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Uno de esos imaginativos habitantes

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Hace unos días he cumplido 34 años. Viendo todo lo que me han dado los 33, estoy bastante satisfecho.

Me ha tocado irme a una guerra.

Me ha tocado conocer el norte de Italia.

Me ha tocado ir a los EEUU a ver mi familia (a la cual no veía hace mucho).

Me ha tocado hacer las paces con unos.

Me ha tocado entender mejor y querer más a otros.

Puedo decir y sin mucho miedo a equivocarme que he crecido mucho este año que estoy dejando atrás. He visto algunas cosas muy feas y por otro lado algunas cosas muy hermosas. Y eso, en gran parte, me ha brindado la posibilidad de tomar una muy buena perspectiva de lo que es más importante para mí.

Hay momentos en los que me he sentido atascado en una rutina bastante parsimoniosa, pero viendo la lista completa de las cosas más increíbles que me tocó hacer este año (que no son, en absoluto, Todas las cosas que he hecho) puedo dar fé  que de parsimoniosa mi vida no tiene nada.

Viendo las cosas con una perspectiva prudente puedo decir que estoy felíz con el ser humano que soy. Con el primate algo inteligente que puede teclear unos carácteres en un teclado y expresar con un poco de claridad sus pequeñas e insignificantes ideas. Con el humanoide perteneciente a un grupo de casi siete billones  tan iguales a él y al mismo tiempo tan diferentes… Uno de esos imaginativos habitantes de aquel planeta azul  olvidado en el borde de unas las cientos de miles de millones de galaxias.

No me queda nada más que agradecer a todas las conjunciones físicas y químicas que se dieron para que yo esté aquí escribiendo estas palabras con treinta y cuatro años encima y las mismas que se dieron para que tú estés al otro lado de la pantalla, con la edad y ánimo que tengas en este preciso momento.

Gracias por estar ahí. Y por acompañarme un año más en esta simpática travesía a la que tú y yo conocemos como vida.

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Y hasta aquí he llegado. Hasta este preciso instante plasmando estás precisas palabras. Llegando a ti que me estás leyendo. Habiendo vivido una vida que no imaginé que viviría, cuando a la edad de seis años me imaginaba como iba a ser yo “a la edad de cristo”.

No soy cristo. De eso estoy seguro. Aunque a veces me gusta dejarme la barba. Aunque viva en Israel y conozca el Jerusalén  antiguo bastante bien. Aunque me guste el café de Nazaret y aunque haya pasado noches frías en Belén. No soy cristo y me siento bastante bien no siéndolo.

Pero por alguna gracia de la suerte. De la teoría de las probabilidades. De la teoría del caos. Del efecto mariposa. O de cualquier otro efecto: Llegué a este día en el que me toca cumplir la edad en la que cristo murió crucificado en el monte que está a cincuenta kilómetros de mi ventana. Y lo único que puedo decir a todo ese enredo de artilugios físicos, minutos, horas, días, meses, años, que se iniciaron con el inicio del universo y pasaron por el polvo que mis padres se dieron en un otoño austral del año ochenta para que yo. Si señores y señoras. Yo, llegue a estar frente a este teclado, tecleando los pormenores filosóficos de mi existencia a los treinta y tres años.

Pero este post no es más que una ínfima explicación de lo que un ser pseudo inteligente opina sobre la existencia del todo y de si mismo en un contexto de asombro constante. Porque estoy asombrado de que existo. De que puedo pensar acerca de tú existencia y la del gato del vecino. Y vivo asombrado de lo inmensamente imposible que era que yo este aquí. Pero aquí estoy. Tuvieron que ganar específicos espermatozoides en todos y cada uno de los polvos que se metieron mis ancestros y con toda la inmensidad de las estadísticas y de la probabilidad en mi contra: Aquí estoy.

Asombrado y agradecido de ser. De oler. De rozar. De amar. De odiar.

Agradecido de no haber tenido una existencia tenue. Agradecido de la paz del hogar. Del dolor que he sentido en la guerra. De los padres vivos. De los enemigos muertos. De sentir que me resiento y me entristezco y aborrezco. Porque siento. Agradecido de ver. De orgazmear. De reír. De llorar. De recordar y de olvidar.

No sé a que le estoy agradecido. Quizás a la suerte. Quizás a la evolución. Quizás a cada una de las personas que compartió conmigo desde una parte insignificante hasta años y vidas completas conmigo. A los que me hicieron. A los que me deshicieron. A los que me amaron y a los que me siguen amando. A los que se han, ya, olvidado de mí y los que siempre me van a odiar.

Porque al fin y al cabo tengo la suerte de ser curioso. Y  de darme cuenta de que mi vida y mi consciencia van en contra de todas las leyes evolutivas. Y me admiro de mi mismo por el solo hecho de que respiro y de que como. Por el solo hecho de que veo y escucho. Huelo y amo.

Y queda un año menos de vida y por ende un año más vivido. Paseado y recorrido. Un año aprovechado en muchos aspectos y no tanto en otros. Un año que me ha hecho darme cuenta que comprar estupideces no te hace feliz. Un año en el que he hecho mucho más ejercicio que en cualquier otro y en el que me he llevado al límite. Un año en el que la neblina del High Camp en el Annapurna a las cuatro de la mañana hizo que me diera cuenta de que a veces los abismos y la muerte te esperan debajo de un manto blanco y silencioso. Un año en el que no me he cansado de enorgullecerme de mi compañera por seguirme y por dejarse seguir a todos los sitios donde hemos ido. Un año en el que mi familia ha estado más lejos que nunca y los parches tecnológicos ya no nos ayudan mucho.

Por lo bueno. Por lo malo. Por lo bonito y por lo feo. Gracias queridos 32 que se van. Hasta nunca.