Regálate

Poco a poco me he ido deshaciendo de cosas. Solo de cosas que realmente no uso o necesito. Cada fin de semana limpio (a fondo) el departamento con Dafna. Casi siempre encontramos algo que no usamos y que solo guardamos por que nos trae un recuerdo simpático o sencillamente nos zambulle en la nostalgia de un tiempo pasado. Y como dicen por ahí que ” Todo tiempo pasado fue mejor…” Quizás por eso y solo por eso nos es tan difícil desprendernos…

Quizás ese es el problema o gran parte de “nuestro” problema. Solemos identificar los objetos (desde la ropa hasta los recuerdos de viajes) con momentos de nuestro pasado y pensamos que si nos desprendemos del objeto, pues nos estamos desprendiendo del “recuerdo y el momento” en sí mismo.

Para ser sincero. Al principio me fue muy difícil deshacerme de ciertos objetos. Aunque estaba seguro de que no tenían ninguna utilidad para mi. Me fue difícil deshacerme de ropa de una época lejana aunque sabía que no me la volvería a poner jamás. Me dolía botar un recuerdo de algún país que había visitado aunque no hacía más que llenarse de polvo en una esquina. Era muy difícil hasta que aprendí el hábito de dar.

Siempre hay gente que tiene menos que tú. Siempre hay gente que necesita lo que tú ya no necesitas. Aunque a veces es difícil que nos demos cuenta de aquello.

Hace unos años comenzaron a expandirse corrientes alternativas de sostenibilidad y ecología: El minimalismo. El reciclaje. El uso de productos orgánicos. El favorecer a los pequeños productores en vez de a las grandes corporaciones. El ahorro energético. La búsqueda de lo reducido y eficiente al lado de lo aparatoso e inepto. Así, gente empezó a escribir de aquello. Otros empezaron a pelear por ello. Otros nos sentimos identificados e intentamos cambiar de a poquitos. Otros tantos hemos empezado a esparcir la idea a intentar llegar a un poco más de personas que se sientan influenciados para trabajar por todos y para todos.

Cuando leí suficiente y aprendí, me fue mucho más fácil desprenderme de lo sobrante en mi vida. Doné y dono ropa con cariño. Sé que existen personas que la necesitan mucho más que yo. No solo eso. Con esa línea de pensamiento me he deshecho de artefactos y cacharros aparatosos  a los que no les dabamos el más mínimo uso en casa y sabemos que otra gente los podría usar o aprovechar mejor de lo que nosotros lo hacemos.

Poco a poco mi departamento se ha ido quedando con lo que realmente usamos. Queremos o nos gusta. Ahora hay mucha más luz. Todo se ve más amplio. Más ordenado. Sencillo. Y tranquilo (dejando de lado al pastor alemán loco que corre de un lado a otro).

Si quieres desprenderte de un par de cosas y te es realmente difícil. Piensa en la gente que realmente las podría aprovechar más que tú.

Además de regalarle algo a ellos. Regálate a ti mismo un poco más de espacio. De luz. Y la sensación de que has hecho algo realmente bueno por alguien.

Reciclando

¿Reciclar?

Somos cazadores-recolectores. Es lo que hemos sido por más de un millón de años. La tecnología nos ha dado un portazo en la cara y estamos aquí: Sentados. Sedentarios. Bajo el neón en la oficina. Frente a la computadora llenando tablas de excell. Suplicando porque termine el día. Llorando para montarnos en el auto y atascarnos en el tráfico de regreso a casa. Somos monos nucleares. Somos macacos que pueden recitar Shakespeare. La evolución de los últimos cien mil años nos ha empujado demasiado rápido a construir una sociedad tecnológica en la que hemos “enterrado” nuestra esencia.

Estamos hechos para correr. Diseñados para el movimiento. Nuestro cuerpo se enferma cuando no lo movemos. Nuestra mente se daña cuando estamos estáticos. Así que: ¿Por qué demonios no lo hacemos casi nunca? Somos el resultado de un fallo evolutivo. Deberíamos estar corriendo atrás de nuestra comida. Rascando manzanos. O asaltando parras. Deberíamos estar moviéndonos de un sitio para otro. Tomando agua de un riachuelo. Mirando el campo a nuestros pies. Oliendo las flores y respirando el diáfano aire con olor a eucalipto. Quizás matándonos de cuando en cuando. Pero viviendo. Secándonos al sol. Comiendo gusanos y fresas. Escalando alguna colina. Despertándonos con el sol rascándonos los ojos. Durmiéndonos después de preguntarnos de que está hecha la luna y de contar estrellas. Viendo los arcoiris y tratando de encontrar su principio y su fin. Persiguiendo a algún antílope. Siendo perseguidos por una jauría hambrienta de lobos que van a terminar haciéndose amigos nuestros. Bajando por algún valle a gran velocidad para aventarnos en algún río limpio. Gastando gran parte de nuestro tiempo y nuestra vida haciendo lo que los animales suelen hacer bastante bien: Dormir y jugar. Haciendo el amor con todo el mundo. Queriéndonos como un clan. Como una familia.

Pero no. Estamos aquí sin saber como. Después de dos guerras mundiales. Con armas que pueden borrarnos del mapa a todos nosotros y todos los seres vivos del planeta. Tirándonos gases químicos los unos a los otros. Ensuciando el planeta sin pensar en nuestros hijos. Haciendo mierda el mañana. Devastando las selvas. Chorreando mierda en los lagos. Ríos. Mares. “Plastificando” nuestra vida. Succionando las últimas reservas ecológicas. Derritiendo el ártico y el antártico. Matando de hambruna a los débiles. Comprando. Comprando. Comprando. Agotando todas las esperanzas de las próximas generaciones por tener una vida “normal” en un mundo “habitable. Creciendo en número. No respetando al resto de entes vivos. No entendiendo que no somos nada más que uno de ellos con un poco más de buena (o mala) suerte. No viéndonos a nosotros mismo mientras vemos a algún animal a los ojos. Jugando a  ser dioses en el mundo que hemos “creado”. El mismo mundo que nos va a ver desparecer por nuestra ignorancia y nuestra estupidez.

¿Reciclar? ¿Esa es su solución?

No me jodan.