para mí.

A partir de ahí me volví yo.

 

Anti Curriculum Vitae

Terminé el colegio a regañadientes. En quinto de secundaria desaprobé ocho cursos de trece en un bimestre. Mi profesor de física me odiaba y yo lo odiaba más porque obligaba a todos a comprar el libro de física que él había escrito. Mucha gente me dijo: “Cuando dejes el colegio no te imaginas cuanto lo vas a extrañar…” ¿Saben que? No lo extraño una mierda.

Entré a una academia preparatoria para poder postular a la escuela de oficiales de la marina. Estudié un año ahí. No recuerdo un solo concepto de todo lo que repasé ahí. Solo sé que hice trampa en casi todos los exámenes para que mi papá se sienta orgulloso de mí al recibir las notas cada mes.

Seno. Coseno. Tangente. Secante. Cosecante. En medio de un entrenamiento militar bastante arduo era obligado a aprender todos aquellos conceptos y demás mamarrachos matemáticos para poder “destacar” y ser un mejor “militar”. Nunca entendí la relación entre la termodinámica y ser Rambo así que dejé la marina sin gloria y con pena. Perdí un par de meniscos también.

Escuela de derecho. Leyes. Aburrimiento y más aburrimiento. ¿Quién demonios puede ser abogado? Desde que estudié derecho dejé de confiar en los abogados y los empecé a compadecer. Cuanta cochinadilla se puede estudiar en un año de derecho. No recuerdo una sola ley orgánica ni menos aún un solo párrafo de mi libro de derecho Romano. No recuerdo nada de la universidad salvo los Burger Kings que me comía en la avenida Javier Prado.

De paro. Claro con veinte años y sin nada estudiado no podía hacer otra cosa que no hacer nada. Fue la mejor época de mi vida.

Busqué una visa para un sueño. Soñé el sueño americano en una fábrica de lapiceros en New Jersey. Me decían Tortuga porque era muy lento levantando cajas. Mis manos estaban acostumbradas a rascar mis pelotas y no al cartón raspador y formador de cayos. Me dejé la barba y el pelo largo. Era por primera vez yo contra el sistema. De vez en cuando me escondía en algún almacén y me dormía de lo más profundo soñando con volver a Lima.

De vuelta en Lima. De paro nuevamente. Gastando la plata que había ahorrado en EEUU. Me creí un señor millonario. La plata me duro cuatro meses. Al quinto estaba nuevamente “soñando”.

Arkansas. Caballos. Vaqueros. White Trash. Fusiles de retrocarga siendo vendidos en los K-Mart. Trabajé en construcción. Construí bases de cemento en algún sitio cerca a Tenesse. Me accidenté. Me quemé las piernas con algún químico. Un tornado se llevó la casa de al lado de mi casa. Mi vida era un silo lleno de mierda hasta el tope. Extrañé las clases de Derecho Romano.

De vuelta en Lima. Nuevamente gastando el dinero que había ahorrado con tanto sufrimiento y tanto tornado. Se me presentó una oportunidad: Ir a Israel. Me dije a mi mismo: “No puedo perder nada si no tengo nada”.

Israel. Calor. Trabajando en un kibutz en la galilea del sur. Soy un flamante ayudante de cocinero. Cocinamos para novecientas personas cada día. Me gusta lo que hago. Aprendí a cortar como un ninja. Aprendí que la vida da vueltas y que nunca es tarde para comenzar de nuevo. Me gustaba hacer el arroz.

Unidad de paracaidistas del ejercito de Israel. No se como llegué ahí. Soy un veterano combatiente. Me he soplado una guerra completa en el Líbano. He matado gente y la gente me ha querido matar a mi. La vida si que da vueltas y que se vaya a la mierda mi profesor de física del colegio. Creo que trabajar el cemento y el cartón me hicieron más rudo que el resto. Gané demasiado en el ejercito. Amé mi trabajo de punta a punta. Por fin me sentía realizado siendo un francotirador y peleando en una guerra que no era mía pero que pasó a serlo.

Cuerpo de seguridad de la Unión Europea. No se como llegué aquí pero hoy desperté y me di cuenta de que era el jefe. Soy el jefe. No quiero ser el jefe. Quiero ser yo. Estoy realizado con lo que soy. Sencilla y llanamente porque “Soy”. Estoy en una situación realmente increíble. He hecho demasiadas cosas en mi vida. Al fin y al cabo se han terminado entrelazando y han dado lugar al nudo llamado: Yo.

Everest. Un sueño de niño. Lo voy a escalar algún día “en serio”. En Setiembre solo lo voy a acariciar. Mi próximo trabajo: “Montañísta”.

 

Camino al Trabajo

El hombre esta con los ojos fijos en el horizonte, sus manos sujetan el volante. Despacio y prácticamente sin sentirlo, sus pies juegan con los pedales del freno y del acelerador. Un día más en el auto camino al trabajo. Ella esta sentada a su lado mirándose en el espejito que hay en la parte de arriba del tapa sol. Se está acomodando un poco el cabello y busca el lapiz labial de color “natural” en su cartera gris. Para ella  también es un día más, camino al trabajo.

Una situación rutinaria. Ninguno de los dos abre la boca para conversar. Él la mira de reojo pintarse la boca y piensa en como el sencillo hecho de “pintarse la boca” puede convertirse en algo tan erótico. La recuerda hace unos años atrás jugando con la parte superior de su pene. Ella lo rozaba con sus labios delicadamente… él sonríe. Ella le pregunta porque  está sonriendo y él tartamudea y  responde que se acordó algo gracioso que un compañero de trabajo hizo una noche de antaño en una despedida de soltero… De pronto suenan las noticias en la radio y la conversación se termina. Él se estresa un poco porque la bolsa se esta yendo a pique en estos días y tiene un poco de dinero metido en unas acciones. La voz grave del locutor de radio le gusta. Le hubiese gustado tener una voz así de varonil. Vuelve a sonreír.

Ella se da cuenta de su sonrisa pero esta vez ya no le pregunta nada. La verdad es que no le importa porque él está sonriendo. Lo único que quiere es llegar cuando antes al trabajo y encontrarse con Frank. Después de haber pensado en la palabra “Frank” una lluvia de recuerdos la invade y la altera. Recuerda que ayer, solamente ayer, Frank la tomó con fuerza junto a la maquina de café de la oficina y que ella reventó una de las capsulas de café con el peso de su mano mientras él se movía fuerte y sentía que el vientre se le iba, se le iba, se le fue… y como todo el cuarto quedo oliendo a sexo y a café y los dos sonrieron después de haber terminado de hacerlo. “Frank” el hombre que, hace años ya, la saca de la rutina mongólica en la que la tiene metida su marido. “mi marido”  

Terminan las noticias y comienza una canción de la banda británica Munford and Sons : “I Will Wait”. Él la canta feliz y cuando llega a la parte en la que la letra recita “and I will wait, I will wait for you…” él se voltea hacia ella y le menciona aquellas palabras con una leve sonrisa. Ella le pide que deje de cantar que esta malogrando la canción. Él hace silencio y escucha el relinchar de las guitarras irlandesas y se siente feliz aunque a ella no le gusta que cante. Ella quiere bajarse del auto cuanto antes. Piensa en pedirle que la deje en alguna esquina y decirle que hoy va a usar el autobús.  Se lo dice: “Mejor me dejas en alguna esquina y me voy en bus, no quiero que te atrases por mi culpa…” y sonríe torcidamente. Él le dice que ni vainas, que él la lleva hasta el trabajo y la deja en la misma puerta. Ella asiente y abre su cartera ploma. Allí dentro encuentra el bolígrafo de Frank. Ya no aguanta más, lo quiere ver ya. Esta vez recuerda que la semana pasada lo hicieron en la maquina fotocopiadora cuando ya todos se habían ido. Y gritaron y se fotocopiaron mutuamente y se dio cuenta que nunca había sido más feliz que en ese día con la mejilla izquierda apoyada en el vidrio de la fotocopiadora mientras Frank embestía desde atrás con los pantalones rebajados hasta por debajo de las rodillas.

Él se voltea un segundo y se da cuenta de que ella se ha ruborizado. Le pregunta si es que se siente bien o tiene un poco de fiebre. Ella le dice que esta bien. Él le toca la frente y se da cuenta que está un poco calenturada y le dice que parece que está con fiebre. Ella le dice que todo está bien y que no se preocupe. Él insiste en que es mejor regresar a casa. Ella le alza la voz y le dice “Estoy bien, no entiendes bien o que?” Él odia discutir, así que la deja ahí con sus hormonas revueltas. “Las mujeres y sus hormonas…”  se dice así mismo.

Él se fija en el camino. Sabe que en veinte metros el semáforo esta malogrado y tiene que bajar la velocidad. La disminuye con prudencia. Mira hacia la derecha y acelera. A partir de ahí todo es confuso para él. Un golpe seco desde el lado izquierdo lo hace sujetarse muy fuerte al volante. Un grito ahogado de ella. Un ruido infernal de fierros retorcidos. Un suspiro. Un final.

En la oficina Frank mira su reloj preocupado. Son las 9:10 de la mañana.