Leonard Cohen en la trinchera

dsc03767
Entrenamiento de Francotiradores Israel. Noviembre del 2016.

 

Leonard Cohen ha muerto ayer.

Mientras él moría, yo le disparaba a blancos a seicientos metros de distancia. Él se deslizaba entre el misterioso límite de la existencia y la no existencia. Y yo me preocupaba en que mis disparos peguen bien en un blanco de papel.

La vida es rara porque se ramifica de infinitas maneras al mismo tiempo.

Te sientes estúpido disparándole a un papel mientras Leonard Cohen muere. Te sientes estúpido incluso siguiendo las noticias de las elecciones de los Estados Unidos. Trump. Clinton. No valen ni una de las partículas del polvo de estrellas en el que se convertirá el cuerpo de Leonard Cohen.

¿Dónde está el sentido de todo este desorden cósmico al que llamamos existencia?

Si mientras hablamos o tecleamos o disparamos, una de nuestras mejores mentes deja de existir. Una de las mejores muestras de nuestra humanidad se desplaza al infinito campo del “no ser”.

Mientras mi compañero corregía mis disparos con un telescopio y me decía que dispare más a la derecha porque había un viento fuerte que venía desde la izquierda del blanco (y lo hacía tan profesionalmente) me dijo: “Ya no me gusta hacer esto. Ya no le encuentro sentido. Ya no quiero matar a nadie. Ya no quiero morir por nada…” Filosofía de trinchera, me dije. Y mientras tenía el ojo en mi telescopio y mi dedo en el gatillo, le respondí que pienso igual. Le dije  que ninguna ideología vale lo que valen nuestras vidas. Trump ha ganado en Estados Unidos y no voy a morir por él. Ni por Hillary. Ni por Obama. Ni por el inutil de Netanyahu. No voy a morir ni a matar por un político de turno.

Los políticos son mierda. Leonard Cohen es oro.

No voy a morir por nadie porque a nadie le va a importar mi muerte. Y mi muerte no va a cambiar nada. No soy Leonard Cohen. El arte se va con él. La poesía se va con él. El susurro de su voz increíble se va con él. Y lo extrañaremos.

Todos…

 

 

Mi última semana…

Mi querida Negev y yo…Ah! y un amigo sobre mí…

No he escrito está última semana porque me fuí a entrenar al ejército.

Estuve en el campo con un calor de más de 40 grados centígrados. Me encontré de nuevo con mi querida Negev. Me encontré también con los amigos de siempre. Me encontré con una semana entera “durmiendo” bajo las estrellas y caminando infinidad de kilómetros con peso sobre mí. Me encontré hablando con mi compañero de navegación acerca de la bancarrota de la economía griega. De teología. De tomates hidrofólicos. De pornografía. De ética empresarial y de un sin número de temas que puedes hablar con alguien solo cuando llevas horas de horas caminando con él bajo la luz de luna buscando coordenadas concretas y contando pasos para no desviarte de una ruta planeada con horas  de antelación.

Estoy bastante cansado y las ideas no me fluyen realmente bien en este momento. Me es dificil concentrarme y plantear las palabras como debe ser. Después de innumerables horas sin dormir, gran parte de mis neuronas se han ido al tacho. Y hasta que las que quedan no empiecen a reconectarse como se debe voy a estar así como estoy, medio zombie.

Además de no dormir bien, no he comido bien. Joder, que en este ejército te matan de hambre. He comido cosas como estas:

Huevos duros, pan y puré de papas….Hummmm

O estas:

Eso que parece pollo frito es berenjena… Hasta mi Negev está tirada y cansada por falta de algo nutritivo…pobre…

Lo que necesito en este momento es una buena ola de sueño. Poner el aire acondicionado y remojar los pies en agua caliente. Es lo que necesito, pero no es lo que voy a hacer. En cambio me he sentado a escribir estas palabras pese a que con las justas puedo pensar. Además de eso voy a hacerme un excelente café y voy a llevar a mi perro a la playa más tarde. Memento Mori suena por mi mente. Memento Mori que el tiempo se acaba y descansaré ya en la tumba hasta el infinito.

Hoy por hoy: Café, escribir, ejercicio, playa, más café, alguna película, hacer el amor y a dormir como el dios judío  y los dioses griegos mandan.

Después de un par de horas de sueño bajo la estela de la Via Lactea. Despertándonos adoloridos. Machacados y jodidos para un nuevo día. Vale! La vida es bella…

Pero no quiero que pienses que lo he pasado mal. Nop. Pese al dolor y a todo lo difícil y desafiante que pueden llegar a ser las cosas en cierto momento. Precisamente por eso es que me siento más vivo que nunca. Siento que en unos días he vivido unos meses. Eso es lo que me pasa cada vez que estoy vestido de nuevo con el verde olivo del ejército que forma parte de mi vida y cada vez que me reencuentro con las personas que en muchos aspectos son mi familia. Los que morirían por mí como yo por ellos.

Es que no hay como defender la casa todos juntos… Aunque alguna gente del mundo piense lo contrario…Somos los “buenos” del cuento, algún día se darán cuenta…

Una vez me cayó una esquirla…

Una vez me cayó una esquirla de RPG en la mano.

Antes de eso había estado corriendo colina arriba. Mi respiración estaba agitada. Llevaba como 20 kilos encima entre mis armas y mis municiones. Matania estaba a mi lado. Corría un poco más rápido que yo así que estaba un poco más adelantado. Yo miraba hacia la cima de aquella colina. En quince segundos llegaríamos y nuestra parte, en aquel ejercicio militar, terminaría.

Quince segundos después una explosión en la cima de la colina nos hizo volar hacia atrás. Rodamos colina abajo unos cuantos metros hasta que quedamos tirados uno a un par de metros del otro. Yo quedé boca arriba. Vi el cielo. Estaba atardeciendo. Las nubes estaban naranjas. Mi cuerpo había sentido toda la onda expansiva de la explosión recorriendo su interior. Sentí por primera vez cada uno de mis órganos moverse dentro mío. El aire estaba fresco. Sentí mucha tierra y piedras dentro de mi boca. Alcé la mano izquierda para limpiarme la cara y los ojos. Me di cuenta que mi mano era una especie de masa que chorreaba sangre. El cielo seguía naranja. Vi a Matania deslizarse hacia mí. Me pidió que no me moviese. Yo me había sentido bien hasta que vi mi mano y entonces me di cuenta porque no quería que  me moviese. La sangre brotaba con cada latido de mi corazón. De pronto me sentí muriendo como en una película de guerra. Quise llorar. Pensé que mis dedos ya no estaban. Veía algo gelatinoso entre el rojo y marrón al final de mis falanges. Habían pedazos de guante quemados. No sabía que había pasado. Efraim apareció con sus lentes poto de poto de botella. Atrás el cielo seguía naranja. Cada vez más fresco. Matania sacó la gaza de emergencia que cargamos en el pequeño bolsillo de al lado de la rodilla izquierda. Vi que la abría desesperado. Efraim le decía que no me veía tan mal. No sé porque pero amé a Matania en aquel momento y odié a Efraim. Apareció otro soldado. Y luego otro. Y pronto ya no veía el cielo. Solo caras de amigos y de curiosos que ni conocía. Quería ver el cielo. Matania me preguntó mi nombre. Se lo dije sin chistar. Me dijo que no me moverían porque no sabían de donde venía tanta sangre. No me dolía nada, salvo la mano. Me dolía y me asustaba. No la quería ver. Créeme: No la quería ver más.

La venda se mojó de sangre. Llegó alguien con la camilla y me subieron a ella y empezaron a bajar la colina conmigo y con casi 100 kilos (entre mi cuerpo y todo mi equipo) encima de ellos. Los escuché maldecir. Les pedí que me bajaran, que quizás podía caminar. Caminé hasta la base de la colina. Esperé sentado ahí sobre una piedra mientras todos hablaban de lo que podía haber pasado cuando Elhanan disparó el RPG sobre la base de la colina. Los escuchaba mientras la gaza comenzaba a gotear sangre. Matania me acarició la cabeza y me dijo que en dos semanas estaría de regreso. No le creí. Llego el Helicóptero para evacuarme. Yo tenía el brazo doblado y mi mano envuelta en la gaza empapada en sangre. El paramédico del helicóptero me sacó la gaza, miró mi mano mientras yo volteé la cabeza y vi  hacia otro lado. Me dijo “no te preocupes, vas a estar bien”. Cuando dijo eso, miré mi mano que seguía sangrando pero menos. El guante estaba quemado. uno de los dedos parecía cualquier cosa menos un dedo. Quizás parecía una flor. Sí, era algo así como una rosa abierta. El helicóptero despegó y vi a mis compañeros abajo mientras veían el helicóptero despegar mientras me evacuaba al hospital Soroka en Beer Sheva.

Dos semanas después estaba nuevamente con ellos.

En la reserva

Yo y la Negev. La ametralladora que nunca quise pero que termino siendo mi mejor amiga.
Yo y la Negev. La ametralladora que nunca quise pero que termino siendo mi mejor amiga.

Según las leyes israelíes un soldado retirado del servicio activo puede ser llamado a la reserva después, de como mínimo, un año.

A mi me llegó la carta al mes de retirado.

Podía decirles que no quería ir. Que ya estaba bueno. Que se esperaran otros once meses más antes de joderme. Pero no lo hice. Recibí la carta con el sello de צהל (IDF) en el sobre y no pude decir que no. Así que me presenté en el lugar indicado. En la fecha indicada. A la hora indicada.

La invitación era en una base de entrenamiento en la zona de Kiriat Gat. Llegué con mi uniforme planchado y mis botas lustradas. Le informé a unos soldados que venía a presentarme al servicio de reserva. Los soldados me miraron y sonrieron. Me dijeron que me siente por ahí. La cita era a las 900. Yo había llegado una hora antes, a las 800. Estaba solo en un hangar sin aire acondicionado. Llevando una mochila grande con las cosas que necesitaría para mi mes de servicio. Esperé.

A las 10 de la mañana empezaron a llegar otros soldados. Muchos de ellos desarreglados y con las camisas fuera de los pantalones. Nadie tomaba asistencia y a nadie le importaba mi presencia. Apareció una secretaria del servicio activo y me dijo: ¿Quién eres? Soy Casaretto dije. ¿Casa..que? preguntó asombrada. Casaretto: Se escribe Kuf, Sameh, Reish Tet, Vav: קסרטו, lo repetí despacio para que lo entienda. Que raro tu apellido, me dijo con una mirada de sorpresa, una de esas que solo se tienen a los dieciocho años. Es italiano, le dije. Ah… ¿Y tú eres de Italia? me preguntó. No, no soy de Italia. Soy de Perú. No entiendo nada, me dijo. Llena tu nombre aquí. Este es tu seguro de vida. Lo puedes repartir entre la gente que quieras. ¿Cuanto es? le pregunté. Un millón de shekels (Unos doscientos cincuenta mil dólares). Oh no  está mal, le dije… Debes morir antes para cobrarlo, me dijo sonriendo. Llené el formulario y puse el nombre de mi esposa solamente. Si me había aguantado tanto tiempo, se lo merecía. Ahora solo me quedaba morir.

Nadie impartía ordenes. Los oficiales se veían más cansados que los soldados. Yo era el único soldado de los cien que ya estábamos ahí que tenía el uniforme planchado. Todos se veían como después de un combate. Yo me veía como antes de uno. Por ende cuando el jefe de logística de la unidad entró en el hangar donde estábamos y miró a todos lados, se fijo en mí y me dijo: Tú, el nuevo, ven aquí.

Fui, como no.

Vamos a la armería, me dijo. Lo seguí. Sería mentir si digo que aquel jefe de logística estaba menos limpio que yo. Se veía pulcro con un uniforme nuevo y planchado. Me dio gusto ver a alguien que realmente parecía un soldado dentro de toda esa sarta de descuidados y agotados dizque reservistas.

Vas a firmar por un fusil M-4 con mira telescópica Trijicon. Me dijo sonriendo. Le respondí Ok.

Además de eso vas a firmar por una ametralladora ligera Negev. Esa va a ser tu arma en combate en terreno abierto o cuando salgamos de operativo. Lo repitió despacio y sin una sonrisa.

Mira, no puedo firmar por una Negev porque cuando he estado en actividad he sido francotirador. Soy un experto en la M-24 o en la Barrett 0.5. No sé nada de ametralladoras ligeras. No es lo mío. Le dije pasando saliva.

Si has estado algún día en algún ejercito y tienes un arma, tu arma, sabrás que es difícil cambiarla por otra. Si te dicen que te pases a otra arma, a una que no tiene nada que ver contigo, es prácticamente un insulto. Un trauma. Una petición inaudita. Algo que no se dice ni se hace. Una mentada de madre en el mejor de los casos.

Más aún si eres un francotirador y todo lo que te enseñaron en un curso de un año va a quedar en desuso. Cosas  como las fórmulas para  calcular los vientos y las distancias. O como hacer una aproximación sin ser visto. O como observar el terreno y encontrar el punto más propicio para emplazarse. O como tomarse las cosas con calma. Sin desesperarse. Esperando que el blanco aparezca. Tu mira está ya equilibrada. El objetivo aparece. Aguantas la respiración. Tu pareja confirma el blanco y te dice: fuego. Disparas. El blanco cae. Sigues la ruta de evasión planeada. Llegas al punto de extracción. Regresas a la base. Te tomas una ducha caliente. Te quitas la pintura de la cara. Vas al comedor y comes huevos duros fríos y yogur. Vas a tu cuarto. Limpias tu arma. Le haces una X pequeña con tu navaja Letherman. Uno más para tu cuenta. Limpias el arma. Te metes a tu cama. Huele a sudor aquel cuarto pese a que el aire acondicionado está a full. Te duermes. Sueñas con casa.

Mira, me importa un rábano si te crees David Crocket y te gusta cazar conejos. Me dijo con cara seria el jefe de logística. Vas a tomar la Negev. Vas a salir a un curso de cuatro días y vas a volver hecho un monstruo en ella. Vas a disparar 18 tiros por segundo. Vas a poder cortar un árbol si te da la gana…Vas a ser indestructible…

Firme por la M-4 y por la Negev. La Negev me parecía un bicho raro. Un perro chusco. Iba en contra de todo lo que había aprendido. Era la cantidad sobre la calidad. Era la fuerza de destrucción de mil balas por minuto en contra de la delicadeza y la elegancia de una bala por día.

Después de cuatro días de curso. Regresé hecho un monstruo y podía cortar un árbol con balas.

La Negev como buen perro chusco se había ganado mi cariño y mi respeto.

Cuatro días después estaba en Nablus, en los territorios palestinos. Cuando llegué me di cuenta que todos ya habían metido sus camisas y parecían una unidad de combate común y corriente desplegada en una zona de combate. Cuando entré en el comedor me hicieron espacio en una de las mesas. Un tipo de mi edad, algo calvo me dijo: Ven siéntate acá. Eres el nuevo “destructor” de la unidad ah? Bueno, en verdad soy francotirador. Esa es mi especialidad. Lo dije con nostalgia. En la reserva eso no importa. Acá todos hacemos de todo. Me dijo mientras masticaba un pedazo de pan.

Me tocaría pelear en dos guerras con mi unidad de reservistas. Pero para eso faltarían un par de años más. Mientras tanto volvería a casa como el resto de soldados. Ellos volverían a ser abogados, médicos, guías de turismo o cocineros. Yo volvería a mi oficina y mi trabajo en seguridad. Nos encontraríamos en el mismo hangar la próxima vez con las camisas afuera y los zapatos sin lustrar.

Mantente fuera de la zona de confort

En el ejercito aprendí que el límite de resistencia de una persona es veinte veces superior a lo que ella piensa. Aprendí a estar fuera de mi zona de confort una hora, un día, un mes, un año, siempre.

Podemos hacer cosas increíbles. Todos somos capaces de aprender a estirar nuestros límites poco a poco.

Digamos que crees que puedes pasarte un día sin comer y no más de eso. Pues tu límite real está aproximadamente en los veinte días. Con práctica un ser humano puede pasarse 30 días sin probar bocado antes de morir de inanición. Este ejemplo solo sirve de referencia para que entendamos uno de nuestros límites biológicos más simples. Y si algo tan necesario y vital como la comida puede ser llevado a límites tan extremos, pues créeme que muchas de nuestras actividades cotidianas las podemos llevar a extremos mucho más impresionantes que ese.

Mucha gente dice que para aprender y crecer en la vida hay que aprender a salir de la zona de confort de cuando en cuando. En el ejercito  por ejemplo, te enseñan  a estar fuera de la zona de confort todo lo que puedas. ¿ Y sabes qué? Es impresionante cuanto se puede hacer fuera de ella.

La mayoría de nuestros límites físicos son mentales. Obviamente nuestro cuerpo es una máquina constituida de carne y huesos y a estos los podemos llevar al límite, pero su límite está mucho más lejos de lo que nosotros pensamos, creemos o queremos creer. Nuestro primer límite es el que nosotros mismos nos ponemos al decir. Eso para mí y para mi cuerpo es imposible.

Para dar un ejemplo:

Mucha gente quiere comenzar a entrenar un deporte. Quieren comenzar a correr. Quieren llevar una dieta más sana y así sucesivamente. Pero muchos de ellos pierden la moral bastante rápido después de correr el primer kilómetro y de haberse dado cuenta cuan fuera de forma están. A todos nos ha pasado algo así. A mí me me ha sucedido en los primeros días de entrenamiento en el ejercito en el desierto con cuarenta grados centígrados sobre mi cabeza. Me ha pasado también la primera vez que salí a correr a los 23 años y al cabo de doscientos metros sentía que mi corazón se quería parar. Me ha pasado cuando por primera vez me mudé solo y de pronto todo era muy difícil. Me ha pasado cuando me casé y por primera vez ya no era yo solo en este mundo. Me ha pasado cuando intenté escribir por primera vez un post. Me ha pasado la primera vez que intenté minimilizar mis cosas. Me ha pasado cada vez que he intentado algo nuevo y la cantidad de práctica que tenía en ese ALGO NUEVO  era  nula.

Cada vez que hemos intentado hacer algo nuevo hemos estado fuera de nuestra zona de comfort. En el ejercito es fácil. Porque los sargentos y los oficiales te presionan hasta tu límite en los entrenamientos. Siempre tienes a  alguien diciéndote que si puedes. Además de eso tienes compañeros que pasan por la misma mierda que tú y te sirven de ejemplo y eso te facilita aún más el asunto.

En nuestra vida diaria estamos solo NOSOTROS. No hay nadie empujándonos al límite ni amigos que nos den el ejemplo. Ni nada. Estamos solos y conocernos a nosotros mismos y conocer nuestros límites depende solo de NOSOTROS. Salir de la zona de confort es difícil. Lo sé. Pero te voy a dar el tip que yo uso día a día para estar fuera de ella.

Razono sobre la situación difícil a la que me voy a someter y sobre los beneficios que voy a obtener de ella.

Por ejemplo:

Sé que entrenando voy a estar más sano. Me voy a ver mejor. Y voy a ser más fuerte (no solo físicamente). Así que pese que a mi cuerpo no le de la gana de moverse. Razono sobre los efectos positivos del ejercicio y OBLIGO a mi cuerpo a moverse. Sé que en un mes me lo voy a agradecer.

Al levantarme temprano los fines de semana. Sé que voy a tener más tiempo para mi solo. Voy a poder sentir la tranquilidad de la ciudad. Voy a poder escribir con mayor tranquilidad. Voy a poder limpiar el departamento antes de que mi esposa se levanté. Voy a poder sorprenderla con un desayuno hecho. Razono sobre los efectos positivos que me da el hecho de levantarme temprano y  me OBLIGO  a hacerlo.

Sé que dejando las redes sociales de lado voy a ser más productivo y a tener más tiempo para estar con los que quiero. Voy a poder pasar tiempo “real” con mi esposa. Con mis amigos. Conmigo mismo, pensando, meditando o no haciendo nada. Voy a poder ser más creativo. Voy a poder leer libros de papel. Voy a poder pensar en un nuevo post que escribir para que tú lo leas. Razono sobre los efectos positivos de estar menos tiempo en Facebook y me OBLIGO a desconectarme.

Y así sucesivamente.

Resumiendo:

  • Nuestro aguante fuera de la zona de confort es infinitamente más grande del que creemos.
  • Estar fuera de la zona de confort hace que aprendamos y que crezcamos como personas.
  • Razonar el porque debes estar fuera de la zona de confort en tal o cual actividad o situación te ayuda a estar fuera de ella, imaginándote en las cosas positivas que adquieres estando fuera de la misma.
  • Mientras más te encuentres fuera de la zona de confort tu resistencia mental se agranda exponenciálmente. Las unidades de operaciones especiales de la mayoría de los ejercitos del mundo lo entienden y trasmiten  a sus soldados: Al final ellos piensan literalmente que no hay nada que no puedan llevar a cabo.

 

A los 23 años pensé que moriría corriendo 2 km. Hoy a los 33 sé que puedo correr 200 km si es que necesito hacerlo.

 

 

Evolución

Hace nueve años comencé el entrenamiento básico en una unidad de élite del ejercito. He aprendido muchas cosas en el tiempo que ha pasado desde aquel agosto del dos mil cinco. El clásico aprendizaje militar de élite que te conlleva a saber como volar una puerta. Navegar y orientarte. Camuflaje y supervivencia. Paracaidismo. Aguantar el peso. Descolgarte de un helicóptero. Volarle la cabeza a una mosca a ochocientos metros de distancia.  Aguantar los kilómetros bajo tus pies. Tácticas de guerra urbana. Tácticas de guerra en campo abierto. Contra terrorismo. El uso de una amplia gama de armamento. A esperar y esperar. A entender que dudar es más peligroso que una unidad terrorista en tu flanco.

He aprendido eso pero eso no es lo único que he aprendido. Las tonteras y juguetes del ejercito las puede dominar hasta el más boludo con tal de que tenga un poco de aguante. Esas son las cosas más fáciles de aprender y las que todos, al fin de un entrenamiento de un año y medio, salen sabiendo.

Gran parte de mi amor por lo simple y de mi satisfacción por lo poco se lo debo a los años que vinieron después de aquel entrenamiento. Los años en los que me tocó pasar por dos guerras. Por el hecho de haber perdido  unos amigos y ver otros tantos heridos.  Puedo decir que lo más valioso que he sacado del ejercito lo aprendí después. Sencilla y llanamente la perspectiva que usé toda mi vida para observarme a mi mismo y saber si soy “exitoso” o un “fracasado” o mejor dicho la perspectiva que me inculcaron mis padres, mi familia y la sociedad sobre lo que es ser una persona exitosa o no. Bueno esa perspectiva murió en algún lugar del medio oriente. Y dio paso a mi actual “manera de pensar”.

No me gusta lo simple porque está de moda. No me gusta lo simple porque haya leído del tema en algún diario, revista o blog. No. Me identifico con la simplicidad porque he “evolucionado” hasta ella. Después de lo que he visto con mis propios ojos he llegado a entender que todo este juego de ir al centro comercial a comprar ropa nueva o comprar un auto con turbo o competir en las charlas banales con tus amigos: Que si viajaste aquí o allá. Que si estuviste en el Luvre o no. Que si tu empresa se ha dado cuenta que eres el nuevo niño prodigio. Que si tus hijos son cuasi perfectos. Que si tu vida es de puta madre y mucho mejor que la del resto…Ustedes me entienden. Ese juego no lo quiero jugar más. Me gusta lo simple porque realmente he descubierto la belleza en las cosas simples de la vida.

Cuando estaba en medio del bullicio y el desorden del combate en lo único que pensaba era en vivir. Solo quería vivir. No quería un Ferrari rojo o un millón de dolares en mi cuenta bancaria. Solo quería ver otro día más. Y cuando tenía tiempo para desear más en medio de los tiroteos. Solo quería abrazar a mi mujer. Verla a la cara una vez más. Aunque sea una vez más. Tocarle el cabello. Decirle cuanto la amo. Lo demás. Las cosas. La plata. Las socialmente aceptadas medidas del éxito me resultaron tan infantiles e inútiles que me daba risa como me podía haber estado preocupando por ellas los primeros veintiocho años de mi vida.

Eso es lo que aprendí del ejercito. Del combate. De la guerra. Que la vida es putamente y dolorosamente efímera. Que los vivos pasan a estar muertos en nada de tiempo. Que no quiero gastar mi pequeña vida compitiendo con el resto. Que las caricias. Los abrazos. Los “te amo” valen demasiado y te hacen rico. Que el sencillo hecho de que llegues al día siguiente, es ya, un logro. Que cada uno debe vivir como quiere y como le sienta bien porque la vida es algo que se escurre entre los dedos más rápido de lo que creemos.

Yo he elegido vivir simple porque he entendido que lo más importante para mí es lo que ya tengo. Estoy vivo. Estoy sano. Amo a mi esposa. Amo mi vida.

Creo que ya lo escribí en algún lado. No todos tienen que pasar por lo que yo he pasado para simplificar. Yo he llegado a lo simple por el camino difícil. Por haber demolido  todo lo que creía y haber encontrado que los escombros son lo más hermoso de la tierra. No todos son cabezas de chorlito como yo. A algunos solo les falta mirar a los lados y entender que su vida es de la puta madre y que no hay que ir por ahí desesperados por más.

He evolucionado hasta lo simple. Y me siento bien.

Comenzando

Visto verdeo olivo. Mi espalda suda. Mi cuerpo tiene veinticinco kilos de sobrepeso.  Hay pinos y eucaliptos a mi alrededor. La primera aldea a la que vamos a llegar parece tranquila. Es Julio del dos mil seis. Hace quince días que secuestraron a dos soldados israelíes en la frontera con Líbano. Después de los tanquistas y de la fuerza aérea hemos entrado en combate como primera unidad de infantería de choque. Cruzamos la frontera a las cuatro de la mañana desde el Kibutz Zarit desde el lado israelí. He caminado tres o cuatro kilómetros parando cada cien o doscientos metros unos diez minutos cada vez. Nos ha tomado llegar a la primera aldea seis horas.

Hace calor. El cielo está limpio de cualquier rastro de nubes. Huele a pólvora quemada. La artillería y la fuerza aérea han hecho su trabajo de “limpieza” antes de que lleguemos a la aldea. El batallón se divide en compañías y cada una toma una “posición” diferente. Cuidamos mutuamente nuestro flancos. Cada compañía irrumpe en una casa grande. Sabemos exactamente en que casa entrar gracias a los mapas satelitáles que hemos estudiado desde hace dos días. Una vez dentro nos damos cuenta de que no hay gente. Tomamos los altos y los bajos. Como francotirador busco la planta más alta y una buena posición apuntando a la plaza que se encuentra al norte de la casa. Abro mi mochila y extraigo mi Remington M-24. Extraigo el trípode y armo mi “puesto” de disparo. Mi compañero extrae el sistema de camuflaje y lo adhiere a la ventana. Desde afuera nadie puede vernos y desde adentro vemos todo lo que pasa. De su mochila extrae su mira telescópica. La que le permite hacer las mediciones de una manera más precisa. Comenzamos con la rutina de mediciones. Ochenta metros al centro de la plaza. Cincuenta metros a la ventana de la casa que está en diagonal a nosotros. Ciento cincuenta metros a la linea de ventanas de las casas cruzando la plaza. Fuerza del viento: “uno” de este a oeste. Idioma compartido: La plaza. La palmera. El Mercedez azul. La pileta. El árbol solitario. Listo: Dos clicks para arriba. Tres clicks a la izquierda y mi mira esta calibrada.

Escucho al resto de la compañía haciendo ruido con las ollas en la primera planta. Se están cocinando algo con la poca agua que tenemos. Nos han prohibido beber el agua de la cañería de la aldea. El comando no sabe si la han envenenado o no. Así que lo que tenemos está en nuestras camelback. Una vez que mi M-24 está montada en su trípode y las mediciones están hechas. Me siento en el piso con la espalda apoyada a la pared. Mi compañero hace lo mismo. Estamos sentados el uno al lado del otro pensando en que “esto es la guerra”. Nos miramos el uno al otro. Es un chico alto. Delgado. Usa gafas y siempre sonríe. Lo quiero como a un hermano menor. Me dice que hasta ahora está aburrido. Que es casi lo mismo que en Czisjordania. Le respondo que es igual pero con vistas más bonitas. Sonreímos juntos. Escucho un pito de pronto. No atino a pensar lo que es. De pronto una explosión remece la casa. Alguien grita RPG!!! Mi trípode se cae al piso con el arma. Veo una nube de polvo de cemento subir con rapidez por las escaleras. Escucho un pitido intenso dentro de la cabeza. Mi compañero trata de hablar conmigo. No le escucho nada. Solo el pitido intenso. Trato de contestarle. Él no me escucha a mí. A lo lejos muy dentro de los oídos escucho disparos. No sé de donde vienen o sí los muchachos del primer piso están disparando a alguien. El pitido no me abandona la cabeza un buen rato. De pronto mi audición vuelve. No quiero asomarme por la ventana. Tengo miedo. Pienso en mi casa. Levanto el trípode. Mi compañero está apuntando con su arma. Comienza a disparar con dirección a la plaza. Yo miro a través de la mira telescópica Leopold que aumenta por diez cualquier imagen. Apunto a lo primero que se mueve en la plaza y disparo. La guerra acababa de comenzar para nosotros.

Un paso más es un paso menos

 

“Un paso más es un paso menos”. Solía repetirme eso una y otra vez. Aquella frase me la enseñaron en la armada en Perú hace bastante tiempo ya. Aunque creo que se le puede dar uso en cualquier ejercito o banda de mercenarios alrededor del mundo. Cuando estaba en el entrenamiento en la escuela de paracaidistas en el ejercito de Israel solía repetirme aquella frase una y otra vez. Solía hacer una que otra variación como “Un día más es un día menos” o “Un kilómetro más es un kilómetro menos” (la inspiración no me abundaba en aquellas épocas) Regresemos al paso. Paso a paso salíamos una vez por semana de marcha de campaña. Recuerdo que la primera que hicimos fue de tres kilómetros. Me pareció pan comido y en determinado instante pensé que si todo seguía así mi vida sería miel y azúcar.

Once meses después estaba en la última semana del entrenamiento. “La semana de la guerra” algo así como la recreación bélica más fidedigna que se le puede hacer a una unidad del ejercito. Una semana entera en la que prácticamente no se duerme. No se come. Los comandantes disponen a sus fuerzas manera que creen conveniente y utilizan estrategias ingeniosas para conquistar las posiciones del “enemigo”. Tenemos a nuestra disposición helicópteros, mucho morteros, artillería, algo de tanques y muchísima munición. En fin. No voy a usar la palabra “divertido” porque no lo es. Al menos no notas mucho el cansancio porque todo el tiempo estás en movimiento. Mi sueño más largo en aquella semana duró cincuenta minutos aunque los sentí como si hubiesen sido cincuenta horas. “Combatimos” . Volamos de un sitio a otro en los Black Hawk. Explotamos tanques. Y tomamos las posiciones enemigas. Fin del cuento. “La semana de la guerra” había terminado. Me sentí demasiado feliz y a la vez realizado después de haber logrado culminar uno de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Iba bromeando con los compañeros. Abrazándonos los unos a los otros. Sonriendo con placidez pensando en las duchas de la base. Pensando en la comida caliente del comedor…El Mayor a cargo nos pidió que nos reagrupáramos nuevamente. Nos dijo que habían nuevas ordenes. “Los egipcios atacan por el sur” nos dijo. “Varias unidades de infantería los están deteniendo lo mejor que pueden…” “Tenemos veinte horas para entrar en combate…así que nos ponemos en camino ahora”. Nos dejó pasmados un segundo aunque luego regresó y nos dijo: “Esto es un ejercicio…seguimos en la semana de la guerra. Ahora comienza lo bueno…”

Lo “bueno” comenzó y empezamos a caminar con la munición y las armas. Una hora. Dos horas. Diez horas… En determinado instante dejé de pensar porque hasta eso me cansaba. Me repetía a mi mismo la frase de siempre “Un paso más es un paso menos” “Un paso más es un paso menos” Nunca en mi vida he estado tan extenuado. Mis piernas temblaban sin control y mi rodilla derecha estaba demasiado llena de agua como para verla con buenos ojos. Empezamos a caminar a la una de la tarde. A las tres de la mañana del día siguiente nos esperaba un convoy con comida y agua. Todos queríamos sentarnos pero no nos dejaron. El riesgo de hipotermia es alto de noche en el desierto  si es que estás muy mojado. Nos dieron quince minutos para comer y beber todo lo que queríamos. Comí muchas tortas de chocolate. Comí cantidades ingentes de pan con mermelada y me trague diez huevos duros. Ahí uno de los choferes del convoy nos soltó el dato que habíamos caminado setenta kilómetros y “solo” faltaban treinta.Cuando escuché treinta me derrumbé psicológicamente. Quise llorar. Quise pegarle a alguien. Aunque recordé que el culpable de aquel suplicio era yo y nada más que yo. De todas maneras lo que más quise fue a mi mamá.

Una vez que se corrió la voz por todo el batallón sobre lo treinta kilómetros que faltaban el silencio se apodero hasta de los más optimistas. Yo llevaba una radio de la época de la guerra de Vietnam en la espalda. Pesaba mucho y ya no la podía cargar. Le pregunté a uno que otro soldado si es que alguien la podía llevar por mi. Nadie se atrevió. Todos estaban hechos mierda. Yo lo entendí y me resigne a mi suerte. Cuando nos pusimos en movimiento nuevamente mis músculos estaban tan entumecidos que respirar me dolía. Bajé la cabeza para hacer caer el peso de la radio en la parte dorsal de la espalda y mientras miraba al piso caminé mirando mi pie izquierdo avanzar y luego el derecho. Supongo que en cierto instante aluciné o me dormí porque no recuerdo bien como transcurrieron aquellos treinta kilómetros. Solo sé que en determinado momento paramos. Un nuevo convoy nos esperaba con dulces y agua. Nos dieron cinco minutos.

Después de eso nos ordenaron abrir las camillas para transportar heridos. En cada camilla pusieron cuatros costales de arena de veinte kilos cada uno. Cuatro soldados llevarían una camilla al hombro (uno en cada esquina). A partir de ahí cada uno de nosotros se montaría sobre un hombro otros veinte kilos de peso. Las ganas de llorar se me habían ido y dieron paso a un estado de displicencia sin igual. Un estado de “ya que mierda más da….” Junto con mis tres compañeros levantamos nuestra camilla. Dolió. Un minuto después el mayor nos dijo: “Falta un Kilómetro y medio para que se conviertan en paracaidistas. Falta un kilómetro y medio para que dejen de ser lo que eran y pasen a ser lo mejor que pueden ser. Este kilómetro y medio es el más difícil de todos. Ven aquella montaña de ahí….Pues ahí nos dirigimos. Nos vamos a caer. Pero nos vamos a levantar y ningún puto va a renunciar. Israel esta orgullosa de ustedes. Son la sal de esta tierra….Andando!!!!”

Frases como esas se estudian en la escuela para comandar. Luego me aprendí unas cuantas cuando me tocó a mi levantar la moral de mis soldados. Aquel día aquella linda frase no sirvió de mucho. Estábamos hechos puré. Caminamos como zombies con el dolor intenso en el hombro en el que levantábamos el peso. En determinado instante me acordé de las procesiones en Perú. Sí.  Me sentía como algún pobre diablo llevando las andas de algún patrón o santito o Jesusito o virgencita. Aquel pensamiento me ayudo a pensar en otra cosa. Recordé en como la gente adornaba con flores las avenidas y en el olor del incienso. Los rayos semi naranjas del sol comenzaron a emerger a nuestra espalda por el este. La subida a la montaña fue brutal. En verdad nos caímos muchas veces. Nuestros propios comandantes y sargentos se metían debajo de las camillas para ayudarnos. Todos fuimos uno. Todos pujando hacia arriba. Pujando. Paso a paso. Despacio. Escuché muchos gemidos. Chicos quebrados llorando. Gritos de aliento de otros. Mi rodilla derecha dejo de funcionar y no pude doblarla más. Así que cojeé con dolor. Miré hacia la cumbre. Mientras el negro del cielo se estaba pintando de un azulino paraíso. Di todo lo que tuve. Lo di de verdad. Un paso más es un paso menos. Un paso más es un paso menos. La cumbre cada vez más cerca. Hasta que por fin.

Gritamos de alegría. Gritamos de dolor. Miré hacia el este y el amanecer me hizo lagrimear. A mis pies estaba el mar muerto cambiando de colores. Las montañas de Jordania se teñían de luz tenue. Me sentí tan hecho mierda que sentí gran parte de mi viejo YO morir en aquel camino. Me sentí nuevo. Me sentí vivo.

Vivir en Israel

collage vvivir en israel

Vivir en Israel es una experiencia. Es una experiencia en si misma. Es demostrarte a ti mismo que no necesitas demasiado espacio para hacerte un lugar en el mundo. Quizás solo 22,500 km cuadrados. Vivir en Israel es escuchar por lo menos una vez al año una alarma que te avisa con estridencia sobre un ataque de misiles y sonreír mientras algunas personas corren a los refugios y otras se dedican a sacar los teléfonos para tomar las mejores fotos de todo el rollo. Vivir en Israel es irte unas cuantas veces al año al ejército y empuñar un fusil e irte a combatir y después de eso devolverte a casa como si nada hubiese pasado y ponerte a escribir boludeces en tu computadora comentando acerca de tus experiencias aunque a nadie le importen un carajo. Vivir en Israel es comer rico y condimentado, comer mezclas de comida árabe y polaca, mezclas de comida yemení y marroquí. Vivir en Israel es  hablar un idioma ininteligible que al escucharlo se parece al holandés pero que tiene raíces en el arameo. Vivir en Israel es vivir al máximo tratando de sacarle el jugo al día porque aquí la gente sabe que en cualquier momento se termina la función. Vivir en Israel es moverte como loco y hacer deporte y correr maratones con cuarenta mil personas al mismo tiempo. Es muy raro juntar cuarenta mil almas en un solo evento deportivo  cuando la población son solo siete millones de gatos. Vivir en Israel es pasar, en una hora, del pasado histórico de Jerusalén al futuro radiante y cibernético de Tel Aviv. Es saltar de sepúlcros y rezos a tetas y bikinis, es surcar de lo místico a lo pagano en menos de lo que se demora un bus de la estación central de Jerusalén a la  de Tel Aviv. Vivir en Israel es haber peleado en tres guerras y esperar todos los días la cuarta. Vivir en Israel es ver el mar de Galilea, el mar muerto y el río Jordán y prestarles menos atención que al camello o cabra que se te está cruzando en la carretera en este preciso momento. Vivir en Israel es hacer amigos para toda la vida. El sentido de camaradería es increíble. Más aun con aquellos con los que has sudado y sangrado a muerte. Vivir en Israel es vivir explotado por los impuestos y por los alquileres. Los costos son exageradísimos contando  que en cualquier momento te pueden borrar del mapa. Vivir en Israel es pasear, es hacer trekkings, es viajar, es tener pasión por el movimiento y odio por la inactividad. Vivir en Israel es desafiar las leyes de la política y de la gravitación universal. No se puede entender como la relatividad del tiempo permitió que un país que hace sesenta años era un desierto, se  convirtiese en la potencia que es hoy en día. Vivir en Israel es ver chicas bonitas, chicas que no se ven en cualquier esquina en ninguna parte del mundo. Vivir en Israel es salir en las noches en Tel Aviv y sentirte que eres el más occidental del planeta tomando cervezas boutique y viendo como la gente a tu alrededor se viste con marcas de diseñadores italianos y al día siguiente estás a cincuenta kilómetros de ahí en una trinchera disparando al frente y cuidando  que no te flanqueen. Vivir en Israel es hornearse en un verano salvaje y disfrutar de un invierno delicioso. Vivir en Israel es vivir rodeado por la religión, la mística, el fanatismo por un lado y las tetas, los bikinis, las minifaldas y los paisajes increíbles por el otro. Vivir en Israel es saber que todo va a estar bien. Vivir en Israel es al fin y al cabo, solo eso: Vivir.

collage2

Fobias de antaño II: Miedo a la altura (2)

Primer salto

Era noviembre y el clima empezó a cambiar. Los vientos aumentaron. Las nubes comenzaron a poblar un poco más los cielos. Un Viernes se  nos avisó que preparemos todo nuestro equipo y que saldríamos el Domingo temprano para la escuela de paracaidismo. Esas últimas cuarenta y ocho horas en la base de entrenamiento las pasé muy nervioso. Habían pasado cuatro meses desde que estaba en la unidad de paracaidismo y lo que había visto hasta entonces era montes, más montes, caminatas, mucho peso, explosiones, granadas, lanzagranadas, más montes, pista de combate, más pista de combate, disparos, muchos disparos, curso de Krav Maga, más montes, más kilómetros de caminata, poco sueño, un poco más de caminatas, un poco más de peso y para variar: montes.

Sabía que el curso de paracaidismo llegaría en algún momento. Y ahora, que quedaban solo cuarenta y ocho horas para que comenzase  me sentía, sencilla y llanamente, aterrado. La noche del sábado  me acerqué a mi Sargento mientras pensaba como decirle  que no podría presentarme a la escuela de salto al día siguiente porque tenía un grado altísimo de acrofobia que no permitiría que me desenvuelva de manera normal, ni siquiera, en los simuladores de salto y menos en un avión con las puertas abiertas volando a mil doscientos metros sobre el suelo. Me acerqué temeroso y le conté como me sentía. Y me respondió con un tajante: “Todos tienen miedo…” se dio la vuelta y se fue. Me dejó parado en medio de una emplanada bajo un cielo desértico, estrellado y frió pensando en que iría al curso y haría el ridículo.

En la escuela de paracaidismo, no solo se les enseñaba a los soldados de élite el arte del salto libre y el salto asistido. Habían unidades de ingenieros que hacían cursos en como soltar en paracaídas tanques y repuestos de los mismos, habían unidades de comandos marinos que aprendían como saltar con el zodiac desde un avión a mil quinientos metros y caer en el mar con el motor encendido listos para hacer lo que tuvieran que hacer. Había un gran movimiento en aquella base. Había una zona central donde se encontraban los simuladores de salto. Cada uno tenía un nombre y siguiendo el clásico humor negro israelí estaban bautizados como: Himmler, Eichmann, Mengele y por supuesto: Adolf…

El curso duraría tres semanas, en las cuales haríamos seis saltos. Dos serían en el día y cuatro en la noche. Los simuladores estaban diseñados de tal manera que si terminábamos  por ejemplo con Himmler, que era el más pequeño (una torre que tenia tres metros de alto) podíamos pasar al Eichmann que era mas grande y rozaba los 10 metros de alto. Suena poco al hablar de tres o diez metros, pero la verdad es que saltar desde diez metros de altura fue un poco difícil hasta para el más avezado del grupo. Mengele fue fácil, era un simulador de caída. Te agarrabas fuerte de un haza y te deslizabas por un cable como Indiana Jones y al final del mismo debías de soltarte y rodar por el piso de la manera en la que te habían enseñado a aterrizar. Por supuesto que Adolf fue el peor de todos. Adolf era una torre de veinte metros de altura, en la cúspide de la misma no había más espacio que para un solo soldado en pie. Lo que debías hacer era dar un paso al vacío y punto. Un juego de poleas se encargaban de aguantar la caída y prácticamente te frenabas a los cinco metros antes de pegar en el piso. Mientras veía como mis compañeros subían uno tras otro al Adolf tomé la inmoral decisión de evadirme de él. Gracias a que soy Acuario  y que el preciso día que me tocaba saltar del Adolf todos los astros estaban conjugados a mi favor no llamaron a los soldados en orden alfabético. Formamos una larga fila e íbamos subiendo uno a uno por orden de llegada. Obviamente me acomodé entre los últimos mientras maquinaba como salirme de ahí sin que nadie se diera cuenta.  Le dije a uno de los instructores que tenía que ir al baño y puse mucha cara de dolor.  El instructor me dijo que me apurase que pronto seria mi turno. Corrí a los baños y me lavé la cara, me senté en uno de los toilets, cerré la puerta y esperé. Quince minutos después regresé a la fila y busque a otro instructor. A uno que apuntaba los nombres de los que ya habían saltado. Me acerqué y le di mi nombre. Me miró y me preguntó si había saltado. Le señale al Adolf (haciéndome el que no entendía mucho el hebreo, en otras palabras haciéndome el huevón) y asentí con la cabeza como un cavernícola.   El plan no podía ser mejor. Si se acercaban para decirme que porque me estaba poniendo en la lista de los que ya habían saltado. Solo diría en un hebreo masticadísimo que pensaba que era la lista de los que debían de saltar. Que eso era lo que yo había entendido. Al final nadie se dio cuenta de la trampa, salvo un amigo mío  que al día siguiente me dijo: “¿Casaretto como vas a hacer en el avión…?” Tenia razón, me había librado del Adolf que tenía veinte metros de altura. En dos días más saltaría desde un Hércules viajando a 600km por hora a 1200 metros sobre las cálidas dunas de Israel…

La mañana del primer salto estaba tan aterrado que no recuerdo haber hablado con nadie. Nos llevaron en fila al almacén de paracaídas donde cada uno de nosotros recibió uno principal y uno de reserva. Los dos estaban guardados en una bolsa verde que tenía un número. El mío era el 4656, jamás me olvidaré de él. Después de recolectar el equipo nos llevaron a la pista de aterrizaje donde estaba ya el Hércules con los motores encendidos y las aspas girando. La rampa trasera estaba abierta como la boca de una ballena en la cual me metería en unos minutos. En la pista los instructores nos pusieron los paracaídas y nos ajustaron los arneses de la manera más profesional posible. El paracaídas de reserva me oprimía el pecho y por lo tanto sentía bastante bien como me latía el corazón. Subimos la rampa del avión en dos filas. Una a la izquierda y la otra a la derecha. Yo iba en la derecha y saltaríamos según el orden de subida. El que subió primero en el lado derecho sería el primero en saltar por la puerta derecha del avión. Yo era el cuarto del lado derecho.

La rampa se cerró y el avión empezó a moverse. Le tomaría quince minutos llegar a la zona de salto. Estábamos sentados, los de la puerta derecha mirando a los de la izquierda y viceversa. No habían palabras, nadie decía ni ah. Los instructores hacían bromas de las que nadie se reía y hasta cantaban canciones de guerra que nadie seguía. Al lado de las puertas (que aún estaban cerradas) habían dos luces una roja y una verde. Al encenderse la roja las puertas se abrirían, a partir de ahí toda la comunicación sería por medio de señas, todos los soldados se pondrían de pie y se dirigirían en fila india hasta sus puertas. Al encenderse la luz verde se daría comienzo al salto del primer soldado, que para ese entonces, se debería encontrar prácticamente al borde de la puerta mirando al infinito.

Mientras estaba comprimido ahí con mis pensamientos llegué a pensar en “como demonios llegué aquí..” Pensé también que en la puerta me trabaría y que no saltaría de ningún modo. La luz roja se encendió y todos nos pusimos de pie. Por primera y última vez en mi vida sentí mi piernas flaquear de tal manera que casi caigo al piso, luego las sentí temblar mucho. Las puertas de ambos lados del avión se abrieron y entró un ventarron que impedía emitir cualquier sonido. Se escuchaban los motores del Hércules retumbar mientras surcaba el cielo diáfano de las seis de la mañana. Mirando a la puerta de la izquierda pude observar la linea que separaba el mar del cielo. Estaba amaneciendo, era precioso y por una milésima de segundo me sentí feliz. Escuchamos un pitido fuerte. La luz roja se apagó y la verde se prendió. Vi como el primer soldado de mi fila salía despedido a una velocidad inhumana e increíble, vi como el segundo se acerco hasta la puerta y un segundo después ya estaba afuera también, la fuerza de los que estaban atrás mío me empujaba hacia adelante y me acerqué unos centímetros más a la puerta mientras el tercer soldado salía eyectado del avión. A esas instancias la adrenalina había anulado mi sentido auditivo por completo, di el último paso para llegar a la puerta, sentí que el instructor me jalaba poniéndome en la posición correcta y sentí su palmazo en mi espalda, dí un paso hacia adelante y vi el desierto y el mar y sentí el viento en mi cara y escuché el silencio y el sonido delicioso de cuando se abre un paracaídas y vi mis piernas balancearse hacia adelante y hacia atrás y vi los tres paracaídas abiertos de los tres muchachos que habían saltado antes que yo y alcé la mirada y vi a lo lejos al Hércules arrojando su carga humana a lo largo de la costa y me sentí feliz de que estaba vivo y que había vencido algo que toda mi vida me había parecido invencible. Grité de emoción en el aire y al estrellarme contra la arena unos minutos después lloré  y me sentí más vivo que nunca.

Faltarían cinco saltos más para terminar el curso. Cuatro de ellos serían en la noche, en condiciones climatológicas adversas. Varios se romperían algo aterrizando y otros renunciarían a la unidad porque no pudieron saltar. A varios de ellos les intenté convencer de que si yo podía saltar cualquier demonio podría hacerlo. Algunos me escucharon, otros no.

Después del curso he saltado trece veces más tanto en actividad como en la reserva. Cada vez que lo hago tengo terror, pero se que puedo dominar al terror porque ya lo hice antes y se que soy más fuerte que él.

Como dice una persona inteligente por ahí: “El fin justifica los miedos

En mi próxima entrada hablaré de como deje de sentir terror por el ejercicio…

*Las fotos de los enlaces son de san google, la foto principal es mía.