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Salud por los años camaradas

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Los “viejos” del grupo 

El otro día caminé 28 kilómetros. Hacía frío. Partí con mi unidad desde un asentamiento judío cerca del mar muerto(-430 metros bajo el nivel del mar) . Subímos hasta la ciudad de Ariel en Czisjordania  (706 metros sobre el nivel del mar). Un ejercicio militar de rutina que nos costó seis soldados con hipotermia y uno con una fractura de tibia.

A los 35 años caminar esa cantidad de kilómetros con más de 1000 metros de desnivel positivo y con peso, no es tarea fácil.

Hacia afuera no mostré ni el más mínimo gesto de queja que no esté dentro de las habituales frases de “esto es una mierda” y me burlé sin reparo de los que se iban quedando atrás. Los más jóvenes subían con más facilidad. De los más “viejos” yo iba adelante siempre intentando mantener el ritmo. Hasta que llegó el momento en el que sentí que mi pulso estaba por los cielos y que no podía parar de jadear como un buey después de haber jalado un arado por más de dos días seguidos.

Pensé en la ley de la vida. En el orden natural. Los viejos dan su espacio a los más jóvenes. Los jóvenes son los dueños del mundo. Los que nos empezamos a hacer viejos comenzamos a jadear como burros borrachos. Pensé en que antes dejaban a los viejos sentados al pie de un árbol esperando morir.   Pensé en todo eso durante unos cuantos segundos mientras tomaba aliento y esperaba a los rezagados .

Por primera vez en mucho tiempo sentí que había gente a la cual le era más fácil que a mí. Eso me dolió. Me rasgó el ego. Me hizo sentirme  Xavi antes de dejar el Barca. Un soldado joven se me acercó y me preguntó si estaba bien. Me dijo que se me escuchaba respirando pesado. Muy pesado.

Le dije que estaba llevando una mochila de 20 kilos y que yo peso 93 kilos. Mover una masa así demanda una mayor cantidad de energía. Yo sabía que le estaba mintiendo. Sabía que mi mochila pesaba 10 kilos. Pero no podía decirle que me estaba desmoronando en ese preciso momento y que si no paraba un par de minutos más, mi corazón iba a explotar.

Un par de horas después vi a aquel joven soldado sobre una camilla siendo evacuado con hipotermia. Y sonreí para mis adentros. Supongo que si me mirabas de reojo te dabas cuenta que estaba sonriendo. Soy una porquería, lo sé. Pero me sentí tan bien viéndolo hecho mierda  mientras que yo, después de llegar a Ariel a las tres de la mañana,  me sentía  como uno de los soldados que habían puesto la bandera en Iwo Jima después de quemar japoneses con lanzallamas.

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Después de “tomar” la Universidad de Ariel

“Tomamos” la universidad de Ariel. Ese era el objetivo del ejercicio. “Matamos” a los de ISIS que habían “secuestrado” pseudos profesores y alumnos. Nos sentamos luego a esperar la llegada de los buses que nos tenían que llevar de vuelta a la base. Hacía mucho frío y nadie decía mucho. Yo me acurruque conmigo mismo y me puse a pensar en que hace 10 años este tipo de cosas no me eran tan difíciles. Me puse a pensar en que los años no pasan en vano. En que por más fuertes que seamos, el tiempo lo es más.

Por otro lado me sentí bien arrastrando mi cuerpo decadente colina arriba a punta de mentadas de madre mentales. Y percibí que, si bien, mi cuerpo no es el mismo de antes. Mi mente es más fuerte. Mucho más.

Entonces, salud por los años camaradas.

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Esperando buses con frío. Ciudad de Ariel 6:00 am.

 

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Un despatriado

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Última foto que le tomé a Machu Picchu en el 2004. Los archivos digitales son más grandes ahora. Tanto que da vergüenza mostrar una foto de 2 megapixeles…. 🙂

 

No soy muy aficionado al calor. Prefiero el frío. Aún así, este verano para mí ha sido el más insoportable de todos. No sé si es el calentamiento global o soy yo el que se está haciendo viejo. Pero siento que me ahogo. Como un goldfish fuera de la pecera.

El año pasado en estás épocas estaba con mi esposa en los Pirineos.Disfrutando del aire límpio de la montaña. Este año estoy aquí (en Tel Aviv) con calor.

Viajamos el próximo mes a Perú. No sé si a las montañas, pero estoy seguro que la temperatura va a estar mucho más agradable que aquí.

Tengo 35 años. Me gusta tomar fotos que nadie ve. Me gusta escribir cosas que nadie lee. En unas semanas me voy de viaje al otro lado del mundo. Por casi un mes al país que me vio nacer y por el cual no siento ningún afecto.

Tampoco le tengo mucho afecto  a Israel. Lo siento como el lugar en el que vivo. He conocido gente maravillosa. Pero hay tantos problemas. Tanta tensión. Tanto odio. Tanta incertidumbre que te es imposible sentirte tranquilo o como en casa.

Creo que me siento un ciudadano del mundo. Me jode cuando ISIS explota  Paris o cuando vuelan medio Alepo. Odio cuando los palestinos le disparan cohetes a civiles israelíes y el mundo no dice nada. Aunque aborrezco la muerte de niños palestinos dentro de lo que se conoce como daños colaterales y nadie tampoco hace nada.

Me molestan muchas cosas que pasan alrededor del mundo. Y me siento conectado con la mayoría del planeta. Pero no tengo una identidad nacional. No soy un patriota. Ni beso una bandera. No en el medio oriente. No en sudamerica. No en Europa. No en Norteamerica. Sencilla y llanamente no me siento parte de.

Quizás me siento así porque tengo mucho calor. Y cuando tengo mucho calor me quiero ir de Israel y vivir en Islandia. Todos los años me pasa. En el verano es cuando peor me siento en Israel. Mucho calor y mucha guerra. Me ha tocado ir a tres guerras. Dos de ellas en el verano. Quizás por ello estoy traumado.

Puede ser…

Al Perú no lo quiero porque me robaban. O me querían robar todo el tiempo. No lo quiero por la corrupción. Por la falta de educación de la gente. No es que yo sea educado, pero me doy cuenta que no lo soy y hago lo posible para mejorarlo. No quiero al Perú porque tienen la mentalidad en el siglo XIX. Que si violan a una chica es la culpa de ella (de la chica) por vestirse con minifalda. Por provocar. Nop, eso no lo puedo aguantar. Por eso, apenas pude puse las patitas en un avión y me fuí de ahí para siempre. Y no deseo  volver jamás… a vivir.

Pero ahora vuelvo. No a vivir, sino a visitar. A los que quedan. A la gente que al cabo de los años se ha vuelto irreconocible porque toda una vida nos ha pasado a todos por encima. Los muchachos que deje están más gordos y calvos. Las chicas que bese son madres de familia de muchos retoños.  Las discotecas en las que baile están “pasadas de moda” o ya no existen. Los precios que disfrute se fueron a la mierda y ahora todo es mucho más caro. La vida que viví ahí ha desaparecido por completo.

No soy muy nostálgico. Pero sé que recorriendo algunas calles de Lima voy a sentir ganas de llorar por lo mucho que han cambiado. Salí del perú hace 14 años. He vivido en dos países desde entonces. He perdido mi identidad nacional y me he convertido en la cosa que soy: Un despatriado. Un fotógrafo mediocre. Un veterano. Un escritor que aburre. Un esposo en el sofá viendo Netflix.Un barbudo con tatuajes que camina en medio de Tel Aviv sin sentirse en casa. Un huevón que toma vino blanco chileno, pese a ser peruano,  en el medio del medio oriente.

 

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 Última foto en Tel Aviv (ayer en la tarde). Desde mi teléfono LG4… Cómo avanzó la tecnología en estos últimos años!!!

 

 

Todo va a pasar, como Osama o el Atari

Gam Tze Yhavor…גם זה יעבור

Una frase popular en el lexicón hebreo. Significa: También eso-esto pasará…

He estado en cama por unos días. Sufriendo por algún micro bicho que estaba muy enamorado de mí. Supongo que los antibióticos le habrán demostrado que yo no lo quiero cerca de mí en lo absoluto. Espero que se vaya. Que se  olvide de mi nombre. De mi cara. De mi casa y que pegue la vuelta…Para siempre.

Pero volviendo al Gam Tze Yhavor… En medio de mis delirios y mis fiebres me decía una y otra vez Gam Tze Yhavor. También esto pasara. También esto pasara. Tambien esto pasara. 

Pasará rápido como casi todo en la vida y dejará un destello albo como el que deja un velero en medio del mar. Pasará tan rápido como:

  • La inocencia
  • El primer beso
  • Los Jeans Carpintero
  • Romario
  • Tu primera vez
  • Los pechos de Sabrina saliendo de la piscina
  • Los pantalones de cuero
  • El Atari
  • Soda Stereo
  • El fútbol en la pista
  • EEUU 90
  • El Pinball
  • El Batigol
  • La adolescencia
  • Las resacas de los fines de semana
  • La niebla de la puerta de mi casa
  • El Show de Tinelli
  • El juguete de Motta
  • My Space
  • Las Crocs
  • Ronaldinho Gaucho
  • Mis sueños de ser astronauta
  • La guerra fria
  • El muro de Berlín
  • Osama
  • Sadam
  • Obama
  • Nokia
  • Nintendo 64
  • Las lisuras de la abuela
  • Los pañales reusables
  • Los cocachos
  • Las palabras de mama antes de dormir
  • Jenna Jameson
  • La juventud

La vida que siempre he querido

Ninos en estanque. Tel Aviv, Israel. Mayo del 2015
Ninos en estanque. Tel Aviv, Israel. Mayo del 2015

Hace unos años cambié la perspectiva con la que veía las cosas.

Trabajaba mucho. Me estresaba mucho. Me dio un ataque de ansiedad. Terminé en el hospital y me dije basta. Tiene que haber una mejor manera de hacer las cosas. Tiene que haber una mejor manera de vivir los días. No puede ser que esto y solo esto, sea lo que me depara el destino de aquí para adelante.

Descubrí que hay innumerables maneras de hacer las cosas diferentes. No tienes porque vivir en el trabajo de 9 a 5 todos los días de tu vida para jubilarte a los 67. No tienes porque desesperarte por competir con el resto. No tienes porque buscar día a día el placer momentáneo e ínfimo de una compra en Amazon. No tienes porque hacer las muchas cosas que estás acostumbrado a hacer. No todo lo que el resto hace está bien o es sano. No todo lo que te han enseñado está bien, o es sano para ti. Hay innumerables maneras de vivir la vida. Cada quién debe encontrar la suya. Y si no la has encontrado aún, no debes descansar hasta que la encuentres.

Yo aún no he encontrado la manera de vivir cien por cien perfecta para mí. La estoy buscando, día a día. Mes a mes. Año a año. Experimento muchas cosas. Adquiero de cuando en cuando algún nuevo hábito. Me deshago de algún otro que no me servía o más bien, me dañaba.

Dentro de esta búsqueda puedo dar fe de que he llegado a entender la magnitud del milagro que es estar vivo. He podido entender que estoy aquí y ahora en contra de casi todas las posibilidades (otra célula espermática más avispada en el ovulo de mi mamá en el momento de mi concepción y yo no existiría) desde el principio de los tiempos hasta hoy. Solo pensar de esa manera me hace entender que vivo un milagro y que estoy enamorado del mismo. Estoy enamorado de estar vivo pese a que aún no vivo como quiero.

Tengo un trabajo de 9 a 5. En mi  caso es poco más de 7 a 3. Se podría considerar  que es un trabajo cómodo. No puedo decir muchas cosas malas de él. Pero es un trabajo que no va con mi aptitud para con la vida. Es un paréntesis de ocho horas diarias en lo que realmente soy yo. Yo soy un amante de la aventura. De probarme cosas a mí mismo. De educar al resto en las cosas que sé. Soy un amante de los viajes. De los treks. Del montañísmo. Soy un amante de Julio Verne. Del capitán Scott en la Antártida. De el capitán Cook en Hawai. De Neil Armstrong en la luna. Eso es lo que soy: Un aventurero y un eterno y romántico amante de otros aventureros.

Dejando de lado mi trabajo. Estoy intentando usar mis horas libres en planear o realizar aventuras que están a mi disposición (llevando la cuenta del tiempo y el dinero). Estás semanas he realizado unas cuantas cosas bastante interesantes. Desde city tours en la ciudad en la que llevo viviendo casi 10 años (y que ahora la veo con nuevos ojos) hasta pedalear cien y algo kilómetros en terreno desértico. Estoy tratando de encontrar el equilibrio correcto entre lo que soy y lo que hago. Entre lo que deseo y debo.

Hace un par de días estuve en el Rabin Square de Tel Aviv. Fotografíe un poco. Respiré la amplitud del espacio. Miré el transito fluir en la avenida Even Gvirol. Vi a la gente sentada en los cafés y en los restaurantes, disfrutando de un buen momento. Gozando de la tranquilidad de una tarde cualquiera. Me gustó ver lo que vi. Me gustó ver al par de niños a los cuales fotografíe en la foto de más arriba. Verlos jugar y explorar el estanque en el cual correteaban. Me gusta vivir la vida que vivo. Aunque sigo buscando la vida que siempre he querido vivir y voy a seguir buscándola hasta encontrarla….

Uno de esos imaginativos habitantes

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Hace unos días he cumplido 34 años. Viendo todo lo que me han dado los 33, estoy bastante satisfecho.

Me ha tocado irme a una guerra.

Me ha tocado conocer el norte de Italia.

Me ha tocado ir a los EEUU a ver mi familia (a la cual no veía hace mucho).

Me ha tocado hacer las paces con unos.

Me ha tocado entender mejor y querer más a otros.

Puedo decir y sin mucho miedo a equivocarme que he crecido mucho este año que estoy dejando atrás. He visto algunas cosas muy feas y por otro lado algunas cosas muy hermosas. Y eso, en gran parte, me ha brindado la posibilidad de tomar una muy buena perspectiva de lo que es más importante para mí.

Hay momentos en los que me he sentido atascado en una rutina bastante parsimoniosa, pero viendo la lista completa de las cosas más increíbles que me tocó hacer este año (que no son, en absoluto, Todas las cosas que he hecho) puedo dar fé  que de parsimoniosa mi vida no tiene nada.

Viendo las cosas con una perspectiva prudente puedo decir que estoy felíz con el ser humano que soy. Con el primate algo inteligente que puede teclear unos carácteres en un teclado y expresar con un poco de claridad sus pequeñas e insignificantes ideas. Con el humanoide perteneciente a un grupo de casi siete billones  tan iguales a él y al mismo tiempo tan diferentes… Uno de esos imaginativos habitantes de aquel planeta azul  olvidado en el borde de unas las cientos de miles de millones de galaxias.

No me queda nada más que agradecer a todas las conjunciones físicas y químicas que se dieron para que yo esté aquí escribiendo estas palabras con treinta y cuatro años encima y las mismas que se dieron para que tú estés al otro lado de la pantalla, con la edad y ánimo que tengas en este preciso momento.

Gracias por estar ahí. Y por acompañarme un año más en esta simpática travesía a la que tú y yo conocemos como vida.

A cuatro mil metros de altura

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A más de cuatro mil metros de altura y con los Himalayas rodeándome con toda su magnitud, entro despacio a un templo budista. El aire es diáfano. Esta enrarecido por la falta de oxígeno. El hielo de las montañas más altas del mundo tiene un color azul oscuro. Pronto se tornará en naranja. No falta mucho para que salga el sol. El viento me hiela las partes descubiertas del cuerpo (manos y cara) y hace que me doble un poco. Me apoyo en el bastón de trekking y continuo la subida. Me siento pequeño, muy pequeño, rodeado de tanta inmensidad. Llego al templo budista resoplando. Llego buscando algún monje que tenga algo interesante que contarme. Que me tire, como quien no quiere la cosa, una frase de sabiduría que cambie mi vida. Me saco los zapatos y entro en el templo y veo un buda dorado sentado en posición de loto. Veo los murales pintados de colores muy vivos. Huele a incienso y a flores. Me gusta lo que veo, pero no veo un solo monje. Está todo vació de gente. Me pregunto que estarán haciendo los monjes a las cinco y media de la mañana. Quizás sigan durmiendo. Quizás estén practicando algo parados sobre una estaca. Quizás estén en una sesión de meditación profunda. O quizás estén desayunando y nada más.

Me ha tomado un buen tiempo de caminata llegar hasta ahí. Me levanté temprano aquella mañana. Salí del albergue y caminé montaña arriba. Deseoso de ver un templo budista en el medio de los Himalayas. Me encontré con muchos templos budistas en Katmandú pero esos no me parecían muy místicos. No me parecía que se podía encontrar “algo verdadero” en una ciudad tan cochina y desordenada. No, no, no. Tenía que ser en el corazón de las montañas. Así como pasaba en las películas de Kung fu antiguas. Así que una vez sentado en la puerta del templo a más de cuatro mil metros de altura, me pregunté con ahínco donde demonios estaba el monje que me “enseñaría algo esencial”. Miré los banderines de colores flameando al viento. Atrás de ellos vi la cima del Annapurna tornarse roja y luego naranja. Parecía un dedo de ET gigante. Estaba amaneciendo y los monjes no aparecían. Salí del templo y me senté en las escaleras de la entrada. Me puse los zapatos de montaña y continué mirando la cadena de montañas encenderse en colores indescriptibles. Hacia mucho frío pero no me importó. Amaba estar ahí aunque los monjes me habían jugado una mala pasada con su inexistencia.

Esperé media hora y bajé hacia el albergue sin encontrarme con ninguna frase sabia que cambiase mi vida. No encontré “La verdad de las cosas” en las montañas. Como que no la encontré ni en Katmandú, ni en Tel Aviv, ni en Lima, ni en New York. Aunque pensándolo un poco mejor me di cuenta que “la verdad de las cosas”, “mí verdad” la he encontrado en todos y en cada uno de los lugares en los que he estado y en todos y en cada uno de los días que he vivido.

He descubierto con casi 34 años encima que no tienes que subir a la cima del mundo para iluminarte o para recibir “una enseñanza que cambie tu vida”. Aprendí mucho subiendo a los Himalayas y paseando por Nepal pero aprendí mucho y me descubrí mucho más en el colegio de mi barrio cuando era un muchacho de doce o trece años. Aprendí en las guerras que me tocó vivir. Aprendí con las caricias de mamá y las palabras de papá. He aprendido cada día de mi vida cosas impresionantes. He aprendido sin pausa y sin demora. A cada instante y en cada momento. Así como ha pasado conmigo, ha pasado contigo y con cada uno de nosotros. A veces solo tenemos que darnos cuenta de que esperamos encontrar “ese algo” en “ese determinado lugar” y en “esa determinada situación” cuando todo lo que somos y sabemos es todo lo que “hemos vivido hasta este preciso y exacto momento”.

Tiempo y relatividad

El genio, Albert Eintein

El tiempo.

El tiempo es relativo. Einstein lo demostró en su teoría de la relatividad: El tiempo es proporcional y relativo a la gravedad. En un cuerpo con mayor fuerza gravitacional el tiempo pasa mucho más rápido que en uno donde la gravedad es menor. Teóricamente, mientras más cerca estemos del centro de la Tierra, más rápido pasa el tiempo. La diferencia para nosotros es obviamente tan ínfima que no podemos sentirla en nuestro cuerpo. Pero por medio de relojes atómicos se ha logrado comprobar los cálculos de Einstein. El tiempo es relativo lo creamos o no.

Pero este no es un blog de física, ni siquiera de divulgación científica. Este es un blog de minimalismo y por ende de sacar el mejor provecho a nuestros recursos. Uno de nuestros más valiosos recursos es el tiempo y por ende, es un tema del cual me gusta mucho hablar y tratar.

A veces solemos llegar a la conclusión de que no tenemos tiempo. No tenemos tiempo para estudiar un nuevo idioma, no tenemos tiempo para hacer ejercicio, no tenemos tiempo para hacer el esfuerzo de cocinar y así continuamos comiendo comida chatarra, no tenemos tiempo para escribir y organizar nuestras ideas, no tenemos tiempo para pararnos a pensar en lo que sucede alrededor nuestro. Al menos a mí me pasaba así: Nunca tenía tiempo para nada. No para mí mismo, no para los demás, no para crecer, no para descansar. Hasta que descubrí que el tiempo es relativo.

Es relativo a nuestra capacidad de organización y de percepción del mismo. Las 24 horas que tiene un día se te pueden pasar sin hacer absolutamente “nada” o por el contrarío 24 horas “bien vividas” pueden hacer que sientas que has vivido un año entero. Si lo piensas un poco, todo está basado en “darse cuenta” de que 24 horas por día en vez de ser consideradas “muy poco tiempo” es, en realidad, “muchísimo tiempo”.

Digamos que tenemos que descontar las siete u ocho horas que tenemos de sueño. Eso nos deja diecisiete o dieciseis horas de vigilia. De las cuales, unas ocho las pasamos en la oficina o cultivando nabos, o haciendo lo que solemos hacer para meter algo de dinero a nuestra cuenta. Eso nos deja otras nueve u ocho horas para nosotros. Quizás tengamos hijos, quizás viajemos mucho hacia, y de regreso del trabajo, quizás en vez de trabajar 8 horas diarias, en el trabajo nos tienen 9 o 10 y “nuestro tiempo personal” se ve reducido cada vez más y más. De pronto nos quedan dos horas para nosotros y estamos molidos, cansados, agarrotados para hacer cualquier cosa. Quizás ver la televisión un rato y bañarnos nos ayuden a quemar ese sobrante de tiempo antes de volver a la cama y de un momento a otro no nos queda otra que decirnos: “Joder, que no tengo tiempo para nada…”

O por el contrario podemos darle a cada segundo, minuto, hora de nuestra vida un significado tan profundo que nos empuje a darnos cuenta que un minuto es “muchísimo tiempo”. Para conseguir esa capacidad de control sobre nuestro tiempo hay una herramienta que todos y cada uno de nosotros puede cultivar y se llama atención plena o mindfulness.

He tocado el tema de la atención plena más de una vez. Hay muchos otros buenos blogeros que dan explicaciones espectaculares sobre ella y además enumeran con mucho acierto sus beneficios. En este post solo quiero relacionar la atención con el tiempo. Y quiero contarte que, desde que la cultivo, tengo mucho más tiempo que antes.

Hoy por ejemplo me propuse preparar el desayuno en atención plena. Lo hice y lo disfruté muchísimo. Sentí que había pasado una vida entera hasta que me senté a comerlo. Para empezar sentí el frío y escuché el crujido de cada huevo que usé para preparar el omelette. Vi las yemas mezclarse con las claras en el tazón de vidrio mientras los colores mutaban del amarillo al naranja y todo se llenaba de pequeñas burbujas de aire redondas que espumaron el omelette cuando estuvo en la sartén caliente. Olí el olor del café mientras lo ponía a hervir en la machinetta y escuché el hervor de la misma al fuego. Vi como las dos ornillas trabajaban con un fuego azulado. Una recibía la sartén con los huevos, la otra, la machinetta con el café venido desde la selva alta de Perú. Olí y vi como todo funcionaba a la perfección mientras escuché la música del motor del refrigerador ronroneando a las siete de la mañana y sentí lo limpio del aire después de una noche cargada de lluvia y sentí el espacio alrededor mío. Frío, limpio, vivo, cambiante. Vi el omelette formarse y condensarse en una especie de superficie de algún planeta extraño, con grietas, cráteres, montañas y todo. Vi al café espresso brotar de la boca de la machinetta con su color y su aroma ácido y delicioso. Sentí el desaparecer del gas cuando cerré las hornillas y disfruté del café rodando en la taza de espresso de cerámica blanca que esperaba sobre la mesa de mármol negro de la cocina. Todo me tomo cinco minutos. Pero lo disfruté y lo sentí como la primera vez que vi E.T. cuando tenía cinco años.

Gracias por leer.