Cada vez que respiro

Crema de mentol tailandesa. Hoy día...Mi mejor amiga
Crema de mentol tailandesa. Hoy día…Mi mejor amiga

Hace un tiempo escribí sobre el miedo que le tenía a los golpes cuando era un niño. No me refiero a los golpes de la vida ni del destino. Hablo de los golpes que me propinaban los niños más grande en el colegio.

A algún miembro de mi familia se le ocurrió la grandiosa idea de inscribirme en clases de Karate para que así pudiese desarrollar una destreza de ninja a la hora que el gordo Pepe, del segundo grado de `primaria, se quisiese pasar de vivo conmigo.

Las clases de Karate no dieron muchos resultados. Porque después de unas cuantas lecciones les agarre terror. Les agarré terror porque me dolía que los otros niños me dieran de puños. Me dolía que el resto de niños se burlasen de mis descoordinados y mal hechos movimientos. Nunca me aprendí ni un solo Kata. Solo sufrí penurias y vergüenzas dándomela de Ralph Macchio en Karate Kid.

Obviamente crecí. y descubrí que los dolores más grandes de la vida no están en los puños de tus enemigos. Están a veces en las malas acciones de la gente que te rodea. A veces gente a la que quieres o a la que aprecias. Están en las palabras mal dichas. Están en las traiciones. Están en todas esas cosas raras que le empiezan a suceder a la gente una vez que se hace adulta.

El dolor que me causaban las peleas pasó a un segundo plano. Si tengo que elegir que me traicionen o que me peguen un buen puñetazo en la nariz. Créeme si te digo que prefiero el puño de Tayson dándome en la cara. Y así de tanto entender que hay dolores en esta vida mil veces peores de los que te pueden causar unos simples nudillos y gracias al tiempo y la voz de la experiencia, le perdí el miedo a la lucha cuerpo a cuerpo.

Rememoré todo el rollo de mi pasado para que entiendas el contexto en el que me vi envuelto ayer. Ayer estaba en un sótano en el centro de Tel Aviv entrenando. Entrené con los sacos. Les pegué buenas patadas y puñetes. Hice algo de estiramientos. Le tiré infinitos puños al aire y me preparé para mi pelea de la noche. No era realmente una pelea, sino dos.

Mi primer contrincante fue un polaco de unos cuarenta años. Pesaba 85 kilos (yo peso 87). Podría decirse que somos algo así como pesos pesados. El polaco me tenía algo de miedo. Había trabajado conmigo en el pasado y sabe que suelo ser medio rarillo cuando me enojo (créeme que casi nunca me enojo, pero cuando lo hago no soy la persona más idónea para estar al lado de nadie). Empezó la pelea de tres rounds. Cada uno de minuto y medio. Nos miramos a los ojos. Al hacerlo yo sabía que tenía la pelea ganada. Fui a por ello con todas mis ganas y  después de ganchos de derecha, de izquierda, rectos, de costado a los riñones, patadas a las costillas, a la parte interior de los muslos, pasados cuatro minutos y medio que parecieron una eternidad gané. El polaco quedo reventado y yo casi casi sin daño alguno. Me sentí como Napoleon… En sus mejores épocas.

Me dieron un par de minutos de descanso y debía comenzar con mi segunda lucha. Frente a mí se paro Dima. Un endeble mozalbete ruso de diecisiete años y 70 kilos de peso. Me dio lástima verlo. No creo que lo haya subestimado, pero sí sentí un cierto amor paternal. Algo así como: Pobre chiquillo, si sus padres lo hubiesen educado mejor, no estaría en este sótano apestoso frente a mí en estos momentos. Vi sus brazos delgados acercarse a los míos para hacerme la seña de compañerísmo. Le toqué los guantes con los míos y comenzó la pelea.

Dima saco una patada con la pierna derecha en menos de diez milisegundos y yo la asimilé en las costillas de mi lado izquierdo. En un microinstante pensé que se me habían fracturado por lo menos un par de ellas. Además todo el aire que había inhalado un segundo antes estaba afuera completamente, ya que mis pobres pulmones recibieron la conmoción de su vida. Cuando entendí que podía seguir luchando un segundo después, recibí un vendaval de golpes que según mi lógica, algo dañada por el estrés y el dolor, no eran posibles.

Recibí demasiado castigo. Lo recibí tanto que implore que el tiempo se pasase rápido. En esos momentos puedes filosofar mucho. Recuerdo haberme acordado de Einstein y de la teoría de la relatividad y de como el tiempo fluye de manera diferente dependiendo de la velocidad y del campo gravitatorio al que estás expuesto. Recuerdo también haber recibido golpes en las sienes mientras me tapaba la cara para que no se me salga algún diente o para que mi hermosa nariz no termine hecha una S. Recuerdo haber sido el hombre más feliz del mundo cuando terminé el primer Round (me encanta apreciar las pequeñas cosas de la vida). Me sentí como Napoleón… en su peor época.

Después de treinta segundos estabamos peleando de nuevo. Dima me había pegado en el primer Round lo que no me habían pegado en un año entero. Pero en el segundo, no dejaría que me hiciese lo mismo. No lo hizo. Entró decidido a noquearme y me dio más fuerte que antes. La conmoción mental del primer asalto ya se me había pasado un poco y pese a que Dima me pateaba y puñeteaba a su antojo cual saco de papas, aguanté bastante bien el segundo. Entendí que su punto fuerte eran las patadas más que los puñetes y me fui al descanso.

En el tercer Round me sentí muy bien al haber interpretado tan bien a Dima. Cuando le acortaba las distancias y no podía patear, no tenía mucho que ofrecer. Sus puñetes eran algo debiluchos. Al menos, asimilables. Pegándome a él conseguí conectarle un recital de puños en los riñones, tres o cuatro en la boca del estomago y dos buenos ganchos en la mandíbula. No cayo, pero no terminó muy feliz el asalto.

Al final, ganó Dima (conecto mucho más que yo en la cuenta acumulada). Era obvio y era lo justo. Aunque haya escrito más arriba que no me confié en demasía. Estoy casi seguro que si hubiese ido con una mente más humilde, Dima no me hubiese despedazado el primer Round.

Me sorprende que los puñetes en sótanos hayan pasado a formar parte de mi vida y que sea algo que me gusta tanto. Me parece increíble lo mucho que puedes aprender de ti mismo y de los demás cuando combates contra ellos de la manera más primigenia que conoce el hombre. Por medio de la fuerza.

Dima no tenía el cuerpo ni el peso ni la fuerza para vencerme. Pero entro con una actitud ganadora y valiente y me reventó en el primer Round.

Yo caí en manos del orgullo y recibí una linda sorpresa. Tuve la fuerza física y mental de sobreponerme a la misma. Pero no pude remontar el daño que mi propio orgullo me había ocasionado.

Ahora estoy en casa. Sintiendo la magnitud de los combates de ayer en mi cuerpo. Y acordándome de Dima cada vez que mis costillas se mueven de arriba hacia abajo, o mejor dicho, cada vez que respiro.

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Minimalizando el miedo

Hace unos años atrás me encontraba en el curso de paracaidismo táctico del ejercito. Estaba en la primera semana del mismo. “La semana de los simuladores”  . Los simuladores de paracaidismo son torres de diferentes alturas desde las cuales saltas generando una sensación parecida a la que sentirías saltando de un avión (para ser sincero, no se parece absolutamente en nada). Comienzas saltando de unos pequeños andamios de dos metros de altura. Una vez que los instructores ven que has perdido el miedo al salto desde los dos metros, te pasan a un simulador de cinco metros de alto y así sucesivamente hasta que llegas a uno de unos quince metros. Para llegar al tope del mismo subes una escalera de caracol y cuando llegas a la parte más alta te encuentras con una estructura que tiene la forma de la parte interior de un avión Hércules con las puertas abiertas. Tomas asiento ahí junto a otros diez soldados. Esperan apretujados a que la luz verde del salto se encienda y comienzan a saltar uno por uno. Unos arneses y correas son los encargados de que no te desmadres abajo. Te deslizas por un conjunto de cables hasta un montículo que está a unos doscientos metros de distancia y “aterrizas” ahí. 

Dentro del simulador hay un instructor que se encarga de velar la seguridad de los soldados (los arneses y correas deben estar ajustados a la perfección) Además de eso tiene el deber y la ardua tarea de convencer, a los soldados aterrorizados, a realizar el salto. Yo era uno de esos soldados aterrorizados.

Desde que recuerdo, siempre le he tenido terror a la altura. Digo terror porque lo mio sobrepasaba el simple miedo. Por circunstancias de la vida que no vale la pena enumerar, estaba yo sentado en el simulador de los quince metros. Había pasado con éxito las torres de dos metros de alto y las de cinco (con mucho miedo). Las de diez y las de doce no las había hecho porque una diarrea me tiró en la cama por dos días. Había logrado evadirlas pensando que podría evadir también la torre de quince metros. Pero cuando dijeron que la torre de quince metros era un pre- requisito para subir al avión tuve que levantarme de la cama, tomar un poco de agua, coger mi casco, salir de la carpa en la que estaba y caminar al bendito simulador que se veía a lo lejos. Mientras me acercaba, el miedo me invadía. Cuando llegué a la parte de abajo uno de los instructores me preguntó mi apellido. Se lo dije con voz bajita. Me miró con pena y me dijo: Tú subes en el próximo grupo. Esperé ahí mientras veía a los soldados que ya estaban arriba salir disparados del simulador. Algunos gritaban. Otros silenciosamente se deslizaban por los cables. Yo tenía miedo de cagarme encima y hacer el ridículo. Cuando comencé la subida por la escalera de caracol la boca se me seco. No podía pasar la saliva. Mis manos estaban heladas y mis piernas no respondían muy bien a lo que les mandaba a hacer (que era subir los benditos escalones). Cuando llegué a la parte más alta y miré hacia abajo parecía endemoniadamente más alto de lo que se veía de abajo arriba. Me senté en la banquita junto con los otros nueve soldados y esperé que el instructor haga su explicación. Una vez explicadas todas las normas de seguridad comenzó a ajustar los arneses de todos nosotros, cuando llegó a mí (que era el último) Sintió que estaba medio temblando y me preguntó si TODO estaba bien. Le expliqué que había tenido una diarrea de tres días y que al parecer estaba algo deshidratado. Asintió con la cabeza, volteó, apretó un botón y comenzó la cuenta regresiva de un minuto para el salto. Al terminar el tiempo el primer soldado saltó. Luego el segundo. Luego el tercero. Diez segundos después era mi turno y me congelé en la puerta de salida. No pude saltar al vacío y retrocedí.

“No puedo hacerlo” le dije.

Sonrío y me dijo “Todos pueden, ¿Sabes cuantas veces me encuentro con soldados que me dicen lo mismo? . Te estás bloqueando porque estás pensando demasiado en las consecuencias. En si el arnés está bien ajustado o no. En si las poleas están bien engrasadas o no. En si eres lo suficientemente valiente o no… Deja de pensar. Imagínate que eres un lobito”

“¿Qué?” le dije con sorpresa.

“Sí, un lobito ahora aúlla… auuu…”

“No voy a aullar…”

“¡Aúlla! es una puta orden…”

“Ok…Auu…”

“No,no. Más fuerte. ¡¡¡¡¡Auuuuuuuuuu!!!!!!”

“Auuuu”

“¡Más fuerte carajo!”

“¡¡¡¡¡¡¡¡Auuuuuuuuuuuuuuu!!!!!!!!”

“Así…una más”

“¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!!!!!!”

Terminando el grito sentí un pequeño empujoncito en mi hombro derecho y ya estaba volando fuera del simulador.

Años después y con la perspectiva que dan los años, he llegado a la conclusión de que que el sentimiento que más nos impide hacer cosas es el miedo. El miedo es capaz de retenerte en un solo sitio y evitar que te muevas buscando una solución. El miedo es capaz de evitar  que vivas,  que conozcas,  que viajes,  que intentes,  que te enamores,  que inviertas,  que digas,  que ames, que sueñes y que no hagas mil y un cosas más.

He pasado por un montón de tipos de miedo. Como el miedo físico (miedo a morir o a que me pase algo, como en los saltos de paracaidismo) o miedo emocional (miedo a no ser “alguien” o a quedarme solo). He aprendido  que en gran parte el miedo es generado por los pensamientos acerca de las “supuestas” consecuencias de determinados actos. Pensamos. Pensamos. Pensamos. Mientras más pensamos, más nos paralizamos. Evaluamos no una, sino cien veces algo antes de hacerlo y si evaluamos TODAS las posibles consecuencias pues va a ser prácticamente imposible  que nos decidamos a hacer algo.

Obviamente que no estoy dispuesto a  hacer las cosas sin pensar. Hay que pensar lo que se está haciendo. Pero hay que entender que el pensar demasiado no es algo necesariamente “productivo” sino, más bien, alimenta los miedos de una manera brutal. Cuando en el salto el instructor me dijo que gritara como un lobito. Automáticamente dejé de pensar en las consecuencias del salto (después del curso de paracaidismo y de salir disparado de un avión diecinueve veces, pude hablar con los instructores del tema). Pensé netamente en lo estúpido que me veía haciendo “auuu”. Era lo único que tenía en mente. Me daba risa y vergüenza al mismo tiempo. Mis pensamientos sobre mi miedo a la altura o sobre las consecuencias de caer al vacío desde quince metros de alto fueron automáticamente “suplantadas” por un simple pensamiento: “Auuuu…que cojudez estoy diciendo…” y una sonrisa. Un segundo después mi cuerpo estaba afuera del simulador. Los instructores saben (porque lo han estudiado) como cambiar la línea de pensamiento de un soldado. Entré con terror al simulador y salí del mismo con vergüenza y sonriendo (todo en menos de dos minutos). Eso me ha enseñado que el miedo es un sentimiento realmente manejable. Es algo con lo que se puede trabajar. Es algo a lo que se le puede engañar y hasta neutralizar. Hay que saber usar los atajos cerebrales que logran  que dejemos de pensar tanto en TODAS esas “futuras supuestas consecuencias” de nuestros actos.

El miedo es un sentimiento que siempre va a estar presente en nuestras vidas pero hay que entender (como ya lo dije antes) que es maleable y manejable. Está en nuestras mentes. Nosotros lo hacemos crecer o disminuir. Somos nosotros los que podemos usar técnicas para engañarlo. Somos nosotros los que tenemos la capacidad de neutralizarlo. Observándonos a nosotros mismos. Observando al miedo como parte vital de nuestras existencias. Agarrándolo con las manos de la razón y poniéndolo en stand by por medio de nuestra capacidad para entender que la mayoría de miedos NO TIENEN RAZÓN DE SER o por medio de un lamentable aullido.

Fobias de antaño III: Miedo a moverse.

Era un gordo ocioso. Lo sé. Mea culpa. Tragaba salchipapas casi todos los días de mi vida. Y cuando no lo hacía, me comía los mondonguitos a la italiana, los frejolitos criollos, los cauches de queso, los tallarines a lo Alfredo, los spagettis a la Bolognesa, las papas a la huancaína, las ocopas arequipeñas, los locros de zapallo, las causas rellenas, los arroces con pollo, las carapulcas, los ajíes de gallina, los rocotos rellenos, los lomos saltados, los ceviches, los aguaditos y demás cositas ricas que preparaban en casa. A los veinte años tenía una muy simpática barriga flácida y desparramada, que se agitaba ligeramente mientras intentaba jugar fulbito. Obviamente tenía algo de tetas también. También solían vibrar mientras saltaba en algún sitio, mientras hacia el amor o mientras brincaba en alguna discoteca. Era además un grandioso bebedor de cerveza con complejos de vikingo inca y llegué a beberme seis litros del dorado menjunje en una sola noche. Lo sé. Recordándome me doy cuenta de que era sencilla y llanamente, un asco.
A mi novia no le importaba mucho  mi desparramo. Ella me quería como era. Es más, con sus ojos de inocencia y sus quince años no podía percibir lo desparramado que estaba y lo descolgados que estaban mis mondongos y aun así tocándolos de cuando en cuando me decía con ternura: “te amo” y yo feliz le invitaba un “clásico” de mazamorra morada con arroz con leche para celebrarlo.
Y Bueno como con muchas otras cosas en mi vida. Cambié. Cambié cuando llegué a Israel con mi novia convertida en mi esposa. Y aterrizamos en una granja comunitaria en la que trabajaríamos y viviríamos unos seis meses y que se parecía mucho un country club. Y como en todo country club que se respeta había una piscina de puta madre donde todos los chicos y las chicas solían bañarse y solearse. La primera vez que aparecí por ahí y me saqué la camiseta me sentí muy bien. La piscina estaba libre y me puse a nadar feliz cual cachalote mar adentro. Después de un momento empezaron a llegar chicos de mi edad, chicas de mi edad, tipos de cuarenta años, tipas de cuarenta años, viejos de setenta y demás parafernalia de gente y no había un solo pobre diablo que haya estado más gordo que yo. Mientras miraba todos esos cuerpos perfectos me di cuenta cuan jodido estaba mi físico. Cuan deforme me había vuelto y cuan poco atractivo podía ser un tipo de 24 años que no se cuidaba una mierda. Decidí hacer algo. Algo que cualquier persona aterrorizada hace: Al día siguiente me puse a correr.
Corrí cien metros el primer día que me puse a correr y casi muero. Pero como la persona terca que suelo ser cuando quiero. Al día siguiente salí a correr de nuevo y corrí doscientos metros y el día después trescientos y luego un kilómetro y sudé y sudé  y sudé y entonces pude correr más y corrí dos kilómetros y seguí sudando y luego tres y cuatro kilómetros y me empezó a gustar el correr y hasta lo empecé a amar y mi barriga comenzó a desaparecer de a pocos hasta reducirse a una pequeña guatita y seguí corriendo. Y no solo eso: Me fui en bus a comprarme pesas y regresé con ellas cargándolas durante muchos kilómetros hasta llegar a casa e intenté levantarlas y me di cuenta que  era muy débil y no podía levantar las pesas que había comprado. Y así me interesé en el levantamiento de pesos y empecé con dos kilos y luego con cinco y luego con 10 y de ahí con 20 y luego con cuarenta y me hice fuerte y con menos panza y me sentí mejor y luego me fui al ejército y entrené y bajé 10 kilos en un año y luego entrené más y más  y más e hice más pesas y corrí más y más y llegué a los 21 km y medias maratones en competencias por aquí y por allá y  trekkings por aquí y por allá y pesas por aquí y por allá y crossfit por aquí y por allá y peleas de box por aquí y por allá y krav maga y más carreras y más running y más intervalos y ropa deportiva y Nike y Adidas y Saucony y sin darme cuenta soy un deportista de treinta y dos años hechos y derechos que está dispuesto a subir al campo base del Everest en setiembre sin miedo, dispuesto a correr 60 Km en ultra maratón, meterse a un ring con un peleador amateur, caminar sin chistar una buena veintena de kilómetros con unos 30 kilos de peso sin dudar de si mismo. Pero siempre, eso sí,  extrañando una buena salchipapa…

Fobias de antaño II: Miedo a la altura (2)

Primer salto

Era noviembre y el clima empezó a cambiar. Los vientos aumentaron. Las nubes comenzaron a poblar un poco más los cielos. Un Viernes se  nos avisó que preparemos todo nuestro equipo y que saldríamos el Domingo temprano para la escuela de paracaidismo. Esas últimas cuarenta y ocho horas en la base de entrenamiento las pasé muy nervioso. Habían pasado cuatro meses desde que estaba en la unidad de paracaidismo y lo que había visto hasta entonces era montes, más montes, caminatas, mucho peso, explosiones, granadas, lanzagranadas, más montes, pista de combate, más pista de combate, disparos, muchos disparos, curso de Krav Maga, más montes, más kilómetros de caminata, poco sueño, un poco más de caminatas, un poco más de peso y para variar: montes.

Sabía que el curso de paracaidismo llegaría en algún momento. Y ahora, que quedaban solo cuarenta y ocho horas para que comenzase  me sentía, sencilla y llanamente, aterrado. La noche del sábado  me acerqué a mi Sargento mientras pensaba como decirle  que no podría presentarme a la escuela de salto al día siguiente porque tenía un grado altísimo de acrofobia que no permitiría que me desenvuelva de manera normal, ni siquiera, en los simuladores de salto y menos en un avión con las puertas abiertas volando a mil doscientos metros sobre el suelo. Me acerqué temeroso y le conté como me sentía. Y me respondió con un tajante: “Todos tienen miedo…” se dio la vuelta y se fue. Me dejó parado en medio de una emplanada bajo un cielo desértico, estrellado y frió pensando en que iría al curso y haría el ridículo.

En la escuela de paracaidismo, no solo se les enseñaba a los soldados de élite el arte del salto libre y el salto asistido. Habían unidades de ingenieros que hacían cursos en como soltar en paracaídas tanques y repuestos de los mismos, habían unidades de comandos marinos que aprendían como saltar con el zodiac desde un avión a mil quinientos metros y caer en el mar con el motor encendido listos para hacer lo que tuvieran que hacer. Había un gran movimiento en aquella base. Había una zona central donde se encontraban los simuladores de salto. Cada uno tenía un nombre y siguiendo el clásico humor negro israelí estaban bautizados como: Himmler, Eichmann, Mengele y por supuesto: Adolf…

El curso duraría tres semanas, en las cuales haríamos seis saltos. Dos serían en el día y cuatro en la noche. Los simuladores estaban diseñados de tal manera que si terminábamos  por ejemplo con Himmler, que era el más pequeño (una torre que tenia tres metros de alto) podíamos pasar al Eichmann que era mas grande y rozaba los 10 metros de alto. Suena poco al hablar de tres o diez metros, pero la verdad es que saltar desde diez metros de altura fue un poco difícil hasta para el más avezado del grupo. Mengele fue fácil, era un simulador de caída. Te agarrabas fuerte de un haza y te deslizabas por un cable como Indiana Jones y al final del mismo debías de soltarte y rodar por el piso de la manera en la que te habían enseñado a aterrizar. Por supuesto que Adolf fue el peor de todos. Adolf era una torre de veinte metros de altura, en la cúspide de la misma no había más espacio que para un solo soldado en pie. Lo que debías hacer era dar un paso al vacío y punto. Un juego de poleas se encargaban de aguantar la caída y prácticamente te frenabas a los cinco metros antes de pegar en el piso. Mientras veía como mis compañeros subían uno tras otro al Adolf tomé la inmoral decisión de evadirme de él. Gracias a que soy Acuario  y que el preciso día que me tocaba saltar del Adolf todos los astros estaban conjugados a mi favor no llamaron a los soldados en orden alfabético. Formamos una larga fila e íbamos subiendo uno a uno por orden de llegada. Obviamente me acomodé entre los últimos mientras maquinaba como salirme de ahí sin que nadie se diera cuenta.  Le dije a uno de los instructores que tenía que ir al baño y puse mucha cara de dolor.  El instructor me dijo que me apurase que pronto seria mi turno. Corrí a los baños y me lavé la cara, me senté en uno de los toilets, cerré la puerta y esperé. Quince minutos después regresé a la fila y busque a otro instructor. A uno que apuntaba los nombres de los que ya habían saltado. Me acerqué y le di mi nombre. Me miró y me preguntó si había saltado. Le señale al Adolf (haciéndome el que no entendía mucho el hebreo, en otras palabras haciéndome el huevón) y asentí con la cabeza como un cavernícola.   El plan no podía ser mejor. Si se acercaban para decirme que porque me estaba poniendo en la lista de los que ya habían saltado. Solo diría en un hebreo masticadísimo que pensaba que era la lista de los que debían de saltar. Que eso era lo que yo había entendido. Al final nadie se dio cuenta de la trampa, salvo un amigo mío  que al día siguiente me dijo: “¿Casaretto como vas a hacer en el avión…?” Tenia razón, me había librado del Adolf que tenía veinte metros de altura. En dos días más saltaría desde un Hércules viajando a 600km por hora a 1200 metros sobre las cálidas dunas de Israel…

La mañana del primer salto estaba tan aterrado que no recuerdo haber hablado con nadie. Nos llevaron en fila al almacén de paracaídas donde cada uno de nosotros recibió uno principal y uno de reserva. Los dos estaban guardados en una bolsa verde que tenía un número. El mío era el 4656, jamás me olvidaré de él. Después de recolectar el equipo nos llevaron a la pista de aterrizaje donde estaba ya el Hércules con los motores encendidos y las aspas girando. La rampa trasera estaba abierta como la boca de una ballena en la cual me metería en unos minutos. En la pista los instructores nos pusieron los paracaídas y nos ajustaron los arneses de la manera más profesional posible. El paracaídas de reserva me oprimía el pecho y por lo tanto sentía bastante bien como me latía el corazón. Subimos la rampa del avión en dos filas. Una a la izquierda y la otra a la derecha. Yo iba en la derecha y saltaríamos según el orden de subida. El que subió primero en el lado derecho sería el primero en saltar por la puerta derecha del avión. Yo era el cuarto del lado derecho.

La rampa se cerró y el avión empezó a moverse. Le tomaría quince minutos llegar a la zona de salto. Estábamos sentados, los de la puerta derecha mirando a los de la izquierda y viceversa. No habían palabras, nadie decía ni ah. Los instructores hacían bromas de las que nadie se reía y hasta cantaban canciones de guerra que nadie seguía. Al lado de las puertas (que aún estaban cerradas) habían dos luces una roja y una verde. Al encenderse la roja las puertas se abrirían, a partir de ahí toda la comunicación sería por medio de señas, todos los soldados se pondrían de pie y se dirigirían en fila india hasta sus puertas. Al encenderse la luz verde se daría comienzo al salto del primer soldado, que para ese entonces, se debería encontrar prácticamente al borde de la puerta mirando al infinito.

Mientras estaba comprimido ahí con mis pensamientos llegué a pensar en “como demonios llegué aquí..” Pensé también que en la puerta me trabaría y que no saltaría de ningún modo. La luz roja se encendió y todos nos pusimos de pie. Por primera y última vez en mi vida sentí mi piernas flaquear de tal manera que casi caigo al piso, luego las sentí temblar mucho. Las puertas de ambos lados del avión se abrieron y entró un ventarron que impedía emitir cualquier sonido. Se escuchaban los motores del Hércules retumbar mientras surcaba el cielo diáfano de las seis de la mañana. Mirando a la puerta de la izquierda pude observar la linea que separaba el mar del cielo. Estaba amaneciendo, era precioso y por una milésima de segundo me sentí feliz. Escuchamos un pitido fuerte. La luz roja se apagó y la verde se prendió. Vi como el primer soldado de mi fila salía despedido a una velocidad inhumana e increíble, vi como el segundo se acerco hasta la puerta y un segundo después ya estaba afuera también, la fuerza de los que estaban atrás mío me empujaba hacia adelante y me acerqué unos centímetros más a la puerta mientras el tercer soldado salía eyectado del avión. A esas instancias la adrenalina había anulado mi sentido auditivo por completo, di el último paso para llegar a la puerta, sentí que el instructor me jalaba poniéndome en la posición correcta y sentí su palmazo en mi espalda, dí un paso hacia adelante y vi el desierto y el mar y sentí el viento en mi cara y escuché el silencio y el sonido delicioso de cuando se abre un paracaídas y vi mis piernas balancearse hacia adelante y hacia atrás y vi los tres paracaídas abiertos de los tres muchachos que habían saltado antes que yo y alcé la mirada y vi a lo lejos al Hércules arrojando su carga humana a lo largo de la costa y me sentí feliz de que estaba vivo y que había vencido algo que toda mi vida me había parecido invencible. Grité de emoción en el aire y al estrellarme contra la arena unos minutos después lloré  y me sentí más vivo que nunca.

Faltarían cinco saltos más para terminar el curso. Cuatro de ellos serían en la noche, en condiciones climatológicas adversas. Varios se romperían algo aterrizando y otros renunciarían a la unidad porque no pudieron saltar. A varios de ellos les intenté convencer de que si yo podía saltar cualquier demonio podría hacerlo. Algunos me escucharon, otros no.

Después del curso he saltado trece veces más tanto en actividad como en la reserva. Cada vez que lo hago tengo terror, pero se que puedo dominar al terror porque ya lo hice antes y se que soy más fuerte que él.

Como dice una persona inteligente por ahí: “El fin justifica los miedos

En mi próxima entrada hablaré de como deje de sentir terror por el ejercicio…

*Las fotos de los enlaces son de san google, la foto principal es mía.

Fobias de Antaño: Los Puñetes

Cuando era un niño pequeño odiaba pelearme en el colegio. Le tenía miedo a los puños del resto de niños. Supongo que el hecho de ser el menor de la clase en cuanto colegio estuve hizo de mi un blanco fácil para los niñatos abusivos que se pavoneaban pegando a diestra y siniestra a cuanto mocoso enclenque  se cruzara por su camino.

En mi época de adolescente en Magdalena, el barrio de Lima en el que crecí, se acostumbraba mucho a jugar al fútbol en las calles. Mi hermano, mis primos y yo solíamos jugar durante buen parte del día en la calle. Así como nosotros, muchos niños y mosolvetes  solían quemar muchas horas peloteando o vagabundeando por “nuestra esquina” y cuando alguien que “no debía pasar por ahí“, lo hacía, entonces le poníamos caras de pocos amigos. Esas eran las leyes del “barrio“. Muchos de los que pasaban se cagaban directamente en nuestras “leyes” y si los mirábamos mal nos cacheteaban o nos buscaban bronca para pasar el rato. Aprendí que era mucho más sano evitarse los problemas. Que los puños y las cachetadas nunca habían sido lo mío y renuncie a la peloteada y a la vida de “barrunto”y me encerré en casa a leer.

Un par de años después estaba yo en la Escuela naval intentando ser un cadete. Ahí descubrí por primera vez lo que era un cuadrilátero de box. Había una ley bastante simpática. Si sentías que un cadete de años superiores te odiaba y pensabas que lo único que se le cruzaba por la mente era hacerte daño, podías invitarlo a “quitarse las pitas” (quitarse los galones de los hombros) subir al cuadrilátero  ponerse guantes y reventarlo a puñetazos si es que podías. Era una norma bastante democrática. Lástima que jamás la usé. Sentí que mucha gente me odiaba sin sentido. Y la verdad, tenía mucho odio acumulado contra varios de los que decidían mis salidas o si me quedaba encerrado. Los hubiese querido matar a golpes. A veces soñaba con los ojos abiertos como yo, un enclenque, de diecisiete años le rompía la crisma al cadete más viejo de veinticuatro. Me veía hecho un “héroe” con toda mi promoción orgullosa de mí, me hacían hurras mientras bajaba del cuadrilátero después de haber nokeado al cadete más grande de todos,al mismísimo capitán del equipo de remo, bombos, platillos, laureles… Nunca me “saqué las pitas” con nadie porque siempre, pero siempre, me cagué de miedo.

Como mucha gente, en determinado momento , cambié. Para bien en algunas cosas y para no también en algunas otras. Algunas experiencias marcaron mi vida y me dí cuenta que los golpes físicos de alguien son los golpes más asimilables. Le perdí el miedo al dolor en determinado momento, aunque no se exactamente ni donde ni cuando. Solo sé que hoy boxeo y hago MMA de manera amateur, pero recibo bastantes puños y y puñetes y patadas y cabezazos y codazos y demás. También los doy, obviamente, y lo disfruto. Me duele que me peguen, pero no le tengo miedo a los golpes en absoluto. Hoy en día no puedo concebir que hace unos años el dolor físico fuese uno de mis grandes temores.

Lo que quiero decir, al fin y al cabo, en este post es que nosotros no solemos darnos cuenta en cuanto hemos cambiado y en cuan maleables solemos ser. Hasta nuestros miedos más profundos pueden quedar de lado, al igual que las cosas que en determinada instancia nos parecieron  valorables y sumamente importantes. A veces la única manera de conocer que es lo que somos exactamente hoy en día, es mirando al pasado para reflejarnos en el mismo y ver lo que hemos avanzado, o en su lugar, retrocedido. Voy a hacer una serie de posts mirando a mis fobias del pasado intentando encontrar cuales he superado en mayor manera y cuales aún arrastro hasta estos días. Es un viaje introspectivo arduo y que quizás me saque uno que otro recuerdo nostálgico. Pero creo que el resultado, al fin y al cabo, va a valer la pena.

Para la próxima entrada: Miedo a las alturas. Y si algún gato lee esto: ¿Cuales son tus fobias superadas?