Leonard Cohen en la trinchera

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Entrenamiento de Francotiradores Israel. Noviembre del 2016.

 

Leonard Cohen ha muerto ayer.

Mientras él moría, yo le disparaba a blancos a seicientos metros de distancia. Él se deslizaba entre el misterioso límite de la existencia y la no existencia. Y yo me preocupaba en que mis disparos peguen bien en un blanco de papel.

La vida es rara porque se ramifica de infinitas maneras al mismo tiempo.

Te sientes estúpido disparándole a un papel mientras Leonard Cohen muere. Te sientes estúpido incluso siguiendo las noticias de las elecciones de los Estados Unidos. Trump. Clinton. No valen ni una de las partículas del polvo de estrellas en el que se convertirá el cuerpo de Leonard Cohen.

¿Dónde está el sentido de todo este desorden cósmico al que llamamos existencia?

Si mientras hablamos o tecleamos o disparamos, una de nuestras mejores mentes deja de existir. Una de las mejores muestras de nuestra humanidad se desplaza al infinito campo del “no ser”.

Mientras mi compañero corregía mis disparos con un telescopio y me decía que dispare más a la derecha porque había un viento fuerte que venía desde la izquierda del blanco (y lo hacía tan profesionalmente) me dijo: “Ya no me gusta hacer esto. Ya no le encuentro sentido. Ya no quiero matar a nadie. Ya no quiero morir por nada…” Filosofía de trinchera, me dije. Y mientras tenía el ojo en mi telescopio y mi dedo en el gatillo, le respondí que pienso igual. Le dije  que ninguna ideología vale lo que valen nuestras vidas. Trump ha ganado en Estados Unidos y no voy a morir por él. Ni por Hillary. Ni por Obama. Ni por el inutil de Netanyahu. No voy a morir ni a matar por un político de turno.

Los políticos son mierda. Leonard Cohen es oro.

No voy a morir por nadie porque a nadie le va a importar mi muerte. Y mi muerte no va a cambiar nada. No soy Leonard Cohen. El arte se va con él. La poesía se va con él. El susurro de su voz increíble se va con él. Y lo extrañaremos.

Todos…

 

 

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Tres experiencias que cambiaron mi vida

Hay cosas que nos cambian. Hay experiencias que nos modelan.

Hay tres puntos de quiebre en mi vida que marcaron bastante mi forma de ser y construyeron mi personalidad actual.

Quiero compartir esas tres experiencias/hechos contigo. Quizás te ayuden a pensar en tus propios puntos de quiebre y cómo llegaste a ser la persona que eres hoy.

Hechos que marcaron mi vida:

El día que conocí a mi esposa: Tuve la suerte de conocer, a la que sería mi esposa, bastante joven. Hemos crecido juntos. Nos casamos jóvenes. Nos mudamos a un país lejano juntos y juntos hemos seguido por mas de catorce años. Mi esposa es quizás las persona que más me ha moldeado y quizás sea la persona a la que más he moldeado en este mundo. Los dos nos hemos enseñado cosas y hemos hecho esta primera parte de la vida de la mano, uno junto al otro, sin separarnos demasiado pero dejándonos respirar. Le doy gracia a ella por hacer de mí la persona que soy y por inspirarme cada instante de mi vida.

La guerra: Espero que nunca hayas estado en una guerra. A mi me tocó ir  a una. De la guerra no tengo nada bueno que decir, salvo el hecho que me enseñó a encontrarle la perspectiva adecuada a las cosas. Si hubiese sido más inteligente hubiese encontrado esa perspectiva mirando a las estrellas y dándome cuenta de cuan microscópicos son mis problemas. Pero necesité de unos cuantos obuses, cohetes RPG y amigos muertos y heridos para entender que  vivir es un milagro y que debo dar gracias por cada bocanada de aire. Estar vivo es el más grande de los regalos que he tenido.

La lejanía: Estar lejos de la familia es difícil. Estar lejos de los amigos. Del país en el que naciste y creciste es doloroso. Sentir esa sensación de que eres de allá y de acá al mismo tiempo todos los días de tu vida, desgasta. Pero la lejanía te hace apreciar. Te hace añorar la caricia de mamá y las recetas de la abuela. Las dulces palabras de la tía preferida o los sermones de papá. La lejanía te enseña a desenvolverte solo, pues no hay quién te ayude. Y te vuelves la persona más autosuficiente del mundo.

Sé que quizás no hayas vivido o vivas experiencias parecidas a las mías pero eso no importa. Tanto para ti como para mi es  bueno entender cuales son esos puntos de quiebre de la vida que te llevan hasta donde estás. Y te hacen sentir y pensar como sientes y piensas.

Medita un par de minutos al respecto.

 

 

 

 

La guerra y la felicidad

La verdad es que no necesito muchas cosas para ser feliz.

Quizás no necesite nada en absoluto.

La felicidad al fin y al cabo es una forma de ver la vida y no un sentimiento propiamente dicho. Y si mi forma de ver la vida me hace feliz entonces las cosas sobran ¿No?

Pero volviendo al principio: No necesito muchas cosas para ser feliz. Necesito cosas sí. Necesito las básicas. Un hogar caliente. Un POCO de ropa. A mis seres queridos vivos y sanos. Y creo que nada más. Tan simple como eso.

Puede haber gente a la cual le puedo parecer un bicho raro. O que quizás digan u opinen  que hablo de cosas irreales. La mayoría de gente que me conoce de niño o de joven puede pensar así y  está bien que lo hagan. Pueden pensar lo que quieran. Esto es un viaje personal y el que me quiere acompañar en el mismo es bienvenido.

Pero dejemos a la gente de lado. Decía que soy feliz. Y soy feliz porque ESTOY SATISFECHO CON LO QUE TENGO. No necesito NADA MÁS. Lo digo en serio. Nada. No me vendría mal tener un avión o una casa en Malibú pero el tenerlos o no, no influenciaría en lo más mínimo en el grado de satisfacción y felicidad que tengo.

Pero ¿Cómo puede ser que sea feliz? ¿Cómo puede ser que no desee las cosas que todo el mundo quiere? ¿Una casa grande? ¿Un auto deportivo equipado a full? ¿Hijos corriendo por el parque? ¿Ser el dueño de una compañía y vestirme a traje a diario? La respuesta es simple: Aprendí que el solo hecho de respirar es un milagro y a la vez un regalo.

¿Y cómo aprendiste eso? Te dirás.

¿Fuiste a un monasterio budista en los Himalayas? ¿Has estado en algún templo Zen del Japón? ¿Has recibido las energías místicas de la tierra santa? Pues no señores y señoras. Sencilla y llanamente….fui a la guerra.

La guerra puede hacer de un hombre dos cosas. O lo mata o lo cambia. A mi me cambió. Y pienso que en el sentido positivo de la palabra CAMBIO. Tengo compañeros que han cambiado para mal. Otros para muy mal. Otros están perfecto y otros están enterrados. Pero NINGUNO de nosotros es lo que solía ser antes de.

Y sí, aprendí que el solo hecho de respirar es un regalo. Aprendí que el solo hecho de abrazar a mi esposa y oler la fragancia que emanaba de su cuello me hacía llorar de felicidad. Aprendí a apreciar lo pequeño. Lo microscópico. La voz de mamá en el teléfono. El abrazo de un hermano. Las palabras y sonrisas de los amigos. Aprendí que nuestro tiempo pasa rápido y no voy a desperdiciarlo comprando tonteras o desesperándome por comprarlas. Aprendí a satisfacerme con lo que hay en casa. Con una mirada. Con un café. Con una carrera por el campo. Con una montaña a mi lado. Aprendí que ESTOY VIVO y eso es mi mayor riqueza. A quien demonios le importa un Porsche Panamera si tengo lo único que quiero tener. Si tengo TODO lo que siempre quise.

Es cierto. Tuvieron que pasarme un par de guerras por encima para que tome PERSPECTIVA de lo que realmente importa para mí. Y ahora estoy aquí compartiéndolo contigo querido lector o lectora. Amigo o amiga fiel.

Eres un persona super inteligente y entenderás que no todos necesitamos una guerra (o un par) para entender lo que realmente importa para nosotros. Las guerra déjalas para los cabezas de chorlito como yo. Tú busca por ti mismo lo REALMENTE IMPORTANTE para ti. Mira a los lados. Inspecciona en tu mente. Abre tu corazón. Busca con ahínco esas pequeñas cosas QUE REALMENTE te hacen rico. Tómalas. Arrúllalas. Disfrútalas todo lo que puedas (si te das cuenta son gratis)  y bueno, como ya sabes:  Simplifica el resto…

 

Francotirador Recon 3

Con esta entrada voy a terminar esta trilogía de lo que es ser un Francotirador de reconocimiento en el ejercito de Israel.

En las películas sueles ver a los francotiradores como “tipos duros”que tiran del gatillo y no les tiembla la mano nunca jamás. Bueno a mi me ha temblado y me tiembla la mano cada vez que he tenido a alguien en la mira y siempre me he preguntado si en vez de disparárle un 7.62 o un 0.5 en la cabeza hay alguna otra forma de “arreglar” las cosas. Me lo he preguntado más de mil veces en el campo con la mira en el ojo derecho y embadurnado de camuflaje. Me lo he preguntado y me lo sigo preguntando en la tranquilidad de mi casa. En el regazo de mi esposa. Rozando el hocico de mi perro. No soy un tipo duro. No soy más que un tipo entrenado en el manejo de determinado aparato. Soy un maquinista. No hay nada especial en ser un buen soldado. Los buenos soldados siempre mueren. Los que no somos tan buenos vivimos para contar lo que vimos. Unos nos excitamos contando lo que “vimos”. Otros nos avergonzamos de lo que hemos visto. Yo personalmente vivo uno mezcla de ambas corrientes surcándome el pecho.  Estoy aquí vivo y “entero” después de 8 años en el IDF (entre activo y reserva) y lo único que me queda decir después de todo lo “visto” y “vivido” es que no hay nada “bueno” en la guerra. La guerra es algo que no debería suceder. En la guerra no hay “buenos” ni “malos”. Es la puta crueldad humana en su máxima expresión. Si puedes sacar alguna enseñanza de tanta mierda. Es que al menos te “conoces”. Realmente te “conoces” a fondo para bien o para mal. Descubres los límites de tu humanidad. Te das cuenta a ciencia cierta si eres “de noble corazón” o no.

No le deseo la guerra a nadie. La gente que endiosa la guerra es siempre la gente que no ha estado en una. La guerra no es “Call of Duty”. La guerra no debería “estar” pero está. Gran parte de nuestra naturaleza humana se basa en el sencillo instinto de querer lo que el resto tiene. Por ende si lo pedimos de buena manera y no nos lo dan vamos a pelear por ello. Las guerras van a continuar por siempre. Los hombres que las peleamos vamos a seguir haciéndolo hasta que la humanidad desaparezca. No soy tan “inocente” para pensar lo contrario. Aunque me gustaría que más gente tuviera un apreciación más fidedigna de lo que es “la guerra”.

Un mortero te vuela en pedazos o se lleva un par de miembros tuyos. Eso es la guerra.

El olor inconfundible a “carne quemada” que te encuentras después de un bombardeo. Eso es la guerra.

Las vidas que quitaste. Eso es la guerra.

Los amigos que no van a volver o los que volvieron destrozados. Eso es la guerra.

El simple hecho de que nunca vas a volver a ver la vida de la misma manera. Eso es la guerra.

El cagarte de miedo y de no saber si todo va a terminar para ti. Eso es la guerra.

Jugar a ser dios con los que se cruzan en tu mira. Eso es la guerra.

Darte de cuenta de que eres más malo y cruel de lo que pensabas. Eso es la guerra.

Ser empujado a matar o hacer cosas que nunca hubieses hecho en ninguna otra situación. Eso es la guerra.

Un humvee explotado con cuerpos agonizantes desperdigados por el piso rogando por agua. Eso es la guerra.

El enemigo suplicando por su vida. Eso es la guerra.

El caos en el que se sumerge toda la maquinaria inmensa a la que llamamos ejercito. Eso es la guerra.

Dormir una hora por día y alucinar que todo lo que ves en un determinado instante no es más que una pesadilla. Eso es la guerra.

Oler los eucaliptos quemados. El olor de la pólvora. Y el diáfano aire nocturno. Todo en el mismo instante. Eso es la guerra.

La guerra es una putada y no sirve para nada. Eso es para mi ser un francotirador de reconocimiento en el ejercito de Israel. Después de cientos de operaciones. Puedo decir con certeza de que voy a seguir haciendo lo que suelo hacer. Pero lo voy a hacer pensando que podría haberse hecho de otra manera.

Espero no tocar el tema del ejercito un buen rato.

 

Francotirador de Recon

 

A la mayoría de gente la frase “francotirador de reconocimiento” les suena sexy. Al menos interesante. Cuando le cuento a alguien a lo que me dediqué en el ejercito me pide que le cuente detalles. Pormenores. Truquitos e historias interesantes de lo que es ser un “francotirador de reconocimiento” en un país embadurnado de guerra como lo es Israel.

Hay dos tipos de personas en el mundo. A los que le gustan las películas de guerra por ende les encantan mis historias. Y hay los que suelen ser pacifistas y que repudian y hacen puchero cada vez que sale un veterano contando alguna cosa que vio o hizo en la guerra. Si eres un pacifista y haces pucheros cuando escuchas a hablar a alguien de bombas y sangre. Para aquí. Y léeme en otro post o no me leas nunca más. En verdad preferiría que no me leas más. No soy muy participe del pacifismo ya que sé que nunca vamos a vivir en paz así lo intentemos. Siempre “alguien” va a intentar meterle el dedo al resto. Así que si sigues leyendo esta historia estás corriendo tus propios riesgos.

Después de la pequeña advertencia de arriba voy a ir al grano de este post. Una historia de guerra. En Israel a las historias de guerra se les llama Morak. Este es un Morak acerca de ser un francotirador de reconocimiento.

Ser un francotirador de reconocimiento no es sexy. Es más bien. En el mejor de los casos: Bastante tedioso. Sueles ir con la compañía de reconocimiento cargado de equipo. Llevas dos sistemas de armas. El sniper system M-24 o M-40 dentro de una mochila larga como un ataúd. Más tu fusil automático M4 (Obviamente súmenle a eso la munición idónea para cada tipo de arma. Más la comida. Más el agua) Ellos se encargan de “sembrarte” en cierto punto. A partir de ahí tú y tu pareja pasan al estado de autonomía. El estado de autonomía significa que tienes que caminar por lo menos unos diez kilómetros en territorio enemigo sin ser visto (Se hace usualmente de noche. Despacio. Dando prioridad al silencio que a la velocidad de llegada) hasta un punto marcado en el mapa (preferiblemente una cima si es en campo abierto o un edificio si es en terreno urbano) En ese punto debes esperar por ordenes. Las ordenes pueden llegar dos minutos después de nuestro arribo hasta setenta y dos horas después del mismo. Nuestra autonomía no puede durar más de setenta y dos horas. Por la cantidad de comida y agua que traemos con nosotros. Luego de asegurar el perímetro (En campo abierto es mucho más fácil porque prácticamente no te sueles encontrar a civiles subiendo a las laderas de las montañas. Salvo pastores de ovejas y cabras. En cambio en terreno urbano. Si llegas a un edificio y eliges uno de los departamentos. Tienes que neutralizar a los que viven o trabajan ahí. Neutralizar se presta a muchas interpretaciones. Pero lo que solemos hacer es poner a toda la gente en un cuarto. Amarrarles las manos y los pies. Cerrarles  la puerta y comenzamos a hacer nuestro trabajo. Una vez terminado. Los soltamos y les damos las gracias por su cooperación). El trabajo comienza cuando empezamos con las mediciones de diversos puntos hacia los cuales podríamos disparar si se diera el caso. Inventamos un lenguaje común para nosotros. Al edificio de color rosado lo llamamos “rosa”. Al árbol en medio de la plaza los llamamos “solitario”. Al mercado de fruta lo llamamos “plátano”. Y así sucesivamente. Así tenemos que después de unos minutos sabemos que desde nuestra posición a la “rosa” hay cuatrocientos setenta metros. Al “solitario” trescientos cincuenta. Al “plátano” ciento veinte. Sabemos también la velocidad y la dirección del viento en ese determinado instante. Así que si recibimos la orden. Equilibramos un poquito las miras en lo que a nuestro objetivo se refiere. Poso la mira telescópica en su cabeza o en su pecho (depende de  la distancia a la que se encuentre el objetivo. Después de cuatrocientos metros es difícil pegarle a alguien en la cabeza si es que se está moviendo. Si quieres “asegurar el disparo debes apuntarle al pecho que es el lugar donde más “blanco” te ofrece) y esperamos la orden. Una vez recibida la orden. Mi compañero comprueba por última vez las medidas. Me dice que esta “encima”. Yo le respondo que estoy “encima” también. El comienza la cuenta regresiva: 3, 2, 1, fuego. Yo presiono el gatillo. La física se encarga del resto si nuestros cálculos son correctos y no me he movido nada en el momento del disparo. Setenta y dos por ciento de probabilidad que mi bala pegue en la cabeza del objetivo a los cuatrocientos cincuenta metros. Un segundo después observo la pequeña figura caer. Luego moverse un poco en el piso. Luego dejar de hacerlo. Luego silencio. La gente suele salir disparada después de escuchar un disparo y ver morir a alguien cerca suyo. Éxito. El trabajo hecho. La compañía de reconocimiento “aparece” de pronto en la aldea o en el campo para recogernos. Entramos a uno de los Humvee. Salimos volando del lugar antes de que empiece la fiesta y los malos se despierten. Hasta este punto es como se ve en las películas o más o menos lo que la gente suele imaginar.

El problema está en las cosas que no sueles imaginarte (osea las que no salen en las pelis).  Por ejemplo: Las tediosas horas de espera en las que hablas con susurros o algo tan simple como el evacuar: Has estado setenta horas esperando una orden. No puedes dejar solo a tu compañero ni un minuto ni él te puede dejar a ti. ¿Entonces se imaginan lo que es cagar y mear en una situación así? En terreno abierto. Como en todo. Las cosas son más fáciles. Te arrimas hacia un lado  con tu traje camuflado y echado en el piso meas. La tierra sedienta absorbe los meados rápidamente. Cagar es otro cuento. Debes esperar a la noche o cagarte en los pantalones. Sueles esperar a la noche. Sacas una bolsa de nylon. Con ella forras la parte interior de tu casco. Te sientas sobre el y renuncias a todas tus miserias. Luego cierras la bolsa con un buen nudo y la dejas a tu lado expectante. Al fin de la misión te la llevaras contigo en tu mochila. En terreno urbano la cosa se complica. Debes mear en el cuarto en el que has abierto el puesto de francotiro. Este no suele ser un baño. Ya que en los baños no hay muy buenas ventanas. Así que meas en una botella de Nestea sabor durazno. Gran parte de tu pipi se chorrea al piso y más tarde va a oler a Satanás. A veces se acaban las botellas vacías y debes mear en el piso. Después de casi tres días ese sitio huele al demonio. Cagar es lo mismo que en terreno abierto. Tienes unas bolsas de nylon y cagas dentro del casco con ellas puestas. Tu compañero suele taparse la nariz y mirar hacia otro lado en los momento en que pujas y orquestas tu pequeña sinfonía de pedos. Nop. Eso no nos enseñan en las películas. Como tampoco que hacer cuando el ejercito en su inmensa e infalible sabiduría se olvida de ti en territorio enemigo. Digamos en la Franja de Gaza.

Continuará…

Comenzando

Visto verdeo olivo. Mi espalda suda. Mi cuerpo tiene veinticinco kilos de sobrepeso.  Hay pinos y eucaliptos a mi alrededor. La primera aldea a la que vamos a llegar parece tranquila. Es Julio del dos mil seis. Hace quince días que secuestraron a dos soldados israelíes en la frontera con Líbano. Después de los tanquistas y de la fuerza aérea hemos entrado en combate como primera unidad de infantería de choque. Cruzamos la frontera a las cuatro de la mañana desde el Kibutz Zarit desde el lado israelí. He caminado tres o cuatro kilómetros parando cada cien o doscientos metros unos diez minutos cada vez. Nos ha tomado llegar a la primera aldea seis horas.

Hace calor. El cielo está limpio de cualquier rastro de nubes. Huele a pólvora quemada. La artillería y la fuerza aérea han hecho su trabajo de “limpieza” antes de que lleguemos a la aldea. El batallón se divide en compañías y cada una toma una “posición” diferente. Cuidamos mutuamente nuestro flancos. Cada compañía irrumpe en una casa grande. Sabemos exactamente en que casa entrar gracias a los mapas satelitáles que hemos estudiado desde hace dos días. Una vez dentro nos damos cuenta de que no hay gente. Tomamos los altos y los bajos. Como francotirador busco la planta más alta y una buena posición apuntando a la plaza que se encuentra al norte de la casa. Abro mi mochila y extraigo mi Remington M-24. Extraigo el trípode y armo mi “puesto” de disparo. Mi compañero extrae el sistema de camuflaje y lo adhiere a la ventana. Desde afuera nadie puede vernos y desde adentro vemos todo lo que pasa. De su mochila extrae su mira telescópica. La que le permite hacer las mediciones de una manera más precisa. Comenzamos con la rutina de mediciones. Ochenta metros al centro de la plaza. Cincuenta metros a la ventana de la casa que está en diagonal a nosotros. Ciento cincuenta metros a la linea de ventanas de las casas cruzando la plaza. Fuerza del viento: “uno” de este a oeste. Idioma compartido: La plaza. La palmera. El Mercedez azul. La pileta. El árbol solitario. Listo: Dos clicks para arriba. Tres clicks a la izquierda y mi mira esta calibrada.

Escucho al resto de la compañía haciendo ruido con las ollas en la primera planta. Se están cocinando algo con la poca agua que tenemos. Nos han prohibido beber el agua de la cañería de la aldea. El comando no sabe si la han envenenado o no. Así que lo que tenemos está en nuestras camelback. Una vez que mi M-24 está montada en su trípode y las mediciones están hechas. Me siento en el piso con la espalda apoyada a la pared. Mi compañero hace lo mismo. Estamos sentados el uno al lado del otro pensando en que “esto es la guerra”. Nos miramos el uno al otro. Es un chico alto. Delgado. Usa gafas y siempre sonríe. Lo quiero como a un hermano menor. Me dice que hasta ahora está aburrido. Que es casi lo mismo que en Czisjordania. Le respondo que es igual pero con vistas más bonitas. Sonreímos juntos. Escucho un pito de pronto. No atino a pensar lo que es. De pronto una explosión remece la casa. Alguien grita RPG!!! Mi trípode se cae al piso con el arma. Veo una nube de polvo de cemento subir con rapidez por las escaleras. Escucho un pitido intenso dentro de la cabeza. Mi compañero trata de hablar conmigo. No le escucho nada. Solo el pitido intenso. Trato de contestarle. Él no me escucha a mí. A lo lejos muy dentro de los oídos escucho disparos. No sé de donde vienen o sí los muchachos del primer piso están disparando a alguien. El pitido no me abandona la cabeza un buen rato. De pronto mi audición vuelve. No quiero asomarme por la ventana. Tengo miedo. Pienso en mi casa. Levanto el trípode. Mi compañero está apuntando con su arma. Comienza a disparar con dirección a la plaza. Yo miro a través de la mira telescópica Leopold que aumenta por diez cualquier imagen. Apunto a lo primero que se mueve en la plaza y disparo. La guerra acababa de comenzar para nosotros.

Caluroso Verano

-Patea la pared…

-No…

-Es una orden y te lo estoy pidiendo de buena manera…

-Que clase de orden es esa?

-Un tipo de orden que nos muestra si es que vales la pena para estar en una unidad como esta…

-Entiendo- Patee la pared sin mucha fuerza y sentí el crujir de mis dedos.

-Más fuerte. Patea la puta pared como hombre. Como un soldado de una unidad de élite.

-Hey!!! Me voy a lesionar.

-Me importa una mierda…

-No soy un soldado raso, llevo dos años en esta unidad. No me puedes dar este tipo de ordenes, así que puedes irte a tomar por el culo ok???

-Ja. Voy a llamar a Dany y él te va a enseñar algo…

-Llámalo si quieres. No se que demonios me puede enseñar él a mí…

Dos minutos después Dany estaba a mi lado.

-Dany patea la pared por favor- Mientras el capitán le daba la orden a Dany, me miraba fijamente a los ojos.

Dany no pensó ni un milisegundo y empotró su pie contra la pared de concreto.

-Gracias Dany…

Dany dejó el lugar cojeando. Se le veía muy mal.

-A eso se le llama seguir las ordenes al pie de la letra. Aprendiste algo?

– Aprendí que Dany es un estúpido  y ahora vas a tener un soldado lesionado por dos meses.

-No voy a tener ningún soldado lesionado. Voy a despedir a Dany de la unidad…

-Qué???? pero porqué????

-Porque pateó una puta pared de concreto y no uso ni de manera miserable su capacidad para discernir si estaba bien o estaba mal que pateara una pared de concreto. Por eso se va…

-Pero tú querías que yo pateara la puta pared…

-Quería ver cual era tu respuesta. No seguiste una orden fraudulenta y que pondría en peligro tu seguridad por nada. Has pasado la prueba.

-Entonces esto era una prueba?

-Esto es la unidad de paracaidistas del ejercito de Israel. Aquí todo es una prueba…

-Pero Dany…

-Dany no puede pensar por sí mismo y eso no es lo que buscamos aquí…Es un excelente soldado. En alguna unidad de infantería va a servir bien…

-Me voy a volver paranoico con esto de las pruebas. Ya no sé que es real y que es una puta prueba…

-Sigue así y todo va a estar bien…Ah!! y vete a empacar que salimos para el norte mañana…

-Al norte???…Al Líbano???

-Al norte.

 

Diez días después el capitán “E” moriría en la entrada a una aldea al sur del río Litani en el sur del Líbano. Era el caluroso verano del 2006.