Pequeñas victorias

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Mi mejor amigo en el Hospital…

El síndrome de Guillain Barre es una pasada. Hay gente que muere por su culpa. Hay gente que queda mal. Hay gente a la que no le pega tan fuerte (como a mí). Hay gente a la que le destruye la vida. Hay gente a la que la desmorona psicológicamente. Hay gente a la que la hace renacer como el Ave Fénix.

El común denominador es que te dé como te dé, no te deja indiferente.

Siempre he sido de las personas que se fijan en las cosas pequeñas. Siempre me he sentido agradecido por tener poco. Por tener agua limpia. Una casa. Una esposa. Vivir en una sociedad industrializada. Siempre me he fijado y me he percatado de la suerte que he tenido. Trato de fijarme en las cosas chicas que solemos pasar por alto. El diablo está en los detalles dicen. La felicidad también.

Pero nunca me había fijado en mis dedos mientras me cierro los botones de la camisa. Ni en ellos mientras tecleo. Nunca me había percatado de esos miles de movimientos que hacemos a diario de manera inconsciente. ¿Amarrarme un zapato? ¿Escribir con un lapicero? ¿Caminar?

No me fijé en ellos hasta que no los pude hacer más. Y de pronto me di cuenta que no hay riqueza más grande en este mundo que el estar sano. En el estar “normal”. En el ser una persona sin ninguna tara. Ser la persona que era antes del primero de Febrero. Ser eso que ya no soy. Porque me dio Guillain Barre y el Guillain Barre es una pasada.

Un día mi cuerpo decidió atacarse a sí mismo. Algo así como una masturbación sádica. Una especie de daño autoinfligido. Ok Vale. Mi cuerpo no se quiere. Pero yo quiero a mi cuerpo. Yo lo quiero porque es el único que tengo. Si pudiera pasarme a un nuevo modelo quizás no me haría tantos rollos. Pero solo tengo este modelo año 81. Y este que tengo decidió comerse sus propios nervios.

Si tu cuerpo se ataca a sí mismo y se come sus nervios entras en pánico. Al menos un par de minutos maldije mi suerte. Luego respiré. Pensé en los avances de la medicina moderna y me dije a mí mismo: Me van a sacar de esto.

Me pudo haber dado en Somalia. Pero me dio en Israel (uno de los lugares con la medicina más avanzada del mundo). Dentro de la muy mala suerte de ser el uno del uno en cien mil a los que les da Guillain Barre. Tuve  buena suerte. Muy buena suerte. Tuve un equipo médico de primera. Un MRI en menos de lo que canta un gallo.  Pruebas y más pruebas. Fisioterapia. Y todo casi de gratis.

Han pasado casi 40 días desde que se me presentó el primer síntoma. Hoy he vuelto al trabajo. Hay cosas que se me hacen raras aún como echar azúcar en una tasa o escribir este artículo sin que me cansen los dedos. Me levanto en las noches sin sentir las manos a veces. Asusta: Sí. Creo en la ciencia: También. Cuando me atasco con alguna sensación  desagradable respiro un par de veces y pienso en que pusimos un hombre en la luna. Pienso en que descubrimos los misterios de la materia. La edad de las galaxias y lo que es el síndrome de Guillain Barre y cómo tratarlo. Cuando lo veo así, todo miedo desaparece.

Después de todo lo que ha pasado puedo decir que he aprendido a disfrutar mucho más de las pequeñas victorias. Cerrarme el cierre del pantalón o escribir este artículo de 600 palabras.

 

 

 

 

 

Yo NO soy Spartacus

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Acabo de terminar la primera temporada de Spartacus.

Spartacus fue una serie que comenzó allá por el año 2011. El actor que protagonizó la primera temporada murió trágicamente después de terminar  las filmaciones y luego de salir de vacaciones. Un cáncer raro se lo llevó en menos de seis meses después de su detección. Su nombre era Andy Whitfield. Tenía 39 años.

Las enfermedades raras siempre me han dado miedo. Son raras porque se dan pocos casos y  nadie sabe realmente qué hacer con ellas. A veces ni siquiera ser hermoso. Famoso. Guapo y millonario te salva. Te mueres y ya. Y nadie entiende cómo fue posible que te haya pasado justo a ti. Ni siquiera tú mismo lo entiendes.

Hace una semana quise escribir un mail en el trabajo. Mis dedos no se movieron. Sé que es algo dificil de creer o de entender cuando alguien te cuenta que quiso mover sus dedos y no pudo. Pero créeme: Yo los quise mover y no pude.

En ese momento me di cuenta que algo malo realmente me estaba pasando.

Había sentido cosas raras en las piernas unos días antes. En los brazos también. Pero nunca había estado en un estado en el cual mi cerebro le mandaba una señal a mi mano y mi mano no respondía.

Mis manos dejaron de responder bien a partir de ahí. Mis dedos se volvieron torpes. Me dieron ganas de llorar porque sabía que algo nada prometedor me estaba sucediendo.

Un par de días después mis piernas fallarían por primera vez.

Si eres una persona física como yo. Solo puedes a atinar a pensar que eso no te está pasando a ti. Que quizás te has equivocado. Que aquella sensación en la que las piernas flaquearon fue algo imaginario. Algo muy lejano de la realidad. Hasta que flaquearon de nuevo. Y al día siguiente flaquearon  una  vez más.

Me jodí, me dije.

Escribo estas líneas unos días después de aquel último incidente. Lo hago desde una cama en el ala de neurología de un hospital de Tel Aviv. Después de no poder caminar casi nada, he vuelto a hacerlo con dificultad. Cada día que pasa me sale un poco mejor.

Hace tres semanas  podía hacer cinco squats con 120 kilos. Hoy casi no me puedo mantener en pie con los ojos cerrados. La vida es así.

Al menos puedo teclear estas palabras para compartir lo que siento.

Al menos puedo ver que no me ha ido tan mal como al pobre Spartacus.

Al menos tengo un buen pronóstico. Aunque tengo una enfermedad rara. Y como ya te dije. Nadie sabe mucho de las enfermedades raras. Y las enfermedades raras me dan un poco de miedo. Como me lo daba el sexo cuando era virgen. O como me lo daba la guerra antes de verla. Ahora me tocó lidiar con una. O es ella o soy yo. Sé  con seguridad que esta vez seré yo el que gane.

Ganaré esta vez porque yo NO soy Spartacus.