El Marciano

Mi cueva en medio del desierto...
Mi cueva en medio del desierto…

En el medio del desierto conseguí una cueva decente. Estaba fresca pese a que la temperatura exterior era de casi 35 grados centígrados. Dejé a las mujeres en el oasis. Ellas querían meterse en aquella agua empozada y pútrida. Yo en cambio, al pasar por fuera de la cueva, me quedé enamorado de ella. Sabía que sería mía. Me sentí como un colonizador de un planeta lejano. Tenía que poner mi bandera y tenía que hacerlo ya.

Un día antes había visto The Martian de Ridley Scott. Protagonizada por Matt Damon. Quizás estaba inspirado por la exploración espacial o por la historia en sí misma. Quizás solo quería estar solo en medio del desierto en una cueva fresca. Cuando llegué a la entrada me fije que no hubiera nadie. Dije un par de palabras en hebreo «¿Yesh misheu kan?» «¿Hay alguien aquí?» No hubo respuesta. Me sentí feliz y emocionado. Tenía una cueva en medio del desierto para mí solo. No dejaría que nadie me la quite. Me sentí Matt Damon en Marte.

Un par de horas después Marte se había convertido en una pasarela de gente que venía a ver el Oasis y a bañarse en él. Un número ingente de niños gritones. Padres gordos llevando coolers con cervezas y agua helada. Mujeres llorándole a los maridos sobre el por qué ellas estaban ahí. Yo, desde dentro de mi cueva, escondido del mundo, observaba el comportamiento vil del ser humano. Gritos. Mugre. Botellas de plástico por aquí y por allá. Música en el celular a todo volumen. Desee estar en Marte como Matt Damon. Solo. Cuatro, cinco, diez años. Quizás debería estar en Marte porque soy un marciano en este mundo. No comprendo al resto o el resto no me comprende a mí. Yo solo quería estar en mi cueva en paz. En medio del desierto. Para eso me había levantado temprano y había viajado un par de horas.

Cuando todo era paz y tranquilidad...
Cuando todo era paz y tranquilidad…

Pero Israel no es Marte. Es un país chiquito en el que todo el mundo se encuentra con todo el mundo. Incluso en medio del desierto. Yo no soy Matt Damon. Ni soy un marciano. Soy un terrícola más en un mundo que cada vez entiendo y me entiende menos.

Aunque pese a que no nos entendemos. Nos amamos.

El Oasis en medio del desierto...
El Oasis en medio de la nada…La gente comenzó a llegar…

Dejando de lado el asunto del desierto. Te recomiendo que veas The Martian. Es volver a ver al bueno de Ridley haciendo de las suyas como él solo sabe.

La zona más bella de la tierra

Nablus, territorios palestinos, Guerra «Margen Protector» Agosto, 2014

Es difícil tratar de entender la situación en el medio oriente. Me refiero específicamente al conflicto Palestino-Israelí,   sin tomar una posición al respecto.

Todo el mundo tiene una postura. Todo el mundo se enreda en acaloradas discusiones que intentan determinar cuál de los dos bandos tiene la razón y cuál está en su derecho de defenderse o de liberarse o de lo que sea.

Por mi parte y pese a vivir en Israel y haber sido un soldado en el ejército Israelí por muchos años (y sigo siendo un soldado en la reserva) he intentado ver el conflicto desde un punto más macro y no tan centrado en el «lado Israelí» del asunto.

Supongo que la ventaja de mi posición con respecto a la del resto del planeta, es que yo vivo aquí. En donde las habas se cuecen. Yo he pasado años en los territorios palestinos ocupados. Yo he visto las salvajadas y las cosas maravillosas que pueden hacer uno u otro lado. He visto la desesperación de un pueblo oprimido. He visto la desesperación de otro pueblo que lucha por defenderse en un entorno completamente hostil.

Supongo que para la mayoría de personas que lean este artículo, les puedo parecer parcializado. Vivir en Israel me convierte automáticamente en un portavoz del «bando Israelí» o de los «Sionistas Neo colonialistas». No voy a intentar convencer a nadie de porque apoyo a Israel. No voy a intentar disculparme por el hecho de hacerlo. Lo apoyo porque es el país en el que vivo. Pero también apoyo el deseo de liberación que tiene el pueblo palestino. Si fuera palestino lucharía por ello. En fin, solo puedo decir que las cosas como las ven desde allá, no son como las vemos desde aquí.

El pueblo palestino ha sido un pueblo maltratado por la mala suerte de haber tenido unos muy malos líderes en los últimos cien años. Mientras los judíos trabajaban como hormigas a su lado y hacían de todo (y cuando digo de todo, me refiero a eso precisamente…) para construir un estado, los árabes palestinos se mantuvieron estáticos. Metidos en la letanía de su cultura. En el brillo de un pasado que alguna vez fue mejor. Y cuando te duermes en tus laureles pierdes. Y así, poquito a poquito entre 1900 y 1948 los Judíos tenían tierras que podían funcionar como un país. Tenían  unas fuerzas armada: La Hagana, que podía hacer de ejército. Tenían las ganas de sobrevivir. El hambre de acuñar una nación. En 1948 Israel nacería y la Nakba (el desastre palestino) surgiría al mismo tiempo.

Unas guerras más tarde y todo estaría dicho. Israel era un país próspero que había vencido a todos sus vecinos en todos los confrontamientos armados posibles. Israel era una potencia nuclear y tecnológica. Israel era, para muchos: Un milagro. Un país hecho de la nada, en el más hostil de los escenarios. Se había ganado su derecho de ser y de existir. Nadie podía ponerlo en duda.

En cambio, el pueblo palestino, se encontraba bajo la ocupación militar israelí. Se encontraba sumiso y roto. Invadido y golpeado. Con una economía paupérrima. Con decenas de campos de refugiados en sus territorios o en los países vecinos, generados por las sucesivas guerras. Las cosas no podían seguir así. No por mucho. Empezó la resistencia palestina para luchar en contra de la ocupación Israelí. La OLP. Yasser Aarafat. Los atentados suicidas.  Los intentos de paz. Firmar un acuerdo. Camp David. Clinton. Yzak Rabin. Ehud Barak. Arafat. Nada. Esfuerzos y más esfuerzos para nada. La Islamización de la resistencia dio origen a Hamas en los 80s y Hamas creció y Hamas cambió a la OLP en cuanto a cantidad de activismo y en la manera de representar la resistencia palestina. Aparecieron los Mártires. Suicidas. Más suicidas. Cohetes en contra de la población civil israelí. Presionar al gobierno israelí a hacer concesiones por medio del terror. Por medio del miedo. Hamas creció. Israel sacó el martillo de hierro y machaco lo que pudo. Intentando matar una mozca venenosa a cañonazos. Israel se embarró en el propio fango de su larga política de dominación en los territorios ocupados. Se ensució de su propia ocupación. Se ensució con la sangre de sus propios soldados muertos noche a noche. Peleando en el Líbano o cerca a casa en alguna villa árabe en la Palestina ocupada.

Es que me da risa pensar que he estado en la guerra. He combatido sin cansancio a 40 km de casa. Mi casa. Tel Aviv está a 40 km de la franja de Gaza. Y mientras he combatido, he sentido que defendía mi hogar. Así como los que peleaban contra mí, defendían el suyo. Para mí es justo que quieran matarme. Pero debería ser justo que la gente en el mundo entiendiera que también tengo el derecho de defender  mi casa. A mis amigos A mi esposa y a mi perro. No es colonialismo lo que hago. Es autodefensa. Autodefensa en una situación que está armada por errores políticos mutuos de ambos bandos. Por cobardía mutua de la cúpula política de ambas esquinas. Porque nadie tiene los huevos para firmar un tratado. Y todos: Palestinos e Israelíes viven «felices» en el status quo aunque no parezca así.

Es fácil ponerse de parte del débil. Si eres una persona noble y te mueves por el sentimentalismo, debes funcionar de aquella manera. Es fácil ver al mounstruoso y poderoso Israel destrozar y bombardear a pobres palestinos que solo se defienden tirando cohetes. Cohetes que llevan la razón al fin y al cabo, porque ellos luchan por su libertad. Porque Israel los coloniza y humilla. Se apodera de sus granjas y les pone muros de cemento por doquier. Así que es su derecho defenderse. Al fin y al cabo, Israel no es más que un apéndice colonialista del imperialismo occidental ¿No?

Es facil tambien decir: Israel tiene el derecho de defenderse y de defender a cada uno de sus ciudadanos. Israel va a usar todos los medios posibles para hacerlo. Y si Hamas dispara cohetes a las poblaciones civiles. Israel tiene la infinita capacidad de disparar más. Es lo que se debe hacer. Porque solo así entienden ellos. A la fuerza ¿No?

El conflicto es una guerra asimétrica. Es un ejército peleando contra unas guerrillas armadas. Ese mismo asimetrísmo favorece en algunos casos a los Israelíes pero al mismo tiempo favorece a los palestinos. Los palestinos han ganado la batalla a nivel internacional. Buscando Boycotts contra Israel. Haciéndose pasar por las únicas  víctimas del conflicto (y han logrado avances importantísimos). Israel por su parte gracias a la diferencia de poderes es prácticamente indestructible hoy en día. Nada de lo que haga Hamas en el ámbito militar va a destruir a Israel ni va a tirar a los judíos al mar, ni va a hacer que Israel capitule. Cada bando está ganando en algo pero cada bando está perdiendo al mismo tiempo. Perdiendo el futuro. Perdiendo que las generaciones futuras vivan en una relativa paz.

El futuro se ve negro. Tan negro como la noche. No hay un acuerdo de paz en camino porque nadie cree que se pueda llegar a la paz algún día. Nadie confía en el otro. Nadie lo considera un igual. Un par de pueblos enredados en una historia tan común y a la vez tan diferente. Mezclados en odios intestinos. Empujados hacia las cuerdas una y otra vez por el otro.

Israel fue el David del cuento y ahora es el Goliat. Los palestinos fueron una nación con un interés político nacional correcto pero que se han dejado llevar por el oscurantismo islámico y que no saben exactamente que es lo que quieren. Son dos pueblos enrollados en un territorio del tamaño de Cáceres (como lo dijo homominimus). Intentando vivir una vida normal en las más anormales de las situaciones y condiciones. Yo que he visto todo por aquí, esto convencido, que los de allá como los de acá quieren paz. Aunque no saben como llegar a ella. Sé que tantos los de allá como los de acá quieren un futuro mejor para sus hijos. Quieren una tranquilidad mínima. Esa misma tranquilidad que se tiene en otras partes del mundo en la que te levantas al trabajo sin pensar en las sirenas ni en los bombardeos. Esa misma que empuja a enfocar los recursos,  no en hacer túneles subterráneos para matar gente inocente o en sistemas antimisiles inteligentes, sino en generar bienestar a sus pobladores. Si realmente se llegara a ese `punto. Quizás y solo quizás, esta zona sería una de las zonas más bellas de la tierra.

Rock Sheloshim

El popular(en Israel) Tuna. Uno de los compositores más prometedores en el mercado Hebreo.

Rock shloshim, im jalomot she mebihim mi hashanot hatishim…

Rock de los treintas, con sueños que traemos desde los años noventas…

Hace unos días escuché el coro de una nueva canción en hebreo. Rock shloshim. Algo así como el Rock de los treintas. La verdad es que no suelo ser muy fan de escuchar música rock en hebreo. Tampoco soy de los que se mueren por el rock en español. Para mí, los tipos de música  encajan de maravillas solo con el idioma que los vio nacer. El rock debe ser en inglés. La cumbia en español. La Bossa Nova en portugués y las canciones de los pioneros agricultores en Eretz Israel solo pueden ser en hebreo. Hay excepciones por supuesto. Hay hermosas piezas que cuadran de maravilla sin importar el idioma o la clave en la que estás compuestas. Rock de los treintas es una de ellas.

La música no tiene nada de interesante. Un rock simplón. Su gran virtud es la letra. El coro me hizo pensar en el hecho de que estoy viviendo mis sueños de los años 90s. Sí. Mis sueños de adolescente calentón y lleno de acné. Esos mismos sueños que se generaban mientras escuchaba a Oasis de soundtrack. Siendo aquel  tipejo enclenque y escuálido lleno elucubraciones que lo empujaban a pensar en los treintas de una manera lejana. Tan lejana como si llegar a los treintas tuviese algo que ver con un viaje interestelar al estilo Star Trek.

Hoy por hoy. Soy el resultado de aquellos impulsos primarios. De aquellos sueños vagos en los que alucinaba el vivir una vida llena de aventuras (y vaya que las viví). Los mismos que hacían verme siendo parte de la mafia de Nápoles o en su lugar un Indiana Jones buscando El Dorado en las selvas impenetrables del Perú. Soy el resultado de lo que se me pasó por la mente en esa década en la que Kurt Cobain se voló la cabeza y en la que Bill Clinton recibió  buenas dosis de sexo oral. En los 90s dejé de ser un niño para convertirme en un hombre. Casi en el hombre que soy hoy. Salvo que hoy ya he visto el final de Los Soprano, mientras que en aquellos años recién había saboreado el comienzo. He visto que los X Files se fueron a la mierda. He visto como las novelas que leí durante aquella década le dieron forma a mi estilo de escritura. Soy lo que soy porque aquellos sueños de antaño están aquí y ahora. Aquí conmigo. Son parte de mí. Son Yo.

Te dejo la canción de cualquier manera. Sé que no vas a entender mucho. Salvo que hables hebreo. Pero que más da. Si alguién me pusiera música en Farsi, la escucharía también. El video es bastante interesante. Pese a que crecí al otro lado del planeta mis 90s fueron bastante parecidos a los de Tuna. Supongo que los tuyos también se parecieron bastante a los míos…

Así qué, a por ello…

Una noche.

No tengo como contar este cuento sin reírme de mí mismo. Es cierto que reírse de uno mismo es una buena terapia. Para mí suele ser algo, a veces, vergonzoso. Pero es que no me queda de otra cuando recuerdo lo que pasó en el desierto una noche del 2005. Quizás era Agosto o Quizás Setiembre. No lo sé. Era verano y pese a que en el día podías hornear un pan con solo dejarlo en el patio, en la noche podías llegar a sentir un frío que calaba hasta lo más recóndito de tu ser. Un frío que se adueñaba de tus pensamientos. De tus sentimientos y lentamente y poco a poco, te quebraba.

Aquella noche estaba haciendo la guardia de Mahazin (El que escucha). Mi trabajo era velar el sueño de mis compañeros mientras escuchaba la radio. El único problema era que no entendía nada de lo que decían en la radio. No sabía hablar hebreo. La radio MQ-64 de la época de la guerra de Vietnam no era, vamos a decirlo así, reproductora de sonidos de alta fidelidad. Para mí todo sonaba she she she raaa raaa raaa. Pero era el ejercito de Israel a nadie le importaba demasiado mis capacidades comunicativas.

Estaba sentado en un mojón de cemento. Con uniforme de combate y con sandalias al mismo tiempo. Un día antes habíamos regresado de una caminata de más de 40 kilómetros y los zapatos militares me habían destrozado los pies. El médico de la base me dio un permiso para usar sandalias por dos días. Fue delicioso. Lo recuerdo hasta hoy.

Recuerdo que había una mesa. En la mesa nos dejaban fruta para que los soldados hambrientos que se levantaran en medio de la noche tuviesen algo que comer. La fruta no era muy fresca. Por no decir que la mayoría estaba podrida. No podía ser muy diferente con las temperaturas de la mañana de más de cuarenta grados. Eran las dos de la mañana y hacía frío. Me dolían los pies en sandalias por el frío y comencé a odiar al Doctor que me había dado el permiso para usarlas. La caja de frutas estaba ahí a mi lado. Habían plátanos negros.  Habían un par de manzanas. Había un melón aguachento que olía a vinagre.

El olor del desierto de noche es algo que no se puede poner en palabras. Solo huele a él. Quizás a eso huele la soledad. Eso no lo sé, ya que nunca he estado realmente solo. Las frutas olían a vinagre balsámico. Sabía que estaban mal pero tenía hambre y mi estomago rugía. Quizás el frío me dio más hambre. Quizás el hecho de estar sentado en un mojón de cemento escuchando a una radio vieja sin entender nada, despertó en mí el apetito. De pronto me acordé de todo el peso que había perdido en los últimos meses (más de 10 kilos) y me dio más hambre. Miré hacia la caja de fruta y babeé. Me levanté y caminé haciendo ruido con mis sandalias  destruyendo el silencio perpetuo de la noche. Miré la fruta y lo único comestible por ahí era una manzana verde. De esas ácidas. Se veía más o menos comestible y poco a poco bajo una noche de luna llena me fui enamorando de ella. Cuando fui a tomarla sentí que algo se movía por debajo de ella. Salté hacia atrás y de una manera instintiva apunté con mi M-4 a la caja de fruta. Apunté como si el ejercito Iraki estuviese debajo de la misma, moviéndose con premura. Apunté como si un terrorista suicida se estuviera escondiendo entre los plátanos y por un pelo, no disparé.

Toqué la manzana con el cañón del fusil. Unos ojos rojos me miraron sin miedo. Supongo que aquellos ojos veían el terror en los míos. Una cola larga y pelada estaba enrollada en la esquina de la caja y de pronto emergió de las profundidades de la misma la más monstruosa rata que había visto jamás. Nadie me había explicado ni entrenado acerca de como reaccionar en esa situación. Sabía que no podía meterle un tiro a una rata parada en dos patas mirándome con ojos de pocos amigos y sacando sus dientes perla de la boca. Sabía que un tiro en esa zona del mundo podría causar la tercera guerra mundial si es que se hacía en el momento y en el lugar inadecuado. Jalé la manzana con el cañón hacia mí. Pensé en lavarla con jabón. No dejaría que una rata miserable impida que sacié mi hambre. Pero cuando la manzana empezó a rodar hacia mí la rata la jaló hacia ella y me di cuenta que aquella rata no me tenía el más mínimo miedo. Es más, sentí que me despreciaba. Y que consideraba que aquella única fruta comestible de la noche sería de ella y no mía.

Yo había pasado innumerables suplicios para llegar hasta ese punto del entrenamiento. Quería ser un héroe y para ser uno, me debía comportar como uno. No me dejé amedrentar y jalé la manzana hacia a mí nuevamente. La rata la jalo hacia ella y así forcejeamos un par de minutos. Tiro yo, tira ella, tiro yo, tira ella. Le podía meter el cañón del fusil en la cabeza y hacerla huir, pero eso iba en contra de mi estúpido sentido del honor. Un honor que hasta ese punto me había puesto  en esa precisa situación. Sirviendo en un ejercito para ser aceptado como uno de los suyos. Arriesgando el pellejo para ser parte de. Pero eso es ya otra historia. La rata tenía hambre y quería mi manzana. Yo tenía hambre y quería la manzana de la rata.

Me saqué la sandalia izquierda y se la tire. La rata huyó sin premura. Sencilla y llanamente se dio cuenta que yo era más fuerte que ella y se fue con la mirada esa de que quizás perdió la batalla pero no la guerra. Vi su cola deslizándose en el piso de cemento, mientras se introducía despacio y sin premura en el desierto infinito. Se sumergió en el silencio profundo de la noche. Roto solo de cuando en cuando por una radio superviviente de mil guerras pasadas y por el sonido que hacían los chacales.

Tomé la manzana y me fui al baño. Le eché jabón dana. Una especie de jabón que se usa en el ejercito para limpiar inodoros, lavarte las manos, bañarte, desinfectar heridas, limpiar los suelos y, como no, desinfectar comida que ha estado en contacto con roedores. Le metí un buen mordisco y sentí su acidez deliciosa.

El heroísmo y otros muertos

Corriendo por el desierto...Marzo del 2009
Corriendo por el desierto…Marzo del 2009

Hay momentos en los cuales me paro a preguntarme ¿Quién soy?

Creo que todos lo solemos hacer de cuando en cuando. Supongo unos un poco más que otros.

¿Soy la persona actual o la pasada?¿Soy mi presente o mi pasado o quizás mi ser futuro? ¿O quizás soy todo eso junto?  ¿Soy el que escucha Schubert o el  que sonríe escuchando Taylor Swift? 

No me puedo responder a casi ninguna de esas preguntas. Toda esa metafísica y filosofía existencial no hace más que cansarme. Antes le dedicaba mucho  tiempo a dudas existenciales  como aquellas. Hoy no. Hoy vivo bien sin sus respuestas. Hoy me considero muchas personas al mismo tiempo y llevo la fiesta en paz así.

No es que tenga un problema de esquizofrenia o algo por el estilo. Estoy bastante cuerdo (o eso creo) pero sí siento que tengo o he tenido innumerables vidas dentro del tiempo que llevo vivo. He sido un niño mimado. He sido un emigrante. He sido un soldado. He sido un pagador de impuestos. He sido y soy un hombre que teclea pensamientos.

De todos esos yo, quizás el más cercano a mí o el que más tiempo se ha quedado conmigo, es el yo soldado. El yo siendo un soldado en una guerra lejana. En una guerra que descubrí al otro lado del mundo. En una guerra que en unos aspectos me llenó de placeres y en otros de maldiciones. El yo soldado es el que más inunda mi ser. Es el que más forma parte de mis memorias. De mis días y de mis noches. De mis sueños buenos. Aunque mucho más, de mis pesadillas.

Es fácil hablar de una manera algo generalizada acerca de la guerra. Decir que la guerra es mala. O que la guerra es una mierda. La guerra es solo eso: Guerra. Y la guerra está entretejida por los hombres que la pelean. Por esos mismos hombres que al igual que yo, consideraron que es noble y justo y hasta heroico el ir a matarse con otros hombres.

Yo no tenía porque pelear ninguna guerra. Nací y crecí con mimos y con amor. No dejé de leer Julio Verne nunca durante mi juventud. Me daba miedo pelearme en el colegio. Me daba miedo el dolor. Me daba miedo hablar en frente de la gente. De pronto tenía fuego de mortero a mi lado. En la cara opuesta de la Tierra. Y todos esos miedos fueron historia. Y yo ya no supe quién o qué fui. ¿Quizás mis recuerdos de infancia no son míos? ¿Quizás mi vida, como la conozco, solo empezó con el primer boom que escuché mirando hacia el norte. Hacia el Líbano? ¿Quizás comenzó un poco antes de eso,en la base de entrenamiento, en el medio del desierto, cuando me peleé con una rata por una manzana? ¿ Quizás cuando vi a Diego el Uruguayo en la televisión disparando fuego de artillería y siendo entrevistado? Yo no nací en la guerra. Aunque crecí en un especie de guerra interna de un país sudamericano y terminé peleando una guerra milenaria en un país medio oriental. No tenía porque oler el olor de los eucaliptos mezclados con los de la pólvora bajo aquel sol histórico. No tenía porque estar escuchando gritos de niños oficiales o de niños soldados que me hablaban en un idioma ininteligible. En una mezcolanza de explosiones y gritos y olores indescriptibles en ningún idioma conocido o desconocido. No tenía porque pelear una guerra que no fue mía, pero lo hice. Estoy seguro que sí.

Me considero que soy muchas personas al mismo tiempo porque sino no podría vivir con el único que soy. No podría verme en el espejo y lavarme los dientes e irme a trabajar de lo más normal, como si nada hubiese pasado, cuando sé que todo ha pasado. Cuando sé que a veces es más fácil subdividirse en pequeños yo distintos para no autodestruirse. Al menos cuando uno recuerda lo que vio, olió e hizo.

Porque a veces una foto puede hacer que te salten todo tipo de monstruos de seis cabezas desde lo  más profundo de la memoria. A veces es un olor. Otras, un libro de un viejo escritor. Y boom: Recuerdas. Y lo debes escribir para quitártelo de ti rápido. Porque es como el fuego. Mientras más rápido te lo quitas de encima. Menos te quemas. Y debo decir lo que estoy diciendo a pesar de que a nadie en absoluto le debería de interesar mis palabras. Palabras escupidas desde mí yo soldado. Desde ese que suele adueñarse de mí en las noches de pesadillas. Desde ese que a veces me hace desconfiar del vendedor árabe del puerto azul de Yaffa.

Espero no aburrirte con estás palabras tan personales y a la vez tan inútiles. Tratados sobre la guerra se han escrito hasta el hartazgo. Frases de soldados dan vueltas por el imaginario colectivo. Los héroes han muerto en algún momento. Porque los vivos que hemos visto «qué es el heroísmo», sabemos que solo los muertos se lo han ganado.

La vida que siempre he querido

Ninos en estanque. Tel Aviv, Israel. Mayo del 2015
Ninos en estanque. Tel Aviv, Israel. Mayo del 2015

Hace unos años cambié la perspectiva con la que veía las cosas.

Trabajaba mucho. Me estresaba mucho. Me dio un ataque de ansiedad. Terminé en el hospital y me dije basta. Tiene que haber una mejor manera de hacer las cosas. Tiene que haber una mejor manera de vivir los días. No puede ser que esto y solo esto, sea lo que me depara el destino de aquí para adelante.

Descubrí que hay innumerables maneras de hacer las cosas diferentes. No tienes porque vivir en el trabajo de 9 a 5 todos los días de tu vida para jubilarte a los 67. No tienes porque desesperarte por competir con el resto. No tienes porque buscar día a día el placer momentáneo e ínfimo de una compra en Amazon. No tienes porque hacer las muchas cosas que estás acostumbrado a hacer. No todo lo que el resto hace está bien o es sano. No todo lo que te han enseñado está bien, o es sano para ti. Hay innumerables maneras de vivir la vida. Cada quién debe encontrar la suya. Y si no la has encontrado aún, no debes descansar hasta que la encuentres.

Yo aún no he encontrado la manera de vivir cien por cien perfecta para mí. La estoy buscando, día a día. Mes a mes. Año a año. Experimento muchas cosas. Adquiero de cuando en cuando algún nuevo hábito. Me deshago de algún otro que no me servía o más bien, me dañaba.

Dentro de esta búsqueda puedo dar fe de que he llegado a entender la magnitud del milagro que es estar vivo. He podido entender que estoy aquí y ahora en contra de casi todas las posibilidades (otra célula espermática más avispada en el ovulo de mi mamá en el momento de mi concepción y yo no existiría) desde el principio de los tiempos hasta hoy. Solo pensar de esa manera me hace entender que vivo un milagro y que estoy enamorado del mismo. Estoy enamorado de estar vivo pese a que aún no vivo como quiero.

Tengo un trabajo de 9 a 5. En mi  caso es poco más de 7 a 3. Se podría considerar  que es un trabajo cómodo. No puedo decir muchas cosas malas de él. Pero es un trabajo que no va con mi aptitud para con la vida. Es un paréntesis de ocho horas diarias en lo que realmente soy yo. Yo soy un amante de la aventura. De probarme cosas a mí mismo. De educar al resto en las cosas que sé. Soy un amante de los viajes. De los treks. Del montañísmo. Soy un amante de Julio Verne. Del capitán Scott en la Antártida. De el capitán Cook en Hawai. De Neil Armstrong en la luna. Eso es lo que soy: Un aventurero y un eterno y romántico amante de otros aventureros.

Dejando de lado mi trabajo. Estoy intentando usar mis horas libres en planear o realizar aventuras que están a mi disposición (llevando la cuenta del tiempo y el dinero). Estás semanas he realizado unas cuantas cosas bastante interesantes. Desde city tours en la ciudad en la que llevo viviendo casi 10 años (y que ahora la veo con nuevos ojos) hasta pedalear cien y algo kilómetros en terreno desértico. Estoy tratando de encontrar el equilibrio correcto entre lo que soy y lo que hago. Entre lo que deseo y debo.

Hace un par de días estuve en el Rabin Square de Tel Aviv. Fotografíe un poco. Respiré la amplitud del espacio. Miré el transito fluir en la avenida Even Gvirol. Vi a la gente sentada en los cafés y en los restaurantes, disfrutando de un buen momento. Gozando de la tranquilidad de una tarde cualquiera. Me gustó ver lo que vi. Me gustó ver al par de niños a los cuales fotografíe en la foto de más arriba. Verlos jugar y explorar el estanque en el cual correteaban. Me gusta vivir la vida que vivo. Aunque sigo buscando la vida que siempre he querido vivir y voy a seguir buscándola hasta encontrarla….

Aventuras minimalistas

Un pequeño salto al desierto...
Un pequeño salto al desierto…

Me gustan mucho las cosas simples.

Me gusta la comida simple. No me llama la atención en demasía todas esas complicadas recetas gourmet con nombres raros. Me gusta comer rico sí. Me gusta cocinar simple también. Prefiero sano a rico sin dudarlo dos veces.

Me gusta también la fotografía simple. Me gustan las fotos en blanco y negro por eso. Me gusta ver lo que importa y centrarme más en el sujeto que en los colores que rellenan la imagen.

Soy bastante básico. Por eso supongo que tengo un blog de minimalismo.

Hace un par de entradas hablé del concepto de las microaventuras de Alastair Humphreys. Y en como se puede usar los pequeños trozos de tiempo que tenemos en el día para hacer cosas que realmente valgan la pena. Un paseo a algún sitio cercano a casa. Un toque de naturaleza en medio de la semana. Un poco de adrenalina un miércoles en vez de estar viendo series en el sofá (que es algo que me gusta mucho también).

Así que tomando como punto de partida mis ganas de reencontrarme con la naturaleza, salimos a una no tan microaventura de tres días en el desierto del Negev. Comiendo enlatados. Caminando unos buenos kilómetros con un buen peso a la espalda. Y disfrutando como nunca de las estrellas. De una luna llena deliciosa. De la perfección del espacio. Del viento frío en la noche. De ser simplemente seres humanos en la naturaleza.

Es realmente revitalizante el salir de la ciudad de cuando en cuando. Aunque creo que se puede encontrar ese tipo de sensación también dentro de la ciudad. Quizás haciendo algo distinto a lo que se suele hacer en el día a día o yendo a algún lugar nuevo. A veces, ir a la montaña rusa de la ciudad te hace regresar a casa con una nueva perspectiva vital jeje.  A lo que me refiero es que no tomes el «hecho de salir de la ciudad» como algo esencial para vivir una aventura ya sea pequeña o grande. Conozco gente que se toma un avión y se van a otro país de vacaciones y a buscar una «aventura» y regresan más aburridos de lo que se fueron. Porque al fin y al cabo esto de aventurarse es cuestión de actitud y de nada más.

Soy una persona simple (como ya lo he dicho) y puedo sentirme bastante realizado viendo estrellas en el cielo. O en su lugar tomando un sorbo de agua después de haber caminado unos kilómetros bajo el sol. He aprendido  a ver lo maravilloso que hay en la simpleza del día a día. No siempre he sido así. Pero hoy lo soy y créeme si te digo que soy mucho más feliz que antes.

Creo que para ser un poco aventado y mandarte a buscar aventuras tienes que tener algo de minimalista. Es difícil experimentar nuevas geografías, comidas, idiomas, personas cuando estás atado a las muchas cosas que cargas sobre ti o que has dejado atrás. Y me refiero tanto a las cosas materiales como a todos los estereotipos y predisposiciones que solemos tener sobre la mayoría de cosas.

Es mucho más fácil cuando vas ligero.

Si te gustan las aventuras, pues esta es una razón más por la cual adoptar el minimalismo existencial te puede venir tan bien.

Espero que salgas un poco más esta semana. Yo lo voy a seguir haciendo.

Gracias por leer.

Empacando

Y aquí estamos. A puertas de un nuevo bombardeo. Más gentes muertas. Más intereses satisfechos. Ya lo expliqué antes. La guerra no tiene nada de gracioso. Nada de educador. Nada de humano. Es nuestra peor cara. La que no deberíamos  mostrar nunca.

Espero que las cosas no se deterioren a un nivel insostenible y que no caigamos en una espiral conflictiva al nivel de Irak y Afganistán. Espero de todo corazón que no se dispare un solo cohete ni una sola bala. Sé que eso no va a pasar y que se van a masacrar hasta el hartazgo. Que si el occidente. Que si los árabes fanáticos. Que si los Israelíes. Que si los rusos. Que si el petroleo. Que si los intereses económicos son los que realmente valen más que unos miles de vidas…

Voy a empacar mi uniforme.

Francotirador Recon 3

Con esta entrada voy a terminar esta trilogía de lo que es ser un Francotirador de reconocimiento en el ejercito de Israel.

En las películas sueles ver a los francotiradores como «tipos duros»que tiran del gatillo y no les tiembla la mano nunca jamás. Bueno a mi me ha temblado y me tiembla la mano cada vez que he tenido a alguien en la mira y siempre me he preguntado si en vez de disparárle un 7.62 o un 0.5 en la cabeza hay alguna otra forma de «arreglar» las cosas. Me lo he preguntado más de mil veces en el campo con la mira en el ojo derecho y embadurnado de camuflaje. Me lo he preguntado y me lo sigo preguntando en la tranquilidad de mi casa. En el regazo de mi esposa. Rozando el hocico de mi perro. No soy un tipo duro. No soy más que un tipo entrenado en el manejo de determinado aparato. Soy un maquinista. No hay nada especial en ser un buen soldado. Los buenos soldados siempre mueren. Los que no somos tan buenos vivimos para contar lo que vimos. Unos nos excitamos contando lo que «vimos». Otros nos avergonzamos de lo que hemos visto. Yo personalmente vivo uno mezcla de ambas corrientes surcándome el pecho.  Estoy aquí vivo y «entero» después de 8 años en el IDF (entre activo y reserva) y lo único que me queda decir después de todo lo «visto» y «vivido» es que no hay nada «bueno» en la guerra. La guerra es algo que no debería suceder. En la guerra no hay «buenos» ni «malos». Es la puta crueldad humana en su máxima expresión. Si puedes sacar alguna enseñanza de tanta mierda. Es que al menos te «conoces». Realmente te «conoces» a fondo para bien o para mal. Descubres los límites de tu humanidad. Te das cuenta a ciencia cierta si eres «de noble corazón» o no.

No le deseo la guerra a nadie. La gente que endiosa la guerra es siempre la gente que no ha estado en una. La guerra no es «Call of Duty». La guerra no debería «estar» pero está. Gran parte de nuestra naturaleza humana se basa en el sencillo instinto de querer lo que el resto tiene. Por ende si lo pedimos de buena manera y no nos lo dan vamos a pelear por ello. Las guerras van a continuar por siempre. Los hombres que las peleamos vamos a seguir haciéndolo hasta que la humanidad desaparezca. No soy tan «inocente» para pensar lo contrario. Aunque me gustaría que más gente tuviera un apreciación más fidedigna de lo que es «la guerra».

Un mortero te vuela en pedazos o se lleva un par de miembros tuyos. Eso es la guerra.

El olor inconfundible a «carne quemada» que te encuentras después de un bombardeo. Eso es la guerra.

Las vidas que quitaste. Eso es la guerra.

Los amigos que no van a volver o los que volvieron destrozados. Eso es la guerra.

El simple hecho de que nunca vas a volver a ver la vida de la misma manera. Eso es la guerra.

El cagarte de miedo y de no saber si todo va a terminar para ti. Eso es la guerra.

Jugar a ser dios con los que se cruzan en tu mira. Eso es la guerra.

Darte de cuenta de que eres más malo y cruel de lo que pensabas. Eso es la guerra.

Ser empujado a matar o hacer cosas que nunca hubieses hecho en ninguna otra situación. Eso es la guerra.

Un humvee explotado con cuerpos agonizantes desperdigados por el piso rogando por agua. Eso es la guerra.

El enemigo suplicando por su vida. Eso es la guerra.

El caos en el que se sumerge toda la maquinaria inmensa a la que llamamos ejercito. Eso es la guerra.

Dormir una hora por día y alucinar que todo lo que ves en un determinado instante no es más que una pesadilla. Eso es la guerra.

Oler los eucaliptos quemados. El olor de la pólvora. Y el diáfano aire nocturno. Todo en el mismo instante. Eso es la guerra.

La guerra es una putada y no sirve para nada. Eso es para mi ser un francotirador de reconocimiento en el ejercito de Israel. Después de cientos de operaciones. Puedo decir con certeza de que voy a seguir haciendo lo que suelo hacer. Pero lo voy a hacer pensando que podría haberse hecho de otra manera.

Espero no tocar el tema del ejercito un buen rato.

 

Francotirador Recon 2

 

Dima y yo en la «Sniper School» del ejercito de Israel

A veces la vida es así. A veces se olvidan de ti. Los olvidos duelen. Hay unos que duelen un poco más. Hay unos que duelen un poco menos. A veces la chica que te gusta te manda para el demonio y al no llamarte un par de meses te das cuenta que se ha olvidado de ti. A veces te de despiertas en una duna junto a tu compañero bajo la brisa de Octubre con el silencio del amanecer y el azulado del cielo que muta a celeste. Y te das cuenta que el ejercito en el cual sirves se ha olvidado de ti. Como dije antes los olvidos duelen y más si son en la Franja de Gaza.

Has ido al entrenamiento básico en la mejor unidad del ejercito. Has ido a la escuela de ejercicios  avanzados de las unidades de infantería. Has ido a la escuela de paracaidismo de combate. Has superado el curso LOTAR (guerra antiterrorista). Has ido a la escuela de francotiro y has terminado primero de tu clase. Has combatido en la guerra del Libano del dos mil seis. El ejercito ha invertido en ti y en tu instrucción casi un millón de shekels (trescientos mil dólares). Eres un «Ferrari» rojo y brillante con su escudito amarillo y su caballito negro. Y estás abandonado en una duna dentro de la franja de Gaza junto a un «Lamborgini Diablo». La vida es así a veces.

Gajes del oficio del francotirador. 

Una noche antes nos informaron que debíamos abrir un punto de observación dentro de la Franja. Nos adentraríamos tres kilómetros después de la frontera. Nuestro equipo estaba compuesto de siete soldados. Uno de ellos un oficial. Yo iba como Segundo al mando y Primer francotirador. Venía conmigo Dima el segundo francotirador (mi pareja). Los otros cuatro soldados eran los encargados de portar. Ensamblar y activar la máquina de visión térmica con la que se harían las observaciones. A las dos de la mañana estábamos en posición. Siete soldados israelíes «observando» al enemigo dentro de su territorio. Hacía algo de frío pero estaba bien. Dentro de nuestras miras de visión nocturna se veía el mundo y la ciudad de Khan Yunis de un color verde radioactivo. Le informe al oficial que mi compañero y yo nos deslizaríamos a otra duna donde podríamos tener más rango de acción. El oficial aceptó. Nos alejamos de nuestro grupo unos cincuenta metros con dirección al sur. Abrimos nuestro puesto de francotiro y comenzamos con las mediciones. A la primera mezquita que veíamos teníamos 410 metros. Al «arco del triunfo» 500 metros. Trazamos las medidas a diversos puntos y esperamos. Cuando quise comunicarme con el oficial me dí cuenta que algo no andaba bien con mi radio. Así que regresé a la primera duna y le informé de mi problema radial. Me dijo de que en caso tuviera algo importante que decirme mandaría a algún soldado o él mismo iría a informarme. Regresé a la segunda duna con Dima. Puse mi ojo en la mira de mi M-24 y no me moví. Después de no se cuanto tiempo abrí los ojos. Me dí cuenta que estaba aclarando. Dima estaba con el ojo (cerrado) en su propia M-24. Lo desperté. Se le chorreó algo de baba de entre los labios. Le dije que nos habíamos quedado dormidos y que ya eran casi las cinco de la mañana. Dima me pidió que vaya a buscar al oficial para que nos informe de las ordenes. Conocíamos que nuestra frontera temporal para salir de Gaza era a las cinco de la mañana. Mi reloj me informaba que eran las cuatro y cincuenta y siete. Me arrastré hacia la duna donde deberían estar mis compañeros. Lo que vi me horrorizo e hizo que casi me cague encima. El oficial y los otros cuatro soldados no estaban.

Lo primero que pensé fue en que los habían secuestrado. Pensé en que una patrulla de Hamas nos había visto acercándonos y nos habían hecho una emboscada. Pero luego se me ocurrió  que si eso se hubiese dado al menos alguno de los cinco soldados o alguno de los terroristas debía por lo menos haber disparado un par de tiros. No podía ser posible de que me haya quedado tan dormido hasta límite de no haber escuchado un puto combate a cincuenta metros de mí. Regresé donde Dima. Le conté la situación. Le informe que no quedaba nada de la Kita (pequeña unidad de combate del ejercito de Israel) Dima me pregunto que demonios haríamos. Yo no supe que responder.

Lo único que sabía era que con cada minuto que pasaba el cielo se tornaba más celeste. Había más luz y nos estábamos convirtiendo en blancos demasiado fáciles de ver. No importaba que estuviésemos envueltos en Ghillie Suits. Los de Hamas no son tan estúpidos como para no reconocer dos bultos que se mueven de cuando en cuando e interpretar que se trata de dos soldados israelíes. Probé la radio de nuevo. No conseguí hacer contacto con nadie. Le pedí a Dima que guardemos las M-24 en sus respectivos envoltorios y que nos movamos solo con las M-4 rumbo hacia la verja electrónica que separa Israel de Gaza. La entrada por la que habíamos entrado ayer estaba a tres kilómetros de nosotros. Nos quedaba correr entre las dunas lo más rápido que pudiéramos. Le pedí a Dima que no se separé más de diez metros de mí. Y empezamos a correr rumbo este. Rumbo a Israel. Correr en la arena cansa y correr con un ghillie suit te sobre calienta de manera inusual. Suma a eso los veinticinco kilos de equipo que tienes sobre tu cuerpo. Al cabo de un «K» estábamos más que fatigados. Pero la luz del alba nos aterrorizaba y nos subía de manera inconsciente la adrenalina hasta los limites. Seguimos corriendo. De pronto a lo lejos divisamos la verja. Otra cosa que se me cruzo por la mente fue que quizás el ejercito pensaría que eramos dos terroristas suicidas que nos estábamos acercando a la frontera con tal de hacer un atentado y que algún retardado de la orden a algún tanque de volarnos en pedazos. No podía usar la radio para informar que eramos nosotros. El Ferrari y el Lamborgini que tanto le habían costado al ejercito. A quinientos metros de la compuerta de entrada o de salida divisé un movimiento inusual de soldados israelíes a lo lejos. Observé cinco que ingresaban en territorio de la franja y corrían desesperádamente en nuestra dirección. Doscientos metros después comprobé que se trataba de nuestra Kita. La misma que con la que habíamos entrado en Gaza en la noche.  ¡¡¡¡No los habían secuestrado!!!!. Se les veía bien  corriendo en nuestra dirección. Entonces ¿Qué demonios había pasado?

Lo primero que hizo el oficial fue preguntarnos si estábamos bien. Le respondimos que sí. Juntos salimos hacia la compuerta y entramos en territorio israelí. Le dije que pensé que los habían secuestrado. El me dijo que pensó lo mismo de nosotros. Me dijo que se habían quedado dormidos y se despertaron a las cuatro y treinta. Él mismo fue a buscarnos a nuestra duna y no nos encontró. Le dije que las cuatro y treinta yo estaba en mi puta duna durmiendo. Él me dijo que se desespero al no encontrarnos. Estaba muy oscuro y nosotros con los Ghillie suits habíamos perdido cualquier vestigio de forma humana. Llamó por radio al comando. Le dijeron que regrese a Israel. Que si en caso nos movíamos. Las cámaras térmicas nos verían. Cuando él cruzo la frontera le informaron que habían dos seres humanos que se acercaban a la frontera. Venían del cuadrante donde se había establecido el punto de observación. Era casi cien por ciento seguro que eran los dos francotiradores perdidos. 

Dima y yo habíamos pasado treinta minutos completamente solos en la franja de Gaza. Uno de los sitios más peligrosos del mundo para cualquier soldado occidental y en particular para un soldado israelí. En caso de haber sido capturados se hubiesen dado un buen festín con nosotros. Sentimos alivio a le vernos entre amigos de nuevo. Pero sentimos algo de desazón también. Porque a veces se cometen errores infantiles que pueden costarte la vida. El problema reside en que en un ejercito con tantas misiones por día ese tipo de errores suele cometerse muy a menudo. 

Continuara…