Tengo mucho miedo

Mi perro trabajando con su miedo marítimo...
Mi perro trabajando con su miedo marítimo…

Todos tenemos miedo.

Yo le tengo miedo a una infinidad de cosas. Hay gente que piensa que no le tengo miedo a la muerte. Si me conoces un poco, puedes entender por qué.

Pero no es verdad. Le tengo miedo a la muerte y mucho. Le tengo miedo a la vida también. A las malas decisiones que pueda estar tomando. Le tengo miedo a la vejez. Le tengo miedo a la traición. Le tengo miedo a la incertidumbre. Le tengo miedo a eso y a miles de cosas más.

Como te dije antes, todos tenemos miedo.

Según mi experiencia y de acuerdo a lo que me han instruido y enseñado, sé que no puedes dejar de sentir miedo. El miedo es algo que forma parte de nuestra naturaleza. Con el miedo no hay nada malo. Lo que es malo es quedarte paralizado por el miedo. No saber trabajar con él. No ser capaz de tomar decisiones bajo su influencia. He ahí la raíz del daño que nos hace el tener miedo a algo. El miedo nos inmoviliza y nos vuelve incompetentes. Al ser incompetentes, no solemos aportar ninguna solución al problema y lo único que logramos es agravarlo.

Yo he agravado problemas en mi vida profesional o personal por no haber actuado a tiempo. O sencilla y llanamente, por no haber actuado y punto. El miedo me ha paralizado en combate. El miedo me ha paralizado dando una presentación de Power Point. El miedo ha evitado muchas veces que diga lo que realmente siento o pienso.

Dentro de todo lo que he aprendido en mi vida militar. Puedo decir que el “control del miedo” es la herramienta más grande e importante que he sacado conmigo. No hay una receta mágica para no sentir miedo. Pero si hay una receta no tan mágica para poder trabajar con él. Para poder actuar cuando debes y como debes. La receta es simple: Razonar el miedo.

La mayoría de nuestros miedos, por no decir todos, están diseñados y amoldados dentro de nuestro cerebro. Nosotros creamos el miedo. El miedo es eso y solo eso. Una creacción mental. Un conjunto de hormonas segregadas por determinados impulsos de pensamiento son las que nos hacen entrar en un trance de ansiedad y excitación que puede llevarnos desde el shock hasta el terror.

Dejemos de lado el rollo científico. Si te interesa puedes chequear sobre el cortisol y la adrenalina en Wikipedia.  Vayamos al punto en el que ya estamos sintiendo miedo y en cómo podemos manejarlo por nosotros mismos. Cómo podemos evitar que nos paralice. Cómo me puedo parar del piso, tomar la ametralladora y correr hacia adelante (porque sé que es lo que debo hacer). Cómo puedo dejar de interpretar los pensamientos de la muerte como algo negativo. Cómo puedo enfrentarme a un auditorio de 500 personas mientras doy una conferencia.

Razonar el miedo. Razonar el miedo. Razonar el miedo.

El miedo es un impulso primario. La razón es lo que hizo de nosotros, humanos. Como ser humano puedo controlar y trabajar con el resto de mis impulsos. Por ende puedo controlar mi miedo y trabajar con él. Si sé, que mi preparación le ha costado al ejército de Israel doscientos mil dolares. Estoy seguro del manejo de mi arma. De la velocidad con la que puedo correr 30 metros con todo el equipo encima de mí. Si sé que mi Negev puede disparar doscientos cincuenta balas antes que el cañón se comience a calentar, con una cadencia de tiro de 900 balas por minuto. Si sé que el enemigo está mucho menos preparado que yo. Si sé que corriendo en zigzag las posibilidades que una bala apuntada hacia a mí, me dé, son de un 12 por ciento a cien metros de distancia. Si sé y estoy consciente que puedo neutralizarlo por todo lo que yo soy y todo lo que no es él. Voy a tomar mi ametralladora y voy a a hacer lo que tenga que hacer para ello. Lo voy a hacer a pesar de tener miedo. A pesar de sentir que las sienes me explotan por la adrenalina. Lo voy a hacer porque sé que las consecuencias de no actuar van a ser peores que las de actuar. El miedo se va a mantener ahí latente. A mi no me va a importar. Voy a actuar con él a mi lado pero con la razón comandando.

He sentido terror en combate. Créeme, no es nada sensacional. Es algo que se inocula en tu sistema y no te deja. Pero si logras enfocarte en pensar unos segundos como en el párrafo de arriba. Logras automáticamente olvidarte del terror y pasas a hacer lo que tienes que hacer. Terror y razón no pueden funcionar juntos. O apagas uno y prendes el otro o al revez. Yo sé cual quiero usar.

Ametrallar a tu enemigo o hablar en público puden generar miedo. A veces, la misma cantidad de miedo. Y por ende, pueden ser neutralizados de la misma manera: Razonando el miedo.

¿Qué es lo peor que puede pasar si hablas delante de la gente? ¿Qué la gente se burle de ti? ¿Qué la gente no te acepte? ¿Qué piense que no eres lo suficientemente bueno? Si razonas un poco, esas son las raíces de tus miedos al pararte en un podio o cuando vas a dar una conferencia de TED.  Tienes que entender que todos esos miedos y todas esas incertidumbres no están más que en tu mente y en la de nadie más. Si tienes miedo que la gente se ría de tí. Hazlos reir un rato y luego anda al grano. No sabes como hacerlos reir. Solo sonríe, con eso basta y sobra. Hablar en público es como hablar con una sola persona. Es un monólogo frente a un gato. O frente a Wilson (la pelota de Tom Hanks). Hablar frente a todos no es más que eso: Hablar. Lo llevas haciendo toda tu vida.

Así podemos razonar nuestro miedo a la muerte (Si no te has dado cuenta, vas a llevar más tiempo NO existiendo que existiendo. Ya has estado ahí. Así qué ¿A qué tenerle miedo?….) Nuestro miedo a envejecer (Es la vida joder). Nuestro miedo a hablar con la vecina. Nuestro miedo a cambiar de trabajo. Nuestro miedo a criar bien a nuestros hijos.

Sé que es fácil decirlo y fácil escribirlo. Sé que es mucho más difícil enfrentarte al miedo. Pero como te dije. No tienes que enfrentarte con el miedo ni con nadie. El miedo puede trabajar a tu lado. Al fin y al cabo, es lo que te mantiene vivo. No tienes que pelear en contra tu miedo. Tienes que reconciliarte con él. Tienes que entender cómo funciona y cómo funcionan las cosas que están a tu alrededor. Mientras más sepas. Mejor vas a trabajar con todo lo que gira a tu alrededor.

Estoy entrenado en cierto punto para decodificar el miedo y poder trabajar con él. Miedo tengo. Todos y cada uno de los días de mi vida. ¿Si me quedo petrificado por él? Intento no hacerlo y lo logro la gran mayoría de las veces. ¿Que si tu puedes tambien? Pues sí.

Solo razona los pormenores de tu miedo. Solo descubre las débiles que son sus raíces. Hazlo así y anda para adelante.

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Miedos, mentiras y ser grande

Todo es una burda mentira. Todo lo que te contaron de chico es una farsa. Que las chicas “buenas” tienen que llegar vírgenes al matrimonio. Que los hombres “buenos” no te montan los cuernos. Que las mujeres de “su” casa son mejores que las que son de la calle. Que los adultos saben la mayoría de las respuestas “precisamente” porque son adultos y deben saberlas todas. Que la vida es larga y que los errores son irreparables. Que la universidad es el centro del conocimiento humano. Que tu vida se basa en la conjunción de una mujer, unos niños, una casa, un perro y una camioneta. Que la economía mundial importa demasiado y está basada en la oferta y en la demanda. Que los bancos te ayudan a guardar tu  dinero. Que dios existe y te va a sanar. Que Papa Noel se desliza por las chimeneas…

Papa Noel nunca se deslizó por mi chimenea, porque no tengo una. Y además soy un adulto y no me sé todas las respuestas. Es más, me relaciono con adultos todo el tiempo y me doy cuenta que están más perdidos que el Minotauro en su laberinto o que Marco buscando a su mamá. Los adultos tenemos, quizás, hasta más dudas que los niños. Nos hemos vuelto inseguros y dubitativos porque, sencilla y llanamente, la vida nos ha enseñado a tener miedo. Y créanme: Tenemos miedo. Miedo de decidir, miedo de afrontar, miedo de estar tomando la decisión correcta, miedo de estar o no con la persona ideal, miedo de un futuro incierto, miedo de un pasado mejor, miedo a la muerte, miedo a la vejez, miedo a la economía, miedo a no saber lo que  ha de venir y por último: Miedo a la vida misma  . Y ¿saben qué? Está bien tener miedo. Solo que hay que saber filtrarlo. No le podemos tener miedo a todo ni a todos. Nuestra vida se convertiría en una película de terror en la que se tiene que “actuar” lo más rápido posible sin  a descansar para, siquiera, tomarnos el tiempo de evaluar nuestra “actuación” y en la que no se pueden hacer segundas tomas….

Engañamos a los niños. No hablamos de infidelidades frente a ellos. No hablamos de dolor. No hablamos de mentiras y no hablamos de dudas. No les contamos que, sencilla y llanamente, sabemos mucho menos de lo que ellos creen que sabemos. Y no les confesamos que ellos, muchas veces, tienen la sabiduría emocional de la humanidad en la punta de la lengua. Quizás nuestra sabiduría primigenia se ha perdido en algún instante y ha dado paso al saber monótono de la rutina y del día a día. Ha dado lugar al saber implantado por las convenciones sociales. Al saber que se nos ha “regalado” en colegios mojigatos y en universidades retrogradas.

Otro secreto:  La mayoría de adultos  son niños.  Niños con miedo a hacer el ridículo y fracasar, con terror a afrontar la vida, con temor al qué dirán. Niños que han abandonado el ser simpaticón que un día fueron años atrás, para pasar a ser  niñatos de traje y corbata que trabajan en una oficina triste y fría. Engendrillos  perdidos en un mar de bienestar y consumo. Críos que han dejado de jugar.

Tenemos miedo. Miedo de romper los esquemas e intentar entender un poco mejor lo que somos. Miedo a saber si lo que estamos  haciendo, lo estamos haciendo realmente bien o si el vecino lo está haciendo mejor porque tiene un carro más grande o come en un mejor sitio.

Me da lástima pensar que la mayoría de nosotros estamos embadurnados de miedo a movernos, de miedo a decidir qué hacer con nuestras vidas, de miedo a cambiar el rumbo y de paso: El mundo. Y tenemos esa grandiosa capacidad de dubitación porque sencillamente nos la han insertado cuando éramos pequeños y pensábamos que los adultos sabían todo. Y bueno, como muchos de ustedes sabrán hoy en día: los adultos sabemos muy poco. Prácticamente nada.

¿Estás dispuesto a superar alguno de tus miedos?

Fobias de antaño II: Miedo a la altura (2)

Primer salto

Era noviembre y el clima empezó a cambiar. Los vientos aumentaron. Las nubes comenzaron a poblar un poco más los cielos. Un Viernes se  nos avisó que preparemos todo nuestro equipo y que saldríamos el Domingo temprano para la escuela de paracaidismo. Esas últimas cuarenta y ocho horas en la base de entrenamiento las pasé muy nervioso. Habían pasado cuatro meses desde que estaba en la unidad de paracaidismo y lo que había visto hasta entonces era montes, más montes, caminatas, mucho peso, explosiones, granadas, lanzagranadas, más montes, pista de combate, más pista de combate, disparos, muchos disparos, curso de Krav Maga, más montes, más kilómetros de caminata, poco sueño, un poco más de caminatas, un poco más de peso y para variar: montes.

Sabía que el curso de paracaidismo llegaría en algún momento. Y ahora, que quedaban solo cuarenta y ocho horas para que comenzase  me sentía, sencilla y llanamente, aterrado. La noche del sábado  me acerqué a mi Sargento mientras pensaba como decirle  que no podría presentarme a la escuela de salto al día siguiente porque tenía un grado altísimo de acrofobia que no permitiría que me desenvuelva de manera normal, ni siquiera, en los simuladores de salto y menos en un avión con las puertas abiertas volando a mil doscientos metros sobre el suelo. Me acerqué temeroso y le conté como me sentía. Y me respondió con un tajante: “Todos tienen miedo…” se dio la vuelta y se fue. Me dejó parado en medio de una emplanada bajo un cielo desértico, estrellado y frió pensando en que iría al curso y haría el ridículo.

En la escuela de paracaidismo, no solo se les enseñaba a los soldados de élite el arte del salto libre y el salto asistido. Habían unidades de ingenieros que hacían cursos en como soltar en paracaídas tanques y repuestos de los mismos, habían unidades de comandos marinos que aprendían como saltar con el zodiac desde un avión a mil quinientos metros y caer en el mar con el motor encendido listos para hacer lo que tuvieran que hacer. Había un gran movimiento en aquella base. Había una zona central donde se encontraban los simuladores de salto. Cada uno tenía un nombre y siguiendo el clásico humor negro israelí estaban bautizados como: Himmler, Eichmann, Mengele y por supuesto: Adolf…

El curso duraría tres semanas, en las cuales haríamos seis saltos. Dos serían en el día y cuatro en la noche. Los simuladores estaban diseñados de tal manera que si terminábamos  por ejemplo con Himmler, que era el más pequeño (una torre que tenia tres metros de alto) podíamos pasar al Eichmann que era mas grande y rozaba los 10 metros de alto. Suena poco al hablar de tres o diez metros, pero la verdad es que saltar desde diez metros de altura fue un poco difícil hasta para el más avezado del grupo. Mengele fue fácil, era un simulador de caída. Te agarrabas fuerte de un haza y te deslizabas por un cable como Indiana Jones y al final del mismo debías de soltarte y rodar por el piso de la manera en la que te habían enseñado a aterrizar. Por supuesto que Adolf fue el peor de todos. Adolf era una torre de veinte metros de altura, en la cúspide de la misma no había más espacio que para un solo soldado en pie. Lo que debías hacer era dar un paso al vacío y punto. Un juego de poleas se encargaban de aguantar la caída y prácticamente te frenabas a los cinco metros antes de pegar en el piso. Mientras veía como mis compañeros subían uno tras otro al Adolf tomé la inmoral decisión de evadirme de él. Gracias a que soy Acuario  y que el preciso día que me tocaba saltar del Adolf todos los astros estaban conjugados a mi favor no llamaron a los soldados en orden alfabético. Formamos una larga fila e íbamos subiendo uno a uno por orden de llegada. Obviamente me acomodé entre los últimos mientras maquinaba como salirme de ahí sin que nadie se diera cuenta.  Le dije a uno de los instructores que tenía que ir al baño y puse mucha cara de dolor.  El instructor me dijo que me apurase que pronto seria mi turno. Corrí a los baños y me lavé la cara, me senté en uno de los toilets, cerré la puerta y esperé. Quince minutos después regresé a la fila y busque a otro instructor. A uno que apuntaba los nombres de los que ya habían saltado. Me acerqué y le di mi nombre. Me miró y me preguntó si había saltado. Le señale al Adolf (haciéndome el que no entendía mucho el hebreo, en otras palabras haciéndome el huevón) y asentí con la cabeza como un cavernícola.   El plan no podía ser mejor. Si se acercaban para decirme que porque me estaba poniendo en la lista de los que ya habían saltado. Solo diría en un hebreo masticadísimo que pensaba que era la lista de los que debían de saltar. Que eso era lo que yo había entendido. Al final nadie se dio cuenta de la trampa, salvo un amigo mío  que al día siguiente me dijo: “¿Casaretto como vas a hacer en el avión…?” Tenia razón, me había librado del Adolf que tenía veinte metros de altura. En dos días más saltaría desde un Hércules viajando a 600km por hora a 1200 metros sobre las cálidas dunas de Israel…

La mañana del primer salto estaba tan aterrado que no recuerdo haber hablado con nadie. Nos llevaron en fila al almacén de paracaídas donde cada uno de nosotros recibió uno principal y uno de reserva. Los dos estaban guardados en una bolsa verde que tenía un número. El mío era el 4656, jamás me olvidaré de él. Después de recolectar el equipo nos llevaron a la pista de aterrizaje donde estaba ya el Hércules con los motores encendidos y las aspas girando. La rampa trasera estaba abierta como la boca de una ballena en la cual me metería en unos minutos. En la pista los instructores nos pusieron los paracaídas y nos ajustaron los arneses de la manera más profesional posible. El paracaídas de reserva me oprimía el pecho y por lo tanto sentía bastante bien como me latía el corazón. Subimos la rampa del avión en dos filas. Una a la izquierda y la otra a la derecha. Yo iba en la derecha y saltaríamos según el orden de subida. El que subió primero en el lado derecho sería el primero en saltar por la puerta derecha del avión. Yo era el cuarto del lado derecho.

La rampa se cerró y el avión empezó a moverse. Le tomaría quince minutos llegar a la zona de salto. Estábamos sentados, los de la puerta derecha mirando a los de la izquierda y viceversa. No habían palabras, nadie decía ni ah. Los instructores hacían bromas de las que nadie se reía y hasta cantaban canciones de guerra que nadie seguía. Al lado de las puertas (que aún estaban cerradas) habían dos luces una roja y una verde. Al encenderse la roja las puertas se abrirían, a partir de ahí toda la comunicación sería por medio de señas, todos los soldados se pondrían de pie y se dirigirían en fila india hasta sus puertas. Al encenderse la luz verde se daría comienzo al salto del primer soldado, que para ese entonces, se debería encontrar prácticamente al borde de la puerta mirando al infinito.

Mientras estaba comprimido ahí con mis pensamientos llegué a pensar en “como demonios llegué aquí..” Pensé también que en la puerta me trabaría y que no saltaría de ningún modo. La luz roja se encendió y todos nos pusimos de pie. Por primera y última vez en mi vida sentí mi piernas flaquear de tal manera que casi caigo al piso, luego las sentí temblar mucho. Las puertas de ambos lados del avión se abrieron y entró un ventarron que impedía emitir cualquier sonido. Se escuchaban los motores del Hércules retumbar mientras surcaba el cielo diáfano de las seis de la mañana. Mirando a la puerta de la izquierda pude observar la linea que separaba el mar del cielo. Estaba amaneciendo, era precioso y por una milésima de segundo me sentí feliz. Escuchamos un pitido fuerte. La luz roja se apagó y la verde se prendió. Vi como el primer soldado de mi fila salía despedido a una velocidad inhumana e increíble, vi como el segundo se acerco hasta la puerta y un segundo después ya estaba afuera también, la fuerza de los que estaban atrás mío me empujaba hacia adelante y me acerqué unos centímetros más a la puerta mientras el tercer soldado salía eyectado del avión. A esas instancias la adrenalina había anulado mi sentido auditivo por completo, di el último paso para llegar a la puerta, sentí que el instructor me jalaba poniéndome en la posición correcta y sentí su palmazo en mi espalda, dí un paso hacia adelante y vi el desierto y el mar y sentí el viento en mi cara y escuché el silencio y el sonido delicioso de cuando se abre un paracaídas y vi mis piernas balancearse hacia adelante y hacia atrás y vi los tres paracaídas abiertos de los tres muchachos que habían saltado antes que yo y alcé la mirada y vi a lo lejos al Hércules arrojando su carga humana a lo largo de la costa y me sentí feliz de que estaba vivo y que había vencido algo que toda mi vida me había parecido invencible. Grité de emoción en el aire y al estrellarme contra la arena unos minutos después lloré  y me sentí más vivo que nunca.

Faltarían cinco saltos más para terminar el curso. Cuatro de ellos serían en la noche, en condiciones climatológicas adversas. Varios se romperían algo aterrizando y otros renunciarían a la unidad porque no pudieron saltar. A varios de ellos les intenté convencer de que si yo podía saltar cualquier demonio podría hacerlo. Algunos me escucharon, otros no.

Después del curso he saltado trece veces más tanto en actividad como en la reserva. Cada vez que lo hago tengo terror, pero se que puedo dominar al terror porque ya lo hice antes y se que soy más fuerte que él.

Como dice una persona inteligente por ahí: “El fin justifica los miedos

En mi próxima entrada hablaré de como deje de sentir terror por el ejercicio…

*Las fotos de los enlaces son de san google, la foto principal es mía.

Fobias de antaño II: Miedo a la altura (1)

Curso de Paracaidismo de las IDF en el 2005. No se porque estoy sonriendo tanto…

Cualquier actividad que me alejara más de medio metro del suelo me daba miedo. Subir al tronco de un árbol, subir a una escalera plegable, subir a un techo a buscar una pelota perdida, mirar hacia abajo luego de haber subido un par de minutos por una pequeña montaña, cruzar por un puente colgante en el zoológico y un largo etcétera. Creo que ya entendieron el punto.

No solo me daba miedo. Me daba un terror físico que me paralizaba por completo. Las piernas me temblaban, el bajo vientre me dolía; apenas veía el vacío, los huevos se me subían de prisa hacia el abdomen, sudaba frío y en resumen: Me enfermaba. A ese terror sin motivo a las alturas se le denomina Acrofobia y según Wikipedia: ” Se denomina acrofobia (del griego ἄκρος alto, elevado y φόβος miedo) al miedo irracional e irreprimible a las alturas. Por ejemplo no atreverse a practicar juegos extremos o de alturas, como lo serían la tirolesa, el paracaídas o el parapente.1 Al igual que otras fobias, la acrofobia genera fuertes niveles de ansiedad en los individuos que la presentan, lo que induce una conducta de evitación de la situación temida.2 En este caso, las situaciones con una altura notable, como asomarse a un balcón, encontrarse al borde de un precipicio o estar en un mirador elevado, son típicas de este tipo de fobia.” 

En muchos momentos, mientras era un niño, me sentí un cobarde. Veía como los otros mocosos se trepaban en los postes de teléfono, en los árboles, en los pasamanos y disfrutaban mucho haciéndolo. Yo los veía desde abajo, siempre temeroso, aunque no lo daba a entender e inventaba todo tipo de escusas para no treparme a ningún lado. Cuando  entré a la marina en Perú, en las primeras semanas, todos los miércoles   me hacían saltar de un pequeño muelle que estaba aproximadamente dos metros sobre la superficie del mar. El sencillo hecho que sabía saltaría del muelle me jodía el día. Desde las 5:30 am en que nos levantaban, me ponía nervioso por los malditos 200 cm que tendría que superar para poder respirar tranquilo dentro de las heladas aguas del pacífico sur. Nunca supere el miedo. Nunca deje de ponerme menos nervioso y nunca pero nunca traté de vencerlo. Siempre me decía a mi mismo: “Eres bueno con los pies en el piso. Quédate en él.”  (La verdad es que no era muy bueno con los pies en el piso tampoco, pero eso ya es otra historia…)

Como muchos otros miedos, fobias y demás cosas que me impedían hacer cosas. Mi acrofobia falleció el día que entré en el ejercito de Israel. La historia es algo complicada, pero la voy  a resumir por el bien del relato y porque no quiero aburrirlos estimados lectores y lectoras: Estaba yo en el ejercito unos meses ya. Habíamos pasado por un pequeño entrenamiento y se abrieron los cupos para hacer las pruebas para la unidad de paracaidistas del ejercito (unidad de operaciones especiales). Los solados que hacían ese examen se venían preparando con uno o dos años de anticipación. Yo con tres meses en el ejercito me dije a mi mismo que no tenía ninguna posibilidad de pasar la prueba y me presente al examen con la intención de terminarlo (contaban leyendas urbanas acerca de lo difícil e inhumano  de la prueba en el aspecto mental y físico). Empecé el examen un martes de verano y lo termine un viernes, tres días y medio después. Extenuado como nunca lo había estado en mi vida. Muchos de los postulantes habían renunciado a lo largo de los días y de los que habíamos terminado harían aún una selección basada en el IQ y en un examen psicológico. Menos de la mitad de los que habíamos finalizado la prueba entraríamos a la “Unidad”.

Dos semanas después me comunicaron que me habían aceptado en la unidad de paracaidismo del ejercito de Israel. Un segundo después pensé: “Y ahora que mierda hago…” De solo pensar que subiría a un avión y saltaría de él me mareé. Muchos otros soldados que estaban conmigo en el momento en el que me notificaron se alegraron por mi y me abrazaron y me hicieron hurras  y hasta me levantaron y me aventaron por los aires: Ellos no sabían que me cagaba de miedo de solo pensar en como carajo iba a hacer dentro de una unidad de operaciones especiales que se dedica a saltar de aviones para caer en territorio enemigo…

Un Domingo llegaron los autobues a buscar a los seleccionados. Hacía mucho calor en Israel en aquel verano. Nos llevaron en dirección al sur, rumbo al desierto. Viajamos callados y semidormidos. De pronto llegamos a una base espectacular. Inmensa, con una torre altísima pintada con los colores de la unidad. Rojo y blanco. Vi la torre y me dieron nauseas. Cuando baje del bus me gritaron que me dirija hacia algún lado. Hice caso y dejé de lado el recuerdo de la torre. Pasarían aún cuatro meses antes de que mi cuerpo salga eyectado de un avión por primera vez.

En la próxima entrada voy a contar acerca del curso y en como un pobre tipo que se meaba de miedo cada vez que subía sobre una mesa saltó diecinueve veces de un avión con el mar mediterráneo de fondo y con las arenas del desierto esperándolo con los brazos abiertos abajo…