Me acabo de tomar un arcoiris

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Sin café no ganaríamos nada creo yo…

No puedo empezar un día sin café. Voy a ponerlo de esta manera: No puedo empezar un buen día sin café.

Puedo empezar un mal día sin café. Puedo hacer un holocausto si es que no tengo suficiente cafeína en el cuerpo. En mi situación podría generar la tercera guerra mundial por falta de cafeína. Estoy en el medio oriente. En Israel. No es difícil volar algo que haga que el resto del mundo te odie por eso. No es difícil lograr que el planeta entero nos declare la guerra. Llevaría al mundo al auto aniquilamiento y todo por un poco de cafeína. Solo porque no tome mi dosis necesaria. Porque no soy la persona que podría ser con un Espresso Machiatto encima al empezar el día.

En el ejercito de Israel he hecho cosas malas. Algunas muy malas. Una vez atropellé una cabra y otra vez pisé a una tortuga. Todo porque me moría de sueño. Porque el café se había acabado aquella semana y todo lo que hacía me parecía un sueño. No sé hasta hoy si el episodio de la cabra lo viví o lo he soñado o si la vida es sueño y los sueños, sueños son. O solo se debe a que la bruma del recuerdo descafeínado se ha vuelto solo eso: Bruma.

Te estarás preguntando porque estoy escribiendo tantas incoherencias. No te preocupes. Solo tengo mucha cafeína en la sangre. Creo que tres espressos juntos. Y me dio nostalgia que hayan existido días sin cafeína. Días en los que pude haber sido mejor. Inclusive más guapo. Más inteligente. Más asertivo. Mejor combatiente. Un Rommell. Un Patton. Mejor escritor. Un Hemingway. Un Saramago.

Pero han existido días sin. Días plomizos como Lima. La ciudad en la que nací. Crecí. Perdí mi virginidad y conocí el café de la abuela. Han habido también días con. Días en los cuales he estado reluciente. Una excelsitud de la vida. Un comandante de las tropas de Alexandro Magno en los confines del mundo civilizado. Tanto amo al café que me hace decir tontera y media y me dejo llevar literalmente. Dejo que me arrastre por estás palabras sin editar y sin pensar demasiado que es lo que debo escribir y solo escribo para escribir. Para dejar toda esa cafeína fluir desde mis neuronas hasta las yemas de mis dedos. Desde todo lo que he leído alguna vez en la vida hasta todo lo que vengo diciendo.

Creo que después de estás palabras te darás cuenta que soy un amante del café. Y te imaginarás que tengo un café al lado mientras escribo todo esto. Eso es cierto. Tengo un café al lado de mi computadora y de cuando en cuando le meto un sorbo y escribo un poquito más rápido que antes. Son las once de la mañana aquí en Israel. Es invierno. Afuera hay silencio porque es Viernes. Que es como un sábado en cualquier sitio del mundo. Por mi ventana se escurre un rayo de sol. Me da en la cara. Hace que mi café se llene de colores. Una especie de arcoiris se forma en la tasa. Me siento bendecido por todo lo que está pasando en este momento. Me estoy tomando un arcoiris y estoy escribiendo lo que me da la gana.

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 Hay algo en la vida de un soldado que puede levantarle la moral y el ánimo: La visita de una estrella de la televisión en bikini. Además de eso: Un vasito de café en el campo…

 

Filosofía de trinchera

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Hace un mes me encontré mirando al cielo desde una trinchera.

Lo bonito de mirar el cielo desde una trinchera en el medio oriente es que se puede ver “realmente” el cielo. Las estrellas. La luna. La aleta blanca de la Via Lactea. Las constelaciones. La negrura luminosa del espacio infinito que nos rodea.

Se ven las estrellas bien. Muy bien. Y para verlas tan bien, necesitas que no hayan nubes. Y no habían nubes. Y cuando no hay nubes y es invierno, hace mucho más frío que cuando hay nubes (Por alguna razón física las nubes retienen el calor que el suelo ha absorbido durante el día). Por ende, en la trinchera hacía frío y además de la baja temperatura había algo de viento. Yo,personalmente, mirando hacia Jordania, que estaba a tiro de piedra, no hacía más que desear estar dentro de alguna de esas casuchas de campesinos Jordanos, tan diferentes y tan similares a nosotros . Porque incluso aquellas casas de mala calidad y algo pobretonas eran mucho mejor que nuestra trinchera olvidada y fría.

No comí mucho aquel día. Teníamos un par de atunes para cada cuatro soldados. En la mañana temprano nos habían sacado de nuestros trabajos. De nuestras casas. De nuestras paternidades. De nuestros matrimonios contándonos la historia de siempre. Que teníamos que estar preparados para cuando ISIS, Hamas, Hezbolla, los iraníes, los sirios, los jordanos, los libaneses, los egipcios o cualquier  árabe de este mundo o de otra galaxia ataque a Israel. Y lo harían exactamente en el punto en el que estábamos atrincherados comiendo atunes y chocolates y durmiendo a la intemperie.  Un ejercicio militar muy importante nos dijeron. No nos lo creímos mucho. Nuestras esposas. Nuestros padres. Nuestros hijos. Nuestros perros, no se lo creyeron tampoco.

Mientras tienes frío y tiemblas y ves la infinitud del misterio que te rodea con tanta plenitud no piensas mucho en ISIS. Piensas en lo caliente que es la habitación de tu casa. Piensas en el ronroneo del gato del vecino. Piensas en lo caliente que se está entre las piernas de una mujer. Piensas en el chocolate que te acabas de comer y que es lo más cercano a un orgasmo que vas a tener en aquel hueco medio oriental. Piensas en tu madre. Piensas en tu padre. En las cosas buenas que hicieron por ti. En las muchas cosas malas que te hicieron también. Piensas en tu primer amor. Piensas en tu último amor. Piensas en que hace frío y que ya estás viejo para estos trotes. Ya tu espalda se entumece sin un colchón bajo ella. Ya el viento te seca la piel de una manera que hasta hace unos años atrás no podía. Ya tus articulaciones se adormecen a cada rato en cada posición. Piensas en tu pobre y decadente cuerpo mientras ves a los soldados más jóvenes que tú pasarlo bien y sentirse bien. Mientras que tú te haces el macho pese  a que te duele hasta el pelo. Te haces el macho porque eres el sargento. El jefe. El puteador. El que tiene que arrastrarlos de ser necesario. Eres el sargento que dentro de sí mismo sabe que se está haciendo viejo en aquella puta trinchera. Y escuchas el silencio y ves a los jóvenes cada vez más jóvenes y te ves reflejado en tus promociones que cada vez están más viejos y calvos. Y sigues pensado en el ronroneo del gato y en la habitación de tu casa calientita. En tus amores de la niñez y en las manos de mamá mientras te tocaba la cabeza a los siete años para consolarte por alguna tontería.  Sigues viendo las estrellas tan luminosas y llenándote los pulmones de viento helado. Sigues sintiéndote muy vivo muy cerca de aquellos que quieren verte tan muerto.

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Mi última semana…

Mi querida Negev y yo…Ah! y un amigo sobre mí…

No he escrito está última semana porque me fuí a entrenar al ejército.

Estuve en el campo con un calor de más de 40 grados centígrados. Me encontré de nuevo con mi querida Negev. Me encontré también con los amigos de siempre. Me encontré con una semana entera “durmiendo” bajo las estrellas y caminando infinidad de kilómetros con peso sobre mí. Me encontré hablando con mi compañero de navegación acerca de la bancarrota de la economía griega. De teología. De tomates hidrofólicos. De pornografía. De ética empresarial y de un sin número de temas que puedes hablar con alguien solo cuando llevas horas de horas caminando con él bajo la luz de luna buscando coordenadas concretas y contando pasos para no desviarte de una ruta planeada con horas  de antelación.

Estoy bastante cansado y las ideas no me fluyen realmente bien en este momento. Me es dificil concentrarme y plantear las palabras como debe ser. Después de innumerables horas sin dormir, gran parte de mis neuronas se han ido al tacho. Y hasta que las que quedan no empiecen a reconectarse como se debe voy a estar así como estoy, medio zombie.

Además de no dormir bien, no he comido bien. Joder, que en este ejército te matan de hambre. He comido cosas como estas:

Huevos duros, pan y puré de papas….Hummmm

O estas:

Eso que parece pollo frito es berenjena… Hasta mi Negev está tirada y cansada por falta de algo nutritivo…pobre…

Lo que necesito en este momento es una buena ola de sueño. Poner el aire acondicionado y remojar los pies en agua caliente. Es lo que necesito, pero no es lo que voy a hacer. En cambio me he sentado a escribir estas palabras pese a que con las justas puedo pensar. Además de eso voy a hacerme un excelente café y voy a llevar a mi perro a la playa más tarde. Memento Mori suena por mi mente. Memento Mori que el tiempo se acaba y descansaré ya en la tumba hasta el infinito.

Hoy por hoy: Café, escribir, ejercicio, playa, más café, alguna película, hacer el amor y a dormir como el dios judío  y los dioses griegos mandan.

Después de un par de horas de sueño bajo la estela de la Via Lactea. Despertándonos adoloridos. Machacados y jodidos para un nuevo día. Vale! La vida es bella…

Pero no quiero que pienses que lo he pasado mal. Nop. Pese al dolor y a todo lo difícil y desafiante que pueden llegar a ser las cosas en cierto momento. Precisamente por eso es que me siento más vivo que nunca. Siento que en unos días he vivido unos meses. Eso es lo que me pasa cada vez que estoy vestido de nuevo con el verde olivo del ejército que forma parte de mi vida y cada vez que me reencuentro con las personas que en muchos aspectos son mi familia. Los que morirían por mí como yo por ellos.

Es que no hay como defender la casa todos juntos… Aunque alguna gente del mundo piense lo contrario…Somos los “buenos” del cuento, algún día se darán cuenta…

Una vez me cayó una esquirla…

Una vez me cayó una esquirla de RPG en la mano.

Antes de eso había estado corriendo colina arriba. Mi respiración estaba agitada. Llevaba como 20 kilos encima entre mis armas y mis municiones. Matania estaba a mi lado. Corría un poco más rápido que yo así que estaba un poco más adelantado. Yo miraba hacia la cima de aquella colina. En quince segundos llegaríamos y nuestra parte, en aquel ejercicio militar, terminaría.

Quince segundos después una explosión en la cima de la colina nos hizo volar hacia atrás. Rodamos colina abajo unos cuantos metros hasta que quedamos tirados uno a un par de metros del otro. Yo quedé boca arriba. Vi el cielo. Estaba atardeciendo. Las nubes estaban naranjas. Mi cuerpo había sentido toda la onda expansiva de la explosión recorriendo su interior. Sentí por primera vez cada uno de mis órganos moverse dentro mío. El aire estaba fresco. Sentí mucha tierra y piedras dentro de mi boca. Alcé la mano izquierda para limpiarme la cara y los ojos. Me di cuenta que mi mano era una especie de masa que chorreaba sangre. El cielo seguía naranja. Vi a Matania deslizarse hacia mí. Me pidió que no me moviese. Yo me había sentido bien hasta que vi mi mano y entonces me di cuenta porque no quería que  me moviese. La sangre brotaba con cada latido de mi corazón. De pronto me sentí muriendo como en una película de guerra. Quise llorar. Pensé que mis dedos ya no estaban. Veía algo gelatinoso entre el rojo y marrón al final de mis falanges. Habían pedazos de guante quemados. No sabía que había pasado. Efraim apareció con sus lentes poto de poto de botella. Atrás el cielo seguía naranja. Cada vez más fresco. Matania sacó la gaza de emergencia que cargamos en el pequeño bolsillo de al lado de la rodilla izquierda. Vi que la abría desesperado. Efraim le decía que no me veía tan mal. No sé porque pero amé a Matania en aquel momento y odié a Efraim. Apareció otro soldado. Y luego otro. Y pronto ya no veía el cielo. Solo caras de amigos y de curiosos que ni conocía. Quería ver el cielo. Matania me preguntó mi nombre. Se lo dije sin chistar. Me dijo que no me moverían porque no sabían de donde venía tanta sangre. No me dolía nada, salvo la mano. Me dolía y me asustaba. No la quería ver. Créeme: No la quería ver más.

La venda se mojó de sangre. Llegó alguien con la camilla y me subieron a ella y empezaron a bajar la colina conmigo y con casi 100 kilos (entre mi cuerpo y todo mi equipo) encima de ellos. Los escuché maldecir. Les pedí que me bajaran, que quizás podía caminar. Caminé hasta la base de la colina. Esperé sentado ahí sobre una piedra mientras todos hablaban de lo que podía haber pasado cuando Elhanan disparó el RPG sobre la base de la colina. Los escuchaba mientras la gaza comenzaba a gotear sangre. Matania me acarició la cabeza y me dijo que en dos semanas estaría de regreso. No le creí. Llego el Helicóptero para evacuarme. Yo tenía el brazo doblado y mi mano envuelta en la gaza empapada en sangre. El paramédico del helicóptero me sacó la gaza, miró mi mano mientras yo volteé la cabeza y vi  hacia otro lado. Me dijo “no te preocupes, vas a estar bien”. Cuando dijo eso, miré mi mano que seguía sangrando pero menos. El guante estaba quemado. uno de los dedos parecía cualquier cosa menos un dedo. Quizás parecía una flor. Sí, era algo así como una rosa abierta. El helicóptero despegó y vi a mis compañeros abajo mientras veían el helicóptero despegar mientras me evacuaba al hospital Soroka en Beer Sheva.

Dos semanas después estaba nuevamente con ellos.

La zona más bella de la tierra

Nablus, territorios palestinos, Guerra “Margen Protector” Agosto, 2014

Es difícil tratar de entender la situación en el medio oriente. Me refiero específicamente al conflicto Palestino-Israelí,   sin tomar una posición al respecto.

Todo el mundo tiene una postura. Todo el mundo se enreda en acaloradas discusiones que intentan determinar cuál de los dos bandos tiene la razón y cuál está en su derecho de defenderse o de liberarse o de lo que sea.

Por mi parte y pese a vivir en Israel y haber sido un soldado en el ejército Israelí por muchos años (y sigo siendo un soldado en la reserva) he intentado ver el conflicto desde un punto más macro y no tan centrado en el “lado Israelí” del asunto.

Supongo que la ventaja de mi posición con respecto a la del resto del planeta, es que yo vivo aquí. En donde las habas se cuecen. Yo he pasado años en los territorios palestinos ocupados. Yo he visto las salvajadas y las cosas maravillosas que pueden hacer uno u otro lado. He visto la desesperación de un pueblo oprimido. He visto la desesperación de otro pueblo que lucha por defenderse en un entorno completamente hostil.

Supongo que para la mayoría de personas que lean este artículo, les puedo parecer parcializado. Vivir en Israel me convierte automáticamente en un portavoz del “bando Israelí” o de los “Sionistas Neo colonialistas”. No voy a intentar convencer a nadie de porque apoyo a Israel. No voy a intentar disculparme por el hecho de hacerlo. Lo apoyo porque es el país en el que vivo. Pero también apoyo el deseo de liberación que tiene el pueblo palestino. Si fuera palestino lucharía por ello. En fin, solo puedo decir que las cosas como las ven desde allá, no son como las vemos desde aquí.

El pueblo palestino ha sido un pueblo maltratado por la mala suerte de haber tenido unos muy malos líderes en los últimos cien años. Mientras los judíos trabajaban como hormigas a su lado y hacían de todo (y cuando digo de todo, me refiero a eso precisamente…) para construir un estado, los árabes palestinos se mantuvieron estáticos. Metidos en la letanía de su cultura. En el brillo de un pasado que alguna vez fue mejor. Y cuando te duermes en tus laureles pierdes. Y así, poquito a poquito entre 1900 y 1948 los Judíos tenían tierras que podían funcionar como un país. Tenían  unas fuerzas armada: La Hagana, que podía hacer de ejército. Tenían las ganas de sobrevivir. El hambre de acuñar una nación. En 1948 Israel nacería y la Nakba (el desastre palestino) surgiría al mismo tiempo.

Unas guerras más tarde y todo estaría dicho. Israel era un país próspero que había vencido a todos sus vecinos en todos los confrontamientos armados posibles. Israel era una potencia nuclear y tecnológica. Israel era, para muchos: Un milagro. Un país hecho de la nada, en el más hostil de los escenarios. Se había ganado su derecho de ser y de existir. Nadie podía ponerlo en duda.

En cambio, el pueblo palestino, se encontraba bajo la ocupación militar israelí. Se encontraba sumiso y roto. Invadido y golpeado. Con una economía paupérrima. Con decenas de campos de refugiados en sus territorios o en los países vecinos, generados por las sucesivas guerras. Las cosas no podían seguir así. No por mucho. Empezó la resistencia palestina para luchar en contra de la ocupación Israelí. La OLP. Yasser Aarafat. Los atentados suicidas.  Los intentos de paz. Firmar un acuerdo. Camp David. Clinton. Yzak Rabin. Ehud Barak. Arafat. Nada. Esfuerzos y más esfuerzos para nada. La Islamización de la resistencia dio origen a Hamas en los 80s y Hamas creció y Hamas cambió a la OLP en cuanto a cantidad de activismo y en la manera de representar la resistencia palestina. Aparecieron los Mártires. Suicidas. Más suicidas. Cohetes en contra de la población civil israelí. Presionar al gobierno israelí a hacer concesiones por medio del terror. Por medio del miedo. Hamas creció. Israel sacó el martillo de hierro y machaco lo que pudo. Intentando matar una mozca venenosa a cañonazos. Israel se embarró en el propio fango de su larga política de dominación en los territorios ocupados. Se ensució de su propia ocupación. Se ensució con la sangre de sus propios soldados muertos noche a noche. Peleando en el Líbano o cerca a casa en alguna villa árabe en la Palestina ocupada.

Es que me da risa pensar que he estado en la guerra. He combatido sin cansancio a 40 km de casa. Mi casa. Tel Aviv está a 40 km de la franja de Gaza. Y mientras he combatido, he sentido que defendía mi hogar. Así como los que peleaban contra mí, defendían el suyo. Para mí es justo que quieran matarme. Pero debería ser justo que la gente en el mundo entiendiera que también tengo el derecho de defender  mi casa. A mis amigos A mi esposa y a mi perro. No es colonialismo lo que hago. Es autodefensa. Autodefensa en una situación que está armada por errores políticos mutuos de ambos bandos. Por cobardía mutua de la cúpula política de ambas esquinas. Porque nadie tiene los huevos para firmar un tratado. Y todos: Palestinos e Israelíes viven “felices” en el status quo aunque no parezca así.

Es fácil ponerse de parte del débil. Si eres una persona noble y te mueves por el sentimentalismo, debes funcionar de aquella manera. Es fácil ver al mounstruoso y poderoso Israel destrozar y bombardear a pobres palestinos que solo se defienden tirando cohetes. Cohetes que llevan la razón al fin y al cabo, porque ellos luchan por su libertad. Porque Israel los coloniza y humilla. Se apodera de sus granjas y les pone muros de cemento por doquier. Así que es su derecho defenderse. Al fin y al cabo, Israel no es más que un apéndice colonialista del imperialismo occidental ¿No?

Es facil tambien decir: Israel tiene el derecho de defenderse y de defender a cada uno de sus ciudadanos. Israel va a usar todos los medios posibles para hacerlo. Y si Hamas dispara cohetes a las poblaciones civiles. Israel tiene la infinita capacidad de disparar más. Es lo que se debe hacer. Porque solo así entienden ellos. A la fuerza ¿No?

El conflicto es una guerra asimétrica. Es un ejército peleando contra unas guerrillas armadas. Ese mismo asimetrísmo favorece en algunos casos a los Israelíes pero al mismo tiempo favorece a los palestinos. Los palestinos han ganado la batalla a nivel internacional. Buscando Boycotts contra Israel. Haciéndose pasar por las únicas  víctimas del conflicto (y han logrado avances importantísimos). Israel por su parte gracias a la diferencia de poderes es prácticamente indestructible hoy en día. Nada de lo que haga Hamas en el ámbito militar va a destruir a Israel ni va a tirar a los judíos al mar, ni va a hacer que Israel capitule. Cada bando está ganando en algo pero cada bando está perdiendo al mismo tiempo. Perdiendo el futuro. Perdiendo que las generaciones futuras vivan en una relativa paz.

El futuro se ve negro. Tan negro como la noche. No hay un acuerdo de paz en camino porque nadie cree que se pueda llegar a la paz algún día. Nadie confía en el otro. Nadie lo considera un igual. Un par de pueblos enredados en una historia tan común y a la vez tan diferente. Mezclados en odios intestinos. Empujados hacia las cuerdas una y otra vez por el otro.

Israel fue el David del cuento y ahora es el Goliat. Los palestinos fueron una nación con un interés político nacional correcto pero que se han dejado llevar por el oscurantismo islámico y que no saben exactamente que es lo que quieren. Son dos pueblos enrollados en un territorio del tamaño de Cáceres (como lo dijo homominimus). Intentando vivir una vida normal en las más anormales de las situaciones y condiciones. Yo que he visto todo por aquí, esto convencido, que los de allá como los de acá quieren paz. Aunque no saben como llegar a ella. Sé que tantos los de allá como los de acá quieren un futuro mejor para sus hijos. Quieren una tranquilidad mínima. Esa misma tranquilidad que se tiene en otras partes del mundo en la que te levantas al trabajo sin pensar en las sirenas ni en los bombardeos. Esa misma que empuja a enfocar los recursos,  no en hacer túneles subterráneos para matar gente inocente o en sistemas antimisiles inteligentes, sino en generar bienestar a sus pobladores. Si realmente se llegara a ese `punto. Quizás y solo quizás, esta zona sería una de las zonas más bellas de la tierra.

Una noche.

No tengo como contar este cuento sin reírme de mí mismo. Es cierto que reírse de uno mismo es una buena terapia. Para mí suele ser algo, a veces, vergonzoso. Pero es que no me queda de otra cuando recuerdo lo que pasó en el desierto una noche del 2005. Quizás era Agosto o Quizás Setiembre. No lo sé. Era verano y pese a que en el día podías hornear un pan con solo dejarlo en el patio, en la noche podías llegar a sentir un frío que calaba hasta lo más recóndito de tu ser. Un frío que se adueñaba de tus pensamientos. De tus sentimientos y lentamente y poco a poco, te quebraba.

Aquella noche estaba haciendo la guardia de Mahazin (El que escucha). Mi trabajo era velar el sueño de mis compañeros mientras escuchaba la radio. El único problema era que no entendía nada de lo que decían en la radio. No sabía hablar hebreo. La radio MQ-64 de la época de la guerra de Vietnam no era, vamos a decirlo así, reproductora de sonidos de alta fidelidad. Para mí todo sonaba she she she raaa raaa raaa. Pero era el ejercito de Israel a nadie le importaba demasiado mis capacidades comunicativas.

Estaba sentado en un mojón de cemento. Con uniforme de combate y con sandalias al mismo tiempo. Un día antes habíamos regresado de una caminata de más de 40 kilómetros y los zapatos militares me habían destrozado los pies. El médico de la base me dio un permiso para usar sandalias por dos días. Fue delicioso. Lo recuerdo hasta hoy.

Recuerdo que había una mesa. En la mesa nos dejaban fruta para que los soldados hambrientos que se levantaran en medio de la noche tuviesen algo que comer. La fruta no era muy fresca. Por no decir que la mayoría estaba podrida. No podía ser muy diferente con las temperaturas de la mañana de más de cuarenta grados. Eran las dos de la mañana y hacía frío. Me dolían los pies en sandalias por el frío y comencé a odiar al Doctor que me había dado el permiso para usarlas. La caja de frutas estaba ahí a mi lado. Habían plátanos negros.  Habían un par de manzanas. Había un melón aguachento que olía a vinagre.

El olor del desierto de noche es algo que no se puede poner en palabras. Solo huele a él. Quizás a eso huele la soledad. Eso no lo sé, ya que nunca he estado realmente solo. Las frutas olían a vinagre balsámico. Sabía que estaban mal pero tenía hambre y mi estomago rugía. Quizás el frío me dio más hambre. Quizás el hecho de estar sentado en un mojón de cemento escuchando a una radio vieja sin entender nada, despertó en mí el apetito. De pronto me acordé de todo el peso que había perdido en los últimos meses (más de 10 kilos) y me dio más hambre. Miré hacia la caja de fruta y babeé. Me levanté y caminé haciendo ruido con mis sandalias  destruyendo el silencio perpetuo de la noche. Miré la fruta y lo único comestible por ahí era una manzana verde. De esas ácidas. Se veía más o menos comestible y poco a poco bajo una noche de luna llena me fui enamorando de ella. Cuando fui a tomarla sentí que algo se movía por debajo de ella. Salté hacia atrás y de una manera instintiva apunté con mi M-4 a la caja de fruta. Apunté como si el ejercito Iraki estuviese debajo de la misma, moviéndose con premura. Apunté como si un terrorista suicida se estuviera escondiendo entre los plátanos y por un pelo, no disparé.

Toqué la manzana con el cañón del fusil. Unos ojos rojos me miraron sin miedo. Supongo que aquellos ojos veían el terror en los míos. Una cola larga y pelada estaba enrollada en la esquina de la caja y de pronto emergió de las profundidades de la misma la más monstruosa rata que había visto jamás. Nadie me había explicado ni entrenado acerca de como reaccionar en esa situación. Sabía que no podía meterle un tiro a una rata parada en dos patas mirándome con ojos de pocos amigos y sacando sus dientes perla de la boca. Sabía que un tiro en esa zona del mundo podría causar la tercera guerra mundial si es que se hacía en el momento y en el lugar inadecuado. Jalé la manzana con el cañón hacia mí. Pensé en lavarla con jabón. No dejaría que una rata miserable impida que sacié mi hambre. Pero cuando la manzana empezó a rodar hacia mí la rata la jaló hacia ella y me di cuenta que aquella rata no me tenía el más mínimo miedo. Es más, sentí que me despreciaba. Y que consideraba que aquella única fruta comestible de la noche sería de ella y no mía.

Yo había pasado innumerables suplicios para llegar hasta ese punto del entrenamiento. Quería ser un héroe y para ser uno, me debía comportar como uno. No me dejé amedrentar y jalé la manzana hacia a mí nuevamente. La rata la jalo hacia ella y así forcejeamos un par de minutos. Tiro yo, tira ella, tiro yo, tira ella. Le podía meter el cañón del fusil en la cabeza y hacerla huir, pero eso iba en contra de mi estúpido sentido del honor. Un honor que hasta ese punto me había puesto  en esa precisa situación. Sirviendo en un ejercito para ser aceptado como uno de los suyos. Arriesgando el pellejo para ser parte de. Pero eso es ya otra historia. La rata tenía hambre y quería mi manzana. Yo tenía hambre y quería la manzana de la rata.

Me saqué la sandalia izquierda y se la tire. La rata huyó sin premura. Sencilla y llanamente se dio cuenta que yo era más fuerte que ella y se fue con la mirada esa de que quizás perdió la batalla pero no la guerra. Vi su cola deslizándose en el piso de cemento, mientras se introducía despacio y sin premura en el desierto infinito. Se sumergió en el silencio profundo de la noche. Roto solo de cuando en cuando por una radio superviviente de mil guerras pasadas y por el sonido que hacían los chacales.

Tomé la manzana y me fui al baño. Le eché jabón dana. Una especie de jabón que se usa en el ejercito para limpiar inodoros, lavarte las manos, bañarte, desinfectar heridas, limpiar los suelos y, como no, desinfectar comida que ha estado en contacto con roedores. Le metí un buen mordisco y sentí su acidez deliciosa.

El heroísmo y otros muertos

Corriendo por el desierto...Marzo del 2009
Corriendo por el desierto…Marzo del 2009

Hay momentos en los cuales me paro a preguntarme ¿Quién soy?

Creo que todos lo solemos hacer de cuando en cuando. Supongo unos un poco más que otros.

¿Soy la persona actual o la pasada?¿Soy mi presente o mi pasado o quizás mi ser futuro? ¿O quizás soy todo eso junto?  ¿Soy el que escucha Schubert o el  que sonríe escuchando Taylor Swift? 

No me puedo responder a casi ninguna de esas preguntas. Toda esa metafísica y filosofía existencial no hace más que cansarme. Antes le dedicaba mucho  tiempo a dudas existenciales  como aquellas. Hoy no. Hoy vivo bien sin sus respuestas. Hoy me considero muchas personas al mismo tiempo y llevo la fiesta en paz así.

No es que tenga un problema de esquizofrenia o algo por el estilo. Estoy bastante cuerdo (o eso creo) pero sí siento que tengo o he tenido innumerables vidas dentro del tiempo que llevo vivo. He sido un niño mimado. He sido un emigrante. He sido un soldado. He sido un pagador de impuestos. He sido y soy un hombre que teclea pensamientos.

De todos esos yo, quizás el más cercano a mí o el que más tiempo se ha quedado conmigo, es el yo soldado. El yo siendo un soldado en una guerra lejana. En una guerra que descubrí al otro lado del mundo. En una guerra que en unos aspectos me llenó de placeres y en otros de maldiciones. El yo soldado es el que más inunda mi ser. Es el que más forma parte de mis memorias. De mis días y de mis noches. De mis sueños buenos. Aunque mucho más, de mis pesadillas.

Es fácil hablar de una manera algo generalizada acerca de la guerra. Decir que la guerra es mala. O que la guerra es una mierda. La guerra es solo eso: Guerra. Y la guerra está entretejida por los hombres que la pelean. Por esos mismos hombres que al igual que yo, consideraron que es noble y justo y hasta heroico el ir a matarse con otros hombres.

Yo no tenía porque pelear ninguna guerra. Nací y crecí con mimos y con amor. No dejé de leer Julio Verne nunca durante mi juventud. Me daba miedo pelearme en el colegio. Me daba miedo el dolor. Me daba miedo hablar en frente de la gente. De pronto tenía fuego de mortero a mi lado. En la cara opuesta de la Tierra. Y todos esos miedos fueron historia. Y yo ya no supe quién o qué fui. ¿Quizás mis recuerdos de infancia no son míos? ¿Quizás mi vida, como la conozco, solo empezó con el primer boom que escuché mirando hacia el norte. Hacia el Líbano? ¿Quizás comenzó un poco antes de eso,en la base de entrenamiento, en el medio del desierto, cuando me peleé con una rata por una manzana? ¿ Quizás cuando vi a Diego el Uruguayo en la televisión disparando fuego de artillería y siendo entrevistado? Yo no nací en la guerra. Aunque crecí en un especie de guerra interna de un país sudamericano y terminé peleando una guerra milenaria en un país medio oriental. No tenía porque oler el olor de los eucaliptos mezclados con los de la pólvora bajo aquel sol histórico. No tenía porque estar escuchando gritos de niños oficiales o de niños soldados que me hablaban en un idioma ininteligible. En una mezcolanza de explosiones y gritos y olores indescriptibles en ningún idioma conocido o desconocido. No tenía porque pelear una guerra que no fue mía, pero lo hice. Estoy seguro que sí.

Me considero que soy muchas personas al mismo tiempo porque sino no podría vivir con el único que soy. No podría verme en el espejo y lavarme los dientes e irme a trabajar de lo más normal, como si nada hubiese pasado, cuando sé que todo ha pasado. Cuando sé que a veces es más fácil subdividirse en pequeños yo distintos para no autodestruirse. Al menos cuando uno recuerda lo que vio, olió e hizo.

Porque a veces una foto puede hacer que te salten todo tipo de monstruos de seis cabezas desde lo  más profundo de la memoria. A veces es un olor. Otras, un libro de un viejo escritor. Y boom: Recuerdas. Y lo debes escribir para quitártelo de ti rápido. Porque es como el fuego. Mientras más rápido te lo quitas de encima. Menos te quemas. Y debo decir lo que estoy diciendo a pesar de que a nadie en absoluto le debería de interesar mis palabras. Palabras escupidas desde mí yo soldado. Desde ese que suele adueñarse de mí en las noches de pesadillas. Desde ese que a veces me hace desconfiar del vendedor árabe del puerto azul de Yaffa.

Espero no aburrirte con estás palabras tan personales y a la vez tan inútiles. Tratados sobre la guerra se han escrito hasta el hartazgo. Frases de soldados dan vueltas por el imaginario colectivo. Los héroes han muerto en algún momento. Porque los vivos que hemos visto “qué es el heroísmo”, sabemos que solo los muertos se lo han ganado.