Aprende a decir que No

Aprende a decir no.

No a los amigos. No a la familia. No a la pareja. No a todos los que quieres.

No porque los quieras o los estimes debes decirle que sí a todo lo que ellos quieren de ti. La vida es demasiado corta para decirle sí a todo y a todos.

Antes solían invitarme a alguna reunión de amigos. A una boda. A una despedida de soltero. A un juego de fútbol. A una cena romántica, y solía ir a regañadientes.  Iba por cumplir. Para no quedar mal. Para no ser anti-social. Iba pero no disfrutaba yendo. Con esto no digo que no quiero a mis amigos o que no me guste pasar tiempo con ellos. Me gusta darles mi tiempo. Mis palabras y mis energías, pero me gusta hacerlo de acuerdo a la cadencia que yo quiero. He aprendido a decir que No tanto a mi familia como a mis amigos. Y si, los que dicen que son mis amigos, no entienden eso. Al parecer, tengo que cambiar de amigos.

Pero cuando decido dedicarles mi tiempo. Realmente se los dedico. Soy cien por ciento de ellos. Los escucho, los ayudo, les converso, les bromeo. No pienso en otra cosa que no sea en hacerlos sentir bien. Porque el tiempo que estoy pasando con ellos lo estoy dando desde lo más profundo de mí. He decidido regalarles unas cuantas horas y he decidido hacerlo bien.

No tengo tiempo para ser hipócrita y asistir a citas y a encuentros a los que no me dan las ganas ni las fuerzas de asistir. Prefiero decir que no para que esos mismos amigos y  familiares entiendan que cuando estoy con ellos es porque realmente quiero y porque los quiero. Porque mi tiempo vale mucho para mí y lo estoy compartiendo con ellos. Dándome al máximo durante todo ese instante y no estar pensando en largarme o mirando la hora para ver a que hora comienza el partido del Barca.

Por eso, de un tiempo a esta parte, no tengo reparo en decir que No a una invitación que no me convence. A una invitación que me ponga en la incomoda situación en la que me vea obligado a buscar alguna excusa. No busco más excusas. Solo digo que  No, gracias y punto.

Amo a mi familia. Amo a los muy pocos amigos que tengo y por eso les digo No cuando realmente no quiero verlos.  Pero cuando sí lo quiero hacer, los veo con las más grandes de las alegrías. Los abrazo con el más sincero de los abrazos, y los miro con la más amorosa de las miradas.

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Afrontar problemas…de a pocos

Desde hacer una maratón. Pasando por terminar la carrera universitaria. O hacer ejercicio a diario son situaciones que necesitan de  nuestra más alta capacidad de resistencia. Cuando pensaba que correr 42 Km era imposible. Pues era imposible para mí porque me sentía abrumado con la magnitud de la distancia. Veía TODOS los cuarenta y dos kilómetros juntos encima mío y no me atrevía a correr ni uno. Así que siempre me dije que nunca iba a poder  TERMINAR una maratón. Porque jamás me iba a atrever a correr alguna de lo larga que era.

El secreto de sobrellevar cualquier problema de proporciones “colosales”  es conformarte y nada más que conformarte con LLEGAR A LA PRÓXIMA COMIDA.

¿Llegar a la próxima comida?

¿Cómo es eso? te estarás preguntando.

Pues así.

Gran parte de mi vida la he dedicado a la milicia. En los entrenamientos exigentes de mi unidad nos enseñaron (quizás sin querer, quizás queriendo) una gran pastilla del alma: Que el dolor y el sufrimiento terminarían en algún momento. Y ese momento tendría que llegar ANTES de la próxima comida.

Si nos despertaban a las cuatro de la mañana y nos hacían rodar por un campo llenos de cactus. Sabíamos que para las seis treinta estaríamos sentados en el comedor tomando el desayuno y todo lo que tendríamos que hacer sería AGUANTAR HASTA LA PRÓXIMA COMIDA. Así mi mente absorbía el hecho de que ningún sufrimiento es perenne y que la mayoría de los mismos son relativamente cortos. Supe al comienzo del entrenamiento que me quedaban un año y medio para convertirme en un soldado de mi unidad. A los dos días (al igual que todo el grupo) pensaba seriamente en renunciar. Hasta que algún sargento gritó por ahí la frase: “¡¡¡Aguanten que para el almuerzo ya van a haber dejado de sufrir!!!”. MÁGICA FILOSOFÍA MILITAR PURA.

A partir de ahí solo pensé en llegar a la PRÓXIMA COMIDA. Así pasaron los días. Así pasaron los meses. El sufrimiento no podía durar por siempre. Y la próxima comida era su fin.

Al enfrentarnos con situaciones o hábitos que dependen de nuestra resistencia más extrema pues bien (y aquí viene el tip del post):

SUBDIVIDE LAS SITUACIONES EN PEQUEÑAS PORCIONES QUE SI PUEDES DIGERIR CON FACILIDAD.

No te puedes comer un steak entrecot de un bocado. Lo debes subdividir en pedacitos de carne fácilmente digeribles y de a pocos el steak está ya sumergido en tus jugos gástricos.

Unos ejemplos:

  • En una maratón o carrera de largo alcance subdivido la distancia en tramos pequeños. Digamos cinco Km. No hago nada más que pensar en los cinco Km que tengo que correr y me concentro solo en eso. Cuando los termino bebo agua. Bajo un poco la velocidad o camino unos segundos (a modo de premio) Y comienzo mi nueva “etapa” de cinco kilómetros. Así sucesivamente hasta el final de la carrera.
  • En el trabajo subdivido mi día en tareas específicas. Digamos una hora para terminar una. Si termino antes de la hora (por ejemplo contestar todos los e mails) me tomo el tiempo sobrante para mi. Me tomo un café. Voy al baño o hago flexiones. Si es una tarea larga. Paro a los sesenta minutos y descanso diez. Luego vuelvo a empezar hasta terminar la tarea. O en su defecto hasta el próximo descanso de diez minutos. La verdad es que ninguna de mis tareas sobrepasan una hora. Siempre me queda tiempo libre después de terminar alguna. Y recontando al final del día laboral me sale que he descansado unas tres horas (de ocho) y he sido super productivo.
  • Al igual sucede con pagar la deuda. O lavar toneladas de ropa. Subdivido todo en grupitos pequeños que me son mucho más llevaderos. NO ME CONCENTRO EN LA TOTALIDAD DEL PROBLEMA SINO, SOLAMENTE, EN LA PEQUEÑA PARTE EN LA QUE ESTOY TRABAJADO EN UN DETERMINADO INSTANTE.

Hay cosas que aún no he podido concluir pese a la técnica de subdivisiones. Como mi primer Iron man (ya que nado como un gato) o una carrera universitaria (ya que no me va bien con el sistema educativo tradicional. Sencilla y llanamente no soporto estar en una clase) Pero he logrado llevar a cabo cosas que jamás pensé que culminaría. Subdividiendo y subdividiendo. Como carreras y maratones. Entrenamientos militares varios. Trekkings en lugares dificiles. Enfrentarme con la deuda. La rutina laboral del día a día. Limpiar la casa o sacar al perro 🙂

Prueba en subdividir los problemas, hábitos o situaciones que te parecen abrumadores y te vas a dar cuenta que es mucho más fácil llevarlos a cabo o resolverlos.

Subdivide y simplifica.

Y como lo dije en el post Agradecer. Pues doy gracias porque estén leyendo estás lineas.

La guerra y la felicidad

La verdad es que no necesito muchas cosas para ser feliz.

Quizás no necesite nada en absoluto.

La felicidad al fin y al cabo es una forma de ver la vida y no un sentimiento propiamente dicho. Y si mi forma de ver la vida me hace feliz entonces las cosas sobran ¿No?

Pero volviendo al principio: No necesito muchas cosas para ser feliz. Necesito cosas sí. Necesito las básicas. Un hogar caliente. Un POCO de ropa. A mis seres queridos vivos y sanos. Y creo que nada más. Tan simple como eso.

Puede haber gente a la cual le puedo parecer un bicho raro. O que quizás digan u opinen  que hablo de cosas irreales. La mayoría de gente que me conoce de niño o de joven puede pensar así y  está bien que lo hagan. Pueden pensar lo que quieran. Esto es un viaje personal y el que me quiere acompañar en el mismo es bienvenido.

Pero dejemos a la gente de lado. Decía que soy feliz. Y soy feliz porque ESTOY SATISFECHO CON LO QUE TENGO. No necesito NADA MÁS. Lo digo en serio. Nada. No me vendría mal tener un avión o una casa en Malibú pero el tenerlos o no, no influenciaría en lo más mínimo en el grado de satisfacción y felicidad que tengo.

Pero ¿Cómo puede ser que sea feliz? ¿Cómo puede ser que no desee las cosas que todo el mundo quiere? ¿Una casa grande? ¿Un auto deportivo equipado a full? ¿Hijos corriendo por el parque? ¿Ser el dueño de una compañía y vestirme a traje a diario? La respuesta es simple: Aprendí que el solo hecho de respirar es un milagro y a la vez un regalo.

¿Y cómo aprendiste eso? Te dirás.

¿Fuiste a un monasterio budista en los Himalayas? ¿Has estado en algún templo Zen del Japón? ¿Has recibido las energías místicas de la tierra santa? Pues no señores y señoras. Sencilla y llanamente….fui a la guerra.

La guerra puede hacer de un hombre dos cosas. O lo mata o lo cambia. A mi me cambió. Y pienso que en el sentido positivo de la palabra CAMBIO. Tengo compañeros que han cambiado para mal. Otros para muy mal. Otros están perfecto y otros están enterrados. Pero NINGUNO de nosotros es lo que solía ser antes de.

Y sí, aprendí que el solo hecho de respirar es un regalo. Aprendí que el solo hecho de abrazar a mi esposa y oler la fragancia que emanaba de su cuello me hacía llorar de felicidad. Aprendí a apreciar lo pequeño. Lo microscópico. La voz de mamá en el teléfono. El abrazo de un hermano. Las palabras y sonrisas de los amigos. Aprendí que nuestro tiempo pasa rápido y no voy a desperdiciarlo comprando tonteras o desesperándome por comprarlas. Aprendí a satisfacerme con lo que hay en casa. Con una mirada. Con un café. Con una carrera por el campo. Con una montaña a mi lado. Aprendí que ESTOY VIVO y eso es mi mayor riqueza. A quien demonios le importa un Porsche Panamera si tengo lo único que quiero tener. Si tengo TODO lo que siempre quise.

Es cierto. Tuvieron que pasarme un par de guerras por encima para que tome PERSPECTIVA de lo que realmente importa para mí. Y ahora estoy aquí compartiéndolo contigo querido lector o lectora. Amigo o amiga fiel.

Eres un persona super inteligente y entenderás que no todos necesitamos una guerra (o un par) para entender lo que realmente importa para nosotros. Las guerra déjalas para los cabezas de chorlito como yo. Tú busca por ti mismo lo REALMENTE IMPORTANTE para ti. Mira a los lados. Inspecciona en tu mente. Abre tu corazón. Busca con ahínco esas pequeñas cosas QUE REALMENTE te hacen rico. Tómalas. Arrúllalas. Disfrútalas todo lo que puedas (si te das cuenta son gratis)  y bueno, como ya sabes:  Simplifica el resto…

 

Simplificando hábitos

Simplificar. Simplificar no es eliminar. No es limpiar. No necesariamente es deshacerse de algo. De alguien. De un mal habito. Puede serlo pero necesariamente lo es.

No. Simplificar sencilla y llanamente significa hacer las cosas más simples. Simple. La vida puede ser resumida a una simpleza casi utópica o en su contrario puede volverse un enredo de magnitudes galácticas. Todo al fin y al cabo depende de “tu punto de vista”. Uno de nuestros principales problemas vitales es el de no poder controlar nuestro “punto de vista”. Nuestro “punto de vista” está formado por todo lo que hemos aprendido. Desde lo que nos han enseñado nuestros padres desde que nacimos. Hasta lo que vemos hoy día en los muros de nuestros amigos en Facebook. Es algo que está en constante evolución. Al menos en parte.

Pensemos que se trata de una pirámide. En la que las rocas más grandes y pesadas se encuentran en la base misma. Llamemos a esa base nuestra infancia. Lo que papá y mamá. Tíos y tías te dijeron en tu primera infancia. Las reprimendas. Los elogios. A veces los golpes o en su lugar las caricias son los primeros formadores de una personalidad incipiente que sirve de base al resto de nuestro aprendizaje vital. En la infancia somos “programados” para ser como somos. Para pensar como pensamos. Para sentir como sentimos. Luego nos dedicamos a adquirir información (la parte alta de nuestra pirámide). De nuestro entorno. De los medios de comunicación (televisión, radio, internet) De las personas con la que te relacionas día a día en la escuela. En la zona en la que vives. En los trabajos en los que te desenvuelves.

Gran parte de los hábitos adquiridos durante este “aprendizaje” son parte de nuestra “forma de ser” cotidiana. Vivimos con hábitos que arrastramos desde nuestra primera infancia. Con ellos nos desenvolvemos hoy. Con ellos solemos afrontar los problemas de deudas. De pareja. Laborales y un largo etc. Nuestras más antiguas herramientas vitales son lo que en algún instante de nuestra infancia aprendimos o escuchamos de alguna de las personas mayores que nos rodeaban (y no necesariamente tiene que ser cierto o válido lo que nos dijo) y con ellas trabajamos hoy. Gracias  a esto podemos entender ahora cuando nos preguntamos: ” ¿Y yo que estoy haciendo mal?” y realmente no entendemos que ha veces las cosas salgan mal aplicando lo que supuéstamente esta bien. Todo  “debería”estar bien. Pero no es así.

Así vuelvo a la primera palabra de este post: “Simplificar”.  ¿Quieres una vida más “feliz”? : Simplifica. Simplifica hábitos dañinos. (la mayoría los conoces: Beber en exceso. Fumar. Comer mal y en exceso. Hablar mal del resto. Y un largo etc. que no vale la pena enumerar aquí) Pero hay otros que sencilla y llanamente están ahí dentro de ti. Piensas que están bien para ti y para el resto porque fue lo que te enseñaron pero en verdad son hábitos dañinos que te generan dolor gratis a ti y a los demás. Para simplificar estos hábitos de nuestras vidas tenemos que hacer un esfuerzo consciente de entender que tal o cual hábito es dañino para mí o no. El secreto es ser consciente de que estos hábitos nocivos que existen en nosotros y a veces forman parte importante de nuestro modo de ser o de nuestra personalidad.  Unos ejemplos: El  inconformismo excesivo. El desear más y mejor en extremo. El clasificar a la gente por lo que tiene. El no vivir el presente y pensar más en el futuro y en el pasado. El no apreciar realmente lo que se tiene. El esperar que todo “sea perfecto”.  El creer que “el sueño americano” (casa hermosa, carro del año, dos hijos con pelo castaño, un buen jardín) es el ingrediente primordial de la felicidad. Y muchos más.

Aprendiendo a simplificar hábitos dañinos y además  adquiriendo otros nuevos que pueden ayudarnos a mejorar (comenzar a hacer algún deporte, leer, escribir, o simplemente aprender a contemplar) podemos sin mayor esfuerzo cambiar nuestro “punto de vista” vital. Al cambiarlo la vida es si misma adquiere matices completamente nuevos. Muchos de ellos hermosos.

¿Parece difícil?. Lo es. Al menos al principio.

¿Que si se puede hacer?. Claro que sí.

Yo lo he hecho y lo sigo haciendo. De a poquitos pero contaste. Un hábito a la vez. Como una garúa de Junio en Lima.